Fuego Amigo

Segundo acto

La nueva ola de confinamientos viene con anuncios presidenciales sin filminas ni triunfalismo. Solo palo y (muy poca) zanahoria.

Se levanta el telón. El mensaje viene grabado. Muy atrás quedó el formato de conferencia de prensa. El Alberto Profesor –¡y de la UBA!–, que fue deleite de la militancia kirchnerista y culposa envidia de mucha progresía palermitana que se autopercibe opositora, ya no corre más. El PowerPoint que algún pasante le armaba al presidente chocó contra la realidad de 2020. No hubo salud ni economía en el primer acto de esta tragicomedia. Mejor, entonces, que los diálogos sean monólogos.

Play. Alberto Fernández nos regala unos innecesarios segundos de video de él sacándose el barbijo para hablar. El objetivo es mostrar cuán cuidadoso es el presidente. Aunque esos cuidados no lo eximieron de contraer el virus ni le permitieron saber, como el propio Alberto aseguró, cómo diablos se contagió.

“Déjenme darles un dato” dice, y nos da exactamente eso, solo UN dato: contagios. No cantidad de muertes, ni tasa de ocupación de terapia intensiva. No caída de la economía, desempleo, pobreza o inflación de abril. Solo el número de contagios. Alberto comprime la enorme complejidad y simultaneidad de la situación sanitaria, económica y social a una variable que no alcanza siquiera para analizar la arista sanitaria.

Se viene el apocalipsis y nosotros no lo vemos, porque somos ciegos, irresponsables o tontos. Alberto dice estar “tratando de llamar a la reflexión al conjunto social”. Es que no estamos reflexionando lo suficiente. El Presidente pinta a la sociedad argentina como envuelta en un frenesí de hedonismo irresponsable y no como un pueblo triste, empobrecido y desesperado. Por momentos, parece describir al país como si fuera diez manzanas de Palermo. Desconexión sideral.

El Presidente pinta a la sociedad argentina como envuelta en un frenesí de hedonismo irresponsable y no como un pueblo triste, empobrecido y desesperado.

Llega el tema vacunación. Un párrafo entre treinta. Si el año pasado Alberto Fernández apenas mencionó la palabra “testeo” –el gran déficit sanitario de 2020–, en este segundo acto gambetea como puede la palabra “vacunas”. Porque se las robaron y la cabeza de un ministro rodó por eso, es que abundan los gerundios –se están haciendo esfuerzos, se está negociando, estarán llegando– y faltan cifras concretas. Es un gobierno de científicos, no de matemáticos.

Mientras esperamos las vacunas, que pueden o no llegar, ¿qué tal si se encierran?, propone. Insiste con el encierro como única herramienta, el encierro como política pública: “Para que nosotros podamos seguir adelante con esa vacunación necesitamos –inexorablemente– restringir los encuentros sociales”. Curioso non sequitur. ¿Qué relación hay entre el encierro y el stock de dosis? Ninguna. Pero el argumento sirve para desviar la responsabilidad desde el Gobierno hacia la gente. El Gobierno inocula dosis de culpa. Si usted sale, está ralentizando el proceso de vacunación. Extraordinario.

Distracción, esparcimiento

“Ustedes se distendieron”, repite Alberto. “Distracción, esparcimiento”, eso hace que el virus circule. Por eso la semana pasada decidió restringir la noche. Pero el día también es un problema, avisa. Y es que somos una sociedad muy relajada. Nuestra voluntad flaquea y se nos da por ir a visitar amigos o jugar un partido de fútbol. Pero el reto del Presidente no se limita al cruel disfrute hedónico. Médicos y enfermeros también se relajaron. “Abrieron puertas a atender otro tipo de necesidades quirúrgicas que podían esperar”. ¿Operaron gente que no tenía coronavirus? ¡¿Cómo se les ocurre?!

De hecho, el Presidente parece indicar que la irresponsabilidad del sector salud (solo el privado, claro) es la que lo lleva a endurecer medidas. “¿Qué es lo que buscamos ahora? Bajar la circulación, y de ese modo volver a ganar tiempo para que las camas de terapia intensiva que hoy están siendo utilizadas por otras patologías, vuelvan a ser para COVID”. Si usted tiene algún familiar en terapia intensiva por alguna enfermedad o accidente, sepa que el Presidente está esperando que lo mueva de una vez. Es sabido que, como los trabajadores, también los enfermos se dividen en esenciales y no esenciales.

Terminados los considerandos, el Presidente (¿del AMBA?) anuncia las medidas: “Desde las 20 horas hasta las 6 de la mañana no se puede circular por las calle”, “quedan suspendidas todas las actividades recreativas, sociales, culturales, deportivas y religiosas al aire libre”, “toda actividad comercial deberá desarrollarse entre las 9 y las 19 horas” y, claro, “se suspenden las clases” para solaz de los gremios.

Estamos rascando la olla, así que no habrá IFE. Ningún hueso tiene Alberto para tirarles a comerciantes, empresarios y trabajadores del sector privado.

Estamos rascando la olla, así que no habrá IFE. Ningún hueso tiene Alberto para tirarles a comerciantes, empresarios y trabajadores del sector privado, como magro precio por clausurarles su fuente de ingresos. Sí se anuncian 15.000 pesos extra para quienes cobren AUH. Es sabido que los planes sociales son un rubro mucho más estratégico que el trabajo y la producción.

Ante la falta de zanahoria, bueno es mostrar el palo. El Presidente, tributando un homenaje a Gildo Insfrán, muestra los fierros. “Esta decisión que acabo de tomar voy a hacerla cumplir con las Fuerzas Federales, la Policía Federal, la Gendarmería Nacional, la Prefectura Nacional y la Policía Aeroportuaria”. Para los delincuentes, libertad. Para los ciudadanos decentes, panóptico y amenaza de bastón. Afortunadamente para Alberto, la intensa izquierda antipunitivista está ocupada defendiendo los derechos del Conejo Ralph de no ser maquillado por empresas cosméticas; Darío Sztajnszrajber está ciento por ciento abocado al estudio del rol opresivo que el puré ejerce sobre la carne en el pastel de papas, y hasta Ofelia Fernández y sus pibis andan sin Twitter y se perdieron la arenga policial del presidente. Suertudo.

Se cierra el telón del segundo acto. En horas empieza la nueva cuarentena. No hemos aprendido nada en un año entero. Una segunda ola de encierro se llevará a los que están agarrados al margen. Engrosarán ese escalofriante grupo de “nuevos pobres” que podemos ver en todos lados: personas con un bolso y ropa aún intacta que ya no pudieron pagar un alquiler y descubren –acaso para siempre– lo que es dormir en la calle.

“estamos en pandemia”

A pocos les importa la injusticia de todo esto. Prima el discurso de que nada es más importante que la dimensión sanitaria (deberían entonces ir a pedirle perdón a Insfrán) y la mayoría se preocupa solo por su metro cuadrado. Cierren todo, pero que haya clases porque tengo hijos. Cierren todo, pero que los repositores sigan abasteciendo el supermercado y los cadetes me sigan trayendo la comida caliente. Vivimos un sálvese quien pueda feroz, disfrazado de conciencia social. Un juego de suma cero, simulando ser cooperativo. Perverso.

Alberto Fernández hace a su antojo porque lo dejamos hacer. La inconstitucionalidad de las medidas no le importa a nadie. El “porque estamos en pandemia” sirve para excusar cualquier tipo de ilegalidad. Hasta el voto, supuestamente el acto sagrado de esta Argentina donde todo derecho es opcional menos el de votar, se pone en duda en este contexto.

Vivir en un permanente estado de excepción y suspensión de derechos es incompatible con aprender a convivir con el virus. Suele decirse que los principios no pueden aplicarse en medio de una emergencia. Más allá de que dudo de que luego de un año podamos seguir hablando de emergencia, mi respuesta es que justamente en una crisis es cuando más se necesita tener principios y no dejarlos de lado.

 

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Alejandro Bongiovanni

Abogado, Magíster en Derecho y Economía. Magíster en Economía y Ciencia Política. Director de Fundación Libertad.

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