BERNARDO ERLICH
Domingo

El año de los marmotas

La suba en los casos de Covid está generando la misma paranoia que el año pasado, aunque ahora existen las vacunas. Hay que enfocarse en ese remedio y no en el de las restricciones, que ya ha fracasado.

No es exactamente una pesadilla sino más bien un sueño incómodo y perturbador: esa imagen recurrente en la que nos encontramos ya adultos, pero en el colegio porque debemos alguna materia. Así estamos los argentinos con el Covid, discutiendo varios temas que ya estaban tildados en la lista de las cosas sabidas. Como en marzo de 2020, una marea irrefrenable de entrevistas televisivas, declaraciones de políticos y comentarios en las redes nos convence de que el apocalipsis es inminente y que lo mejor es “quedarse en casa”.

Los argumentos son los mismos de siempre: los “casos” crecen, las camas de terapia intensiva se van ocupando y el sistema de salud está a pocos días de colapsar. La solución: algún tipo de restricción. La gran diferencia entre el año pasado y este es que ya existe una vacuna, aunque pareciera estar ausente de la discusión. Por alguna magia discursiva que el kirchnerismo maneja como nadie, no se debate tanto la necesidad de un remedio comprobado, como el de las vacunas, sino las formas de uno ya fracasado, el de las restricciones.

No se debate tanto la necesidad de un remedio comprobado, como el de las vacunas, sino las formas de uno ya fracasado, el de las restricciones.

Desde el comienzo de la pandemia, se impuso en todo el mundo como método de conteo y de evaluación la cantidad de “casos”, entendidos éstos como resultados positivos de un testeo, mayormente el método PCR, más allá de la existencia o no de síntomas. La métrica generada por los testeos es extraordinariamente heterogénea. Por un lado, depende de decisiones de organismos de salud sobre a quién testear y con qué intensidad hacerlo. Por el otro, las limitaciones económicas de los países más retrasados hacen que la disponibilidad de testeos sea menor. Sobre esto hay que agregar que un PCR positivo (con la variabilidad y error implicado, asociado a la cantidad de ciclos que hay que hacer para repetir los fragmentos de ARN y que sean visibles) solo sugiere la presencia del virus, pero no el grado de su afección: puede dar positivo un joven atleta sin síntomas que en un par de semanas vuelva a la competencia o un anciano con insuficiencia respiratoria en riesgo de muerte.

El aumento en los casos en las últimas semanas en la Argentina ha sido seguido con una alarma creciente, especialmente en los medios. Los “récords” se suceden unos a otros y se comparan números de tests positivos basados en 95 mil testeos contra los que daban sobre 40 mil testeos unos días antes, o con los números del pico del año pasado, cuando se hacían apenas 20 mil tests. Un récord es una comparación y aquí no hay comparación posible.

El principal motivo por el cual alguien se testea es la presencia de algún síntoma, con lo cual es sencillo hacer una predicción inversa: si aumentan los testeos, es porque aumentan las personas que lo requieren. Sin embargo, ni ese es el único motivo ni tampoco es constante la percepción de la gente respecto de lo que es un síntoma y la necesidad de testearse. Así es que la evolución de esos números que coronan la tapa de los portales cada noche no es un indicador demasiado claro de cómo cambian en el tiempo la enfermedad y la cantidad de nuevos contagiados.

¿Cómo estamos hoy?

Una manera de salirse de este atolladero es considerar la evolución de la positividad, es decir el porcentaje de tests positivos sobre el total de tests. La OMS recomienda que no supere el 10%; por encima de esa cifra se supone que se “escapan” demasiados casos. Si el porcentaje es bajo, es más probable que se haya detectado la mayoría. En todo caso, eso es importante para los operativos de testeo, rastreo y aislamiento, una estrategia de control de la pandemia que, a esta altura, por su logística, es muy difícil de implementar. Si los testeos crecen y la positividad se mantiene en un nivel similar, es altamente probable que los contagios estén creciendo. Sin embargo, solo se puede señalar la tendencia y no, como hacen los medios, mostrar números absolutos como si fueran una medición precisa. (A esto se le suma que los informados de cada día pueden provenir de distintos días de testeo, con lo que la complicación es aún mayor).

Lo mejor, como siempre ha sido, pero pocos han aprendido, es desentenderse de esa medida confusa y heterogénea y revisar los números que no dejan dudas en cuanto a su significación: la ocupación de las camas de terapia intensiva por enfermos de Covid y las muertes relacionadas con esta enfermedad. La evolución de estos dos indicadores es por ahora mucho menos dramática y no justificaría la atención enfermiza que el coronavirus está teniendo. La ocupación de las camas ha aumentado, especialmente en los últimos días, pero todavía lejos de los niveles de saturación e incluso lejos del pico de 2020, en donde tampoco se estuvo cerca del colapso. En todo caso, es el número que hay que seguir con mayor atención.

La ocupación de las camas ha aumentado, pero todavía lejos de los niveles de saturación e incluso lejos del pico de 2020.

Un nivel más avanzado en el análisis es el número de fallecidos. Aquí, la evolución hasta el momento ha sido aún menos marcada que en el caso de las internaciones en terapia intensiva. Para dar números concretos: el promedio semanal de muertos diarios llego a 370 alrededor del 10 de octubre del año pasado. A partir de ahí, comenzó a descender hasta el 21 de diciembre, donde el promedio era de 111 por día. Volvió a crecer con los contagios de fin de año hasta llegar a 172 un mes más tarde, para luego descender en una meseta de 100 casos diarios en la que estamos ahora, con una leve tendencia a la suba (106 a fin de marzo, que es la última fecha en donde confiamos en que están la mayoría de los registros cargados).

Es casi seguro que estos dos números, camas ocupadas y fallecimientos, crezcan en los próximos días. No se le escapa a nadie que hay una demora entre el contagio y sus consecuencias: dos o tres semanas para ocupar una cama de terapia intensiva y más de un mes para el eventual fallecimiento. Ahora bien, la experiencia de diciembre y enero demuestra que esa causalidad no fue tan acentuada y directa como en 2020. Para ser gráficos: el crecimiento de los casos en esa época fue del 153% mientras que las muertes aumentaron en un 55%. En la Ciudad de Buenos Aires, la diferencia fue más marcada. Del punto más bajo de contagios en diciembre al pico de enero los casos se triplicaron, es decir, un crecimiento del 200%. Las muertes, durante ese tiempo, en cambio, pasaron de 8 por día a 18, un poco más del doble, pero en niveles muy bajos, un nivel mínimo, difícil de perforar.

La pregunta sobre por qué los contagios del verano no produjeron consecuencias más dramáticas tiene varias respuestas, ninguna de las cuales puede ser más que una especulación: los afectados fueron personas más jóvenes y la ola expansiva de transmisión, por algún motivo, no llegó a los grupos de riesgo. Quizás estos se estén cuidando mejor o quizás la enfermedad ya se llevó en la primera ola a los más susceptibles. En todo caso, ese automatismo desapareció. ¿Marca lo que puede venir de aquí en adelante? No lo sabemos.

Consultados por la demora en que el aumento de “casos” genere efectos en las métricas duras (camas y muertes), los “expertos” señalan que hay que esperar dos semanas. Lo cierto es que hace un mes y medio que contestan lo mismo: los casos vienen subiendo desde mitad de febrero y se triplicaron en este lapso. Las consecuencias se asoman tímidamente y solo queda esperar que la evolución replique la del verano. Hay una esperanza al respecto y es que hay un actor nuevo en la obra. Ese actor es la vacuna.

Pero un día llegó el doctor

Incluso con la evidente mala praxis del gobierno nacional en el manejo de la compra y distribución de las vacunas, lo cierto es que si se aplica en forma sistemática a quienes realmente la necesitan, algunos números indicarían que se podrían esperar resultados a mediano plazo. Veamos en detalle.

La cuenta de Twitter @CuantasVacunas (creación de Federico Tiberti) toma los datos abiertos sobre vacunados que brinda el Ministerio de Salud de la Nación y automáticamente publica un informe diario por provincia. El segundo dato que viene en cada reporte es el más iluminador: se trata del porcentaje de personas vacunadas con al menos una dosis por provincia y por tramo de edad. Como la vacuna –luego de desvíos inaceptables como los vacunados VIP y las concesiones al gremio de los docentes– se aplica a los grupos de riesgo en orden, uno puede ver los avances en cada grupo etario.

Para CABA, el distrito que más prolijamente ha aplicado las vacunas, los porcentajes de cobertura de las edades más comprometidas muestran un panorama esperanzador.

Para la Ciudad de Buenos Aires, el distrito que más prolijamente ha aplicado las vacunas, los porcentajes de cobertura de las edades más comprometidas muestran un panorama esperanzador. Para la población de 80 a 89 años, la cobertura pasó el 90%. Para los de 70 a 79 años el crecimiento es evidente y se calcula que a fines de la próxima semana estará completo. Teniendo en cuenta que el promedio de edad de los fallecidos en CABA es de 77 años, es claro que tener con algún grado de cobertura a quienes tienen de 70 años para arriba debería descender el número de fallecidos en algunas semanas. Esto, claro, si la vacuna tiene algún grado de eficacia con la aplicación de una sola dosis, hipótesis que se corroborará sobre la marcha.

Este panorama esperanzador deriva de un enfoque focalizado de la vacuna: se debe aplicar con urgencia a quienes están en riesgo y este es un porcentaje menor de la población total. Los argumentos por los cuales este esquema focalizado es más eficaz para salvar vidas y eficiente para no dilapidar recursos se aplican perfectamente a los cuidados y las restricciones. Si en lugar de paralizar toda la economía y sacrificar el bienestar de los niños con las consecuencias conocidas –y sin lograr frenar al virus– nos hubiéramos concentrado en proteger a los mayores y a los susceptibles, la historia sería otra. Ahora solo queda esperar que la provisión de vacunas no se detenga.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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