Fuego Amigo

No se puede persuadir

Según la autora, es inútil argumentar racionalmente con los kirchneristas, porque su combustible es identitario. Hay que hacer el duelo por los amigos que quedaron del otro lado.

Todo lacaniano sabe muy bien que correr un significante es más difícil que mover una mesa de mármol. En nuestro país se instaló como un gran arcón repleto de sentidos el significante kirchnerismo: ahí está todo lo bueno, todos los derechos, la sensibilidad social, la artística, la solidaridad, el amor, la justicia… todos esos conceptos viven adentro de esa palabra. En cambio, el resto, sean partidos, personas apartidarias, grupos, individuos, “la oposición”, todo lo que no esté identificado como kirchnerismo, es el mal, lo avaro, los garcas, la derecha, los conservadores, etc. Este pequeño texto, esta oportunidad para escribir y reflexionar sobre un tema que me inquieta hace tiempo –pero que ahora se agudizó en mí–, surge a partir de la lectura de la nota de Juan Villegas de hace dos domingos en Seúl. Juan es una persona a la que no conozco pero que admiro, principalmente por pertenecer a un rubro casi 100% K –el del cine argentino– y haberse animado a contar en un libro que él hace cine, no es K y convive con ese conflicto. Lo hizo público.

Hay algo que me inquieta y es que en el mundillo del arte y las letras, quienes lo integramos, más o menos adentro, con más o menos reconocimiento, talento o éxito, se da por sentado que se es K. Es una situación de la que me fui dando cuenta a medida que la grieta se radicalizaba. Lo que sobrevolaba cualquier taller de escritura de Buenos Aires, silencioso sobre nuestras cabezas porque nadie lo decía pero todos lo sabíamos, era que los artistas somos todos buenos, somos todos sensibles y somos todos K: no podés escribir poesía y votar otra cosa que no sea kirchnerismo. Porque los artistas somos buenos y nos importan los demás y los buenos son kirchneristas. Así de simple y saldada estaba la conversación y la pertenencia. Los que como Juan y muchos otros nos sentíamos incómodos en ese traje, bueno, callábamos.

Nunca pensé que yo iba a vivir la autocensura. Ni que iba a ver a otros en silencio. Tampoco nunca imaginé que gente maravillosa, buena, genial y talentosa, con quienes por ejemplo fui a ver a Belle and Sebastian o podía discutir sobre la forma y el color, iban a convertirse de alguna manera en mis censores. O que iba a encontrar a gente a la que admiro defendiendo lo indefendible. Tengo una pequeña anécdota: una vez me escribió un chico muy joven que había ganado un concurso literario. Me escribió por DM de Twitter para decirme que él pensaba parecido a mí, pero que no se animaba a decirlo porque él quería publicar un libro y sentía que si se expresaba públicamente iba a entrar en una especie de lista negra y no iba a ser publicado. Yo le dije que cada uno hacía lo que podía y que no se preocupara, porque yo quería sacarle el peso de sentirse culpable por sentir censura. Pero la verdad es que es preocupante que un chico joven sienta que no puede decir lo que piensa. Es triste el punto al que hemos llegado.

Los últimos rebeldes

Juan propone en su texto seguir argumentando racionalmente por qué es mejor el liberalismo que el control estatal como si estas personas –entre ellos muchos seres queridos, amigos, compañeros de trabajo, familiares– fueran a ir por el lado de la racionalidad, el intercambio de ideas y datos que verifiquen o contradigan versiones de la realidad. Esa discusión ya la tuve y estoy segura de que muchos la tuvimos y hemos visto que no tiene ningún sentido. ¿Y por qué digo esto? Porque la pertenencia al kirchnerismo no tiene que ver con lo racional sino con la identificación o construcción de una identidad, con algún tema psicológico o emocional o con algo cercano a lo religioso. Queremos a personas a las que no podemos entender, y esta es una parte dolorosa en la que hay que hacer un duelo. Una cosa es pensar distinto y tolerarse y otra es ver a alguien rompiendo todos sus valores y buenas intenciones en pos de defender cosas absolutamente absurdas. Como por ejemplo que al día de hoy muchas escuelas sigan cerradas. Los ejemplos de locura y absurdo son infinitos y no tiene sentido enumerarlos.

Hace meses que pienso en la película Los últimos rebeldes. Aparece en mi mente sin que la llame porque la intuición es sabia. Es una película sobre un grupo de fanáticos del swing y el jazz justo antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando nazismo y el fanatismo empiezan a resquebrajar una amistad hecha entre otras cosas por el gusto en común. Salvando las obvias diferencias, la separación, enemistad y traición entre dos amigos por las ideas, el momento histórico, la religiosidad de un movimiento, es algo perturbador. No puede ser que la historia o al menos las decenas de películas o libros que leímos sobre estos temas no hagan mella en este momento. Que no nos permitan vernos reflejados.

En algún momento hay que hacer el duelo por la pérdida de esas personas que queremos y no podemos entender. Esperar que con el tiempo, en el mejor de los casos, finalmente venga la sanidad de la desilusión y puedan decir para sí mismos y para otros: me equivoqué. Y mientras tanto, hay que seguir moviendo muebles. Es un momento límite, muy especial, en donde hay que empujar a las palabras, hasta que se despejen algunos sentidos, aparezcan otros y estemos más cerca de la verdad.

 

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Florencia Gutman

Es diseñadora gráfica FADU-UBA. Fue docente de Diseño I. Actualmente continúa trabajando como diseñadora y corrige una novela que obtuvo una beca a la creación del Fondo Nacional de las Artes. Es cofundadora de Padres Organizados.

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