Fuego Amigo

La nueva izquierda victoriana

El insólito consejo de Mercedes Morán no es un caso aislado. Refleja una moral en ascenso.

El curioso manual de estilo que la actriz Mercedes Morán propuso esta semana para los actos sexuales resulta representativo de un fenómeno actual: la izquierda ya no solo reniega de combustibles vitales tales como el deseo de bienestar material o de estatus social, sino que también mira con desprecio al deseo sexual, al menos al que fluye por cauces no aprobados por una intelligentsia progresista tan ruidosa como disociada del sentido común.

Una amiga psicóloga me comentaba hace poco el conflicto de una paciente suya que se siente muy atraída por un muchacho que la corteja, pero intenta reprimir el deseo y evitar el encuentro sexual porque el chico tiene una apariencia muy “hegemónica” –alto, musculoso, varonil– y eso la hace temer que sus amigas la juzguen como “poco feminista”. Parece una escena de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, pero no se trata de los conflictos represivos de la pequeña burguesía urbana en los ’60, sino de las desventuras de una joven en la época de Tinder.

Por cierto, los jóvenes contestatarios de los años ’60 no advirtieron que su búsqueda de libertad sexual y su oposición a todo autoritarismo se contradecía con la izquierda de aquellos años, el estalinismo, el maoísmo, el castrismo y los diversos nacionalismos populistas del tercer mundo compartían un moralismo represivo parecido al de las religiones. Hoy esto no ha cambiado y, acaso, se ha profundizado. La nueva izquierda da rienda suelta a una moralina sexual victoriana que provoca tedio, amargura y culpa. Desde nuevos altares desarrollan puntillosas normalizaciones que delimitan los contornos de lo que debe y no debe hacerse en materia de sexo, de relaciones sentimentales o de familia. Parece que lo que molestaba a la izquierda de la derecha no era la represión sino el monopolio de la represión.

Si la demonización del sexo en las tres religiones monoteístas fue consecuencia de la doctrina de la inferioridad del cuerpo con respecto al espíritu, la izquierda de hoy pretende que el cuerpo se sacrifique en el altar de la política. Todo lo personal es político, esgrimen, alentando a militar cada acto cotidiano, sublime o prosaico, en favor de una agenda frenética y de indignación constante. Lo individual debe subsumirse a lo colectivo. Comer, consumir, vestir, tener sexo, escuchar música, ver cine, ya no son acciones de disfrute, sino verbos que deben ponerse a disposición de una causa colectiva y de mayor importancia que el pueril goce personal. Estamos en guerra y todos deben ser guerrilleros (o guerrilleres). Tener una vida divertida es un acto contrarrevolucionario. Mostrarse sexy es ser lacayo del capitalismo global. La cama, el cuerpo, el plato, la ropa o la playlist son algunos de los escenarios donde hay que dar una batalla tan ubicua como eterna, que existe –nos dicen– desde que vagábamos por la sabana africana y existirá hasta el fin de los tiempos. No es raro que ante tamaña exigencia la izquierda venga perdiendo atractivo.

Parece que lo que molestaba a la izquierda de la derecha no era la represión sino el monopolio de la represión.

Como ya dije acá, la izquierda perdió el rock. De ser los revoltosos del curso, pasaron a ser los amargos. De ser sinónimo de sexo, drogas y rock and roll, a ser quienes denuncian las fiestas “clandestinas”, piden policía para reprimir runners, miran con lupa las letras de las canciones para ver si el autor merece ser cancelado, prestan menos atención a la trama de la película que sus roles de género y sus proporciones raciales, usan barbijo hasta en la ducha, y no pueden ser felices si en la Antártida algún pingüino la está pasando mal. Una ideología para espíritus castrados que, además, tiene las herramientas vencidas (prueben explicarle la teoría del valor trabajo a algún chico o chica sexy con una cuenta de OnlyFans o intenten convencer a un youtuber famoso de que YouTube lo explota).

La izquierda de hoy sirve menos como plataforma para una vida más o menos feliz que como conducto para canalizar la infelicidad y orientarla hacia un afuera (lo político) en lugar de ocuparse de lo de adentro (lo personal). Por supuesto, esta evasión no suele ser una gran estrategia a largo plazo. En algún momento hay que hacerse cargo de uno. En definitiva, son los individuos y no los agregados (clase, género, raza, sociedad, nación) los únicos que tienen deseos, sentimientos, objetivos, los únicos que sienten felicidad o infelicidad. Por más que uno busque la satisfactoria sensación de perderse en el colectivo –como describe Fromm en El miedo a la libertad– cada uno vive en su pellejo. Confundir lo personal con lo político es tan tonto como suponer que un aumento del PBI te hace más rico.

Acaso con algo de razón dicen que ser liberal es una forma de ingenuidad. Termino, entonces, con una sentencia un tanto ingenua. La búsqueda de la propia felicidad es un derecho. No dejemos que nadie –desde un altar, desde un atril o desde una banca– nos achique el rango de búsqueda.

 

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Alejandro Bongiovanni

Abogado, Magíster en Derecho y Economía. Magíster en Economía y Ciencia Política. Director de Fundación Libertad.

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