El autor (izquierda) y su amigo.
Fuego Amigo

Juan Le Portier y yo

Historia de una amistad.

Una vez le pregunté a Juan Le Portier por qué le gustaba tanto lustrar los bronces de la puerta del edificio. Me dijo que solo lustraba cuando escuchaba que el ascensor estaba llegando a planta baja. Unos años antes había llegado al edificio un sábado a la mañana, con mis cosas en una Fiorino. No me acuerdo qué tenía pero seguro había una heladera, porque en el viaje me preocupó que llevarla acostada fuera a malograrla.

Cuando llegué saludé al portero, que todavía no era Juan Le Portier. Muy de malas me dijo que no me podía mudar, porque no estaba en horario permitido para eso. Yo venía de irme de una casa donde había un chico muy chiquito que es mi hijo, le dije que me iba a mudar y que si no le gustaba lo iba a cagar a trompadas. El portero hizo un movimiento rápido para sacar un palito de bronce que mantenía la puerta abierta y se fue. Me mudé, y por unos meses nos dimos el tratamiento congelado de ni siquiera saludar.

Me gusta la cabeza de María Vieytes. Todo lo que escribe en Twitter me llega un poco, se lo dije y me dijo que tengo que escribir la historia de Juan Le Portier. Ahora no duermo y escribo para gustarle, por más que no haya forma de que nos besemos, conmovido de más por cada chica que me emociona, como pasa en la etapa ultra sensible del desamor, solo en un departamento nuevo que tiene buena luz todo el día y un portero sin gracia con el que nunca voy a vivir nada parecido a mi historia tierna con Juan Le Portier.

Después del tiempo de frío me pareció fundamental arreglar y armé un acercamiento mezcla de diplomacia y soborno.

Después del tiempo de frío me pareció fundamental arreglar y armé un acercamiento mezcla de diplomacia y soborno. Busqué la cosa más difícil de arreglar de las muchas que no funcionaban en ese departamento oscuro como una celda VIP y le pregunté a Juan si me podía dar una mano para resolverla. Los trabajos manuales le salen medio torcidos, pero andan. Cuando terminó le di un shock de plata y empezó nuestra amistad.

En esos años era próspero y no me parecía que hubiera que ahorrar. Dormía en el taxi al centro para recuperarme de la falta de sueño de la noche, pensaba que estaba demasiado ocupado como para pagar personalmente los servicios, llevar los trajes buenos a la tintorería japonesa al otro lado de la avenida, las camisas a la tintorería de batalla, las toallas al lavadero que un día echó a una empleada a la que le salí de testigo en un juicio laboral y tuve que cambiar de Lave Rap. Juan Le Portier se convirtió en mi segundo de a bordo, el hombre que resolvía todo. Algunas veces le preguntaba si quería hacer plata con la plata y le pedía prestada guita que volvía con capital más intereses.

Juan comisionaba unos mangos por cada gestión que hacía, pero yo me ocupada de tener gestos sorpresivos cada tanto para que estuviera contento. Le regalaba un par de botellas de vino blanco dulce o, si me había ido bien con alguna cosa, le decía “cagamos a uno, Juancito” y le daba unos mangos. Juan entraba en mi casa tarde a la mañana cuando me estaba levantando para ver cuáles eran las novedades del día. A veces teníamos la reunión mientras yo me duchaba.

Con el tiempo el intercambio comercial se convirtió en la excusa pudorosa para no hablar de que éramos amigos.

Con el tiempo el intercambio comercial se convirtió en la excusa pudorosa para no hablar de que éramos amigos. Un día me enamoré a primera vista de Trini Notten, una chica muy brillante. Por suerte me correspondió, al año hice lobby y me fui a vivir con ella. Mantuve mi departamento, llevando y trayendo camisas a mi casa nueva. Una tarde me avisaron que se venia la cuarentena y tuve tiempo de devolver el departamento que alquilaba. La dueña me odió y Juancito me guardó las cosas en la baulera del edificio, como un reaseguro logístico por si el plan romance fallaba. Era poco: la heladera que había sobrevivido a la Fiorino, elementos para hacer fuerza, una mesa de algarrobo de mi padre, un microondas, una olla Essen, cubiertos torcidos.

Un sábado mi novia y yo fuimos al bar malo de un museo; por el frío me la vi venir. Cortamos largo, como empapados de un líquido amniótico hecho de amor. Viví en un departamento prestado por la madre de mi hijo un par de meses y cuando conseguí un lugar Juancito me ayudó a mudarme. No le di plata porque no tenía, subimos una cama cinco pisos por la escalera.

A Juancito le va bien en el amor. Tiene una novia rubia, cuando estaban empezando los encontré en la escalera del edificio. Al tiempo formalizaron y fueron a una oficina del gobierno a que les certifiquen que viven juntos. Juan me pidió que salga de testigo, también había un señor que después como gasista resultó un fiasco, llevé un ramo chico de flores para la novia.

Es devoto del Gauchito Gil, al que se invoca para pedir buen regreso a casa. Tiene un auto-camioneta Renault con una calcomanía grande en la luneta que dice “tu envidia es mi progreso”.

Tiene un auto-camioneta Renault con una calcomanía grande en la luneta que dice “tu envidia es mi progreso”.

Juancito tiene propietarios e inquilinos preferidos, señoras a las que les hace las compras y otras diligencias y también enemistades que mantiene a lo largo de los años. En el primero hay una señora viejita y punk que usa calzas fucsias y ayuda en el Hospital de Clínicas para mantenerse activa. Ella es la principal enemiga de Juancito, los dos hacen como si el otro no existiera. Alguna vez quise acercar posiciones pero Juancito se mantuvo irreductible, dice que la señora es falsa. 

El hijo más grande de Juancito salió muy trabajador. Cuando era adolescente llevaba pedidos para una casa de comidas sin gracia de una señora evangélica de la cuadra. Ahora tiene una moto y reparte para Mercado Libre. A la hija y al hijo más chico los conozco menos pero parecen chicos muy alegres y educados, siempre me saludaban sabiendo que soy amigo de su padre.

Me cuesta mucho relacionarme con la gente, casi siempre no entiendo hasta dónde me quieren, por eso me es más fácil cuando hay reglas. Soy amigo de los mozos porque el intercambio es claro, como al principio con Juan Le Portier. Ahora estoy pobre, Juan me regaló un sommier de una plaza que me vino genial por si mi hijo quiere quedarse en el monoambiente. En dos días viene a instalar una tele gigante que me regaló mi amigo Homero y una lámpara patricia que me regaló mi amiga Marina, la hija de Homero. Sentir amor me hace muy bien. Juan se tiñe el pelo pero lo niega.

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Lisandro Varela

Autor de www.50argentinos.com, una herramienta de entrevistas en profundidad que sirve para enterarse de cosas. En Twitter e Instagram es @buenbipolar.

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