Fuego Amigo

La gente no necesita poemas

Los escritores que piden beneficios estatales para poder vivir de sus libros creen que un artista debería ser un ciudadano privilegiado.

La semana pasada, Télam público una nota en la que se analizaba críticamente la situación laboral de los escritores argentinos. La autora denunciaba una “uberización” del trabajo de escritor, signada por “una relación asimétrica de los autores con las editoriales, políticas públicas esquivas para el sector y cierta invisibilización del tiempo y el esfuerzo que implican escribir”. Los cuatro escritores que opinaban en la nota –Sergio Olguín, Martín Kohan, Enzo Maqueira y Paula Puebla– se quejaban de este estado de situación, pedían políticas públicas específicas para aliviarla y reivindicaban su condición de trabajadores en relación de dependencia.

No me interesa acá discutir el estatuto legal del trabajo de escritor ni discutir si los porcentajes o adelantos que pagan las editoriales son justos o no, sino tratar de entender qué concepciones del trabajo, la escritura y la economía podemos extraer de estos reclamos. Respecto al contenido del proyecto de ley de creación de un Instituto Nacional del Libro, una iniciativa que viene siendo defendida y promovida por algunos escritores y que según algunos vendría a solucionar este problema, suscribo cada uno de los argumentos en contra planteados por Nicolás Gadano en esta nota.

En 1982 el único que decía que vivía de la venta de sus libros era Jorge Asís, que agregaba un “disculpen” luego de su afirmación.

El año pasado, La Agenda publicó una interesante encuesta entre más de 120 escritores argentinos. Una de las preguntas era “¿Vive usted de la literatura? ¿Qué otras actividades realiza o ha realizado?”. Me tomé el trabajo de revisar todas las respuestas: sólo unos quince escritores declararon que la publicación de sus libros es la fuente principal de sus ingresos. Lo interesante es que casi todos parecían aceptarlo con naturalidad, asumiendo que nunca habían esperado otra cosa. Pareciera haber una contradicción entre las posiciones de los escritores (al menos según la encuesta) y las de aquellos que se atribuyen una defensa de tipo gremial, sea orgánica o inorgánica. Gonzalo Garcés recuerda en su respuesta que, en una encuesta similar publicada en 1982, el único que decía que vivía de la venta de sus libros era Jorge Asís, que agregaba un “disculpen” luego de su afirmación.

Nadie nos obliga a escribir libros

Es lógico que sean pocos los que viven de sus libros, porque la proporción de gente que consume literatura es muy reducida. Tal vez siempre lo fue. En todo caso, podemos decir que la situación laboral de los escritores es hoy incluso mejor que antes, ya que hay toda una batería de opciones que les permiten generar ingresos: talleres, clases en los distintos niveles, conferencias, premios por concursos, acceso a subsidios estatales, periodismo, edición, corrección, traducción, guiones para cine y series, etc. No se toma en cuenta que los escritores acceden a esos trabajos porque escriben libros. En la encuesta son muchos los que asumen que la publicación de sus libros no les genera ingresos directos pero sí indirectos: y están agradecidos y conformes con esa situación.

Incluso, es muy posible que nunca se haya dado un contexto mejor. Se publica muchísima literatura argentina, tal vez más que nunca; la perspectiva de crecimiento de las publicaciones digitales es algo concreto; las redes sociales pueden convertirse en otro canal de expresión literaria alternativo; la vitalidad de la edición independiente argentina (el éxito de la Feria de Editores lo prueba) es un fenómeno impresionante; el Estado cuenta con muchos programas que fomentan la lectura, la publicación y la exportación de literatura argentina.

En todo caso, hay que pensar que la Argentina podría estar mejor económicamente. Y, por añadidura, también estarían mejor los escritores.

Claro que todo podría ser mejor. En todo caso, hay que pensar que la Argentina podría estar mejor económicamente. Y, por añadidura, también estarían mejor los escritores.

Los que declaran en la nota de Télam parecieran sugerir que sería esperable que los escritores dediquen con exclusividad su tiempo a la escritura de libros. Esta exigencia puede leerse como otro indicio más de la incapacidad de una parte del mundo intelectual argentino para aceptar las reglas del capitalismo, al mismo tiempo que reclaman sus posibles beneficios. Pero también está implícita la idea del creador artístico como un ciudadano privilegiado, alguien que merece un reconocimiento particular por lo que tiene para ofrecer a los demás.

Nadie nos obliga ni nos pide que escribamos libros, filmemos películas o pintemos cuadros. Creo en las políticas públicas que promuevan la creación intelectual y artística, pero no deben entenderse como una dádiva para el creador sino como una forma de generar condiciones para que las obras accedan en mejores condiciones a la gente. Es una diferencia sutil pero fundamental. La mejora en la situación económica del artista gracias a las políticas estatales debe ser un beneficio por añadidura y no el primer objetivo.

En una de las entradas del Borges de Bioy, Silvina Ocampo y Manuel Peyrou discuten con Borges sobre si se debería pagar mejor a los escritores. Borges no está de acuerdo: “Ya hay más literatura de la que se necesita. ¿Por qué estimular ese exceso? Necesita la gente alimentos, ropas, muebles; no más poemas. Buenas remuneraciones estimulan la mala literatura. Yo prefiero la idea de los judíos, de que la gente tenga un oficio –carpintero, herrero, lo que sea– y si usted tiene algo que decir, escriba”.

 

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Juan Villegas

Director de cine y crítico. Forma parte del consejo de dirección de Revista de Cine. Publicó tres libros: Humor y melancolía, sobre Peter Bogdanovich (junto a Hernán Schell), Una estética del pudor, sobre Raúl Berón, y Diario de la grieta.

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