Fuego Amigo

Alberto y Fabiola son humanos

Además de todo lo que ya se dijo, el escándalo de la foto también muestra que la pareja presidencial necesitaba ver a sus afectos y que la cuarentena prolongada era imposible de cumplir.

Sobre la hipocresía de Alberto Fernández festejando el cumpleaños de su mujer sin respetar las normas que él mismo había impuesto al resto de los ciudadanos ya se ha dicho todo. Se ha hablado hasta el hartazgo –y está bien que así haya sido– del abuso de poder, de la sensación de que existe una casta privilegiada y de línea de puntos imaginaria que une “la foto” con la discrecionalidad en el uso de las primeras vacunas y tantos otros escándalos. Quisiera hoy referirme a otra cosa.

De las primeras, escasas y débiles defensas de la acción presidencial llamó la atención la que decía que los que protestaban por la fiesta eran anti-cuarentena y que, por lo tanto, no tenían derecho a reclamar por encuentros a los que por principios no deberían oponerse. Obviamente, esa defensa tiraba la pelota afuera, porque el centro del reclamo era el descrédito de la palabra oficial y la ya insoportable duplicidad del presidente, no el cumpleaños en sí. Sin embargo, otra de las conclusiones que podemos sacar del episodio tiene relación con esa aparente contradicción.

La cuarentena prolongada fue un proyecto sanitario inviable. Esto se ha dicho muchas veces, pero el arma sigue estando ahí, al alcance de los gobiernos, listos a desenfundarla al menor aumento de los casos. Es inviable no sólo por su demostrada ineficacia y los ahora comprobables costos de todo tipo que trae aparejada: es inviable porque no se puede cumplir. Su incapacidad para detener al virus y su eficiencia en destruir todo a su paso se vieron en la práctica. Que violentaba la condición social elemental del hombre era algo que sabíamos de antemano y que no se puso jamás en la balanza.

No son frivolidades: son las actividades que nos definen como personas.

Una cosa es que se le diga a la población que si no se encierra durante un mes es probable que muera muchísima gente y que su propia vida corre serios peligros: en esa disyuntiva no quedan dudas de que vale la pena el esfuerzo. Cuando los extremos de la ecuación –tiempo y riesgo– dejan de estar tan claros, la gente siente la necesidad de recuperar su esencia social. Los abuelos quieren ver a sus nietos, los jubilados quieren cobrar sus haberes, los hinchas de fútbol quieren despedir a sus ídolos, los jóvenes quieren conocer gente nueva, los políticos hablarles a las multitudes, los niños jugar con sus amiguitos y Fabiola festejar su cumpleaños. No son frivolidades: son las actividades que nos definen como personas. Desde ya que cada una de esas acciones puede estar mejor o peor organizada para minimizar riesgos. Lo que no se puede es cortarlas de cuajo sin estar violentando algo sencillamente esencial, para usar la palabra peor usada de este horroroso año y medio. 

Alberto Fernández, su gobierno, y también otros gobiernos distritales, como el de la Ciudad de Buenos Aires durante casi todo el año pasado, decidieron la vía monstruosa. Decimos monstruosa como “no humana”: el camino de pedirle a la población que haga algo que no puede hacer. Muchos, a caballo del miedo, cumplieron con las consignas a rajatabla y fueron quizás los más perjudicados psicológicamente y quienes más defraudados se sienten por el cumpleaños en Olivos. Sacrificaron afectos, alienaron a sus hijos, descubrieron el temor cotidiano de la muerte y sintieron que era insoportable la vida de considerar a cada semejante como una potencial arma letal. Desnudarse luego de tomar contacto con el delivery, rociar el salame con detergente, temerles a las superficies y usar barbijo caminando solo en un parque o encerrado en su propio auto, son simplemente formas de la locura, negaciones de la vida.

Alberto y Fabiola tuvieron la necesidad de contactarse con sus afectos, gente adulta que a su vez evaluaba el riesgo y aceptaba el convite para celebrar la vida.

Otros, en cambio, seguramente los más, optaron por la vía racional: ir regulando lo que se permitían a sí mismos más allá de las reglas absurdas, protocolos y DNU, evaluando riesgos y tomando decisiones. Es curioso que justamente esa haya sido la estrategia de la pareja presidencial cuando decidieron festejar el cumpleaños con un grupo de amigos. Tuvieron la necesidad de contactarse con sus afectos, gente adulta que a su vez evaluaba el riesgo y aceptaba el convite para celebrar la vida. Una acción humana tomada por gente cuyo pecado esencial no era sentir esa necesidad social de festejar sino querer negársela a los demás. Eran los únicos que no podían tomar esa sana decisión y la tomaron. Acceder al deseo de Fabiola fue de los pocos rasgos empáticos y humanos que mostró el presidente y le costó un daño descomunal.

La primera reacción ante la foto es sentirse insultado por el descaro y el abuso de poder. El sentimiento fue tan poderoso que hasta logró superar la grieta y afectar a algunos de quienes más cerca se sentían del presidente. Si se logra superar ese impacto inicial, uno puede seguir mirando la imagen y ver otra cosa, no necesariamente incompatible con la representación de la hipocresía: un grupo de gente común reunida para sentirse junta y celebrar la existencia. Es, en sí, algo bueno. Al costado, cerca del perro, aparece un hombre cansado y ligeramente ausente. No está acompañado de sus pares de la política sino de gente más bien irrelevante que poco podría aportarle más que hacerla ligeramente feliz a su pareja. Hoy, ese hombre levanta el tono y declara cualquier cosa tratando de salvar su pellejo político. Si realmente aprendiera la lección, no se arrepentiría de ese gesto natural y social de reunión y risas, se arrepentiría de habérselo impedido a los demás. Todavía está a tiempo de corregir algo: miles y miles de argentinos, por ejemplo, con la misma lógica monstruosa que impedía celebrar cumpleaños, hoy están buscando cómo sobrevivir en diversos lugares del mundo porque Argentina no les abre las puertas. La monstruosidad no ha terminado. Por más cumpleaños y menos protocolos.

 

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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