Fuego Amigo

El doble espejo en la otra orilla

Las virtudes de Uruguay, tanto las reales como las que nos inventamos, son una representación de los conflictos y frustraciones con nuestro propio país.

Ahí enfrente hay cosas incomprensibles para un argentino. No hay grieta inabarcable, no hay blanco y negro, no se juega al amigo-enemigo. Es, esa tierra de enfrente, un lugar en el que la pasión militarista y el populismo de corte mussoliniano nunca lograron florecer. Ni siquiera hay condiciones objetivas para que crezcan Moyanos o similares. Tan parecidos y tan diferentes. Qué extraña orilla la del Uruguay.

Atractiva desde siempre para un grupo de argentinos incapaces de pisar la Costa Atlántica (y no sin argumentos), la República Oriental del Uruguay pasó a convertirse en los últimos años en un objeto de deseo, en un sorprendente aspiracional explotado hasta extremos asombrosos en algunos medios, en un fetiche que funciona como doble espejo: nos hace entender todo lo que hacemos mal, pero también lo que podríamos hacer bien.

“Puestos a tirar globos de ensayo, habría que pensar en trasladar la capital a Montevideo. Y que Lacalle se haga cargo”, ironizó meses atrás Sergio Suppo, director periodístico de Cadena 3. Broma, aunque para algunos no tanto. Si por décadas el oscuro sueño de algunos era la anexión de Uruguay (“una provincia argentina”), un grupo pequeño, pero convencido, sueña hoy con lo contrario: la Argentina anexada al Uruguay y el país gobernado desde la Torre Ejecutiva de Montevideo.

Muchos de ellos son los que concentran las ansias de obtener los papeles de residentes en el Uruguay, de ser titular de una cuenta bancaria en el Uruguay. Comprensible: si el dólar costaba 17 pesos en Argentina hace tres años, hoy vale más de 200. En Uruguay el dólar, en ese lapso, pasó de valer 30 pesos a 44. Con un problema que surgió recientemente: la excesiva revalorización del peso uruguayo, que se acerca a los 41 por dólar. El dólar no sube, baja. El peso fuerte. ¡Quién pudiera!

El doble espejo nos muestra, también, cosas que no son reales, cosas que imaginamos o exageramos, espoleados por la amargura de nuestra larga decadencia.

El doble espejo nos muestra, también, cosas que no son reales, cosas que imaginamos o exageramos, espoleados por la amargura de nuestra larga decadencia. Hemos hecho muchas cosas mal, pero no todas. Por más de una razón, seguimos siendo necesarios y admirados más allá de nuestras fronteras. La voz le vibra de admiración a Gonzalo Moratorio, un científico que fue clave en la eficiente estrategia contra el COVID en Uruguay, cuando habla de Argentina y de los científicos argentinos. “El sistema científico argentino es muy, muy bueno, el Uruguay debería ir hacia ese sistema”.

Nos admiran pese a que, adictos al enfrentamiento, nos fascina pelearnos con nuestros vecinos, convencidos de que están hablando mal de nosotros, de que en algo nos están perjudicando. En esa volteada caen también los uruguayos, aunque pelearse con ellos sea como morderse el propio brazo. En enero de 2021, una periodista de El País, el diario más tradicional del Uruguay, escribió una crónica que era en realidad un experimento sociológico. Delfina Milder, la cronista, entró a un locutorio en una desierta Gorlero, la calle principal de Punta del Este. Desierta de argentinos debido a la pandemia, pero abundante en uruguayos que se aventuraban por territorios que habían abandonado hacía décadas. En el locutorio, la periodista se encontró con dos uruguayas. Una lavaba el piso, la otra tomaba mate. En dos frases, las damas resolvieron un debate de décadas. “Punta del Este es de los argentinos. No es de los uruguayos y nunca va a ser de los uruguayos […]. Si hay algo que tenemos claro es que el uruguayo no paga lo que paga un extranjero. Olvídalo. Prefieren hacer un café en su casa que salir a tomarlo. En otros países gastan todo, pero vienen aquí y quieren ser lo más austeros posible”.

Qué nos pasó, qué nos pasa

Resuelto un asunto nodal (Punta del Este es de los argentinos), hay que preguntarse entonces por qué Argentina no logra ser, en lo bueno, como los uruguayos. Nicolás Saldías, un uruguayo-canadiense que forma parte de The Economist Intelligence Unit, tiene la respuesta a partir del largo trabajo que escribió para su tesis doctoral: Uruguay fue influida por la Francia republicana y democrática, mientras que Argentina abrevó en la Italia de Mussolini y en el modelo del Ejército alemán.

“Uruguay, en medio de la Segunda Guerra Mundial, decidió ser un país más democrático. El Ejército no tenía injerencia en la política y el Estado no decía qué sindicato podía negociar, se creó un modelo de corporativismo democrático. En Argentina sucedió exactamente lo opuesto. En 1943, con Perón como protagonista, se instaló un régimen casi fascista y sin dudas pro fascista, a favor del Eje, muy diferente a lo de Uruguay, cuyo golpe en el 42 fue a favor de los aliados. Si sos un gobierno a favor del Eje en medio de la Segunda Guerra Mundial, entonces vas a imponer leyes fascistas, inspiradas en el fascismo. Y Perón, que fue a Italia en el 39 para saber mejor cómo funcionaba ese sistema, vio eso como un modelo. Empezó a imponer leyes laborales basadas en la Carta del Lavoro de Mussolini de 1927 para darle al gobierno el poder de determinar qué sindicato puede negociar y cuál no. Y ese modelo aún existe con la ley de asociaciones profesionales. Todavía existe el dedazo a favor del sindicato de Moyano y no de otro”.

¿Quiere decir eso que en Uruguay no es posible un Moyano o similar? Exacto, dice Saldías. “En Uruguay eso no existe, el Estado no tiene la capacidad de decidir la representación sindical”. Quizás por eso, a diferencia de lo que sucede en Argentina, donde el jefe del sindicato de porteros es dueño de un multimedios, el edificio del sindicato de porteros uruguayo tiene su sede en una vieja y desvencijada casa pintada de verde. El Estado argentino, concluye Saldías, se formó a partir del Ejército y de las élites del Ejército. Con Mitre, con Sarmiento y con Roca se instaló la idea verticalista de la política, del líder que dice lo que está bien y lo que está mal. Y de eso vivieron también Yrigoyen, Perón y otros líderes mucho más cercanos en el tiempo, líderes aún presentes.

Uruguay es, esencialmente, un Estado socialdemócrata. Argentina es, esencialmente, un Estado secuestrado por las corporaciones.

El Estado uruguayo, en cambio, se formó a partir de los partidos políticos. Las guerras pasaron por ellos, y los acuerdos, también. El Estado batllista impide los extremos: ni el Frente Amplio puede ser una izquierda dura ni el Partido Nacional (o Cabildo Abierto) pasarse de rosca. Uruguay es, esencialmente, un Estado socialdemócrata. Argentina es, esencialmente, un Estado secuestrado por las corporaciones.

De nuevo: ¿qué buscamos los argentinos en Uruguay? ¿Por qué miramos tanto al “paisito” de tres millones y medio de habitantes? Una reciente encuesta señaló a Alemania como el “país modelo” más elegido. Pero en segunda posición apareció Uruguay. “Ustedes tienen un hartazgo de su propio país. Tienen la sensación de que nunca saldrá adelante. Por eso les gusta Uruguay, un país que ofrece todo lo que sienten que les quitaron en el propio, un país donde la palabra tiene valor”. Ese es el diagnóstico que hace Laura, una uruguaya que no quiere dar su nombre real, porque trabaja en las dos orillas. Y las entiende a la perfección.

Hay matices y otras visiones, en cambio, en la opinión de Diego Navarro Drazich, doctor en Relaciones Internacionales, experto en turismo e investigador del Conicet: él también conoce los dos mundos, pero relativiza al Uruguay idolatrado. “Uruguay tiene una imagen de orden y seguridad que no nos caracteriza a nosotros. Y digo una imagen, porque no necesariamente es real. Ni siquiera es que los uruguayos vendan esa imagen, la construimos nosotros. Son más ordenados que nosotros, más previsibles, sí. Pero saben también ocultar la mugre debajo de la alfombra”. “Es muy difícil hacer negocios, la burocracia es tremenda”, apunta otro conocedor de las orillas.

Son más ordenados que nosotros, más previsibles, sí. Pero saben también ocultar la mugre debajo de la alfombra. Es muy difícil hacer negocios, la burocracia es tremenda.

Mugre o no, burocrático o no, Uruguay nos seguirá fascinando. ¿Cómo es posible que hablen tan parecido a un porteño sin sonar soberbios? ¿Cómo es posible que vayamos a un supermercado y descubramos que hemos vivido engañados, que la verdad láctea no es precisamente la de nuestra orilla? ¿Cómo es posible que el presidente gane un plebiscito y decida no celebrarlo con sus partidarios? Sencillo: Luis Lacalle Pou eligió hablar en una conferencia de prensa porque aspira a ser el presidente de todos los uruguayos. Sumarse a los festejos partidarios no era coherente con esa intención.

Así es Uruguay, que también es lento, antiguo, envejecido. Un país con unos ritmos y una cadencia de los que muchos argentinos se burlan, cuando en realidad es lo que fueron a buscar. Uruguay no conoce los extremos. “En este país la radicalización no paga y eso suele destruir discursos apocalípticos y augurios de revoluciones progresistas o conservadoras que nunca llegan”, destacó recientemente el periodista Leonardo Pereyra.

Uruguay nos interpela. ¿Qué pensar cuando el presidente Lacalle Pou habla claro, clarísimo, sobre lo que sucede en Cuba, Venezuela y Nicaragua, un tema que el gobierno de Alberto Fernández manejó de modo tan oscuro? Uruguay nos plantea, también, la recurrente pregunta de para qué sirve el Mercosur, cuando cruzar el Río de la Plata cuesta en barco o en avión lo mismo (o más) que volar entre Europa y Estados Unidos. Ahí sí que parecen sincronizar todos los gobiernos de las dos orillas: el cuasi monopolio no se toca. Integrar de verdad a los dos países sigue siendo una quimera.

A cuánto la sucesión

En 2021 el diario El Observador cumplió 30 años de existencia y publicó, en el día del aniversario, una primera plana que sintetizaba las historias más importantes de esas tres décadas. Alvaro Amoretti, jefe de Internacionales de ese diario en 1993, recordó cómo, tras entrevistar a Carlos Menem en la Quinta de Olivos, un asesor lo llamó al día siguiente mientras el entonces presidente era operado de una obstrucción a la arteria carótida. “Perdone que lo moleste, pero ha sucedido un imprevisto. Aunque quizá usted aún no lo sepa, el presidente Menem se sintió mal, tuvo un mareo y un cosquilleo en el brazo, y tuvimos que internarlo con urgencia. Su cuadro es grave. En unos minutos va a entrar a la sala de operaciones y, a sus 63 años, los médicos nos dicen que sus posibilidades de salir con vida son del 50 por ciento”, le dijo el asesor a Amoretti.

“Antes de que yo pudiera decirle que lo lamentaba, prosiguió”, recuerda el periodista uruguayo. “Lo llamo porque usted le hizo al presidente la que, si muere en la sala de operaciones, será su última entrevista. Y en ella, usted le pregunta quién es su heredero político. ¿Recuerda esa pregunta?”. Amoretti le dijo que la recordaba perfectamente. “Menem me dijo que en política no había herederos”. “Lo sé”, reaccionó el asesor. “Estoy acompañado de un grupo de hombres del presidente y tenemos aquí la desgrabación completa de la nota. Y por eso lo llamo. ¿Qué precio puede tener, si el presidente no sobrevive, cambiar esa respuesta y dar un nombre de un heredero político?”.

El periodista uruguayo se quedó helado. El asesor de Menem insistió. “Mire, póngase en nuestro lugar. Si el presidente muere, esa respuesta es su testamento político”.

El periodista uruguayo se quedó helado. El asesor de Menem insistió. “Mire, póngase en nuestro lugar. Si el presidente muere, esa respuesta es su testamento político. ¿Me entiende? Le hablo en nombre de un grupo de hombres del presidente y estoy autorizado a ofrecer una cifra de seis ceros para cambiar esa respuesta”. Por suerte para Amoretti, y quizás también para la vapuleada salud republicana argentina, Menem sobrevivió.

La otra historia “argentina” en aquella primera plana de El Observador que destacaba los hechos más importantes de los últimos 30 años recordaba los cortes de puentes durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Inviable pensar que un diario argentino le hubiera dado el mismo destaque al tema en una edición aniversario. Lo que de este lado fue en buena parte un happening político, más allá de las razones objetivas y los temores reales sobre la contaminación de las pasteras, allá fue un hecho que marcó profundamente al país.

La relación es inevitablemente asimétrica. A Lacalle Pou lo apasionará surfear y ser el presidente más en forma del planeta, como llegó a alardear su entrenador personal, mientras que Fernández preferirá tocar la guitarra y llevar una vida sedentaria, pero no hay forma de que Uruguay deje de ser el hermano menor, ni de que Argentina deje de influir muy fuertemente en la otra orilla, para bien y para mal.

¿Y entonces? ¿Qué pasa, porque nos sigue encandilando Uruguay? Porque el uruguayo está amigado con su país, exactamente lo opuesto de lo que le sucede a los argentinos con el suyo. Así, no se trata tanto de envidiar al amable y agradable vecino por lo que es. La envidia (y secreta admiración) pasa por descubrir que ahí, cruzando el río, hay una sociedad imperfecta, pero que en general está en paz con lo que es y confía en lo que puede llegar a ser.

¿Se imaginan vivir así?

 

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Sebastián Fest

Periodista y escritor. Con experiencia en medios de varios países, actualmente es corresponsal para el Cono Sur del diario español 'El Mundo', basado en Buenos Aires, y escribe para Infobae, Washington Post, Forbes y Bild, entre otros sitios locales e internacionales.

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