Fuego Amigo

Batman, un héroe para el pueblo

El mito del guardián de Ciudad Gótica admite infinitas lecturas políticas. Todas incómodas, tanto para la izquierda como para la derecha.

Tengo debilidad por leer notas sobre cómics. Incluso prefiero el argentinísimo y apropiado término “historieta”, aun con su tierna terminación despectiva. El sábado, Twitter mediante, llegué a una nota en la revista Anfibia llamada “El regreso de Batman, el superhéroe del uno  por ciento”, firmada por Demian Urdin. Urdin no es un improvisado respecto de las historietas, es antropólogo social y suele escribir sobre el tema en El grito del Sur, una web, digamos, de izquierda. Le agradezco su correcta gramática, algo que no abunda para nada y mucho menos en quienes conicetean textos (no vamos a dar ejemplos); en este caso, el tedio de la jerga no impide la lectura.

La nota se resume en este copete:

Un superhéroe con traje de murciélago es el máximo artificio para la conservación del status quo de una ciudad violenta y desigual como Gótica, con pobres muy pobres y ricos muy ricos. Dispuesto a dar su vida por la defensa de un supuesto bien común, cada noche Batman patrulla las calles y utiliza métodos parapoliciales para combatir el crimen y las supuestas amenazas terroristas. ¿Qué peligros e intereses en riesgo justifican que un empresario millonario, joven y atlético abuse de su poder y opere como una representación del orden en las sombras?

Lo primero que me llamó la atención –y aseguro que el copete es perfectamente representativo del texto– es que es un análisis anacrónico, de los que se hacían cuando Ariel Dorfman y Armand Mattelart tiraban aquella boutade (reconocido esto por ambos) de Para leer al Pato Donald (1972), un libro viejo en ideas y viejísimo en forma. Detrás de esta clase de análisis suele campear la idea de que los cómics, las películas, las canciones, cualquier artefacto del “arte popular” sirve para lavar la cabeza de los incautos e ingenuos. Digamos que ese punto de vista implica menosprecio del lector y sobrestimación del artefacto: nadie se vuelve X por acceder a Y salvo que ya piense X, y eso lleva, en los casos más extremos, a un fanatismo de bicéfalo; por un lado, acceder sólo a artefactos que expresen X, por el otro, mirar todo lo que dice Z como prueba (a veces por el absurdo) de que X es la verdad.

Detrás de esta clase de análisis suele campear la idea de que cualquier artefacto del “arte popular” sirve para lavar la cabeza de los incautos e ingenuos.

Lo segundo es lo que dice en particular el texto de Urbin. Para afirmar que Batman es un héroe cuyo fin es sostener el status quo de desigualdad capitalista y proteger los privilegios (faltó que dijera “de la casta” y rápidamente veríamos cómo comulgan ciertos extremos), analiza no sólo la película The Batman (2022), última expresión cinemática del encapotado a cargo del realizador Matt Reeves, sino que afianza su punto de vista (hasta tildar a Batman de anticomunista o poco menos) en cómics de Batman (la storyline “Troika”, de 1995, donde aparece el villano ex-KGB El Cosaco), Watchmen (de 1986-1987, mencionado un poco al pasar, cuando tiene mucho que decir de Batman, pero imagino que allí el problema era la extensión del texto) y Superman: Red Son (2003), una especie de “qué pasaría sí…” en la que Superman no cae en los Estados Unidos sino en la Rusia de Stalin, y Batman existe allí como un vigilante antiestalinista.

Con esos elementos, Urbin construye su argumentación, que me parece superficial: un tipo que hace justicia al margen de la ley en una ciudad capitalista básicamente ejerce un tipo de justicia acorde al lugar en el que vive. Pero resulta que el poder de Batman no radica ahí, que hay muchos elementos que relativizan y hasta hacen tambalear esta concepción, y que a Bruce Wayne no lo seguimos porque sea la racional encarnación del retorno violento del status quo sino porque está derrapadamente loco. Lo sabemos y él mismo lo sabe.

Batman, se sabe, no tiene superpoderes. Una bala, un buen golpe o una caída lo pueden matar como a cualquiera de nosotros. Su “superpoder” en todo caso es el dinero: Wayne es multimillonario. Pero no tiene ningún interés en el dinero. A contrario: lo usa en una empresa totalmente absurda, vestirse de murciélago para derrotar al Mal. El Mal con mayúscula: no solo los gánsteres como Salvatore Maroni o Carmine Falcone, sino el Mal encarnado en los villanos caóticos como el Guasón, el Acertijo, Bane o el Pingüino, que son absolutamente nihilistas. No son revolucionarios o “disidentes”, sino tipos desesperados ganados por el caos absurdo, que desean la desaparición de cualquier sociedad, no solo la “capitalista” de Gótica.

Hay Batman para todos

El problema con Batman, un gran mito del siglo XX, consiste en que el corpus batmaniano es enorme y así como es posible encontrar ejemplos para decir que es un vigilante capitalista, también es posible decir lo contrario.

Batman también es caos, pero un caos que encontró cauce en la defensa de los débiles. Sus escarceos eróticos y finalmente amorosos con Selina Kyle, alias Gatúbela, tienen que ver con que ella es una “víctima del sistema” que encuentra en una delincuencia ambigua (a veces es también heroína) una forma de justicia. Lo vio muy bien Tim Burton en Batman vuelve (1992), donde el villano es, ni más ni menos, un vampiro capitalista, un tipo que quiere sacarle la energía a la ciudad por pura avaricia (el Max Shrek de Christopher Walken). Selina es Batman sin el freno moral que, con los años, Bruce Wayne ha construido tanto en forma de moral como de ética: no mata (aunque sí lo hacía en aquellas primeras historias de fines de los años ’30, por lo menos hasta que Bill Finger introdujo a Robin, otra víctima, otro pobre huérfano no sólo en el sentido emocional sino en el económico).

Batman también es caos, pero un caos que encontró cauce en la defensa de los débiles.

Urbin traza un poco la historia del personaje en los cómics y dice que en los ’80 Batman todavía colaboraba con la policía, pero que en esta versión todo cambia:

Ahora Batman participa de las escenas del crimen, manipula pruebas judiciales, obstruye el accionar de los investigadores y, sobre todo, hace justicia por mano propia con el apoyo del aparato policial. Enarbola banderas morales que se vuelven un fin para justificar los medios, Wayne aparece ahora como un Sherlock Holmes enmascarado, un hombre cuya inteligencia puede dejar pasar las falencias del aparato policial.

Además, avisa que Batman tortura. En realidad, Batman se agarra a patadas con tipos que tienen esas reglas de juego. Lo que Batman hace es comportarse más o menos con los criminales porque un señor millonario, loco, que se viste de murciélago es también el caos, pero uno que ha encontrado su cauce, un caos si no creativo (Batman es muy creativo), al menos protector, en el lado correcto de la moral. Como los héroes de Clint Eastwood, es el que hace lo correcto cuando se debe, más allá de todo. Porque Batman/Wayne es una fantasía.

Pattinson es un Batman principiante

Dejemos de lado el argumento de Urbin de que los villanos “son víctimas del sistema”, o de que en un párrafo iguala la delincuencia a la disidencia como cosas que controlan y reprimen el orden liberal “blanco”. Son un poco boutades y desmentirlas llevaría demasiados caracteres. O que en esta película Batman llega a un velatorio en un auto de colección: Bruce Wayne es el disfraz de Batman –vean las películas de Christopher Nolan, para más claridad, especialmente El caballero de la noche (2008), y se porta a veces como un spoiled brat millonario por eso. Esa chicana no es digna del texto, pero sobre gustos…

Este Batman enajenado, totalmente triste, oscuro que propone Reeves en el gesto angustioso de Robert Pattinson es un Batman principiante. Es su segundo año como vigilante nocturno, todavía no tiene algunas de las trabas morales que ha de tener el personaje a lo largo de los años y mucho de lo que vemos se basa en la genial Year One (1987), novela gráfica de Frank Miller, en la que Batman es y no es Batman. Es decir, no es que Batman se haya “convertido” en un vigilante cruel, sino que aún no terminó de definir sus reglas.

Como dijimos, además, el corpus batmaniano es tan extenso que podemos decir que hay al menos un cómic central en la historia del personaje que desmiente todo esto: nada menos que The Dark Knight Returns (1986), también de Frank Miller. Allí, un Bruce Wayne cincuentón, retirado de la vigilancia nocturna, se encuentra con un mundo en caos y tiene que volver a ser Batman. Los villanos salen uno por uno del asilo Arkham (es raro que la nota de Urbin no mencione la relación de ese nombre con la mitología de Lovecraft, una relación directa más allá de la genealogía de Ciudad Gótica) y, en medio de una ola de calor tremenda y de una crisis casi terminal con la Unión Soviética crean un caos absoluto. Hay además un grupo anarquista-criminal descontento con todo que sigue a un líder monstruoso al que Batman vence.

Batman funciona y sigue atrayendo porque no es el “superhéroe del uno por ciento” sino un personaje mucho más complejo y bastante elástico.

Pero lo más célebre de esa historieta es el enfrentamiento entre Batman y Superman. Porque Batman es un problema para los Estados Unidos y su presidente, puntualmente dibujado igual a Ronald Reagan. Porque no se atiene a las leyes, porque intenta un cambio social, ni más ni menos, y porque, por encima del Estado, es un peligro. Superman va a vencerlo y sabe que, en última instancia, va a matarlo. Lo hace después de reventar un misil nuclear soviético, dicho sea de paso. Sucede lo inesperado: Batman vence a Superman y lo hace sangrar. Pero sobre todo, le recrimina que él tiene el poder de cambiar el mundo para bien y se convirtió en el boy scout de la agenda política americana. Al final, después de dos vueltas de tuerca, Batman-Wayne toma a los desencantados y enojados, a los subversivos, a los locos, y decide entrenarlos, crea un ejército personal o algo así con el fin de cambiar las cosas.

Ese cómic es complementario de Year One, y desmiente –incluso y sobre todo desde su diseño cercano a la sátira– lo que Urbin dice del personaje. Batman, ese hijo no reconocido del Conde de Montecristo, producto de una época de justicieros violentos (la Gran Depresión, la Ley Seca, la era Dick Tracy), funciona y sigue atrayendo porque no es el “superhéroe del uno por ciento” sino un personaje mucho más complejo y bastante elástico que, por actuar al margen de la ley, siempre es incómodo para izquierdas y derechas. Y el pueblo, esa entelequia, necesita un héroe así de complicado ante el Mal, el verdadero.

 

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Leonardo D'Esposito

Crítico de cine, periodista, docente. Edita en BAE Negocios, escribe en Noticias y Brando y publicó cuatro libros, entre ellos "50 películas para ser feliz".

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