JASON SUDEIKIS
Fuego Amigo

Del deporte también se sale

'Ted Lasso', que ayer ganó cuatro Emmy, combina diálogos ingeniosos con una sensibilidad trágica para contar la historia de un DT de fútbol americano que dirige un equipo de la Premier League.

Un equipo de fútbol en apuros ofrece siempre un puñado de historias atractivas. La anchura amoldada al drama cotidiano de lidiar con resultados adversos y su permeabilidad constante alimentan una iconografía errante y abismal. Si a la angustia de la escena se suma la sesgada intervención de una mujer que heredó la gestión del equipo a punto de descender de su exmarido infiel –está decidida a arruinarlo con la contratación de un entrenador amateur de fútbol americano–, quedamos frente a un paisaje narrativo tan singular que resulta imposible no querer mirarlo con cuatro ojos.

De eso se trata Ted Lasso (Apple TV+), la comedia protagonizada por Jason Sudeikis que ayer ganó cuatro premios Emmy. El personaje nació en una tira de cortos publicitarios con los que la NBC promocionó la transmisión de la Premier League en los Estados Unidos. Lasso es una especie de Eber Ludueña sensible; con un humor sutil, le dedica más chistes a la cultura pop que al entorno del fútbol. En esos gags se bocetó al entrenador de fútbol americano que viaja a Londres para dirigir el primer equipo del Richmond, sin demasiada idea sobre el reglamento de fútbol ni del ambiente que lo rodea.

Lasso es una especie de Eber Ludueña sensible; con un humor sutil, le dedica más chistes a la cultura pop que al entorno del fútbol.

Sudeikis surgió de las inferiores de Saturday Night Live (2005-2013) y participó en comedias como Quiero matar a mi jefe (2011) y ¿Quién *&$%! son los Miller? (2013). Los co-creadores son Brendan Hunt (el impertérrito Beard, ayudante de campo del Richmond), Joe Kelly (guionista de SNL y de sitcoms como How I Met Your Mother) y Bill Lawrence (productor de series como Spin City y Scrubs). El grupo entendió cómo llevar toda la historia a un espacio de mucha familiaridad, a tal punto que más que espectadores somos, enseguida, cómplices.

Vale la pena examinar a Ted Lasso para ver cómo opera el espíritu del protagonista dentro de las necesidades narrativas de la historia: parten de lo que el entrenador tiene alrededor y de los mecanismos que utiliza para conectarse con ese núcleo. Por un lado, pretende convencer a sus jugadores de que no importan los resultados (no puede creer que en el fútbol de Inglaterra haya descensos; eso no existe en la Major League de los Estados Unidos, donde los equipos son franquicias); al mismo tiempo, como si activara un canal simultáneo a su impronta de sapo de otro pozo, los hace reflexionar sobre cómo ser buenas personas.

El mundo del fútbol es hipercompetitivo y cruel –no muy distinto a ese en el que estamos atrapados–, es muy probable que un buen equipo con los mejores jugadores no obtenga un campeonato. Así como los matrimonios felices pueden terminar en un divorcio aunque esté compuesto por buenas personas, como Lasso. De hecho, ¿qué hace en Londres aprendiendo a dirigir un equipo de fútbol si no es porque está escapando de algo duro de soportar? En ese contexto, la serie adopta su sentido trágico. Lasso acepta el hecho de que la vida a veces es muy dura, pero también está comprometido con la idea de que uno siempre puede facilitarle las cosas al otro.

Una de las primeras declaraciones que hace a la prensa es que no le importa ganar o perder. Olvida que eso es algo que a menudo puede suceder en el fútbol. Considera que su trabajo consiste en ayudar a todos, a cada uno de los miembros del equipo, dentro y fuera del campo. Como tantas grandes historias deportivas, Ted Lasso se basa en el viejo adagio de que no importa el resultado, sino cómo jugás. Balancearse entre destinos definitivos es frustrante para Lasso, a menos que allí encuentre un colchón que pueda amortiguar el golpe de una caída.

Su némesis es Rebecca Welton –Hannah Waddingham, sex bomb con una belleza teletransportada desde la década de los ’90 vía Game of Thrones–, la dueña del club. Rebecca es una villana que no puede consumarse del todo, si bien sus acciones instigan todo lo que sigue. Es una divorciada definida por una cultura sexista y queda aislada por ello. Su deseo de quebrar la institución debe encontrar nuevos cauces porque, aunque el equipo no gana, Lasso acumula cada vez más reconocimientos. Waddingham imprime una compleja sensibilidad en el personaje, enfatiza lo que Rebecca siente incluso cuando no se permite explicitar lo que tiene para decir.

La superposición de diálogos con remates rápidos y chistes ingeniosos le asegura un carácter atemporal al humor de la serie, algo que recuerda a los hermanos Marx.

Lasso encuentra en el vestuario una batalla interna entre Jamie (Phil Dunster) y Roy (Brett Goldstein): típico, es un enfrentamiento entre la estrella con proyección del plantel y el veterano a punto de retirarse. A su manera, logra contenerla y se gana a los periodistas partidarios; incluso crece en las tribunas, en donde le dedican cánticos aunque no sean más que para putearlo. La superposición de diálogos con remates rápidos y chistes ingeniosos le asegura un carácter atemporal al humor de la serie, algo que recuerda a los hermanos Marx. La mayor parte proviene de los gestos de los actores o de bromas puntuales que impulsan la historia. “Golpearte a vos mismo es como Woody Allen tocando el clarinete: no quiero escucharlo”, le dice Ted a un angustiado Roy en el vestuario. A diferencia de los anuncios que forjaron la creación del personaje, el objetivo aquí no es volverse viral con frases cegadoras; es ofrecerle al público un humor con ingenio y encanto. Y hay unos personajes imposibles de no amar: Nathan (Nick Mohammed), el utilero del equipo, y Keeley Jones (Juno Temple), la novia influencer de Jamie.

Como un wing de gambeta insondable, Ted Lasso zigzaguea en la dirección contraria en la que se espera que lo haga; algunos momentos después, te zambulle con un giro de la trama o una elección de personaje que sorprende de la mejor manera. La serie se convirtió en un espectáculo abierto sobre la bondad y sigue siéndolo en su segunda temporada. Allí mejora todo lo bueno de la primera al relevar al entrenador de su papel exclusivo como agente principal de sabiduría, pacificador y faro de positividad de su equipo y permite que otros personajes transporten las antorchas por él. Sin entrar en detalles, esta segunda parte no tiene lugar inmediatamente después de los eventos del final de la primera, pero no hay absolutamente ningún período de ajuste necesario para ponerse al día con el nuevo orden. Los queridos jugadores del Richmond siguen siendo perseguidos por la desgracia a pesar de las buenas intenciones. La recuperación está a la vista: del deporte también se sale.

 

 

 

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Damián Damore

Periodista. Colaboró en Clarín y La Agenda, entre otros medios. Escribió el libro Luces Calientes, un libro sobre Sumo y prepara otro sobre Los Twist.

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