Fuego Amigo

Pesimistas del vaso lleno

A pesar de que el Gobierno se adjudica un triunfo que no fue y parte de la oposición se siente decepcionada con la victoria, los resultados fueron contundentes. Larreta no emergió como claro líder de la oposición, pero JxC tiene muchas figuras para 2023.

Las elecciones del domingo han generado dos nuevas clases de optimistas y pesimistas: los pesimistas del vaso lleno y los optimistas del vaso vacío.

El resultado fue contundente por donde se lo mire. El Gobierno resignó la mayoría absoluta en el Senado. Arriesgando poco, perdió bancas en la Cámara de Diputados y, dependiendo del escrutinio definitivo en La Rioja, podría dejar de ser la primera minoría en la Cámara Baja. Fue derrotado en la provincia de Buenos Aires a pesar de haber puesto toda la carne al asador. Más aún, a nivel nacional quedó 9 puntos detrás de Juntos por el Cambio.

Sin embargo, el Presidente convocó a la militancia a celebrar un “triunfo histórico” mañana y Victoria Tolosa Paz señaló que el Frente de Todos había “ganado perdiendo”. Dentro de Juntos por el Cambio hay quienes parecieran decepcionados por haber ganado en la provincia de Buenos Aires por un margen inferior al que vaticinaban algunos sondeos de opinión pública, y menor a la diferencia obtenida en las PASO.

Dentro de las dos principales fuerzas políticas pareciera que hay quienes padecen de una seria distorsión cognitiva.

En el Frente de Todos tenemos a los optimistas del vaso vacío. Efectivamente, el vaso está casi tan vacío como las arcas del Banco Central. Se festeja haber perdido por una menor diferencia en la provincia de Buenos Aires y haber revertido las derrotas en las primarias en Chaco y Tierra del Fuego. Tal vez, sin proponérselo, la referencia presidencial al “triunfo histórico” que celebrará el peronismo en el Día de la Militancia rinde un inesperado tributo al triunfo en las elecciones municipales de Perico, Jujuy de 1991, a la mesa 86 de Necochea de las elecciones de 2003 y a las “derrotas dignas” de los Pumas, aunque la contundencia del resultado del domingo pone en duda el carácter digno de la derrota.

Existen, desde ya, casos en los que se pierde ganando y se triunfa perdiendo. Pero nada indica que eso es lo que haya ocurrido el domingo.

Existen, desde ya, casos en los que se pierde ganando y se triunfa perdiendo. Pero nada indica que eso es lo que haya ocurrido el domingo.

El Presidente tiene, de cualquier modo, motivos para celebrar. Una peor performance habría probablemente completado la purga de funcionarios albertistas iniciada tras las PASO del 12 de septiembre, que de momento ha quedado inconclusa hasta nuevo aviso.

En Juntos por el Cambio tenemos a los pesimistas del vaso lleno: la coalición obtiene un triunfo contundente, suma diputados, senadores y, por segunda vez consecutiva, triunfa en los cinco distritos más poblados en una elección legislativa, con el agravante de que esta vez lo hace siendo punto y no banca. Quienes se sientan decepcionados en Juntos por el Cambio por el resultado del domingo deberían reservar urgentemente un turno con el psicoanalista dado que son un claro ejemplo de la neurosis identificada por Freud como “los que fracasan al triunfar”.

Como canta Joan Manuel Serrat en “Cada loco con su tema”: “prefiero ganar a perder”. Y uno puede agregar que tanto como en política como en el fútbol es siempre más lindo “ganar, golear y gustar”. Tal vez hay quienes en Juntos por el Cambio se tornaron demasiado menottistas cuando la política es esencialmente bilardista. El resultado manda, y el resultado fue favorable. La narrativa que ha tratado de imponer el Gobierno no resiste el menor análisis.

Virtù o fortuna

Por muy sorprendente que parezca, el larretismo parece ser el sector de Juntos por el Cambio “golpeado anímicamente” por el triunfo del domingo. Curioso país en el que quien triunfa se deprime y quien pierde festeja.

Desde ya que una performance mucho más contundente de Juntos por el Cambio en la Ciudad y en la Provincia de Buenos Aires habría sido un fuerte impulso al proyecto presidencial de Horacio Rodríguez Larreta, quien se habría convertido instantáneamente en el “candidato natural” de la coalición opositora para 2023. Más aún, analistas, periodistas y connotados miembros del círculo rojo habrían elevado al Jefe de Gobierno a la categoría de “líder de la oposición”, una figura que no existe en nuestro diseño institucional y que es más bien propia de los regímenes parlamentarios.

La carrera por la presidencia es un maratón y desde ya que siempre es bueno correr con ventaja. Pero lo importante no es ser el primero del pelotón en el kilómetro 21, sino ser quien cruza primero la línea de llegada. ¿Habría sido deseable para Juntos por el Cambio ganar más cómodamente en provincia de Buenos Aires? La respuesta es obvia: ¿qué duda cabe? Dicho esto, los pesimistas del vaso lleno dentro del larretismo tienen que mirar justamente que el vaso está lleno de agua y que incluso el haber ganado por menos de lo que se creía tiene algunos beneficios.

No hay tal cosa como líder de la oposición en nuestro sistema político. Pero que la figura no exista en los hechos, no obsta a que el círculo rojo crea en su existencia y obre en consecuencia. ¿Reportaba alguna ventaja para el proyecto presidencial larretista tener el honor de ser elevado a la categoría de líder de la oposición? Nuevamente, la respuesta es simple: no. Sencillamente porque Horacio Rodríguez Larreta no hubiera sido líder de una oposición que es heterogénea y que no se habría resignado a aceptar su candidatura natural cuando aún estamos en la mitad del maratón. Pero, amén de ello, ser líder de la oposición implica pagar costos. No se me ocurre mejor ejemplo que el de Antonio Cafiero en 1987, también candidato natural (fallido) del peronismo y líder de la oposición. Las elecciones legislativas de mitad de mandato son un mal predictor de la presidencial siguiente. Tal vez valga la pena recordar la sabiduría del expresidente Carlos Saúl Menem, quien sostenía acertadamente que “quien entra como Papa, sale como cardenal”. O de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en “La bestia pop” cuando cantan que “hay caballos que se mueren potros sin galopar”.

Maquiavelo en El príncipe señala que los principados se adquieren y se pierden por una combinación de virtù (astucia, inteligencia, habilidad) y fortuna (suerte). Horacio Rodríguez Larreta debería considerarse un hombre afortunado. En 2015, Gabriela Michetti decidió presentarle batalla en la interna del PRO por la nominación del candidato a Jefe de Gobierno. Aunque probablemente no lo haya advertido en ese momento, la decisión de Michetti le hizo un gran favor al hoy Jefe de Gobierno porteño. Difícilmente una candidatura de unidad hubiera obtenido un 47% de los votos, algo que apuntaló a Rodríguez Larreta de cara a la elección de julio de 2015.

A pesar de haber ganado por menos de lo esperado en provincia de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta sigue siendo uno de los candidatos naturales para 2023.

La inesperada decisión del radicalismo de presentar batalla en la provincia de Buenos Aires en las PASO de este año también le hizo un gran favor al Jefe de Gobierno porteño. ¿Habría sido Juntos la fuerza más votada en las PASO de septiembre de haber llevado una lista de unidad como pretendían algunos dirigentes que aún no entienden las ventajas de nuestro sistema de primarias? Probablemente no.

A pesar de haber ganado por menos de lo esperado en provincia de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta sigue siendo uno de los candidatos naturales para 2023. Gobierna un distrito, algo que le brinda recursos y visibilidad. No sólo eso, se trata de un distrito del que han surgido dos presidentes desde 1994 a la fecha. Más aún, el Jefe de Gobierno porteño ha evitado la corona de espinas de ser el líder de la oposición. Quienes dentro del larretismo no adviertan esto deberán ir a ver a un discípulo de Sigmund Freud a la brevedad.

El largo porvenir

Es frecuente escuchar a algunos periodistas y analistas políticos que critican la ausencia de liderazgo en la oposición. En el Frente de Todos hay un claro liderazgo, el de la Vicepresidenta. Los resultados están a la vista.

Juntos por el Cambio no tiene un único candidato natural ni tampoco un líder que imponga sus decisiones a la coalición. La falta de liderazgo en un gobierno es definitivamente un problema. Pero los liderazgos fuertes en la oposición pueden en algunas instancias ser sumamente dañinos. Los amigos radicales se ofenderán, pero el liderazgo de Raúl Alfonsín en la UCR como expresidente fue sumamente dañino para el centenario partido. La magra elección del ahora kirchnerista Leopoldo Moreau en 2003 y el haber consagrado a dedo a un exfuncionario kirchnerista como candidato presidencial de la UCR son dos ejemplos de ello.

No se trata de elogiar la anarquía, sino más bien en todo caso de rehuir al canto de sirena de quienes demandan liderazgo en la oposición. Tratándose de una coalición opositora es natural que no haya un líder. Que no haya líder no es un problema. Problema es que no haya figuras competitivas. Pero ese no es hoy un problema de Juntos por el Cambio, que cuenta con una variedad de figuras con aspiraciones presidenciales y que disponen –tal como quedó comprobado este año– de una herramienta para definir la candidatura presidencial: las PASO. El problema más bien lo tienen quienes no tienen figuras competitivas. Esa es hoy la situación del Frente de Todos. Desde ya que esto puede cambiar en dos años. Pero en la actualidad, a pesar de tener liderazgo, quien tiene más urgencia de poner las barbas en remojo de cara a 2023 es el gobernante Frente de Todos antes que Juntos por el Cambio.

En la actualidad, a pesar de tener liderazgo, quien tiene más urgencia de poner las barbas en remojo de cara a 2023 es el gobernante Frente de Todos antes que Juntos por el Cambio.

Para las elecciones presidenciales resta una eternidad. Si algo debiera hacer Juntos por el Cambio es asumir que, en caso de suceder a Alberto Fernández, heredará una situación económica crítica, dado que es altamente improbable que el Gobierno se aboque a resolver en lo que queda de mandato los problemas estructurales que desde hace largo tiempo arrastra la Argentina. No tiene incentivos ni voluntad política de hacerlo. Por ello, quien aspire a suceder a Alberto Fernández debería aprovechar este tiempo para formar equipos y diseñar un plan realista pensando en el país que recibirá en 2023.

Para bien o para mal, no se trata de problemas nuevos o desconocidos. Más bien lo contrario, dado que la Argentina se ha convertido en un país de tributo permanente a El día de la marmota, la conocida película en la que el protagonista despierta siempre en el mismo día. Hay abundante literatura acerca de la naturaleza “ochentista” que revisten nuestros problemas económicos, sobre cómo solucionarlos y sobre la viabilidad política de las soluciones disponibles. Hay dos años por delante para ponerse a repasar esa copiosa literatura.

 

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Ignacio Labaqui

Analista político y docente universitario.

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