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Fuego Amigo

Después del escrache

En el regreso de 'Master of None', Aziz Ansari se corre del centro y abandona el humor, quizás como consecuencia del escándalo que sufrió en 2018. La decisión, aunque injusta, termina jugando a favor.

Las dos primeras temporadas de Master of None, emitidas entre 2015 y 2017, habían resultado una novedad refrescante dentro de la oferta habitual de Netflix y aun entre todo el universo de las plataformas. No es que no se haya recurrido antes (ni después) a la fórmula de una comedia con capítulos cortos y centrada en la figura de un comediante carismático, con guiños autobiográficos, comentario social y un poco (o mucho) de incorrección política. Pero Master of None se despegaba del resto por su amabilidad sensible, lo que hacía que su retrato generacional en el que se ponían en juego nuevas formas de vivir la sexualidad, el amor, la amistad, el trabajo y el vínculo con los padres (o sea, prácticamente todo lo que importa) nos resultaba encantador.

La mirada de la serie sobre el mundo podía ser por momentos melancólica y no muy entusiasta acerca de la posibilidad del amor en pareja, pero respiraba un optimismo vital que se imponía por encima de la superficie de la trama. Si algo resultaba entrañable en las dos temporadas iniciales era ese atravesar piadoso por la vida de todos los personajes, esa capacidad para comprender sus debilidades, aceptar sus fallas y encontrar momentos de iluminación en los lugares más insospechados.

La búsqueda del amor y del éxito profesional eran los dos grandes motores narrativos alrededor de los cuales se entretejían las historias, pero otras dos preocupaciones se intercalaban entre esos dos temas y terminaban siendo también fundamentales: la convivencia entre las distintas etnias y la pasión fervorosa por la comida. Como en su contemporánea Fleabag (Amazon Prime), igual de notable, fresca y emotiva, aunque en otro tono y con otras preocupaciones particulares, Master of None fue, en versión masculina, un gran retrato de la crisis de los 30 en el mundo urbano contemporáneo.

Master of None era otra cosa y lograba un equilibrio perfecto entre las buenas tradiciones del cine y la televisión.

Pero hay algo más. Sin dejar de lado una lógica televisiva basada en el predominio del argumento por sobre la forma, el ritmo sostenido, los puntos de inflexión permanentes y una puesta en escena correcta pero generalmente funcional, la serie creada por Aziz Ansari y Alan Yang se atrevía muchas veces a narrar con procedimientos cinematográficos. Y no me refiero a las citas al neorrealismo en la temporada 2, que eran simpáticas pero caían en cierta banalidad pretenciosa. Hablo de puesta en escena cinematográfica, eso que en el 90 % de las series se evita, se ignora o se simula a través de la gravedad o el impacto visual. Por ejemplo, lo que logra en ese largo viaje en taxi de Dev (Ansari) en el final de uno de los episodios de la temporada 2, sostenido en un plano fijo sin cortes, usando el tiempo real a favor de la tensión dramática y confiando en la fuerza del fuera de campo: eso es puesta en escena.

Pero la verdad es que yo no le exijo a toda la televisión que sea cine. La buena televisión puede hacerse (y se ha hecho) prescindiendo de la planificación visual cinematográfica. En ese sentido, grandes momentos de la historia de la TV (Seinfeld, para nombrar uno) no le deben nada al cine. Para dar un ejemplo actual, si quieren ver buena televisión les recomiendo Brooklyn Nine-Nine (Netflix), la muy divertida sitcom acerca de una comisaría neoyorquina. El problema es eso que podríamos llamar TV de qualité: propuestas que pretenden ser más audaces visualmente que la media pero de una forma superficial, apelando al lujo o la espectacularidad y, generalmente, a la sordidez y la solemnidad. Será por eso que no pude ver más que dos capítulos de la sobrevalorada Gambito de dama (Netflix) o que acabo de abandonar Them (Amazon Prime), por obvia y grandilocuente, antes de terminar el primer episodio. Las horas de mi vida que perdería ahí las sigo aprovechando para ver todo el cine que me falta ver.

Pero Master of None era otra cosa y lograba, en sus primeras dos temporadas, un equilibrio perfecto entre las buenas tradiciones del cine y la televisión. Tal vez ahí estaba su novedad. No se avergonzaba de ser televisión, pero al mismo tiempo se atrevía a lo cinematográfico desde la convicción y el riesgo.

Un adolescente caprichoso

Cuando todo hacía suponer que una nueva temporada iba a llegar pronto, a principios de 2018 hubo un punto de inflexión en la vida de Aziz Ansari. Un artículo en una revista digital recogía el testimonio anónimo de una mujer, en la que narraba una cita sexual que había tenido con el actor. Según ese relato, Ansari la invitó a su departamento y una vez ahí intentó pasar de los besos al sexo, con una insistencia que parecía no entender que ella no estaba interesada. El artículo hacía quedar a Ansari como un adolescente caprichoso, obsesionado por forzar sexualmente a la chica, no entendiendo las señales, no verbales, que ella le daba para que se detuviera. Está claro que no se trató de una violación ni nada parecido, pero se hizo pública una situación en la que se hizo muy fino el límite entre lo que sería un acto sexual consensuado y un comportamiento que para muchos resultaba inapropiado. En pleno furor del Me Too, esa situación privada se convirtió en un escándalo público, cuando no debería haber tenido más consecuencia que un pedido de disculpas o lo que esos dos adultos hubieran decidido hacer para resolver lo que para uno de ellos resultó incómodo y molesto. Ansari pasaba a ser para muchos un monstruo, un farsante, un depredador sexual. Una exageración total. Sin embargo, la realidad es que Ansari dejó prácticamente de aparecer en público y no participó en ningún proyecto por mucho tiempo. Hasta que en estos días una nueva temporada de Master of None apareció en Netflix.

Se podría decir que no se trata de una tercera parte, sino más bien de un spin-off a partir de Denise (Lena Waithe), un personaje secundario en las dos primeras temporadas. Pero me parece que debemos leer la decisión de nombrarla como “temporada 3” no tanto como una estrategia comercial para aprovechar el éxito de las temporadas previas e incluso el morbo por el retorno de una serie que parecía condenada a la cancelación luego del escándalo. Me gusta pensar que al plantearla como una continuación, Ansari nos está diciendo a todos (pero sin decirlo del todo) que la decisión de no estar al frente como protagonista debe ser leída en relación a lo que sucedió en 2018. De hecho, su presencia fugaz como personaje secundario en dos de los episodios de esta tercera temporada no hace otra cosa que recordarnos su ausencia. De acuerdo a las declaraciones de Waithe, protagonista y coguionista de esta nueva temporada, la idea de que el personaje de Dev diera un paso al costado era algo decidido antes del escándalo. No tenemos por qué no creerle, pero de todos modos es imposible no leer estos nuevos episodios desde ahí.

La falta de humor y presencia masculina responden a lo que Ansari está sintiendo hoy como artista y como persona.

No parece casual que las dos protagonistas pertenezcan a minorías, en varios sentidos, en lo que concierne a la representación audiovisual. Son mujeres, son lesbianas, son negras y no son atractivas según los parámetros convencionales (Naomi Ackie podría serlo, pero su belleza está disimulada o atenuada y nunca puesta en primer plano). Esta decisión parece honesta y responde a un interés genuino de Ansari por la representación de las minorías. No se nota forzada por la corrección política ni la adhesión falsa a un espíritu de época. Sin embargo, es imposible no preguntarse por qué renunció al humor chispeante de las primeras dos temporadas y sintió que era necesario que todos los personajes masculinos desaparecieran del centro de atención. ¿No está pagando un precio demasiado grande por haber sido injustamente acusado y condenado mediáticamente? Uno tiene la impresión de que sí, de que algo no está bien, de que las aventuras sentimentales de Dev, esa suerte de Antoine Doinel contemporáneo, merecían una continuidad. De hecho, el primer episodio da un indicio de lo que podría haber sido la temporada 3 con él de protagonista.

Pero al mismo tiempo, siento que fue la mejor decisión; que la falta de humor y presencia masculina responden a lo que sinceramente Ansari está sintiendo hoy como artista y como persona. No está bien que así sea, pero es lo que es. Toda obra de arte se construye a partir de lo que se descarta. Lo que queda en la obra es lo que el artista decidió incluir. Y eso debe ser respetado. Quiero decir: está mal un mundo que obliga a un creador a renunciar a una parte de su universo sensible, pero no está mal la obra que se hace cargo de la necesidad de esa renuncia. En todo caso, esa renuncia es también una forma de hablar de ese mundo que no nos gusta.

Esta temporada 3 tiene una gravedad en el tono que no puede ser el resultado de un cálculo sino de un estado de ánimo. Y más allá de la situación personal de Ansari, hay que sumar que la atmósfera de toda la temporada parece ser la del mundo en pandemia, aunque la pandemia no se incluya en el universo narrativo. No hay barbijos ni cuarentenas, pero el Covid se respira en el aire. Casi todos los capítulos se construyen alrededor de la angustia y abundan las reflexiones acerca del éxito (o del fracaso, mejor dicho), el paso del tiempo, la inevitabilidad de la muerte o la imposibilidad del amor. Y Ansari, como director, logra estar a la altura del desafío que implican esos grandes temas.

Esta temporada 3 tiene una gravedad en el tono que no puede ser el resultado de un cálculo sino de un estado de ánimo.

La apuesta por el lenguaje estrictamente cinematográfico, eso que en las dos primeras temporadas eran apuntes sueltos e intermitentes, acá ocupa la totalidad de las decisiones estéticas y narrativas. No hay un solo movimiento de cámara en toda la temporada. Ansari narra con planos fijos muy largos, no recurre nunca al plano y contraplano para los diálogos, confía en el fuera de campo sistemáticamente, no usa primeros planos, se anima a los tiempos muertos y a sostener el plano vacío, sin los personajes, en momentos claves. Por otro lado, hay un uso del gran angular muy sorprendente, porque sabemos los peligros de este tipo de lentes, que en su ambición por querer mostrar todo suelen terminar no mirando nada y pagando el precio de la deformidad y lo falso. Nada de eso sucede acá y los planos tienen un atractivo visual que no recae nunca en los lugares comunes ni en el preciosismo edulcorado. No es casual que esta temporada esté rodada en fílmico. Los abusos del gran angular fueron peligrosos siempre, pero en el cine y en la televisión grabada en digital son un camino casi seguro a la fealdad y la imprecisión.

¿Pero entonces estamos hablando de cine o de televisión? Yo creo que es televisión que se aprovecha del cine. El impacto que nos produce esta tercera temporada no sería tan eficaz si se tratara de un largometraje de 180 minutos que, como consecuencia de la pandemia, se terminara estrenando en Netflix dividido en episodios. Ansari es más inteligente y asume que es un hombre de la televisión, que ama el cine pero que no pertenece del todo a ese mundo. Plantea esta historia conmovedora de una pareja a lo largo de varios años como la tercera temporada de una serie de televisión precisamente para que lo veamos como televisión. Pero de pronto nos vemos sorprendidos por resoluciones formales que son las del cine, lo que funciona como un agregado y no como un mero condimento estético. Tal vez Ansari se haya dado cuenta de que el futuro ya llegó y que el cine ya no existe y sólo nos queda la televisión, esta nueva era de la televisión en plataformas, pero al mismo tiempo nos dice que la tradición del cine es tan potente que logrará sobrevivir en donde se le permita colarse.

Es posible que con la temporada 3 de Master of None el cine haya entrado en la televisión de una forma tal que lo aceptamos con naturalidad y agradecimiento, tal vez porque el cine no parece estar en ningún otro lado, porque las salas están cerradas y el futuro es tan incierto.

 

 

 

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Juan Villegas

Director de cine y crítico. Forma parte del consejo de dirección de Revista de Cine. Publicó tres libros: Humor y melancolía, sobre Peter Bogdanovich (junto a Hernán Schell), Una estética del pudor, sobre Raúl Berón, y Diario de la grieta.

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