Fuego Amigo

Marcelo se va bien arriba

Después de más de 20 años, Longobardi deja un programa que estaba envejeciendo al mismo ritmo que sus oyentes.

Consultado que fue Don Jaime Yankelevich cierta vez, acerca de cuál creía que era la mejor radio, el dueño de Radio Belgrano y padre de la televisión argentina respondió histriónico: la que se escucha más lejos. O sea, los 21 años de éxito de Marcelo Longobardi, de los que se despidió ayer haciendo un largo panegírico sobre su propia existencia, con ramificaciones al campo de la autoayuda, es inescindible de haber trabajado para Radio 10 y Radio Mitre, las dos emisoras que pueden ser captadas pasando por el túnel de Libertador, bajo el corredor de la muerte que cruza la avenida 9 de julio o atravesando la city en taxi, en la época en que funcionaban los bancos. No es por quitarle mérito sino para sintonizarlo bien.

Otro aspecto que hace al éxito es captar avisos, lo cual no siempre está relacionado con la cantidad de oyentes puntuales, sino por la calidad que tengan como consumidores, lo cual mejora el precio del segundo y, finalmente, el tipo de texto que el conductor ponga en circulación entre ellos para acompañar en los días malos golpes de timón, de mercado o, al contrario, propiciar aterrizajes suaves o apagar una crisis. Marcelo, en ese sentido, desde que fue productor pasante de Bernardo Neustadt puso la ñata contra el vidrio del club de los patrones, hasta que le dieron una silla como a Pablito Codevilla. Compartió con ellos sus simulaciones, su tiempo libre, el golf y le agregó como nota de color a su condición de periodista plebeyo, y para que se note menos, su afición a la música culta, la ópera, sobre la que contaba cuentos largos a las ocho de la mañana que no ayudaban a la divulgación cultural sino a su marketing personal. Como dijo el papa Bergoglio sobre la homosexualidad: quién soy yo para juzgar.

Marcelo tuvo las mejores antenas, y plata, y algo que compra la plata, el tiempo para pulir el personaje y el producto. No es por restarle méritos: hay periodistas que se han pasado la vida tratando de ser influyentes y aún hoy tienen que dar seis vueltas al Parque Patricios hasta que los reciba Larreta y otros que se pasaron la vida tratando de hacer plata y ya con nódulos en las tiroides siguen chateando con la minita de YPF que habilita los pagos. Longo persiguió el objetivo de ser influyente y estar cagado en plata, y lo logró.

Con catorce de los veintiún años bajo el paraguas kirchnerista post-montonero su papel no tuvo demasiadas complejidades.

Con catorce de los veintiún años bajo el paraguas kirchnerista post-montonero su papel no tuvo demasiadas complejidades. Fue el locutor matinal de la parte inmensa de la sociedad que leudaba indignada, con el fiel acompañamiento de Willy, el locutor de los empresarios regulados que pedían un puntito más. No podía ser más fácil, jamás buscó comprender a las partes, ni dar dos puntos de vista. En cierto modo, fue un partisano elegante. Neustadt era más showman. Hadad, más killer.

Muy parecido a Bernardo en su opción preferencial por los ricos, también lo imitó en parecer rara vez informado sobre aquello de lo que iba a hablar con un reporteado. Le pedía a María que lea el título de la nota del diario y les pedía a los entrevistados que le den su sensación. ¿Cuál es su sensación, Rinaldi? Es cierto que la Argentina ayuda porque la repetición de temas te perfecciona el hablar sin escuchar y que no se note. Los cortes de puentes a las ocho de la mañana, las tomas de escuelas, los paros docentes, las corridas del dólar. Otro parecido: la naturalidad para meter chivos en formas de entrevistas o de columnas como, por recordar una, la saga de 100 entrevistas a Matías Tombolini, cuando lo preparaban para ser candidato de Massa en capital.

Nadie me preguntó, pero su decisión me parece inteligente. Se va a saltear de punta a punta el nuevo choque de la Argentina contra la realidad, y eventualmente la puede transmitir para toda América por la CNN. De hecho me parece también osada su partida porque no hace falta ver Succession para ver cómo los gringos se cargan empleados sin miramientos y muchas veces sin razón. Jorge Gestoso, viejo anchorman de la CNN en español, terminó trabajando con el chavismo para poder pagarle al caddie.

En cierto modo, fue un partisano elegante. Neustadt era más showman. Hadad, más killer.

Habiéndolo escuchado los últimos años es obvio que estaba hinchado del show. Podía dejar durante diez minutos al chico de deportes contando noticias viejas (a esa hora el deporte es siempre ayer) y cerrando con “habrá que ver qué pasa”, o a este late Alberto Cormillot que confunde nutrientes con bacterias con melanomas y nadie le pone freno. Para colmo de males, Rolo Villar, quien supo ser el segundo mejor humorista del país después de Yayo Guridi, tuvo que literalmente dejar de ser humorista, afectado por las posibles consecuencias disciplinadoras de la corrección política. Sus chistes de los últimos años ya eran como los de Mamerto Menapace, siendo que Rolo tenía una colección de chistes de Jaimito o los clásicos de esposas encadenando los deseos de los hombres a sus caprichos que contaba con talento sin igual, y mejoraban quinientos por ciento esos días en que la Argentina no se está prendiendo fuego. 

Ayer por la mañana, durante su adiós, Marcelo habló del cambio de época, citó algo del New York Times, que es como una fuente de sabiduría y legitimidad, claro, y ahí caí también en que hasta la misma María, su locutora de voz sexy, que da la temperatura y leía las notas que Marcelo elegía para darle marco a las entrevistas o facilitar su suelta de opiniones, también quedó obsoleta. Maria, en los tiempos muertos, era vehículo de temas de unas mujeres que ya no existen más, porque van muriendo o porque ya van en bloque encontrándose con la demencia: las separadas con hobbies.

Hace bien en irse bien arriba. El programa envejeció con los oyentes, que no se reponen. Era un hombre consumiéndose el stock, torturándose con el madrugón y arriesgando la cumbre. Como dijo el Gato Gaudio cuando ganó de carambola Roland Garros: “Esto ya no me lo quita nadie”. Ah, y se da el gusto de irse ofendido, que es como la venganza de los feos, con la radio y con Jorge Lanata, a quien Marcelo entiende que beneficiaba lisonjeándolo y dejándole el rating alto con un pase largo, y que Jorge interpretó, se ve, como una canchereada que duró mucho tiempo.

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Esteban Schmidt

Periodista y escritor argentino. Trabajó en Página/12, Rolling Stone, Noticias Urbanas y Veintiuno, y publicó artículos en Los Trabajos Prácticos, El DiarioAR y La Política Online, entre otros. Autor de The Palermo Manifesto (2008).

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