LA CÁMPORA
Fuego Amigo

La mejor jugada de CFK no es Alberto. Es La Cámpora

La Cámpora es verticalista e informal y está solo al servicio de la Jefa. No gana elecciones, pero suma poder cuando no hay elecciones.

La carrera política de Cristina Fernández combina errores evitables con grandes aciertos. Entre los primeros, destacan la batalla por las retenciones en 2008, la decisión de sostener la intervención del INDEC, iniciada durante el gobierno de su marido, la candidatura de Aníbal Fernández a la gobernación de Buenos Aires en 2015, o la negativa a competir contra Florencio Randazzo en las primarias de 2017. Entre los aciertos, muchos mencionarán la nominación de Alberto Fernández como candidato presidencial. Para mí, ninguno tan importante como la decisión de cobijar, promover y hacer crecer a La Cámpora.

Es un lugar común decir que Cristina tiene el poder porque tiene los votos. Eso es obviamente cierto: una dirigente que cuenta con el 30-35% de las preferencias electorales siempre puede amenazar con ir por afuera si no le dan los lugares que pide en las listas. Lo vimos en 2017, cuando un sello de goma llamado “Unidad Ciudadana” —nombre poco kirchnerista si los hay— dejó en un paupérrimo tercer y cuarto lugar a las opciones peronistas alternativas encabezadas por Sergio Massa y Florencio Randazzo.

Pero las elecciones son cada dos años (y las que importan, cada cuatro). En el ínterin se deciden una multiplicidad de políticas (si uno está en el gobierno) y de posicionamientos (desde la oposición). Cuando se trata de cuestiones importantes, la amenaza de romper si uno no obtiene lo que quiere se vuelve creíble. Pero romper —o la amenaza de hacerlo— es costoso para la propia Cristina. Cuando, por ejemplo, funcionarios como Alejandro Vanoli renuncian a la ANSES, o Guillermo Nielsen abandona YPF, Cristina Fernández tiene un interés en influir en la elección de sus sucesores. Lo mismo si el gobierno que integra pero no preside tiene que fijar posición sobre el tema Venezuela. ¿Cómo hacerlo sin amenazar con dinamitar todo?

el modelo Boudou

Para eso está la Cámpora: para trabajar —militar, presionar, rosquear, fijar la agenda, votar leyes, hacer lobby y, en el caso de ministros y secretarios, definir políticas— para la Jefa en los períodos entre elecciones. Más que votos, la Cámpora moviliza dirigentes y funcionarios cuyo denominador común es que sus carreras están atadas a la figura de Cristina Fernández.

Por lo que sabemos, la Cámpora es una organización verticalista y, sobre todo, informal. Desde la perspectiva de Cristina, se trata de rasgos complementarios: la informalidad garantiza la ausencia de burócratas cuya principal preocupación sea defender microespacios de poder con el organigrama en la mano; el verticalismo, que los camporistas ambiciosos sepan que la forma de ascender es promoviendo ideas que le gusten y le sirvan a la Jefa.

El verticalismo garantiza que los camporistas ambiciosos sepan que la forma de ascender es promoviendo ideas que le gusten y le sirvan a la Jefa.

Un modelo es el de Amado Boudou en 2008. Tras fracasar en su intento de subir las retenciones, el gobierno necesitaba recursos con los que hacer política. Como jefe de la ANSES, Boudou administraba un fondo que podía servir precisamente para eso. Su propuesta de reestatizar el sistema provisional le resolvió un problema al gobierno, que le pagó a Boudou con cargos cada vez más importantes, culminando con la candidatura a vicepresidente. El pasado de Boudou como economista neoliberal afiliado a la UCeDé era mucho menos importante que su voluntad y capacidad de ayudar al gobierno, y atar su carrera política al kirchnerismo. La Cámpora es básicamente una colección de aspirantes a Boudous, o al menos a mini-Boudous.

Pero por supuesto, nadie quiere atar su carrera a la de una dirigente sin votos. Los votos y la organización son mutuamente complementarios. Si la popularidad de Cristina se desplomara, algunos incondicionales seguirían a su lado, pero la mayoría de los camporistas saldrían a buscar pasturas más fértiles. Y como Cristina no es eterna, la autoridad de Máximo dentro de la organización no es negociable.

Por la misma razón, los intereses de la Cámpora condicionan las decisiones electorales de Cristina Fernández, especialmente la de competir electoralmente. ¿Quién quiere embarrarse ayudando a resolver los problemas judiciales de una dirigente que mañana se va a retirar a El Calafate a cuidar a los nietos? Quienes alegaban que a Cristina “solo le interesan sus problemas judiciales,” “se va a retirar porque está cansada” o “va a dejar gobernar a Alberto,” estaban planteando mal la cuestión desde el principio: en la medida en que Cristina necesite a la Cámpora, va a seguir haciendo política y buscando cargos de elección popular. Y si no es ella, va a pasar la batuta a un dirigente cuyos intereses estén tan compenetrados con los suyos que a posibilidad de una “traición” sea inimaginable. Como su hijo Máximo.

incentivos perversos

Hacia adentro, la Cámpora emplea una estrategia de “fidelización” similar a la de una aerolínea: la militancia se paga con “millas” que en algún momento se podrán cambiar por cargos, o al menos candidaturas. Como las millas aéreas, las de la Cámpora no son convertibles: si la organización desaparece, pierden todo su valor. Lo mismo ocurre cuando alguien se va por voluntad propia: el derecho de piso que uno paga militando en la Cámpora solo cuenta dentro de la Cámpora.

Así, la suerte de la organización y la carrera política de sus miembros están indisolublemente ligados. Ello explica por qué muchas características negativas de la Cámpora son indispensables para su supervivencia. La combinación de verticalismo con liderazgo personalista genera pocos incentivos para pensar distinto, decir lo que los otros no quieren escuchar, y mucho menos cuestionar a la Jefa. Muchas organizaciones exhiben más diversidad hacia adentro que hacia afuera. Sin embargo, la inclinación del kirchnerismo a proponer (y militar) políticas a veces impopulares y generalmente mal concebidas cuando no directamente contraproducentes indica la inexistencia de mecanismos internos para filtrar malas ideas. Y los hábitos poco gregarios de Cristina Fernández inducen a algunos dirigentes ambiciosos a proponer políticas extremas para generar escándalo, salir en los medios y llamar la atención de la Jefa. No importa si estas políticas no funcionan o suscitan más rechazos que apoyos: el público de los camporistas no es el electorado, es Cristina Fernández de Kirchner.

Durante el período 2005-2011, mi mayor frustración era ver una oferta opositora fragmentada en una multiplicidad de PyMEs electorales.

Al mismo tiempo, el caso de la Cámpora muestra que contar con una organización política es muy importante, especialmente en períodos no electorales. Durante el período 2005-2011, mi mayor frustración era ver una oferta opositora fragmentada en una multiplicidad de PyMEs electorales. Eso es malo por cuestiones técnicas (las reglas para elegir diputados castigan a los espacios que se dividen), pero también por razones post-electorales: sin una organización que otorgue oportunidades de carrera y candidaturas, los más exitosos de esos microemprendedores electorales pasaban sus cuatro años en la Cámara de Diputados buscando un conchabo bien remunerado para cuando terminara su mandato. Institucionalizar la oposición tiene costos, y a veces mala prensa. Pero sin una organización que alinee esfuerzos y carreras en pos de un objetivo común, es muy difícil hacer oposición —y luego gobernar— en serio. La buena noticia es que algunas organizaciones pueden cumplir esos roles sin incurrir en los niveles de verticalismo, cerrazón interna y ceguera ideológica que vemos en la Cámpora.

 

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Adrián Lucardi

Profesor asistente de Ciencia Política en el ITAM, Ciudad de México.

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