DRAGON BALL SUPER
Fuego Amigo

Cortando las bolas del dragón

Cartoon Network sacó del aire la serie 'Dragon Ball Super' a pedido del Gobierno, por supuesta "violencia simbólica". El peligro de que el Estado dictamine cuál debe ser la única interpretación de una obra.

Era cantado que alguna vez le caería al animé algún pedido de censura. Acaba de suceder en la Argentina. “El Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la provincia de Buenos Aires presentó una nota ante la Defensoría del Público de la Nación respecto a la emisión de un capítulo de la nueva temporada de los dibujos animados Dragon Ball Super en el canal Cartoon Network LA (Latinoamérica)”, dice el primer párrafo de la comunicación de prensa del gobierno bonaerense. La secuencia cuestionada es simple: un personaje pide a un ser mágico que transforme a un tercero en una “linda jovencita”, para luego perseguirla sexualmente. Sí, la acosa. Por cierto, no le va nada bien: la “linda jovencita” lo agarra a golpes, pero fuera de campo queda claro que el tipo no escarmienta. Mientras, otros dos personajes, totalmente desconcertados, no hacen nada: tratan de ver cómo siguen adelante ante este episodio.

Voy a serles sincero: la secuencia sí implica un momento de abuso. Voy a ser más sincero: si mi hijo de cuatro años la viera, no sabría bien qué explicarle. Pero a mí –adulto, 53 años, desde hace por lo menos 30 dedicado a estudiar films y series animados– la situación me parece evidentemente humorística: el personaje “acosador” es visto como idiota, inútil, lascivo. La mirada en la secuencia es evidentemente negativa y se burla de él y la situación es presentada como anómala. El personaje en cuestión –quizás el lector conoce un poco la compleja mitología de Dragon Ball– es el maestro Roshi, un anciano con enorme sabiduría a la hora de las peleas pero siempre retratado como un onanista estúpido cuando se encuentra frente a chicas.

El personaje “acosador” es visto como idiota, inútil, lascivo. La situación es presentada como anómala.

Hay dos problemas en el asunto del pedido de censura. El primero es que sí, se trata de un pedido de censura, amparado en el hecho de que Cartoon Network, la señal que emite la serie, llega sobre todo a la infancia. No se dice, sin embargo, que la serie Dragon Ball Super suele pasarse luego del horario de protección al menor (las 22, algo que los nuevos hábitos de consumo han convertido en obsoleto, pero de hecho existe). El segundo, que el concepto de “violencia simbólica” es demasiado lábil, demasiado amplio y abre la puerta a cualquier censura.

Dragon Ball Super se proyecta en un horario en el que un tratamiento humorístico –incluso si es desagradable o molesto– de una cuestión tan espinosa como el sexo o el acoso sería interpretable (como fuere) por adultos. Pero hay otra cosa aún más complicada aquí. No voy a explicar el complejo entramado ni los orígenes mitológicos –incluso religiosos– que el autor de Dragon Ball, Akira Toriyama, ha utilizado desde el nacimiento del manga –luego, animé– en 1984. Pero es indispensable comprender un par de asuntos al respecto.

El primero: en general, en Japón, tanto el manga como el animé (que básicamente se consideran una sola y misma cosa) son pensados sin tener en cuenta al público. Y se tiene muy claro que lo que es dibujado es singularmente falso. De allí que en el hentai (es decir, el manga/animé erótico o directamente pornográfico, la traducción aproximada de “hentai” es “perversos”) haya mucho de pedofilia, bestialidad, etcétera. El segundo: la idea es que estas perversiones, presentes en la sociedad, encuentren un cauce a través de la representación. Una especie de exorcismo, dicho de manera muy grosera. Así que no es para nada rara esa secuencia “de acoso” que se objeta. Más si se tiene en cuenta que Roshi es constantemente burlado por su lascivia a lo largo de toda la serie (que en realidad son varias series, en varias etapas, un entramado bastante engorroso salvo para el fanático).

Desde que el animé comenzó a aparecer en Occidente –desde fines de los ’60–, los distribuidores internacionales se dedicaron a editar material así para que no molestase al espectador de las antípodas, algo que en este caso no sucedió. Por lo demás, la burla sobre los comportamientos sexuales son muy frecuentes en el humor japonés, incluso esta clase de chistes que a nosotros nos pueden resultar molestos.

Protección al menor

La serie se pasa –o se pasaba– en horario de protección al menor. Cualquier problema con ella debería pasar por el Enacom. El Ministerio de las Mujeres es provincial; resulta extraño que tome una medida de alcance nacional. Cualquier censura en contenidos abre la puerta a más censura en contenidos. Pero lo más complicado –y peligroso– es el concepto, como dijimos, de “violencia simbólica”. Porque no existe, en realidad, violencia simbólica: existe –por ejemplo en este caso– representación de la violencia. Y bien mirado (por un adulto), resulta una condena al comportamiento acosador y al abuso de poder del personaje, que queda efectivamente como un imbécil digno de lástima.

El problema de la lectura de “violencia simbólica” consiste en este caso –y en muchos otros: recordemos al pobre Pepé Le Pew– en su literalidad, en la falta de mirada real sobre lo que se está viendo. Hay un viejo en situación de poder asimétrico tratando de toquetear a una chica. Totalmente cierto. Pero lo que uno entiende si sigue la secuencia es: un viejo verde, estúpido, acosa a un ser que no es una chica (le pide a un bicho mágico que puede cambiar de forma que se convierta en una) y que sistemáticamente, cuando se le acerca ya transformado en “chica Divito”, lo revienta a palos. Es decir, se defiende y lo humilla (humillación triple: sexual, porque es impotente para hacer lo que desea; genérica, porque lo revienta a golpes una figura femenina; de autoridad, porque por muy maestro que sea, alguien por debajo de él lo vence).

Cortarlo implica abrir la puerta proteica de la censura. Consiste en pensar que la única interpretación posible de algo es la que determina el Estado.

La secuencia, pues, condena la lascivia. Puede entenderse –repito, soy padre y sé lo que me pregunta mi hijo cuando ve “dibujitos”– que no lo deba ver un chico que no entiende todo esto. Pero cortarlo implica abrir la puerta proteica de la censura. Y no sólo eso: consiste en pensar que la única interpretación posible de algo es la que determina el Estado.

Así que, si me permiten, estoy en contra de todo esto. Personalmente, me molesta la secuencia. Pero a las doce de la noche, mi hijo Andrés tiene que estar durmiendo, y más temprano, el control remoto lo manejo yo. Cualquier intervención del poder, el poder que sea, sobre una representación, que es una representación y no la realidad, es abuso. En el sentido más literal y menos simbólico del término.

 

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Leonardo D'Esposito

Crítico de cine, periodista, docente. Edita en BAE Negocios, escribe en Noticias y Brando y publicó cuatro libros, entre ellos "50 películas para ser feliz".

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