Obreros en la construcción de El Chocón (1969).
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Fuego Amigo

Bailando sobre la grieta (I)

Sobre el dossier de 'Panamá' acerca de la Argentina. A favor: le muestra al peronismo un camino para librarse del kirchnerismo. En contra: denuncia 'grieta' pero no tiene la generosidad política que reclama. Mañana, la segunda parte.

La revista Panamá, por la que siento simpatía, publicó la semana pasada un dossier llamado Hablemos de Argentina, con una serie de artículos que tratan de proponer caminos de salida al estancamiento en el que estamos metidos. Leí los 17 artículos, que cubren una variedad de temas –economía, educación, ambiente, política social– y están escritos por un espectro razonablemente amplio de autores: colaboran funcionarios del gobierno nacional y del porteño, economistas y ensayistas de distinto pelaje. En los párrafos que siguen, y en otro texto que publicaré mañana (se me estaba haciendo muy largo), voy a tratar de dar mis impresiones. Una aclaración: cuando me refiera al espíritu general del dossier voy a estar excluyendo los textos de quienes son funcionarios, que hablan desde un lugar más específico.

Primero, a modo de síntesis, quiero decir que valoro el esfuerzo de Panamá por ponerse a pensar en el largo plazo y, especialmente, por proponer una agenda distinta a la del kirchnerismo. Salvo el artículo introductorio, escrito por el ministro del Interior, Wado de Pedro, el más flojo de la serie, y el de Ignacio Trucco, funcionario de Desarrollo Social, ninguno de los otros colaboradores coincide con el kirchnerismo en su diagnóstico sobre por qué estamos como estamos. Y la cuestión del diagnóstico es fundamental: uno puede creer que estamos como estamos porque llevamos 50 años pifiando el modelo productivo o uno puede creer que el problema son los gobiernos neoliberales. El kirchnerismo cree lo segundo. Para los veteranos del Instituto Patria y los millenials de La Cámpora la Argentina no tiene problemas estructurales: el problema son “los responsables del atraso y el saqueo”, como escribe De Pedro, a quienes hay que derrotar para que los problemas se solucionen casi por sí mismos.

‘Panamá’ cree lo contrario: cree que sí hay problemas estructurales, muy difíciles de solucionar, y que hará falta mucha muñeca política para solucionarlos.

Panamá cree lo contrario: cree que sí hay problemas estructurales, muy difíciles de solucionar, y que hará falta mucha muñeca política para solucionarlos. Esto emparenta al dossier más con Juntos por el Cambio y el resto del arco político que con el kirchnerismo, aunque algunos de sus autores se nieguen a reconocerlo. Pero de eso voy a hablar más adelante. Este párrafo y el anterior eran para reconocer el esfuerzo de una revista con origen en el peronismo, que surgió en 2013 como una expresión de descontento con el camino kirchnerista, que perdió nitidez durante el gobierno de Cambiemos –replicó algunas de las críticas más zonzas del kirchnerismo y entró en el juego de negarle legitimidad social a un gobierno elegido democráticamente–, que vio en el “volvimos mejores” de la unificación peronista una tercera vía posible y que ahora se da cuenta (no sé si ellos lo pondrían en estas palabras) de que con el kirchnerismo no se puede ir a ningún lado.

Por eso hay en el dossier un cierto aire a albertismo, aquel sub-movimiento político por el que apostaron tantos justicialistas –ingenuamente, en mi opinión– y que ya no tiene esperanzas de nacer. Se mezclan en algunos textos el dolor por esta desilusión con un sano optimismo de que todavía hay un peronismo con energía política como para sostener un proyecto de desarrollo, sobre todo comparado con el proyecto de subdesarrollo del kirchnerismo, que ni en sus mejores versiones marca un camino de prosperidad.  Yo creo que el peronismo tiene que hacer un esfuerzo herculeano, del que apenas se ven señales, para salir de la boca de la loba kirchnerista. Panamá siente, quizás pensando en los gobernadores, en algunos intendentes o gremialistas o en Florencio Randazzo, que ese peronismo todavía puede ser una opción de poder, a pesar de que hace solo un año no quiso o no pudo serlo. Por eso siento que si este dossier pudiera elegir un candidato a presidente, elegiría al gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti. Comparado con Alberto Fernández, un estadista.

basta de ‘grieta’

Segunda síntesis, antes de analizar los textos más de cerca. A pesar de este distanciamiento del kirchnerismo en sus textos principales, la revista insiste en usar como marco metodológico el concepto de “grieta”, lo que a veces la lleva a equidistancias hilarantes pero con más frecuencia a caricaturizar dos extremos, en el medio de los cuales varios de sus autores se colocan virtuosamente y felicitándose a sí mismos. Un ejemplo es el experto en educación Mariano Narodowski, cuando dice que en los últimos meses hubo dos grupos de padres organizados: los que pedían abrir las escuelas y, también, los que pedían “mantener la virtualidad”, como si fueran equiparables Padres Organizados, cuya voz en el conflicto fue sin dudas influyente, con los cuatro gatos que recorrieron canales de cable una semana y después desaparecieron para siempre. Planteados estos dos grupos como iguales, Narodowski dice que los respeta a ambos, pero suena a un truco para negarle a Padres Organizados el reconocimiento que se merece.

Pasa algo curioso con los denunciadores de la grieta, entre los cuales están los editores de Panamá, Martín Rodríguez y Pablo Touzon, que en 2019 publicaron un libro llamado, precisamente, La grieta desnuda. Mientras acusan a los extremistas de ser políticamente mezquinos y oportunistas, los denunciadores se colocan, quizás sin buscarlo, en un lugar pacato, casi santurrón, fuera del barro político. Pero el que denuncia grieta, sobre todo desde la política –también desde los medios, pero eso es tema para otro día–, también se está posicionando políticamente a sí mismo. También está siendo oportunista (legítimamente), porque busca empujar una diagonal de acción política. Florencio Randazzo está en estos días lanzando su campaña con un discurso anti-grieta. ¿Lo hace porque es un cristiano desprendido de su soberbia y su ego o porque está buscando votos?

Este recurso a la idea de grieta, por otra parte, a veces le da al dossier un espíritu excesivamente refundacional, que dramatiza los problemas, minimiza avances recientes y, sobre todo, exagera la dificultad política para lograrlo. El tono del dossier es optimista, y eso es para celebrar: sus autores, liberados del dogma sórdido kirchnerista, imaginan con libertad –sólo los ata la pavada de la grieta– un futuro posible: no le tienen miedo a la inversión privada ni a la innovación tecnológica ni a decir que el orden macroeconómico es indispensable para crecer. Pero lo dicen al mismo tiempo con un aire melancólico, especialmente el economista Martín Rapetti y el politólogo Federico Zapata, autores de dos de los artículos centrales, como si la coalición política y social necesaria para llevar adelante esos cambios estuviera a años luz de distancia.

Por eso me frustraba leer estas propuestas y al mismo tiempo leer que Juntos por el Cambio no puede ser parte de la solución.

No lo está, y acá viene una de las frustraciones principales que me agarraron leyendo estos artículos. Muchas de las cosas que se enumeran como indispensables para salir, o caminos posibles para el desarrollo, son cosas que decía y dice Cambiemos y que impulsó el gobierno de Macri, como la economía del conocimiento, el orden macroeconómico, una política exterior pragmática y la bioeconomía, entre muchas otras. Por eso me frustraba leer estas propuestas y al mismo tiempo leer que Juntos por el Cambio no puede ser parte de la solución, porque es uno de los costados de la grieta. Esto se tiene que hacer, sugiere buena parte del dossier, sin Juntos por el Cambio (o, a lo sumo, como dice Rapetti, con alguna de sus “fracciones”). 

No soy dogmático: entiendo la situación de empate político-social en el que está la Argentina hace mucho tiempo. Lo que estoy diciendo es que los editores de Panamá tienen a un metro de distancia a una coalición que, coincidiendo más o menos, habla el mismo idioma de lo que proponen sus colaboradores y, sin embargo, eligen no sólo ignorarla, sino caricaturizarla y empujarla hacia un rincón. A veces me cuesta entender cómo personas con estas ideas tan sensatas –y no hablo acá sólo del dossier– hayan trotado tan dócilmente al matrimonio con el kirchnerismo. ¿Quiénes son realmente? ¿Los que dicen que sin inversión no hay crecimiento o los que impugnan a Cambiemos in toto para caer en los brazos de Cristina? Cuando les sirvió, se olvidaron de los problemas estructurales de la Argentina y denunciaron que todos los problemas eran culpa de Macri. Ahora, que otra vez gobierna el peronismo, los problemas vuelven a ser estructurales.

De esto hablo también cuando hablo del negocio de los que gritan “¡grieta!”. Es una posición cómoda, que los libera de compromisos y de hacerse preguntas difíciles. Si fueran genuinamente abiertos y tuvieran generosidad, se darían cuenta de que su único interlocutor posible para este camino que proponen es Juntos por el Cambio. No para sumarse a la coalición ni compartir bloques o listas: para ser rivales, sin atavismos infantiles, con valentía y convicción, siempre dentro de la cancha que marcan la Constitución y las reglas básicas de la economía, que es la cancha a la que se niega el kirchnerismo. Las ideas están. La valentía y la convicción, veremos.

indiferencia por la democracia

Ya que menciono la Constitución, aprovecho para marcar algunas sonoras ausencias temáticas del dossier, que no dedica ninguno de sus 17 artículos a temas institucionales: no aparecen la Justicia, no hay menciones a la corrupción, no hay debates sobre la cultura política o sobre reformas electorales o de los partidos políticos. Salvo Andrés Malamud, uno de los pocos que escapa de la trampa de la grieta y dedica su texto a cuatro deudas constitucionales casi imposibles de cumplir (coparticipación,  autonomía municipal, juicio por jurados, recálculo de las bancas en el Congreso según el censo), buena parte del dossier tiene un tono “desarrollista”, como describe el propio Zapata, por momentos incluso tecnocrático. Onganiano, me atrevería incluso a decir, exagerando mucho, por su énfasis en las cadenas de valor, la infraestructura, la incorporación de tecnología, y su indiferencia por las instituciones republicanas. Y también por la dinámica política: la revista no habla de por qué estas miradas, que hace un año y medio confiaban en que fueran dominantes, hoy se han vuelto marginales en el oficialismo.

Cuando digo que el dossier caricaturiza los extremos para situarse virtuosamente en un punto medio bastante obvio pienso en frases como ésta, de Federico Zapata: “Hay que abandonar la utopía reaccionaria del Estado Liberal del siglo XIX y la del Estado Empresario del siglo XX”. Está claro quién tiene aún, si tuviera cómo pagarla, la utopía del Estado Empresario del siglo XX. Pero, ¿quién sostiene la utopía reaccionaria del Estado Liberal del Siglo XIX? Seguramente no la UCR, por su propia historia. Tampoco la Coalición Cívica. ¿El PRO entonces? ¿Macri? Si de algo se ha acusado al PRO y a Macri es de no tener ni querer un linaje histórico, más allá de la admiración democrática por Alfonsín y la admiración reformista por Frondizi. Sus ideas son contemporáneas: sus modelos nunca estuvieron en el pasado, quizás por ese mismo déficit de no querer mirar atrás. En todo caso están en el extranjero y en países, incluso de la región, que han logrado, con sus dificultades y diferencias, bajar la inflación, ordenarse económicamente, consolidarse democráticamente. Para bien o para mal, si hay algo que el PRO no busca es retornar a un supuesto pasado glorioso. ¿Quiénes son entonces los que quieren volver al siglo XIX?

Para bien o para mal, si hay algo que el PRO no busca es retornar a un supuesto pasado glorioso. ¿Quiénes son entonces los que quieren volver al siglo XIX?

El artículo que más abusa de estas falsas antinomias es el de Esteban Actis y Bernabé Malacalza, sobre política exterior, titulado, espectacularmente, “La trampa de las falsas antinomias”. El texto propone dejar atrás los enfoques dogmáticos e ideológicos en política exterior y tener una relación con el mundo pragmática, que busque defender en cada caso los intereses de la Argentina. Nada que discutir con eso. De hecho, aunque la presentan como revolucionaria, es una visión bastante común entre los internacionalistas. Y es exactamente, además, el enfoque que tuvo el gobierno de Mauricio Macri en sus –a mi juicio– muy exitosas relaciones exteriores. El problema es que para defender sus argumentos, sin embargo, los autores todo el tiempo  inventan antinomias que no existen y en la oración siguiente se quejan de esa antinomia. Por ejemplo, dicen que una antinomia habitual en la Argentina es: “alinearse a EE UU o plegarse a China: habrá que inexorablemente elegir entre una de las dos potencias”. ¿Quién dice eso? Ciertamente nadie en Juntos por el Cambio y me animo a decir que tampoco lo piensa nadie en el Frente de Todos. En el caso de JxC está la experiencia: en sus años de gobierno Macri tuvo muy buena relación con los dos presidentes de Estados Unidos que le tocaron y se reunió seis veces con Xi Jinping. Profundizó las relaciones con China, manejó con éxito bombas heredades del kirchnerismo, como las represas en Santa Cruz, y abrió una docena de mercados chinos para productos argentinos, entre muchas otras cosas. En 2019 Argentina tenía relaciones más profundas tanto con China como con Estados Unidos: no estábamos obligados a elegir y, por lo tanto, no elegimos. No es que la antinomia es falsa: ni siquiera existe.

Otro ejemplo, del mismo artículo: “Somos un país occidental’ y, por ende, ‘pertenecemos al bloque de democracias occidentales’, se alude como verdad revelada”. Esto es una simplificación, que para mí parte más de prejuicios que de una observación cuidadosa de la realidad. El artículo se habría visto enriquecido con alguna cita de estas supuestas antinomias que pretende refutar. Pero no hay ninguna. Actis y Malacalza usan nueve veces la palabra “dogmático” para describir actitudes ajenas sin ilustrar una sola vez de qué están hablando. Dicho esto: es cierto que la Argentina es un país occidental, que promueve la paz, la democracia y los derechos humanos. Por eso debería condenar duramente a las dictaduras y a las violaciones de los derechos humanos, especialmente en la región. La política exterior siempre es una mezcla de idealismo y realismo, a veces con más condimentos de uno que del otro, pero con límites claros. Los derechos humanos son uno de esos límites. No me parece un “extremo” pedir elecciones y denunciar las violaciones a los derechos humanos en Venezuela. Debería ser lo normal. Lo extremo es no hacerlo. Curiosamente, la palabra Venezuela no aparece mencionada en el dossier.

padres desorganizados

Hablemos de Argentina incluye tres artículos sobre educación, firmados por Mariano Narodowski, Axel Rivas y Carola Nin. Los tres pasan en puntitas de pie por el debate sobre presencialidad en las escuelas durante la pandemia. Pero no solamente porque están enfocados en lo estructural o las soluciones de largo plazo. Los tres mencionan el tema, pero se las ingenian para eludir el debate, para mí de manera insatisfactoria. Narodowski, como ya conté, dice que había grupos de padres igual de relevantes de los dos lados, Nin dice que el debate sobre presencialidad fue usado por cada parte para hacer avanzar su agenda, y Rivas dice que no hay que comerse el amague de las “horas de clases presenciales”, porque eso no garantiza nada, como si alguien pensara que las horas por sí solas garantizan algo.

Menciono esto no porque sean el corazón de sus artículos pero sí porque reflejan un espíritu indeciso sobre qué decir, sobre todo Rivas y Narodowski, profesores de la Universidad de San Andrés y de la Di Tella, respectivamente, que vienen haciendo equilibrio sobre la grieta desde hace años y la intensidad del debate reciente parece haberlos tomado por sorpresa. Creo que, por su inercia anterior, eligieron otra vez el refugio cómodo de esquivar la grieta y quedaron al margen de un reclamo social por la educación como no se había visto en décadas. Narodowski parece directamente irritado por el tema, cansado de escribir sobre educación (lo dice él mismo); su actitud es la de alguien desilusionado con todo el mundo, que ya no tiene demasiado para ofrecer. Se siente derrotado. Se queja de que la política, los medios y la sociedad no le dan bola a la educación (justo en un momento en el que casi no hablan de otra cosa) y dice que la educación no va a mejorar si la política “no la hace suya”, lo que parece una declaración más voluntarista que otra cosa.

Rivas dice que no hay que comerse el amague de las “horas de clases presenciales”, porque eso no garantiza nada, como si alguien pensara que las horas por sí solas garantizan algo.

Como en otros artículos, por momentos sus argumentos se acercan más a los de Juntos por el Cambio que a los del kirchnerismo. Entonces frena y denuncia a los dos por igual, acusando al gobierno de Macri de “pagarle a los fondos buitre”, como si hubiera habido otra opción. Iguala a todos los gobiernos: dice que ninguno nunca tuvo un plan sobre educación. Esto me parece injusto con Esteban Bullrich, que en 2017 presentó su Plan Maestro, profundo y ambicioso, con el que se puede estar más o menos de acuerdo, pero del que no se puede negar su existencia. A favor de Narodowski: reconoce que la educación está en una situación de “colapso”, algo que el progresismo educativo, incluidos los sindicatos, se niega a admitir. En contra, y esto lo comparte con los otros dos autores sobre el tema: no hay ni una mención a las pruebas Aprender, un hito en la historia reciente de la educación argentina, o a las evaluaciones en general, cuya importancia ya no discute casi nadie en el mundo. Otra vez: podrían no estar de acuerdo, o tener propuestas para mejorarlas, pero las pruebas Aprender fueron un éxito, tuvieron apoyo docente (un poco menos de apoyo gremial) y permitieron tomar decisiones que mejoraron la enseñanza.

Del artículo de Carola Nin no tengo mucho para decir salvo que, como en partes del de Narodowski, dedica menos energía a la educación que a lo que se dice sobre educación. Este es un vicio que noto con frecuencia cuando las ciencias sociales evalúan políticas públicas o se acercan a problemas políticos: hacen más análisis del discurso que análisis de los hechos. Y lo veo en el dossier: por momentos parece menos urgente transformar a la Argentina que transformar lo que se dice y se piensa sobre la Argentina.

Mañana seguimos.

 

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Periodista y escritor, autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros. En el gobierno de Cambiemos fue subsecretario de Comunicación Estratégica de Jefatura de Gabinete.

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