Fuego Amigo

Las lecciones del ‘caso Aníbal’

Los ladridos del flamante ministro de Seguridad son una señal de la debilidad y el desconcierto del Gobierno después de las PASO.

Bastó que se conocieran los resultados de las últimas PASO para que la percepción y el análisis del panorama político nacional cambiara de manera radical. En apenas unas pocas horas los opositores al gobierno, con el trauma a cuestas del cachetazo de agosto de 2019, descubrimos que de estar a seis diputados de ser Venezuela podíamos estar en verdad a cinco senadores de sacarle al gobierno el quórum propio en el Senado, esa eterna póliza de seguros contra todo riesgo del peronismo.

Pasamos sin escalas del “ganan caminando” al “se van”, seguramente porque la inédita merma del caudal electoral del peronismo nos permitió reconciliarnos un poco con la realidad: resultó que no éramos nosotros los únicos iluminados que chillábamos en Twitter contra el gobierno y que, más allá de que el análisis de los intensos de la política puede diferir en cuestiones muy relevantes con la percepción del votante promedio, era prácticamente imposible que el daño profundo al que se sometió a la sociedad en estos dos años pudiese tener un premio en las urnas.

Lo que creemos advertir ahora es que hay algo más profundo que parece jugarle en contra al kirchnerismo.

Lo que siguió inmediatamente confirmó que el gobierno no estaba preparado para la derrota y que difícilmente logre implementar un plan alternativo. Por el contrario, la manera en que la vicepresidenta salió a reclamar a viva voz por su autoridad, aparentemente ignorada, llevó al gobierno al borde de la crisis institucional y a la rotura de casi todos los contratos al interior de la “coalición gobernante”. Si a ello se le suma que la receta propuesta por Cristina Fernández para recuperar el favor de su pueblo consiste simplemente en llevar el gasto público y la emisión monetaria a niveles muy peligrosos (lo que desde luego no hace más que retroalimentar y acelerar la velocidad del deterioro económico), se hace prácticamente imposible encontrarle una salida factible al laberinto en el que se metió el gobierno.

En todo caso, más allá de los nombres con los que se intentó renovar el gabinete, del reparto de medialunas y de las gacetillas que vinieron a explicar el novedoso concepto de “volumen político”, lo que creemos advertir ahora es que hay algo más profundo que parece jugarle en contra al kirchnerismo. El clima de época le resulta adverso, las viejas artimañas parecen provocar un rechazo inusitado, el electorado joven ya no se decanta con tanta facilidad por su discurso. Y el gravísimo deterioro social y económico, que nos recuerda al de 2002, encuentra esta vez al peronismo unido porque ya es tarde para bajarse del barco, pero sin margen para intentar nada más. Aquella rara alquimia que permitió el armado de la trampa electoral de 2003, esa suerte de primaria a cielo abierto diseñada para asegurarle una sucesión exitosa e institucional al régimen inaugurado por (como se lo solía llamar) el senador Duhalde se vuelve una quimera cuando en la vereda de enfrente hay una coalición política sólida con una experiencia de gobierno tan reciente.

Recetas sin magia

Tampoco hay margen esta vez para que las clásicas recetas del kirchnerismo surtan efecto alguno. Ya no quedan cajas para manotear, empresas para estatizar o martingalas financieras que alcancen siquiera para una triste ilusión de dinero en el bolsillo. Por el contrario, la bola gigantesca de emisión monetaria y pasivos remunerados es tan monstruosa que las invocaciones a Antonio Erman González están a la orden del día. Las reservas del BCRA se van agotando mientras el cepo al dólar superpone capa tras capa de arbitrariedades y problemas. Ya no hay lugar debajo de la alfombra para acumular basura, no hay tiempo para que la bomba le explote a otro toda vez que al gobierno le quedan dos años y las cuentas que hacemos todos se miden en meses o semanas. E incluso suponiendo que, contra todo pronóstico, el gobierno pudiese alcanzar un resultado honorable en las generales de noviembre, el capital político acumulado de ese modo le resultaría insuficiente para hacerse cargo de las consecuencias de sus propios errores. Éste es un gobierno inerme porque sus conflictos hacia adentro y hacia afuera son de imposible resolución.

En medio de este panorama de crisis y descomposición acelerada del kirchnerismo es que  asistimos al regreso de los muertos vivos. ¿Qué es lo que consigue o qué pretende Aníbal Fernández, flamante ministro de Seguridad, con su más reciente intervención pública? Al amonestar y amenazar públicamente a un ciudadano común con un discurso condimentado por finas hierbas de perfume mafioso y antisemita, lejos de mostrar iniciativa política o infundir temor en sus adversarios lo único que logró fue un rechazo terminante incluso entre algunos partidarios del gobierno. Al insultar de manera tan vulgar al ex presidente Macri sólo pudo forzar la solidaridad y el apoyo de hasta los que preferirían verlo jubilado. No hay mucho más que esto porque, aunque Aníbal decidiera súbitamente comportarse en público de manera ejemplar, su mero retorno al gabinete ya implica una patética exhibición de debilidad.

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Eugenio Palopoli

Editor de Seúl. Autor de Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas (Blatt & Ríos, 2014) y Camisetas legendarias del fútbol argentino (Grijalbo, 2019).

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