Fuego Amigo

Alberto, perdido en su selva

El presidente Fernández entiende mal un chiste sobre la arrogancia de los argentinos y, al hacerlo, confirma la vigencia del chiste.

En octubre de 1976, cuando la dictadura de Videla invitó calurosamente a nuestra familia a abandonar el país, comenzamos un largo periplo que determinó que viviéramos dos años en Brasil y cinco en México, países en los que yo terminé la escuela primaria e hice toda la secundaria. Esos años me marcaron a fuego, a mí y a tantos otros, a tal punto que –para el caso de México– se inventó el término argenmex. Yo vendría a ser una especie de argenmex brazuca, siguiendo la terminología en cuestión.

En los ’70, el imaginario que tenía el argentino medio sobre México y Brasil se relacionaba bastante con la “imagen Disney” de aquellos tiempos sobre cada país: brasileño “negrito carioca” que está todo el día de joda y mexicano “indiecito amable y vago que todo el día duerme la siesta”. Esa ingenua y racista simplificación que Disney ya no tiene sobre los latinoamericanos, volvió hoy de manera brutal en un comentario del presidente Alberto Fernández, sentado al lado del presidente español, Pedro Sánchez. Fernández quiso traer a su discurso un viejo chiste que algunos atribuyen a Octavio Paz pero otros a Carlos Fuentes y que, finalmente, no importa mucho quién lo dijo. (Es como lo de Bertold Brecht y los imprescindibles: lo importante no es quién lo dijo sino lo que se dice). El chiste no incluía a los brasileños y la selva (eso corre por cuenta de la propia creatividad de Fernández, o de la del colaborador que se lo contó) y decía más o menos lo siguiente: “los mexicanos descendemos de los aztecas, los peruanos de los incas y ustedes de los barcos”.

Presidente: los mexicanos, orgullosos de su pasado imperial y milenario, no dirigían ese chiste a ellos mismos, ni tampoco a los peruanos, sino a nosotros: a nuestra idea estereotipada de país europeo y blanco, que por el solo hecho de serlo siente garantizado el futuro. Por eso, al citarlo mal y sin entenderlo, lo único que está haciendo es reforzar la vigencia del chiste. Al final somos como dicen que somos.

Bienvenido al capitalismo

Volviendo a México y Brasil, permítanme compartir las primeras impresiones que tuve al llegar a esos países. En México y en Brasil (indistintamente, y más allá del orden cronológico) yo conocí la Televisión Color (que llevaba 20 años ahí), los autos automáticos, los supermercados y una cantidad de ejemplos del mundo capitalista de la época, que aún no habían llegado a nuestro lejano país. ¡Ah! Y la increíble y excitante sensación de que pedías una línea de teléfono y llegaba… ¡en una semana!

La impresión que te quedaba era que Argentina era como una aldea a la que las cosas llegaban un poco tarde. Sensación que compartíamos con los numerosos amigos chilenos y uruguayos que también recalaron por allá. Sudamérica estaba lejos de todo. Dicho sea de paso, casi 50 años después, los argentinos nos quedamos solos en eso de que “acá no llega nada”. Justo ese chiste ahora, Alberto.

¡Ah! Y la increíble y excitante sensación de que pedías una línea de teléfono y llegaba… ¡en una semana!

Volviendo a los ’70, me fascinó, a esa edad, conocer esos países complejos y multiculturales, tan lejos de la idea de “indios” y “salvajes” que quizás tenía el argentino de barrio. Cómo olvidarme, por ejemplo, de la Avenida Paulista, que mostraba en plenitud –ya en esa época– los 20 años de crecimiento del “milagro brasileño”. No había nada equiparable en Buenos Aires a la Avenida Paulista. O la herencia portuguesa en Minas Gerais, o la influencia italiana y alemana de los pueblos de los estados del sur. O la huella de la movida sociológico-cultural desarrollista con la que podías deslumbrarte en Brasilia, o la herencia monárquica en Petrópolis. Y, por supuesto, la cultura del mestizaje en todo su esplendor en los barrios de Río o Salvador. Mientras vivimos en Río no tuvimos auto y las veces que fuimos a Niteroi lo hicimos en el ferry que cruzaba la bahía. Agradezco a la vida haber podido hacer uno de esos viajes un domingo a la noche, cuando el barco se convierte en un gran carnaval y las latas, los palitos y las manos se transforman en instrumentos. Brasil es mucho más que cada una de esas expresiones de su sociedad, es todas juntas. También es la herencia de la esclavitud y la marginación a los pueblos originarios del Amazonas. Como todos los países de América Latina, es todo junto y un poco de cada cosa.

Y ya que estamos hablando de la selva: los brasileños vienen de su tierra, de la inmigración europea que la colonizó, de los pueblos africanos que fueron traídos a la fuerza por imperio de la economía de plantación. Son bastante pocos, aunque hay, los que “vienen de la selva”. Es decir, tienen un origen bastante parecido al nuestro. Dicho sea de paso: la única “selva” que conocí en Brasil es la foresta de Tijuca que –lamento defraudar al Presidente– es artificial e implantada.

Es decir, tienen un origen bastante parecido al nuestro.

Y qué decir de México. El esplendor de la Ciudad Universitaria, la huella urbana de las olimpíadas, el Mundial del ’70 y, también, de la represión de 1968. Las enormes librerías de Coyoacán y San Angel, la Casa de Trotsky y de Frida Kahlo. La Villa Olímpica (que se llenó de sudamericanos y que se convirtió en parte de mi cotidianeidad de adolescente) y las disquerías lleeeeenas de discos. Y también los shoppings y los objetos de consumo que nunca en mi vida había visto en Buenos Aires. Un ejemplo: la primera vez que fuimos de vacaciones a Acapulco en 1979 yo, que como mucho había ido a los bungalows del ACA en Las Grutas, me sentía en una película de James Bond, en esos hoteles con piletas y playas –permítanme la redundancia– de película.

México es un país que está cruzado por la historia del mundo, Presidente. Y ya que su muy poco feliz comentario fue hecho delante del Presidente del Gobierno español, déjeme contarle algo: ese país hizo del asilo a los derrotados en la Guerra Civil una política de Estado, por lo que los exiliados españoles desde el triunfo del franquismo y sus descendientes superan los dos millones. Algunos habrán llegado en avión, pero la mayoría llegó en barco. Esa imagen y no la de “los argentinos venimos de Europa” debe ser la primera que se le cruza a Sánchez cuando piensa en España y América Latina. Jugaría una monedita a eso. ¿Sabía usted que México fue la sede oficial de la República Española luego de la Guerra Civil? Como profesor de la UBA debería saberlo. Igual no se lo diga a Sánchez en público porque lo va a poner en un problema, por eso de que España es un Reino, vio.

Igual no se lo diga a Sánchez en público porque lo va a poner en un problema, por eso de que España es un Reino, vio.

Trotsky vivió en México y fue asesinado ahí. Y antes de eso, intentó matarlo David Siqueiros, uno de los muralistas más creativos y famosos del mundo, que era comunista y pro-soviético. Acuérdese, Siqueiros es el autor del mural “Ejercicio Plástico”, pintado en los sótanos de la Quinta Los Granados, de Natalio Botana. El Congreso lo declaró de Interés Nacional en 2009 y Cristina dio instrucciones de instalarlo en el Museo de Casa Rosada. No me acuerdo si usted era Jefe de Gabinete todavía. Y hay un Museo de Siqueiros en la Avenida Insurgentes, en la Ciudad de México. Y un mural en el Palacio Nacional, que es más grande que el de la Rosada, lógico.

Curioso: algo que pude conocer mejor en México fue a la Argentina. Doce años de escuela primaria forjada desde el Estado Burocrático Autoritario me habían fijado el chip del “crisol de razas” europeo (por lo que veo, a usted también). Que por supuesto, hace a nuestra identidad, pero limitada un poco a la Ciudad de Buenos Aires y el centro/sur del país. Sería ridículo no reconocerlo, claro está. Argentina es, en gran parte, producto de la inmigración europea sarmientina y bienvenida sea. Pero también es la cultura originaria y precolombina en el sur y en el norte, la integración entre esa cultura y la española colonial. Si va a México y después va a Salta o Jujuy va a encontrar bastantes parecidos. Mis amigos del colegio argentinos, pero no porteños, se esforzaban en aclarar: “sí, yo soy argentino pero cordobés”, como queriendo alejarse de la imagen de porteño chanta y canchero, que en un bar con el vermucito postula “a este país dame un rato y lo arreglo en dos patadas, papá”. Ya habrá visto que no se arregla tan fácil.

Pero lo más importante de México no son ni los shoppings, ni Acapulco, ni la Librería Ghandi, ni Octavio Paz, ni Carlos Fuentes. Lo más importante es su generosidad como sociedad. Su apertura hacia los extranjeros en problemas y la mano siempre tendida hacia el otro. Ese es el recuerdo más fuerte que deja ese país tan extenso y variado, pluricultural, a todos los que nos salvó cuando nuestro país nos expulsaba. México es su gente que le diría, con cariño porque conoce a los porteños: “no mames pinche Alberto, los indios son los que nacieron en la India, aquí somos mexicanos y a los mexicanos nos gusta llamarnos como se nos da la chingada gana”.

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Julián Gadano

Sociólogo. Profesor de la UBA y la Universidad de San Andrés. Ex subsecretario de Energía Nuclear.

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