SHOWGIRLS
Cazafantasmas

Los viejos jóvenes

Charlamos con el crítico de cine y programador del Bafici David Obarrio sobre los espectadores ofendidos y por qué extrañamos el mundo en el que podía existir una película como 'Showgirls'.

El otro día vi que alguien en Twitter decía sobre una de las conversaciones que mantuve acá que parecíamos los viejos de Los Muppets, por nuestra queja constante y nuestra añoranza de tiempos pasados. Me molestó porque algo de razón tenía. No me gusta ese papel. Estoy en contra del pesimismo. Pero es cierto también que el cine es tan vasto que discutir sobre Black Widow parece una pérdida de tiempo.

David Obarrio es crítico de cine y programador del Bafici y al final de la charla se disculpa: “Bajón lo mío con el viejazo”. En seguida me vinieron a la mente los viejos de Los Muppets. Pero en realidad es al revés. ¿El inconformismo y la búsqueda de cosas nuevas no son en realidad atributos juveniles? En fin, sea como sea, acá está nuestro diálogo: los directores seguros versus lo directores inseguros, los espectadores ofendidos, José Campusano como el director argentino más singular y un rescate de Showgirls, la película maldita de Paul Verhoeven.

David Obarrio

Sinceramente estoy un poco alejado de los estrenos. O, por decirlo así, no estoy pegado a ellos. Lo último que vi en cine es Los inútiles. Los veo pasar, leo algunas críticas, pero no estoy buscando esas cosas, o viendo qué es lo nuevo, o aquello de lo que se está hablando. Finalmente, después de idas y vueltas, me asumí como cinéfilo. Y pienso que la característica esencial del cinéfilo es la curiosidad por todo el cine. Y la historia del cine es más tentadora que ciertas cosas del presente, que se imponen porque están encima, porque hacen ruido, digamos, mediático. A mi me pasa eso.

Diego Papic

Es gracioso lo de “me asumí como cinéfilo”. A veces pareciera que ser cinéfilo tiene mala prensa.

David Obarrio

Sí, ¿no? Lo que pasa es que di por sentada esa condición propia durante mucho tiempo (dije “condición”, como si se tratara de una afección), después renegué de ella, me pareció que era como una etapa infantil del espectador de cine, en el sentido de que es una actitud voraz, que no diferencia lo que ve, que sólo está interesada en deglutir. Me parecía que había una instancia que debía ser más lúcida, más analítica. Al final me abandoné a la evidencia: me gusta ver un montón de cosas. Veo películas en Volver, por ejemplo, en horarios indecentes.

Diego Papic

Ah, el zapping es algo que yo perdí por completo. Si veo algo, es porque lo busco especialmente.

David Obarrio

Me gusta el zapping. Me fascina encontrarme con una película. Eso lo hablé con Marcos Uzal, que ahora dirige Cahiers du cinéma, y me sorprendí cuando me dijo que hacía lo mismo. Lo que me atrae de eso es que es, literalmente, encontrarse con algo. Ni siquiera con una película, sino con una escena, una parte de diálogo, etc. Esa actitud menos programada, la de ver lo que aparezca, siento que es parte fundamental de cómo funciona en mí la cinefilia. Esa “condición”. Como me pasaba en los primeros años del Bafici. Meterse en la sala y ver algo para lo que no estaba preparado más que muy precariamente.

Diego Papic

Ver escenas descontextualizadas tiene algo interesante. No me acuerdo quién fue que dijo que no hay película, por más mala que sea, que no tenga una escena rescatable. No sé si es así, pero por ejemplo el otro día vi La marca de la horca, una de las primeras películas de Clint Eastwood como actor, y me pareció mala, pero tiene toda una secuencia de un ahorcamiento de unos condenados a muerte que es extraordinaria.

David Obarrio

El otro día agarré Un lugar al sol, una película de Dino Minitti que no había visto, del ’65. Con el inevitable Héctor Pellegrini y María Cristina Laurenz. Es increíble esa película de desventuras de dos solitarios de clase obrera (cuando eso significaba algo en la Argentina, eso se veía y se reconocía), porque después de mil vueltas y cosas terribles, pero lógicas, no forzadas que les pasan a los protagonistas, la trama tiene un giro hermosísimo hacia el final que, de alguna manera, recupera una zona utópica que también parece posible. En todo caso es justa y bella de ver: no necesariamente las cosas como son, sino como deberían ser. Es decir, va en la dirección contraria de una idea de verosimilitud gestionada sobre una serie interminable de desgracias y extravíos.

Diego Papic

No sé cuál es ese giro porque no vi la película, pero hay algo para pensar en la idea del cine que muestra lo que “debería ser” o “debería haber sido” en lugar de lo que es o lo que fue. Una película emblemática que milita el “lo que debería haber sido” es Había una vez en Hollywood. También Bastardos sin gloria.

David Obarrio

Claro, es el caso reciente más contundente en ese sentido. Lo que tiene esa película, para mí, es que parece proceder como la contracara de los Hollywood Babilonia, esa idea del averno de la industria del cine, con seres maléficos y, sobre todo, poderosos impunes. Lo que se ve ahí es una fragilidad impensada. El mundo exterior, el real, es terrible; la época está marcada por movimientos terroríficos. Pero el “mundo del cine” está marcado por la vulnerabilidad. La “corrección” que opera en la trama es la venganza del cine contra la realidad.

Diego Papic

Bueno, es una película anti cínica.

David Obarrio

Sí, totalmente. Y sus protagonistas, empezando por Sharon Tate, claro, son seres angélicos. O están cerca de serlo. Cuando se dice que tal película es un canto de amor al cine, no se piensa en la industria del cine sino en su costado ensoñado, intangible, en las cosas que las películas producen en nuestro ánimo, la parte intelectual, “creativa”, del cine. No se piensa en su aspecto material, poco sexy incluso, de la producción, del cine. Y eso acá está reflejado. Y favorablemente.

Diego Papic

Justo hoy vi un video de Quentin Tarantino en el que cuenta que una vez en Sundance se quedó charlando con Terry Gilliam, supongo que sería cuando presentó Perros de la calle o quizás antes, y le preguntó cómo hacía para plasmar su “visión” en una película, y Gilliam le dijo “vos no tenés que plasmar tu visión, tenés que contratar al mejor director de fotografía, al mejor director de arte, al mejor músico, a los mejores actores, al mejor montajista y explicarles a ellos cuál es tu visión”. Y ahí Tarantino dijo “ah, ok, eso lo puedo hacer, tengo una visión y la sé explicar, no es algo mágico”.

David Obarrio

La materialidad del cine. Eso lo podría haber dicho José Luis Garci, también. Le oí decir más de una vez eso de que había que rodearse de los mejores que consiguieras y explicarles qué querés lograr. Eso tiene que ver obviamente con la dimensión de profesionalismo en el cine. Y coloca al director, además, en una posición paradójica. Dirige, pero no sabe todo; pregunta, pide ayuda: “¿Cómo hago para obtener esto?”, dice, por ejemplo.

Diego Papic

Claro, igual en esa anécdota de Tarantino hay algo importante que es la “visión”. El tipo dice “ok, la visión la tengo”. De eso está convencido. Y se lo nota a Tarantino muy seguro de sí mismo en ese sentido. Otro director que me viene a la cabeza que me lo imagino comunicando muy elocuente a sus actores y técnicos su visión es David Lynch.

David Obarrio

Bueno, pero eso de la visión es un poco esotérico. Se puede creer que se tiene tal cosa sin tener nada. O se puede no preocuparse por eso y hacer una película en el camino, descubrirla mientras se la filma. Claro que si para llegar a esa instancia tenés que hablarle de la película que todavía no existe a un montón de gente… Una cosa es compartir la película con las personas que te acompañan, equipo grande o mínimo, es lo mismo, y otra distinta es tener que hablar de tu película antes a un comité de “especialistas”. Resumiendo: se puede tener una visión clara o no tenerla, pero la gente en la que tenés que poder confiar es la que hace la película con vos.

Diego Papic

Tal vez las mejores películas son las que son producto de una visión clara, como es el caso de Tarantino o de Lynch. En Lynch uno puede ver casi la representación de lo que le pasa por la mente.

David Obarrio

Son directores seguros, evidentemente. El ciudadano es cine moderno y es convencida, imponente, altiva, también. Pero hay películas que no transmiten esos valores de seguridad sino que dejan ver dudas, titubeos, como si balbucearan, y hacen partícipe de ello al espectador, que no se encuentra en la pantalla con algo que le es impuesto sino que parece construirse delante suyo. No es algo para desmerecer eso. Incluso las películas a las que “se les notan las costuras” y las debilidades en la visión del director pueden tener su encanto también. Como cuando uno se pregunta: “Qué quiso decir. Qué quiso hacer acá este tipo”. La fascinación del cine, un atractivo que le es propio, es cuando el espectador no entiende. No sólo no entender partes del trama (como en Lynch, ponele), sino no entender qué es la película, qué dice, con qué ideas trafica.

Hay directores del equipo de los que lucen seguros y de los otros. No sé quiénes hacen las mejores películas. No doy por sentado que sean necesariamente los del primer grupo.

Diego Papic

Bueno, ahora cada vez menos uno se pregunta eso porque lo que quieren decir está muy en primer plano. Vuelvo a Tarantino. Hace un par de semanas estuvo con Bill Maher y dijo que hoy la ideología está antes que lo demás: antes que el arte, antes que el entretenimiento, antes que la calidad. Y Maher acotó: hoy hay dos tipos de películas: virtue signalers y películas de superhéroes. Agrego yo que muchas películas de superhéroes son a su vez también virtue signalers. Obviamente que está bueno que el director tenga una “visión” (antes hablamos de una visión estética, ahora ideológica) pero en general cuando están demasiado interesados en “opinar”, el resultado siempre es menos interesante.

David Obarrio

Es muy desalentador eso. La idea de que determinado discurso tiene que ocupar todos los espacios, atravesar toda la trama de lo público. Y el cine ha fallado en ese sentido, sus autores han claudicado –porque es más cómodo, porque es más fácil, porque se ahorran problemas; unos pocos, no sé si tantos, tal vez crean en ello de buena fe, pero me permito dudar–, dejando que el cine, nuestro moribundo preferido, adopte con docilidad esa línea y se transforme, en definitiva, en apéndice publicitario de esas ideas acordes al status quo. Quiero decir que algo que antes uno buscaba en el cine, ahora no está más (exagero, obvio, pero no tanto).

Eso que antes buscaba, digo yo, era encontrarse con ideas que podían ser un poco escandalosas, excitantes, a veces inadmisibles. Cuando ponían que una película podía herir la sensibilidad del espectador, se sabía que ahí había algo bajo, algo vergonzoso sobre lo que, normalmente, te querías abalanzar para ver. Ahora esa leyenda, esas advertencias, obran de manera contraria: son la voz de la civilidad, es la palabra de la buena conciencia, un discurso propio de funcionarios o de institutrices.

El espectador ofendido es una de las categorías más oprobiosas del estado de cosas actual del cine.

Diego Papic

Pero hubo épocas del cine en que la censura era más evidente. El mejor Hollywood coincidió con el Código Hays. Tal vez porque tenían ese corset, estaban obligados a ser sutiles y además se veían tentados a ir lo más cerca posible del límite. Hoy no hay un Código Hays escrito, lo cual es peor porque siempre es peor cuando no hay reglas claras, pero da la sensación de que los que hacen cine están a gusto con ese código no escrito. Bueno, no se puede saber qué pasa por la cabeza de cada uno, en realidad. Y hay algunos: mencionamos a Tarantino. Yo creo que Paul Verhoeven es otro. No es casual que sean viejos, ya.

David Obarrio

Es que no es censura, claro. Aparte el Código tenía reglas claras: podías mostrar un escote de determinada manera (se medía el cleavage), pero dentro de ese esquema, milimetrado, se podían decir muchas cosas. Muy pocas de esas películas pasan hoy el tamiz impuesto. Respecto de la aquiescencia con el sistema de “censura” actual, me parece evidente, por los motivos que sean.

Diego Papic

¿Y qué onda el mundo de los festivales? ¿Es igual? porque en una época ahí estaba “lo distinto”.

David Obarrio

Es igual. Lo distinto ahora es en realidad lo legitimado, lo igual a sí mismo. Aquello que recibe el certificado de buena conducta y pasa la aduana, consigue permiso para circular. Las películas que se dedican a refrendar la agenda. No todas, claro. Pero el sistema mediante el cual las películas circulan –que empieza en los pitchings, los talleres, los comités, los “comisariatos” y termina en la libre circulación por el mundo (el mundo son los festivales)– termina achatando todo a nivel estético e ideológico. Otra vez, exagero un poco, pero para marcar el punto. Con lo cual, bien mirado, es más fácil que antes, por ejemplo para los programadores, ver las películas que efectivamente son distintas, se apartan del rebaño, tienen algo que las distingue. Por ejemplo, para nombrar a un director muy conocido, las películas de José Campusano.

Diego Papic

Campusano me sorprendió cuando vi Vil romance en el Festival de Mar del Plata en 2008, y es cierto que era algo totalmente distinto. Ahora es como si fuera un fabricante de películas de Campusano. De todas maneras no sé si va contra la corriente en cuanto a la agenda. ¿Te parece muy incorrecto?

David Obarrio

Sí, totalmente. Pero ni siquiera se lo propone. Sencillamente desconoce “lo que hay que decir”. Por eso es que tampoco sus películas funcionen de manera reactiva. No se trata de asustar al burgués progresista, con el consiguiente rédito que ese gesto podría significarle: capitalizar el escándalo. Sencillamente, hace el cine que tiene que hacer. Yo en sus películas veo cosas que antes se daban por sentadas en el cine. Pasiones sin control, extravío, sentimientos expuestos de melodrama. El cine como el territorio en el que todo puede ser ambiguo, en el que nadie tiene razón del todo, en el que todo puede pasar. Y eso que Campusano es un humanista, a su modo. Hay una evidente melancolía por la pérdida del sentido de comunidad en su cine. Pero en sus películas nadie te cuida, nadie está pendiente de que el espectador se encuentre en la pantalla con algo hiriente. Es más, diría esto: sus películas solamente tratan de temas “sensibles”. Lo que no es eso, materia esencialmente incómoda, inapresable, inclasificable, no le importa. Veremos cómo sigue su filmografía, pero a mí desde que vi en su momento Vil romance me sigue pareciendo de lo más estimulante que se pueda ver.

Diego Papic

¿Y qué otras cosas te parecen estimulantes hoy? Mencioné a Verhoeven, pero no me diste bola.

David Obarrio

¡Verhoeven sí! Me refería a directores más nuevos. Como vos decís, es de los viejos. Los buenos viejos directores. Tarantino tampoco es un pibe. Las películas de Verhoeven en Estados Unidos son maravillosas. Para mí es la última gran década del cine americano, por otra parte. Verhoeven podía ser Verhoeven a sus anchas dentro del sistema. ¿Viste You Don’t Nomi, el documental sobre Showgirls y Elizabeth Berkeley, su protagonista?

Diego Papic

No, contame.

David Obarrio

Al margen de la reivindicación de Showgirls en el tiempo, la película es muy conmovedora para mí, porque no se trata sólo de Showgirls sino sobre un cine que ya no parece existir. Pero en realidad lo que no existe es ese mundo. Un mundo en el que Showgirls, y otras tantas, puedan existir. Es decir que no es del cine sino del mundo de lo que estamos hablando cuando verificamos de qué manera se recibe una película u otra. Qué cine se puede hacer y qué cine no.

Diego Papic

De todas maneras Showgirls, si bien se pudo hacer, fue destrozada en su momento. No sé si por los mismos motivos por los que sería destrozada hoy.

David Obarrio

Sí, simplemente se la consideró mala. Pero había una productora y un montón de gente detrás que consideró que esa película era plausible. No era una película marginal. El año pasado vi Belushi, sobre John Belushi, y pensé lo mismo. Tuve ese sentimiento de pérdida, de algo que no existe más.

 

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Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

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