IGNACIO LEDESMA
Entrevistas

Florencia Arietto

La abogada y asesora en temas de seguridad analiza con crudeza la trama que tejen fútbol y política, un terreno de mafias y componendas en el que, asegura, ni siquiera los resultados deportivos están libres de sospecha.

La figura de Florencia Arietto (Salto, Buenos Aires, 1977) cobró una súbita notoriedad en 2012 al ser designada como jefa de Seguridad del Club Atlético Independiente durante la gestión del presidente Javier Cantero. Su batalla contra el accionar de la barra brava del club y su discurso fuerte y directo le permitieron a esta abogada penalista producir luego el paso a la política, primero en el Frente Renovador y luego en Juntos por el Cambio. En 2018 fue convocada por Patricia Bullrich como asesora en el ministerio de Seguridad. Hablamos con ella sobre la actualidad del fútbol argentino, su experiencia en Independiente y también sobre el panorama político del país.

En una nota anterior en Seúl hicimos un repaso de varios problemas que el fútbol argentino arrastra desde hace prácticamente un siglo, sin encontrar nunca una solución y con consecuencias cada vez más graves: clubes en eterna crisis económica, caos organizativo e institucional, barras bravas y violencia. ¿Cuál es tu análisis de la situación, teniendo en cuenta desde luego tu paso por Independiente?

El panorama actual en el fútbol argentino tras la muerte de Grondona es el de la continuidad de sus negocios históricos pero ahora en manos de un grupo de cuentapropistas. Al morirse la cabeza, quien contenía a toda la mafia (es decir, el caos organizado), todo se desorganizó y cada uno hace su juego, incluso al punto de que ni siquiera las cuestiones más básicas del juego, el resultado deportivo que debería darse de manera aleatoria, esté libre de sospechas. Se fueron sofisticando las prebendas con los árbitros, las pequeñas “mafiosidades” que determinan quién tiene que ganar y quién no. A mí me costó mucho tiempo darme cuenta después de irme de Independiente que la soledad en que me dejaron trascendía el hecho de que fuera Bebote (apodo de Pablo Álvarez, ex líder de la barra brava) quien tratara de sacarme del juego. Episodios como el del petardo que le arrojan al arquero Olave (de Belgrano de Córdoba) el 15 de noviembre de 2012 en nuestra cancha fue un indicio claro de que el sindicato de árbitros de Guillermo Marconi nos operaba en contra. A pesar de que aquel día la barra de Independiente no estaba en el estadio por todo el trabajo previo que habíamos hecho con la gente de la Comisaría 1°, habría que revisar cómo se dieron las cosas para que, a partir de la intervención de Jorge Ferraresi, por entonces intendente de Avellaneda, y del rol del sindicato UTEDyC –quienes son, entre otras cosas, los que controlan los molinetes de los ingresos–, alguien le franqueara la entrada a la barra de San Telmo a la tribuna norte y le tiraran el petardo al arquero para que el partido se suspendiera.

Al escuchar tu relato da la impresión de que, más allá del apoyo brindado por quienes te convocaron para trabajar en el club, todos los sectores del fútbol argentino lejos de apoyarte en tu gestión se dedicaron a boicotearla abiertamente. ¿Fue una batalla perdida desde el comienzo? ¿Un éxito deportivo podría haber cambiado la situación?

No había manera de que Independiente tuviera éxito deportivo porque iba a ser contagioso para el resto de los clubes. El status quo tenía que mantenerse, nadie quería perder el privilegio de volverse millonario sin control. Y los jugadores no pueden ser kamikazes, no pueden ser ellos quienes den una pelea que no les corresponde. Lo mismo con la gente: la sociedad no quiere ser soldado en una guerra; si no hay un líder honesto nadie se va a inmolar, pero si encuentra a alguien que lidere desde un lugar luminoso seguramente acompañe. Me pasaba todo el tiempo en el club: a pesar de que desde la propia gestión me ocultaban cosas, la gente me hacía llegar en forma anónima datos, me tiraban por debajo de la puerta papelitos con información, me avisaban que me lo dejaban en tal puesto de diarios, cosas así. Aún con limitaciones y pocos recursos pudimos formar y entrenar un grupo de gente que es una semilla que quizás florezca en algún momento, porque tengo claro después de mi paso por Independiente que ya no se puede mentir más: los barras son delincuentes. No es que puede haber un barra bueno. No: para ser jefe de una barra tenés que pasar por una prueba que es matar a alguien. Y las barras tienen un único jefe.

Por eso, como te decía, frente a aquel panorama el éxito deportivo era imposible, creo que directamente fue la AFA la que nos mandó a la B. Dirigentes y caciques de los clubes que estaban íntimamente relacionados con los negocios de las barras no podían permitir que Independiente tuviera éxito. Le pasó también en aquel momento a Enrique Lombardi, presidente de Estudiantes, que inició una tarea parecida a la nuestra y le pusieron una bomba al tesorero del club. Y entonces él dijo “tengo que recular porque nos matan”. El fracaso deportivo de Independiente fue necesario para que a los hinchas de otros clubes no se les ocurriera reclamar un proceso de limpieza similar. El descenso es lo que más le duele a cualquier hincha, por eso fue un castigo ejemplificador.

¿Creés que durante la gestión de Cambiemos se pudo lograr algún grado de avance en estas cuestiones?

El plan “Tribuna Segura” fue un gran avance: por primera vez el Estado se hacía cargo de las restricciones de ingreso a los barras, algo que ningún club quería hacer porque los dirigentes se escudaban en las amenazas que recibían. La APREVIDE (Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte) hizo otra cosa importante que fue sacarle una gran caja a la mafia de la Policía Bonaerense (obviamente no toda la policía, pero sí la que tiene sus puestos estratégicos tomados desde hace años, los que administran el delito en la provincia), que es la del pago de los operativos policiales en las canchas. Los jefes “facturaban” un operativo de ochocientos efectivos y después te encontrabas que había seiscientos o menos. La diferencia era dinero que se quedaban, y teniendo en cuenta la cantidad de canchas que hay en la provincia de Buenos Aires, no sólo en Primera sino sobre todo en el Ascenso, no era algo menor.

Si vas a perder tu honestidad, tu prestigio, la confianza que la gente pueda tener en vos, todo por aliarte con alguien que te permita llegar a la cabeza (como ahora está haciendo Tinelli con Tapia) tenés que tener claro qué resultado querés conseguir al final del camino.

Con el equipo del ministerio de Seguridad de Patricia Bullrich pudimos  avanzar en la investigación del lavado de activos de las barras, empezando por las dos más importantes, la de Boca y la de River. Recolectamos muchísimas pruebas, pero el problema es que hacen faltan además fiscales con bolas para que las causas avancen. Es cierto que ellos necesitan respaldo, quizás si hubiéramos reelegido podríamos haber avanzado más, porque la decisión política de ir por ese lado estaba. Al final la mayoría de las causas se fueron cayendo, se fueron archivando por filtraciones o falta de pruebas, o desestimadas por ausencia de delito. El abanico de ilegalidades es tan amplio, las mafias están tan enquistadas que la lucha contra ellas se tiene que dar cuando el gobierno está más consolidado. Cuando hay río revuelto es más difícil avanzar contra todo eso porque no tenés todas las energías puestas ahí.

¿Con la organización del fútbol de los últimos años cuán posible es pensar en una planificación así?

Vos necesitás una conducción estratégica que defina un norte, un rumbo hacia donde ir en el corto, mediano y largo plazo. Y aunque en la época de Grondona podía darse el caso de un trabajo serio, humano y a largo plazo como el de José Pekerman, al ser un caso aislado, ajeno al rumbo planteado por la conducción, toda su labor se terminó perdiendo. Y aunque hoy puedan estar algunos de sus herederos, como Pablo Aimar y el propio Lionel Scaloni manejando a la Selección, formados de acuerdo a esos valores de trabajo en equipo, de seriedad, de acompañamiento a los juveniles, si la conducción de la AFA está a cargo de alguien como el Chiqui Tapia, entonces todo se hace difícil. En estos últimos años yo supuse que Marcelo Tinelli podía ser alguien que intentara hacer algo distinto como cabeza de la AFA. Y sin embargo no lo hizo, y cuando tuve la oportunidad de discutirlo con él me dijo que, así como cuando yo estuve en Independiente no nos acompañó porque sabía que nos íbamos a estrellar, él también terminó estrellándose en la famosa elección del 38 a 38. Él supuso que se podía pactar, se estrelló y ahora vuelve a plantear una alianza… A ver: no todo es blanco o negro, hay grises y exigiendo pureza total no llegamos a ningún lado, eso lo entiendo. Pero también tenés que hacer el cálculo de la relación costo-beneficio, porque si vas a perder tu honestidad, tu prestigio, la confianza que la gente pueda tener en vos, todo por aliarte con alguien que te permita llegar a la cabeza (como ahora está haciendo Tinelli con Tapia) tenés que tener claro de antemano qué resultado querés conseguir al final del camino. Porque el fútbol argentino ni siquiera tiene grandes triunfos deportivos que ofrecer. Pasó lo mismo con los Moyano en Independiente: después de hacer lo imposible por hundirlo, de llevarlo al descenso para emerger como salvadores, tras seis años de gestión no ganaron nada.

Y lo mismo le pasa por ejemplo a Diego Milito en Racing: un tipo serio y honesto, un gran referente que volvió al club a jugar en el final de su carrera y se quedó a trabajar ahí por amor. Pero cuando él empieza a chocarse con que quieren hacer un negocio por izquierda con el pase de un jugador, que está la barra al lado apretando a los pibes de las inferiores, llega un momento en que tu conciencia pesa más y te vas porque no querés pactar con eso. Y ni hablemos del caso de Defensa y Justicia, el día que se hable en serio de quién es Christian Bragarnik, más de uno dirá: “Uh, ¿en serio?”. Por ahora es el capo que llevó a Defensa y Justicia a ganar la Copa Sudamericana, que en realidad es mérito de Crespo y del equipo, pero al propio Crespo le llegará el momento en que se chocará con la realidad: “Mirá: todo esto viene de Sinaloa”.

Ése es justamente un asunto álgido del que muchos hablan en voz baja pero no se discute públicamente. Y que en un medio como éste, con la cantidad de problemas que ya se arrastran, que ahora también se le sume el dinero de los cárteles es algo de temer.

Y además con las facilidades que da el fútbol para dibujar números, lavar dinero. El narcotráfico tiene un plan, no son improvisados. Si un país les hace las cosas difíciles se mueven al de al lado. Y el fútbol es el lugar ideal para lavar dinero si no se lo controla: un jugador que vale diez millones, se vende por veinte, se reciben los diez y los otros diez, listo, ya están blanqueados. Pero el narco tiene una contracara, y es que al ser un negocio ilegal en algún momento empiezan los tiros, no falla. Y entonces ahí todos se agarran la cabeza y se preguntan cómo pasó.

Hay una cuestión que quienes defienden el modelo histórico del fútbol argentino, e incluso quienes reconocen muchos de sus males, suelen esgrimir en su defensa: la forma jurídica de la asociación civil y la función social que ellas supuestamente cumplen. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Sobre esto te puedo mencionar algunos casos para que veamos cómo funciona. Por ejemplo, en Vélez hay al lado de la cancha un barrio que no tiene club social, y en una reunión con los vecinos me comentaban que los chicos jugaban en la vereda pero sufrían robos y hostigamiento constantes. Reclamaban un espacio para poder jugar a la pelota tranquilos. Y ni siquiera se les había ocurrido ir a Vélez, porque se les decía que para entrar ahí había que pagar mil quinientos pesos. Algo parecido me pasó cuando estuve en Independiente: teníamos un plan estructural de trabajo con la base de la pirámide social, los pibes marginales que son luego los aspirantes a barras. La idea era tratar de evitar que vieran a los barras como referentes y que el club les diera un lugar para que no terminen presos o muertos a los 25 años. Empezamos a trabajar con las madres que estaban al lado de la sede de Wilde, un barrio pegado al Acceso Sudeste. Y ellas me contaban que los nenes jugaban justo ahí, en el pastizal de la bajada de la autopista, porque “el club Independiente es para los ricos”. Entonces nosotros armamos un sistema de becas para que los chicos pudieran venir a nadar, que empezaran a involucrarse con el club. Entonces lo de las asociaciones civiles y la función social de los clubes es una mentira, no hay tal función.

La idea de “todos adentro” no significa cualquier cosa. Yo no voy a permitir que los gerentes de la pobreza sigan precarizando gente. A la pobreza se la combate, no se la romantiza, y al delincuente se lo mete preso, no se lo idealiza.

Y todo esto también se relaciona con lo último que vino a ponerle la frutilla al postre que es por supuesto el kirchnerismo, que ya hace casi veinte años que está y le vino a sumar épica a la decadencia. Festejan el techo de chapa del conurbano porque “ah, la identidad”. Y no, la verdad es que nadie en el conurbano quiere tener el techo de chapa. Si vos que vivís en Palermo le hacés la oda al techo de chapa es porque sos kirchnerista, punto. Si no, no se explica. Entonces también le hacen la oda al fútbol y al aguante, no hay que tocar nada porque así está bien, y mientras tanto el fútbol se va quedando sin nada. El kirchnerismo encontró en el fútbol otra forma de dar la batalla cultural, de hacer circular su mensaje pobrista mientas se hace caja y se maneja un Estado autoritario. Por eso fue que se metieron con el “Fútbol Para Todos”, que por supuesto que fue usado de blanqueador: decían que te daban seis mil millones pero en realidad te daban dos mil y el resto lo revoleaban y hacían política. Una muy efectiva, por cierto, porque con eso compraron muchas voluntades con las que erosionaron al gobierno de Macri para poder volver como salvadores.

Más allá del fútbol, finalmente, ¿cómo ves la actualidad política y el futuro inmediato del país?

Este año es nuestro Dunkerque. No hay Normandía, que sería el 2023, sin Dunkerque. Es así de grave, pero también estoy muy esperanzada. El kirchnerismo está culturalmente agotado y nosotros tenemos que ir por la discusión de las ideas. En la calle noto además un hartazgo con la mentira constante y creo además que la pandemia, más allá de esas pretensiones ridículas de Alberto Fernández de “revisar el capitalismo”, ha demostrado que en muchas partes del mundo los pueblos se manifiestan contra el autoritarismo, ya sea el de Trump, el de Putin o aquí el de Insfrán. Es decir que el mundo y la Argentina no están dispuestos a que nos coarten la libertad. Y como el gobierno kirchnerista es necesariamente autoritario para poder sostener su discurso de gerentes de la pobreza, creyó encontrar en la pandemia una oportunidad para endurecerse aún más, pero se encontró con que la gente no está dispuesta a tolerarlo. Juntos por el Cambio tiene entonces una nueva oportunidad para convocar a la sociedad a votar por una república con libertad e instituciones fuertes, equilibrio de poderes, progreso social y una economía popular que signifique conocimiento e innovación para los jóvenes más postergados. Pero sobre todas las cosas creo que la gente tiene la oportunidad de darle su voto a Juntos por el Cambio en defensa de su libertad personal. La sensación que teníamos de que eso estaba asegurado, que podías salir a la calle sin que un policía te pare y termines en un centro de aislamiento y pidiendo permiso para ir al baño, eso se ha vuelto a poner en duda.

Entonces creo que hay dos modelos claros de país y de poder. Entre Mauricio y Cristina sumás el sesenta por ciento de los votos y después está el cuarenta restante que oscila entre uno y otro y termina inclinando la balanza. Pero subestimarlos a Mauricio Macri y a Cristina Kirchner y pretender jubilarlos es no entender que la mayoría de la gente está ahí, entre ellos dos. Entonces es interesante porque va a haber un juego de consolidación de un bipartidismo que debería dejar de lado esas supuestas terceras vías que después terminan rompiéndote el bloque y toda la estructura. A partir de esas dos identidades es que hay que crecer, y el que crezca más ganará. En lo personal creo que debemos ir hacia una senda desde Juntos por el Cambio y la centroderecha, plantear una vuelta a la ley y el orden, que no se justifique el delito por origen social porque invisibilizás a los millones que son pobres y no delinquen. La Argentina cierra con todos adentro y nadie afuera, pero todos adentro no significa cualquier cosa: yo no voy a permitir que los gerentes de la pobreza sigan precarizando gente. A la pobreza se la combate, no se la romantiza, y al delincuente se lo mete preso, no se lo idealiza. En todo caso después con una buena política penitenciaria se debe ver cómo se innova y se invierte para que el índice de resocialización sea mayor que el de reincidencia. Pero eso es con una política penitenciaria que sea post pago del daño que se cometió. Porque la paradoja del kirchnerismo es ésta también: no construye cárceles porque dice que es una medida represiva pero deja abierto Devoto que es el lugar al que se entra como ladrón y se sale muerto o como asesino, el lugar en donde se rompe la humanidad de las personas. Y esto hay que combatirlo sin miedo, contándole a la gente lo que tenemos, respetando nuestra identidad y, por sobre todas las cosas, convencidos de que nos estamos jugando los próximos veinte años del país.

 

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Eugenio Palopoli

Estudió Letras pero terminó investigando sobre marcas e industria deportiva. Publicó Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas (Blatt & Ríos, 2014) y Camisetas legendarias del fútbol argentino (Grijalbo, 2019).

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