ZIPERARTE
Domingo

¿Sigue existiendo la grieta?

Sí, pero ya no separa las mismas cosas que antes.

Desde hace varios años venimos aguantando la monserga de aquellos que dicen estar hartos de “la grieta” y no se dan cuenta de que ésta lamentablemente existe porque separa ideas y conductas. La irrupción de Javier Milei y su tercio del electorado avivó esta opinión: superemos la grieta y unámonos contra “el mal”, dijo casi literalmente un gran conjunto de intelectuales.

En Seúl ya nos expedimos respecto de esa carta, pero más allá de nuestra opinión particular sobre ella, hay que reconocer que el remanido (pero inevitable) concepto de la grieta parece haber quedado un poco arcaico. ¿Es así? Tengo algunas ideas al respecto.

En febrero de 2020 el kirchnerismo quería aprobar una ley en Diputados y para llegar al quórum sentó en su banca a Daniel Scioli, que acababa de ser nombrado embajador en Brasil. Argüían que como su nombramiento todavía no había sido publicado en el Boletín Oficial, seguía siendo todavía diputado, a pesar de que ya había participado de un acto junto al canciller Felipe Solá y al presidente brasileño Jair Bolsonaro. El bloque de Juntos por el Cambio se retiró del recinto en protesta, pero no pudo hacer mucho más.

Eso me hizo confirmar algo en lo que venía pensando hacía rato: hay dos maneras de ser antikirchnerista y la que delimita la grieta es sólo una de ellas.

Ciertamente no fue de las artimañas más graves del kirchnerismo en estos 20 años, aunque algún legalista podrá decir con razón que no son cosas que se deban medir con intensidades. No se puede violar “un poco” la ley, como no se puede estar “un poco” embarazada. En todo caso, el asunto nos recordó a varios al sonado incidente del “diputrucho”, en el que también estuvo involucrado el peronismo, en su faceta menemista. Rápido racconto: 1992, Carlos Menem quería privatizar Gas del Estado, los radicales no daban quórum y un periodista de Clarín descubrió a un tipo que no era diputado sentado en una banca. El tipo era Juan Abraham Kenan, un asesor del diputado Julio Manuel Samid (hermano de Alberto), al que habían sentado ahí para que diera quórum, con la esperanza de que nadie se diera cuenta.

Cuando conté la anécdota en tuiter ese mismo día me llamaron la atención algunos comentarios elogiando la jugada menemista porque estaban de acuerdo con el fin: privatizar una empresa pública. Eso me hizo confirmar algo en lo que venía pensando hacía rato, sobre todo desde la aparición de esta nueva tribu urbana de autoproclamados libertarios que le dicen comunista a cualquiera que pretenda poner un semáforo en una esquina: hay dos maneras de ser antikirchnerista y la que delimita la grieta es sólo una de ellas.

El fracaso de la avenida del medio

La grieta que enfermó a la sociedad, dividió familias, separó amigos y le dio una sobrevida inmerecida al kirchnerismo porque construyó un núcleo duro inmune a la realidad no fue producto sólo de sus medidas políticas y económicas sino también, y sobre todo, del relato agresivo fabricado en las usinas estatales. Nadie se pelea con su hermano porque cree que la inflación es un fenómeno monetario ni deja de verse con su amigo de la secundaria porque considera que hay que unificar el tipo de cambio.

Pero el kirchnerismo logró, sobre todo a partir de la crisis con el campo en 2008, transformar esas diferencias de opinión en divergencias morales y convencer a sus partidarios mediante teorías conspirativas, videos editados maliciosamente y comunicadores inescrupulosos de que quienes no estaban de acuerdo con ellos eran agentes del mal y tenían una agenda inconfesable contraria a los intereses del pueblo argentino. Y si eso eran, todo estaba justificado en la contienda.

Quienes repetían la cantinela de “terminar con la grieta” caían, inevitablemente, a uno de los dos lados, porque así son las leyes de la física: la ancha avenida del medio de Sergio Massa terminó controlando precios en los supermercados con La Cámpora y el 70% que ansiaba Horacio Rodríguez Larreta, en un 11% a nivel nacional, derrotado hasta en su propio distrito.

La ancha avenida del medio de Sergio Massa terminó controlando precios con La Cámpora y el 70% que ansiaba Larreta, en un 11% a nivel nacional.

Lo mismo ocurrió con los intelectuales que, aunque a diferencia de los políticos no están sometidos al voto popular, no lograron en ningún momento ir más allá de la mera proclamación anti-grieta: “La grieta nos impide pensar y complejizar”, decían (y dicen), pero no pensaron ni complejizaron, o si lo intentaron hacer terminaron expresando ideas que no distaban demasiado de las que proponía alguna de las dos coaliciones mayoritarias (quizás precedidas por un “no soy kirchnerista, pero…” o “no soy macrista, pero…”).

Sin embargo, a estos adalides de la anti-grieta que nunca pudieron construir, no digo un partido o un candidato, sino siquiera un conjunto de ideas por fuera de la grieta, les pasó por el costado el surgimiento de una masa que tenía otra manera de ser antikirchnerista, ella sí por fuera de la grieta: los libertarios.

Javier Milei se unió a Twitter el 22 de octubre de 2015, tres días antes de las elecciones generales que llevaron al balotaje a Mauricio Macri y Daniel Scioli (con victoria casi segura del primero) y a María Eugenia Vidal a la gobernación de la provincia de Buenos Aires. No sé si fue producto o productor del zeitgeist, lo cierto es que el grupo que empezó a representar se caracterizaba por un antikirchnerismo exclusivamente económico.

Es cierto que los K ya no estaban en el poder y, por lo tanto, la usina del relato estaba seriamente averiada, que ya no estaba al aire 678 ni Cristina se presentaba en cadena nacional para escrachar ciudadanos e hipnotizar acólitos con sus mentiras, pero su capacidad de daño continuaba: el caso Maldonado fue emblemático, pero también se puede mencionar el de la docente que simuló su secuestro en Moreno o incluso las 14 toneladas de piedras y toda la comparsa que acompañó. Sindicatos, organismos de derechos humanos, universidades, intelectuales, medios K y empleados públicos heredados de la gestión anterior continuaban sosteniendo el relato kirchnerista en cada uno de sus espacios.

A pesar de todo eso, los libertarios actuaban como si tuvieran anteojeras: hay que bajar el gasto público y los impuestos. No importa si Cambiemos obtenía éxitos en otros campos como seguridad, energía o transporte, o incluso si lograba bajar algunos gastos: en la abstracción teórica, conceptualmente era una mierda keynesiana similar al kirchnerismo. Su anti-grietismo fue más efectivo que el que promovían los eruditos bienpensantes, porque se reemplazaba por otra cosa bien concreta, no por conceptos filosóficos ni generalidades, y porque provenía de una semilla de verdad: había, efectivamente, que bajar el gasto y los impuestos.

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(Digresión: el éxito del anti-grietismo libertario demostró, también, algo que era evidente en 2015 y muchos intelectuales se negaron a ver; que la ancha avenida del medio ya era Juntos por el Cambio y que si por algún lado podía brotar otra fuerza política era por derecha. Pero esa es otra cuestión.)

A partir del ingreso formal de Milei a la política, cuando empezó a fluir algo de dinero para las campañas, pudimos comprobar que su estrategia es idéntica a la que patentó el kirchnerismo cuando construyó la grieta. No debería sorprender: la violencia discursiva de Milei siempre estuvo ahí y fue la que conquistó a sus seguidores más fieles y construyó su núcleo duro, y la llamativa falta de interés en criticar el aspecto anti-republicano del kirchnerismo quizás tuviera que ver con que no lo consideraba un defecto. Está bien sentar a un “diputrucho” si es para privatizar una empresa pública o difamar opositores si contribuye al éxito de las “ideas del bien”.

El otro día, discutiendo algo con un mileísta, argumenté con una nota de The Guardian. No era una nota de opinión, simplemente consignaba un hecho. Podría haber linkeado una nota del Times que dijera exactamente lo mismo. El mileísta rechazó el argumento porque The Guardian es progresista. Su actitud me hizo acordar a la de los kirchneristas que descreían de cualquier cosa que apareciera en Clarín o en TN, aunque fueran hechos contrastables con la realidad. De la misma manera, Milei ya está acusando a los medios de provocarlo. Paranoia, violencia, amenazas y mentiras. Y todavía no gestionaron ni un municipio.

No da todo lo mismo

Ahora voy a tratar de desesquematizar un poco este razonamiento tan esquemático. No está del todo bien circunscribir los vicios del kirchnerismo a dos categorías, o ubicarlos en dos planos paralelos, como si estuviéramos hablando de la forma y el fondo y la grieta aludiera principalmente a la forma y los libertarios cuestionaran sólo el fondo. La ideología económica y política kirchnerista es inseparable de sus estrategias discursivas, y para construir y difundir el relato necesita megáfonos estatales o paraestatales y fondos públicos o espurios (a la larga, públicos). La ampliación del Estado tuvo ese objetivo.

Por otra parte, el descalabro económico llegó a un punto tal que es lógico que hoy, a diferencia de 2015, todos consideremos que su resolución sea prioritaria y cualquier pataleo republicano suene extemporáneo. Pero hay que machacar con la idea de que la forma y el fondo no van por carriles separados. La forma es el fondo.

Hoy no se necesitan la pantalla de La TV Pública ni los stands de Tecnópolis para propagar relato, porque es más efectivo y más barato hacerlo por TikTok.

Y sin embargo no dan lo mismo las ideas económicas aunque las formas sean las mismas. No da lo mismo un “diputrucho” para privatizar Gas del Estado que para expropiar YPF, aunque en los dos casos esté mal. (Ambas cosas son ciertas: no da lo mismo, igual está mal). Además porque parece incompatible la promesa de motosierra (o tijerita o lo que sea) con la existencia de un Estado dedicado a la construcción de un relato y el escrache a opositores con teorías conspirativas y videos editados con saña.

Pero tampoco podemos ser ingenuos. Por un lado, hoy no se necesitan la pantalla de La TV Pública ni los stands de Tecnópolis para propagar relato, porque es más efectivo y más barato hacerlo por TikTok, YouTube, Instagram y Twitter. Y por el otro, parece poco probable que los canales tradicionales sean alcanzados por esa tijerita y no sean aprovechados.

Todavía tenemos la oportunidad de no tener que comprobarlo. Pero salgan como salgan las elecciones, da la sensación de que Milei y su núcleo duro llegó para quedarse. Es importante que no perdamos de vista dónde cavar las trincheras.

 

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Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

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