Gracias a Dios es viernes

#8 | El problema es el populismo

La fábula de Pedro y el lobo. Cancelar a los amigos de los cancelados. Los Baradel de Netflix.

Si tuviéramos que dar un ejemplo de qué significa Corea del Centro, bien podríamos citar una de las frases de la carta abierta de los intelectuales que llaman a todas las fuerzas a unirse contra Javier Milei. Refiriéndose a la cuestión de los derechos humanos y la última dictadura militar, dicen que “la fatal combinación del uso político por los gobiernos kirchneristas (con la erosión resultante de la credibilidad del movimiento de derechos humanos) y la falta de interés y el menoscabo del tema por su oposición macrista no pasaron en vano”.

Lo del uso político por los gobiernos kirchneristas a esta altura no lo puede discutir nadie (una de las firmantes, Claudia Hilb, dijo cosas interesantes al respecto), pero lo que llama la atención es la necesidad de señalar una falencia en la oposición para resultar artificialmente ecuánimes. Al no encontrar ninguna concreta, hablan de “falta de interés y menoscabo”, acusación imprecisa y endeble. ¿A qué se refieren concretamente?

Ahí está la esencia del problema de la carta. En su obsesión por equiparar los dos lados de la grieta, no sabemos si por incomprensión, mala fe o una mezcla de ambas cosas, los firmantes consideran que al cordón sanitario hay que construirlo alrededor de La Libertad Avanza (suponemos que dejan afuera al Frente de Izquierda sólo porque saben que no puede ganar). Nosotros, en cambio, creemos que hay que construirlo alrededor de todo el populismo, que incluye hoy tanto a La Libertad Avanza como a Unión por la Patria. No vamos a extendernos en argumentos que a esta altura deberían ser obvios, basta citar el excelente newsletter del miércoles de Gustavo Noriega).

Claro que de este razonamiento se desprende lo evidente: la única opción democrática seria y con chances de ganar es Juntos por el Cambio, pero la mayoría de los firmantes de la carta jamás reconocerían públicamente ese voto (de ahí la inclusión del salvoconducto, otra vez coreacentrístico: “Tenemos serias dudas de que los dos bloques corresponsables de haber producido esta crisis tengan la capacidad de sacarnos de ella, al punto de que algunos de nosotros, si la opción electoral se redujera a esas alternativas, votaríamos en blanco”).

No sabemos hasta qué punto la figura del “intelectual comprometido” tiene alguna influencia a esta altura del partido, pero si la tiene, la terquedad de estos ha contribuído a este estado de cosas. Más valdría, en algún momento, una carta de autocrítica.

Es positivo, sin embargo, que muchos progresistas estén empezando a reconocer a Juntos por el Cambio como una oposición democrática, aunque más no sea por cagazo. Últimamente nos estamos acordando bastante seguido de la fábula de Pedro y el lobo. Por ejemplo, en lo que respecta a los trolls.

Uno de los mitos más repetidos por la oposición a Cambiemos era el de la existencia de los “trolls de Marcos Peña”, expresión que se repitió tanto que se terminó dando por cierta. Hasta Javier Milei se quejó de eso en la entrevista reciente que le hizo The Economist.

Nunca hubo tal cosa, obviamente, pero eso no impidió que Amnistía Internacional (ONG sobra la que hemos hablado hace poco) hiciera un informe en marzo de 2018 sugiriendo que sí la había. Un informe muy completo de 44 páginas al final del cual, sin embargo, reconocen: “El fenómeno de los ataques en redes sociales mediante trolls y bots es complejo y no permite –a menos que se realicen operaciones de inteligencia que la ley sólo reserva al Estado previa intervención judicial– identificar las fuentes en que se originan, aunque sí es posible analizar las actividades que las cuentas realizan y su orientación. En este sentido, el presente relevamiento detectó una alta actividad de cibertropas vinculadas discursivamente al gobierno nacional que tenían por objetivo atacar o deslegitimar el discurso de periodistas o referentes de DDHH”. Es decir: suponemos que los manda el Gobierno porque son afines a su discurso, pero no lo sabemos.

Ahora no hay que sospechar, inferir ni conjeturar nada. El asesor de Javier Milei Fernando Cerimedo reconoce con orgullo que usan “granjas de trolls” y todos los que estamos en Twitter sabemos que ante cualquier comentario en contra del líder vamos a recibir una catarata de insultos por parte de cuentas con pocos seguidores y tilde azul.

Ahora además se sumó la infame práctica del doxxeo, que consiste en revelar datos personales de un usuario, como nombre, dirección, trabajo y número telefónico. Nada de todo esto había ocurrido cuando Amnistía Internacional estaba tan preocupada. Ahora el lobo amenaza de verdad y ni siquiera tiene todavía los resortes del Estado.

Desde que empezó el movimiento #MeToo en 2017 se multiplicaron las denuncias de acoso y abuso sexual en la industria del espectáculo. En estos seis años hubo de todo: desde condenas concretas por violación (Harvey Weinstein), absoluciones (Kevin Spacey), acusaciones de acoso un poco frívolas (Aziz Ansari), otras menos frívolas pero no delictuales (Louis C.K.), retorno de acusaciones que habían sido saldadas en el pasado (Woody Allen), utilización de la causa para vendettas personales (Amber Heard) y todas las situaciones imaginables.

El caso más reciente fue de los graves: Danny Masterson, a quien probablemente todos recordemos como el rebelde Steven Hyde de That ’70s Show, fue condenado a 30 años de prisión por violar a dos mujeres a comienzos de los 2000. El caso es bastante truculento porque implica a la Iglesia de la Cienciología, de la que es miembro Masterson y de la que eran miembro sus dos víctimas, y que muchos acusan de proteger a los acusados de abusos y de intentar disuadir a las víctimas para que no denuncien.

Si bien es cierto que Masterson fue juzgado por tres casos de violación y condenado sólo por dos (fue absuelto por el tercero), nadie puede decir que la condena no haya sido lo suficientemente severa. A diferencia de otros casos, en los que la prensa actuó como juez y fiscal, acá la justicia hizo su trabajo. Por eso la prensa se quedó con las ganas y tuvo que buscar algo más para hacer. Y lo encontró.

El viernes pasado, la periodista Meghann Cuniff publicó las cartas que le mandaron a la jueza del caso Charlaine Olmedo los amigos y compañeros de Masterson en That ’70s Show Mila Kunis y Ashton Kutcher (hoy marido y mujer). Masterson había sido condenado el 31 de mayo, y esas cartas (junto con otras de su familia) fueron enviadas después como parte de la estrategia de la defensa para morigerar la pena, un procedimiento usual. En esas cartas, Kunis y Kutcher no defienden a Masterson respecto de la acusación, sino que hablan de su personalidad, dicen que es buen padre, que fue una buena influencia en sus vidas. En fin, algo que cualquier amigo haría.

La turba feliz de haber encontrado una presa, ya que a Masterson no le quedaba carne para roer, se lanzó sobre la pareja, seguramente sorprendida de que se hayan filtrado esas malditas cartas. Kathy Griffin y Christina Ricci fueron dos de las más elocuentes, pero no fueron las únicas, al punto tal que Kunis y Kutcher tuvieron que salir a pedir disculpas con un video guionado en el que aparecen cuidadosamente descuidados y aseguran que “apoyan a las víctimas”.

Como suele pasar con estas PR crisis, la bola de nieve es difícil de parar. El análisis del video que hizo Variety fue despiadado y Chrissie Carnell Bixler, ex-novia y una de las víctimas de Masterson, publicó en su Instagram un video de Ashton Kutcher de 2003, del reality show Punk’d, en el que decía que Hilary Duff era “una de esas chicas que todos estamos esperando que cumplan 18, igual que las gemelas Olsen”.

Masterson está preso y está bien. ¿Hay que cancelar a sus amigos también? ¿Y a los amigos de sus amigos? Parece la filosofía de Ibérico Saint Jean: “a los simpatizantes, a los indiferentes y finalmente a los tímidos”.

Ya van más de cuatro meses de la huelga del Writers Guild of America (WGA), el Sindicato de Guionistas de Estados Unidos, en su disputa con la Alliance of Motion Picture and Television Producers (AMPTP), una asociación que representa a los principales estudios cinematográficos, canales de TV y servicios de streaming, en la que reclaman mejores repartos de los ingresos por streaming y no ser reemplazados por sistemas de inteligencia artificial, entre otras cosas.

Se transformaron en un paisaje repetido los piquetes de guionistas en las puertas de los estudios con carteles con textos ingeniosos (bueno, son guionistas) y la presencia de actores famosos que los aprovechan como vidriera para quedar bien progres, pero pasan las semanas y los meses, no hay solución en el horizonte y se está perdiendo mucha plata.

Drew Barrymore, que se había bajado de la conducción de los MTV Movie & TV Awards en mayo en solidaridad con los huelguistas, anunció este lunes que vuelve con su talk show, aunque sin guionistas. Igual recibió el repudio de la mayoría de la industria, al punto tal de que le retiraron la invitación a conducir la ceremonia de entrega de los National Book Awards.

Bill Maher, que fue crítico de la huelga desde un primer momento (“Hay cosas con las que no estoy de acuerdo. Quieren controlar el proceso creativo de forma excesiva, de una manera contraria para cualquiera que sea un artista. Quieren decirte cuánta gente tiene que trabajar en tu programa.”) anunció que también vuelve con su talk show mediante un tuit largo y escrupuloso. Stephen King fue uno de los primeros que le salió al cruce: “Así es exactamente como se rompen las huelgas”.

En Seúl lo queremos a Bill Maher y por eso, si bien no estamos al tanto de los detalles, le creemos que es probable que los guionistas estén queriendo transformar Netflix en La TV Pública, donde para mandar un móvil tenés que pedirle permiso a un Roberto Baradel. Pero lo peor, como siempre, es la vigilanteada de los que juzgan las posturas de los demás. Más si son Stephen King, que no necesita trabajar para vivir.

 

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