VICTORIA MORETE
Entrevistas

Santiago Llach

El escritor y editor habla sobre sus 25 años enseñando a escribir, el crecimiento del Mundial de Escritura y sobre la venta de humo "auténtico".

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Santiago Llach (Buenos Aires, 1972) publicó ocho libros de poesía, entre ellos, La verdad láctea (1998), Aramburu (2008) y Los compañeros (2015), y el libro de memorias futbolísticas Crónicas canallas (2013). Trabajó como colaborador periodístico, traductor y editor. Fundó dos pequeñas editoriales, Siesta y Garrincha Club. Santiago cuenta que ha lidiado su vida entera con su timidez, pero también dice que fue esa dificultad para relacionarse con otras personas la que le hizo encontrar sus vocaciones. Se dedicó a leer, a escribir, a traducir, a editar, y, finalmente, también a enseñar a escribir. Es por esto último que queremos hablar con él hoy. 

Su camino por la enseñanza de la escritura es singular: empezó con grupos muy pequeños, hace casi 25 años. Hoy tiene una Escuela de Escritura que este año ofrece 60 cursos, dictados por 19 docentes, para alrededor de 600 alumnos. Además, a través de la infraestructura de la Escuela, organiza eventos gratuitos como el Mundial de Escritura (diez ediciones desde 2020) y el Mundial de Lectura (primera este año) en el que participan un promedio de 10.000 personas en cada edición. Su última idea es el turismo cultural y literario (no le gusta usar esta palabra en cualquier cosa) y ofrece viajes guiados por las ciudades. De hecho, hacemos esta entrevista vía Zoom mientras Santiago está en París preparando la primera versión internacional de esta nueva iniciativa. 

Llevás más de dos décadas enseñando a escribir. ¿Cómo llegaste a los talleres?

Básicamente soy el tipo de personaje introvertido que decide, por una serie de errores, dedicarse a la literatura. Una serie de equívocos que uno revisa, hace la autocrítica, y, después, dice, bueno, quizás no había otra alternativa. En su momento, no me imaginaba a mí mismo mucho como nada. Supongo que pensaba que iba a estar en una buhardilla, recibiendo inspiración y escupiendo manuscritos. Al mismo tiempo, había una relación medio desesperada con el dinero porque no me daban las cuentas. Veía una posibilidad en la docencia universitaria, pero ahí fracasé ya como alumno, porque nunca me recibí. También veía algo en el periodismo. Tuve coqueteos, y más tarde llegué a colaborar con un montón de notas, pero me sentía poco ágil.

Lo de los talleres surgió de casualidad, en Belleza y Felicidad, que era un centro cultural indie de dos escritoras de mi generación, Cecilia Pavón y Fernanda Laguna. Y surgió también con una persona que es una de mis principales interlocutoras en la literatura, Marina Mariasch, que era mi mujer en ese momento. Acabábamos de tener un hijo, León, era el año 2000, y dimos un taller juntos ahí en Belleza. Teníamos dos alumnos, que empezaron a salir entre ellos: entonces, era una pareja dándole taller a otra pareja. De ahí en adelante tuve que remar mucho para conseguir alumnos. En esa época, otro muchacho, hoy polemista en Twitter, Daniel Molina, me dio la posibilidad de dar talleres en el Centro Cultural Rojas, ahí tomé impulso y la rueda empezó a girar. Ya entre 2006 y 2009 andaba bastante bien. A partir de 2010 me puse más serio y encaré de otra manera la organización de mis talleres: terminaron mis años más revoltosos, encontré algo como un sistema para enseñar y mantener todo funcionando y, digamos, definitivamente me asenté. 

Ahí vos te vas afirmando, vas encontrando vos tu forma de enseñar, vas consiguiendo alumnos, y, eventualmente, tus alumnos se van convirtiendo en profesores también. 

 Antes que eso se fue creando una comunidad alrededor de los talleres. Hacia 2012, 2013, alguna gente que estaba a mi alrededor empezó a publicar y a armar sus editoriales, revistas, talleres. Yo entendí, en un momento, que tenía que ser como el nodo de una red, donde había otros nodos y se iban generando otras cosas, que a su vez generaban más cosas, y no el centro de algo más vertical. La inseguridad y no tener un estilo de escritura muy propio, ser siempre medio epigonal, me ayudaron en ese sentido. 

¿De dónde salió la idea del Mundial? 

Surgió un día que Julieta Mortati [hoy escritora y editora, y alumna del taller entonces] estaba trabajando en una novela que después se publicó, que es muy linda y se llama La lengua alemana (2018), pero estaba bloqueada. Y un histórico de mis talleres, Hilario González, había leído un artículo que citaba un paper de una universidad yanqui que decía: si vos hacés durante 40 días algo todos los días, se convierte en un hábito. Entonces dijimos: vamos a escribir cada uno durante 40 días determinada cantidad de caracteres. Armamos un Excel básico compartido, con nombres y fechas, donde hacías clic y escribías los 3.000 caracteres de cada día, una página digamos, que es una cantidad razonable. Cuando algunos empezamos a flaquear, a Pablo Lanceros, otro personaje de mis talleres, muy enfermo de San Lorenzo de Almagro, se le ocurrió (yo en esa época daba cuatro talleres): ¿por qué no lo armamos en equipos? Entonces cada taller pasó a ser un equipo de diez personas, y ese primer campeonato duró un mes. Igual que la idea original pero en equipos: la gente tiene que subir al drive el texto y anotar cuántos caracteres escribió. Si un día no uno escribe los 3.000 caracteres, el equipo pierde efectividad. Es decir, si de los diez el primer día escriben nueve, tienen 90% de efectividad. Y esa efectividad son puntos: tienen 90 puntos. Y así hasta el final del mes escribiendo todos los días. Y funcionó, porque la presión de los pares te hacía escribir. Lo seguimos haciendo por eso. Y ocurrían cosas increíbles: Sebastián García Uldry [también escritor y alumno en ese momento], por ejemplo, que tenía un hijo chiquito, en una época donde no había buen Internet de datos, un día a las tres de la mañana, para no dejar a su equipo en banda, se fue cerca de una farmacia de la que sabía el WiFi y se puso contra la reja, con el hijo en brazos, y completó los caracteres. Hubo otro que se enfermó, quedó hospitalizado, me pidió clemencia y yo no lo perdoné…

Ese es el pre-Mundial, antes de que surja el formato que tiene hoy, abierto a todos.

Sí, este es el fútbol amateur, que jugábamos los del taller y los amigos. Y, por supuesto, las glorias del fútbol amateur como Pablo o Hilario dicen: “Estos mundiales de ahora, que duran diez días, son berreta; te vendiste.” [Risas] “El verdadero mundial dura un mes”. Pero el hecho es que funcionaba, te hacía laburar. Entonces, en 2020, el día antes de que Alberto Fernández sacara el decreto original de la cuarentena, ese día, de casualidad –porque yo no sabía que iba a ser ese día– puse en Twitter: se lanza el Campeonato Nacional de Escritura, que después le cambié el nombre y le puse el Mundial de Escritura. Era todo precario, en Google Docs, y se anotaron 3.000 personas. Pandemia. Todos encerrados, sin nada que hacer en su casa. Y fue un boom. Toda la gente decía: “Qué bueno, nos diste algo para hacer”. Ahí ya se inscribieron de todos lados y hubo que empezar a contratar gente para manejar todo. Fue mucha la garra de los que trabajaron en esos primeros tiempos heroicos. Y después, con ese impulso y esa fuerza, en 2021, cuando se empezaron a abrir las escuelas –en línea con “abran las escuelas”– ahí abrimos la Escuela de Escritura. Estaban los del Mundial y convoqué a otros interlocutores literarios, algunos que ya habían venido a mis talleres, otros que no, y dije: bueno, armemos algo juntos. Yo tenía 50 años y fue el corolario de todo lo previo de meterle una energía muy grande a los talleres entre mis treinta y largos y mis cuarenta y largos. Todo salió de esa red de relaciones que te decía, que crecía sin un plan. De esa red, al final, sí resultó medio obvio lo de la Escuela. Dije: si ustedes están dando talleres ya hace cinco años, bueno, vengan, y que vengan estos otros, que vengan unos de unas generaciones más chicas. Era un paso lógico de una comunidad, pero, por supuesto, hubo igual un aprendizaje de un montón de cosas. Ya se transformó en una organización formal, hubo que armar un equipo de gestión, que hoy son diez personas, y hubo que armar un equipo de gente que da talleres, que son entre 15 y 20. Se armó algo muy grande para mis parámetros hasta entonces.  

En la Escuela se ve algo muy creativo, en términos de oferta. Cursos originales cada año, con una estética atractiva, cosas nuevas, como los Mundiales o los paseos literarios o las residencias de escritura o los viajes. ¿Cómo funciona eso? Me imagino que debe haber un poco tuyo, un poco de todo el equipo, un poco de azar.  

Hay una especie de gen organizativo familiar. Mi abuelo fue vicepresidente de Boca; padre y hermano, funcionarios en áreas económicas. Yo, que no creía tenerlo, porque era medio oveja negra, resultó que sí lo tenía, y se armó esta cosa de que soy el que organiza. En este punto no importa lo creativo/literario, que será, en todo caso, personal mío. Eso también es como una especie de lección para el ego: como decir, bueno, no importa mucho lo mío, mi rol ahora es éste, lo organizativo. Después, el proceso tuvo que ver mucho con captar algo relacionado a las redes sociales, a la época un poco más salvaje de las redes, cuando la novedad de que todos podíamos publicar generó cosas muy experimentales. Y al mismo tiempo le di la centralidad a la experiencia del taller, pero ahora en una escala mayor y multiplicada a través de una organización distinta. ¿Cuál es la experiencia del taller? Competencia y solidaridad. En los talleres al otro lo odiás, lo odiás, de verdad, cuando trae un texto bueno. Pensás: “Me re cagó”. Y hay una especie de lucha de seducción, a ver quién seduce al grupo de lectores. Eso, por un lado, y, por el otro, es solidaridad con los otros. De los otros aprendés; los otros te ayudan, te dan la solución que estabas buscando. “Uh, mirá cómo se animó este a contar eso que me daba miedo contar, yo me mando”. Ambas cosas ocurren de manera muy intensa en los talleres. Y lo otro que pasa es que la gente se divierte, la pasa bien, ¿no? Ir a tomar un vino los martes a la noche se convierte en algo sagrado, y si de refilón te sale un lindo texto o un libro, mejor. Y en el Mundial de Escritura es lo mismo: equipos que compiten con otros y los miembros del equipo que son solidarios entre sí, y en el medio la pasan bien.  

Un producto central de la Escuela de Escritura entonces es la experiencia de competencia y solidaridad, del taller. Y eso lo llevás a lo masivo.

 Eso me lo dijo un pibe fenómeno, que tiene una agencia de turismo y es alumno. Me dijo: “Tatuate: escalar y delegar”. El empresario pyme tiene que escalar y delegar. Yo no tengo ni la menor idea de todo eso, pero lo tuve que empezar a hacer y lo hago. Y la verdad que la gente te colabora mucho. Un amigo hizo una gran parte de lo estético. Otro, que hace consultoría para empresas, me dio otra mano con lo organizativo, con la estrategia y con los objetivos. Y, aunque es cultura, y la cultura no es mucho negocio nunca, sí tenés que pensarlo como un negocio. Y si querés, volviendo a tu pregunta, hay tres tipos de productos en la Escuela. Todos tienen que ver con la experiencia, con este tipo de experiencia intensa, que es compartir algo que es íntimo, porque la literatura, finalmente, es eso: intimidad que no debería ser publicada pero es publicada.

Hay uno que es más masivo y gratuito. Fogwill decía que siempre había que dar algo gratis en el negocio. Ese es el Mundial de Escritura (y ahora el de Lectura). A mí muchos me dicen, ¿por qué no los cobrás? Creo que es mucho mejor, incluso en términos de negocio, darle algo a la gente. Eso vuelve de otro modo. Después está el segundo producto, que es pago, pero es accesible, que son los talleres de escritura y lectura y otros, como las caminatas literarias que hacemos con Catalina Lascano por la ciudad. Y después los productos llamémosle premium, que son los más caros y más recientes. Primero, las residencia de escritura en lugares espectaculares como Salta o Ushuaia, que surgen también de la comunidad, de alguien que trajo una agencia de turismo o gente que tiene un hotel en un lugar. Segundo, el que acaba de aparecer, son los viajes literarios. En eso estamos ahora, con Catalina, en París, organizando y esperando que la gente llegue para la primera experiencia. Y ya tenemos uno organizado para California hacia finales de año.

Tengo la intuición de que lo que ofrecés va bien, justamente, porque son cosas que te apasionan a vos.  

Totalmente. Todo surge de pasiones mías. Esto de París surge de que pasé tres años leyendo a Proust, que es, entre otras cosas, la guía sobre la experiencia de caminar por la ciudad, o de mirar los paisajes de Normandía y absorber lo externo, más bella jamás escrita. De ahí planeamos esta locura que es venir y contarle a la gente cómo se armó París, capital de la modernidad, desde el punto de vista urbanístico, literario y artístico. Con este tipo de productos más sofisticados me pasa que algunos amigos me dicen: “qué grande, ¿cómo hiciste? ¡cómo vendés humo!” Honestamente, sí, vendo un poco humo, pero toda la industria de los servicios vende un poco de humo. Las consultoras, los hoteles, los abogados, los economistas, los publicistas. Yo siento que, dentro de todo, es un humo auténtico. Es algo que me apasiona de verdad: me copa París y tengo algo para contarte. Yo siento que todo es muy coherente, que lo que vendo me apasiona y eso que vendo a mí me gusta. Lo que hacemos con Catalina en los paseos, y ahora en los viajes, es algo que yo siempre hice, que fue ser un flâneur, caminar y perderme en la ciudad. Ella lo hace con fundamento teórico porque estudió historia de la ciudad. Andamos, buscamos y descubrimos cositas, como el lugar donde pudo haber transcurrido cierta escena de una novela o donde Borges se pudo haber quedado mirando una esquina rosada en Floresta y armamos algo ahí que es divino. 

¿De acá en adelante qué te imaginás que tiene que pasar con la Escuela para que crezca?

 Tenemos un nombre que es Chasco, que estamos usando para algunas cosas y que está para sacarme a mí del medio y que deje de ser la Escuela de Santiago Llach, eventualmente, porque también creo que uno tiene que hacer crecer a los otros. Es un proceso gradual, que es un aprendizaje. Y a mí esto me agarró los 50 años ya. No es que estoy pensando en el retiro porque veo que hay que remar, que no es soplar y hacer botellas, pero bueno, también hay que habilitar e ir dando lugar a otras personas que también genuinamente están haciendo esto. Porque es crucial, además, si no te quema. Después están en pleno surgimiento estas experiencias que dan para crecer mucho: como los viajes y el turismo cultural. Pero diría que el norte sería darse a conocer más en el mundo hispanohablante. Al Mundial hoy lo juegan 70% argentinos y 30% extranjeros, la mayoría hispanohablantes. Crecer por ese lado puede ser muy importante y dar muchas posibilidades. Hay, por ejemplo, una pequeña comunidad en Perú que ya se prepara para el Mundial, son como tres o cuatro equipos, súper agradecidos, súper generosos, que tienen también su librería y su editorial allá. Sería la idea, digamos, exportar más y crecer hacia afuera. Imagino por ahí el crecimiento principal. Al Mundial hoy lo juegan 10.000 personas; si lo juegan 50.000, por más que sea gratis, va a crecer todo el proyecto.

 

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Manuel M. Novillo

Licenciado en Filosofía (UNT). Máster en Ciencia Política (NYU). Docente universitario e investigador doctoral del CONICET. Vive en Tucumán.

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