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#2 | Imitación de la vida

Lily James y Will Smith imitan en lugar de actuar en 'Pam & Tommy' y 'King Richard', respectivamente. Pero la serie sobre Pamela Anderson va un poco más allá.

¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Viste ya el season finale de Euphoria? Yo todavía no. Estoy pensando en verla aunque sea para entender los memes. Pero no puedo con todo.

Hay cierto regocijo absurdo cuando uno recomienda una película y el destinatario te dice que le gustó mucho. Después de todo, no es que la haya filmado uno. Pero da placer. Me pasó bastante estas dos semanas después de la primera entrega de este newsletter. Kimi y Proyecto Florida fueron las favoritas.

Pero no todo fueron rosas. El domingo pasado recibí un coscorrón del venerable Quintín en el diario Perfil, en el que me acusó de “crítico populista” por un comentario despectivo sobre Drive My Car. Me gusta haber transgredido la regla implícita de la crítica que dice que no hay que burlarse de películas prestigiosas. No siempre vas a leer “crítica de cine” en este newsletter, muchas veces habrá afirmaciones arbitrarias e injustificadas y me vas a ver sucumbir a la tentación del chiste por sobre el análisis. Otras veces no.

Lo que sí tengo que negar es que yo me crea representante de la voz del pueblo, porque no estoy seguro siquiera de mis propios gustos y opiniones. Claramente digo: “(yo) estoy en contra de Drive My Car“. Quintín, en cambio, en su párrafo desagravio a la película, pareciera decir: “Esto es así”. Bueno, quizás lo sea. Quizás no.

Pero aun siendo arbitrario y poco argumentado mi comentario sobre Drive My Car, digo algo que me parece bien. Al proponer el ejercicio de imaginar el diálogo de cinco minutos entre Kafuku y Misaki interpretado por Esteban Lamothe y Lola Bethet, no estoy diciendo que todo plano largo sea un embole, sino que no todo plano largo es profundo. Pensá en Jeanne Dielman, la extraordinaria película de Chantal Akerman, protagonizada por, digamos, Érica Rivas. Funciona igual. En fin, podés no estar de acuerdo con esta idea, pero es una idea.

Imitación de la vida

Un ejemplo perfecto de cómo en última instancia casi todo es arbitrario. Empecé a ver The Crown (Netflix) y me molestó muchísimo el Winston Churchill de John Lithgow. Ante la naturalidad de casi todos los demás, lo suyo parece una caricatura. Expresé mi opinión en Twitter y la mayoría me contestó que amaron al Churchill de Lithgow. Yo estoy seguro de que tengo razón. Cada vez que habla es como si el carro que lleva adelante la cosa pisara una piedra y se tambaleara. Un ripio, como dicen los que saben de poesía. ¿Otros no ven ese ripio? ¿O quizás lo disfrutan? ¿Quién tiene razón?

La cuestión de los actores que interpretan a personajes reales (sobre todo a personajes que conocemos cómo hablan y cómo se mueven, aunque ahora que lo pienso yo no sé cómo habla y cómo se mueve Churchill) plantea un problema. Me acuerdo de que me molestó mucho la tonada de Natalie Portman en Jackie (HBO Max). Me resultaba imposible no pensar todo el tiempo en Portman construyendo (o peor: imitando) trabajosamente esa tonada. Se me dirá: pero así hablaba Jackie Kennedy.

Algo parecido me pasó con Will Smith en King Richard (HBO Max), en donde interpreta al padre (y entrenador y manager) de las hermanas Venus y Serena Williams. El personaje es extraordinario, pero Smith lo interpreta con un rictus y un semiceceo permanente que me resultaron distractivos. Al final de la película vemos videos reales de Richard Williams y sus hijas cuando eran pequeñas (escenas calcadas de las que vimos en la ficción) y, efectivamente, el tipo hablaba así.

Creo que lo que no me convence de toda esta cuestión es el exhibicionismo de la imitación. Como si lo más interesante de las historias que están contando fuera cuán parecidas o diferentes son a la realidad. La ficción que recrea hechos reales es tan vieja como el cine (literalmente: una de las escenas más célebres de El nacimiento de una nación [puede verse en YouTube] es la del asesinato de Lincoln), pero el exhibicionismo de la imitación no empezó hace tanto: The Crown y American Crime Story (Netflix) son de 2016, creo que algo empezó ahí.

Hace poco estrenó Pam & Tommy (Star+), otra serie que va en esa dirección. Llama mucho la atención la Pamela Anderson de Lily James y digo eso como algo bueno y también como algo malo. Por momentos resulta caricaturesca (aunque tal vez la propia Pamela haya sido una caricatura de sí misma). Y hay un juego con los años 90 que se acerca mucho al de un parque temático con un Seth Rogen con corte de colectivero que le explica a Nick Offerman qué es la internet, mientras se conecta con un módem que hace ruido y busca a Pamela Anderson en Altavista.

Pero en el capítulo 5 compré como loco y ya no me importó la duck face de Lily James. La miniserie de ocho capítulos cuenta la historia del famoso video porno en el yate de Pamela Anderson y Tommy Lee, su entonces marido y baterista del grupo Mötley Crüe. Quien haya sido adolescente en los 90 sabe de lo que hablo: en una época en la que no se filtraban videos porno de famosos porque no existían cámaras digitales ni smartphones, alguien robó un VHS de la mansión de la pareja y lo vendió por internet, que todavía estaba en pañales.

Se podría decir que fue el primer video “viral” de la historia, y eso resume muy bien el quinto capítulo de la serie, titulado “Uncle Jim and Aunt Susie in Duluth”. El tío Jim y la tía Susie de Duluth son la Doña Rosa del conductor de TV Jay Leno, entonces líder del prime time. Hoy los videos se viralizan instantáneamente, pero en ese entonces la circulación primero fue clandestina. Como todos los conductores de late nights, Leno comentaba las noticias y acotaba con algún chiste. Los guionistas le propusieron chistes sobre el video, pero Leno preguntó: “¿saben del video el tío Jim y la tía Susie de Duluth?”.

Algo muy concreto pasa para que el video suba un escalón de popularidad y, efectivamente, llegue la noticia de su existencia a esos hipotéticos tío Jim y tía Susie de Duluth. Lo que sucede puede servir de lección incluso hoy a quienes atraviesan una crisis en las redes sociales.

Lily James en “Pam & Tommy”.

Lluvia en Londres

Apareció en los sitios de torrents (todavía no hay manera de verla en forma legal, pero avisaré cuando esto ocurra) The Souvenir: Part II, de la inglesa Joanna Hogg. La primera parte de esta película (Movistar Play / Claro Video / Google Play / iTunes) se estrenó en Sundance hace tres años con muchos elogios. Yo no la había visto y aproveché para hacer un doble programa.

The Souvenir (la primera parte) cuenta la historia de Julie (Honor Swinton Byrne), una joven estudiante de cine que está escribiendo su película de graduación y mientras tanto tiene una relación con Anthony (Tom Burke), un hombre unos años más grande que ella, adicto a la heroína. En The Souvenir: Part II (se me hace difícil hablar de ella sin espoilear la primera), Julie ya cambió su proyecto a uno más personal y mientras escribe y filma su película sobre la relación tormentosa con Anthony, se ve obligada a reflexionar acerca de ella, se da cuenta de todas las cosas que no entiende y podemos ver hasta qué punto esas dudas influyen a su vez en la realización de su película.

La película está ambientada en los 80 y tiene un soundtrack de rock inglés excelente con bandas tipo Psychedelic Furs, Bauhaus, The Pretenders, Erasure, The Jesus and Mary Chain e Eurythmics. Pero incluso antes de que llegue la tragedia, y aun con un par de escenas de reunión o fiesta, el tono es melancólico y dominguero. Hay un director, compañero de Julie, que está filmando un musical (interpretado por el también director en la vida real Richard Ayoade). Cuando una periodista, bajo la lluvia, le pregunta por qué quiere hacer un musical, él contesta: “Miranos. Estamos bajo la lluvia. ¿No preferirías estar en un estudio, con pantalla widescreen, en lugar de aquí como en cualquier otra maldita película inglesa donde está garuando? Por eso”. Ese director es un forro, Joanna Hogg lo deja claro en esa y otras escenas, y su película es orgullosamente como todas las putas películas británicas en las que llueve.

Pero lo mejor, sin dudas, es el laburo que hizo Hogg con los actores, con lo que dicen y con cómo lo dicen. Por momentos pareciera que las escenas empiezan mucho antes del corte y terminan mucho después, entonces lo que queda es como un retazo de conversación que no tiene potencia literaria en sí pero que en su acumulación va construyendo personajes y situaciones con una naturalidad extraordinaria.

Hay una escena cerca del comienzo en la que la madre de Julie (interpretada por Tilda Swinton, la madre en la vida real de la actriz) le trae al departamento, al que suponemos se acaba de venir a vivir sola, una lámpara. Hay un cenicero repleto de colillas de la fiesta de la noche anterior. Se sientan en un sillón, toman un té, acarician al perro y la madre sugiere algo sobre la decoración. Se agarra la frente, como si le doliera la cabeza. Julie le pregunta qué le pasa. “Nada, shopping headache”. ¿Quizás está triste porque su hija se fue a vivir sola? Julie se muerde las uñas. La madre le saca la mano, en un gesto de madre y niña adolescente.

Eso es para mí el cine y no dos actores diciendo textos literarios con cara de circunstancia. Ojo: mi opinión.

Tilda Swinton y Honor Swinton Byrne en “The Souvenir”

 

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Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

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