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Domingo

Un año largo por delante

Cristina da por perdido el 2023 y sólo busca conservar poder en la PBA y demorar el avance de sus causas. A 16 meses de las elecciones, el divorcio entre su agenda y la de la gente no podría ser mayor.

Primer acto: el hoy artificialmente dividido bloque de senadores del oficialismo presenta un proyecto de blanqueo para activos no declarados en el exterior que busca obtener recursos para pagar la deuda con el Fondo Monetario Internacional (28 de marzo).

Segundo acto: una semana después de haber filtrado la iniciativa a la prensa, el presidente Alberto Fernández y el ministro de Economía Martín Guzmán anuncian que el gobierno enviará al Congreso un proyecto de ley gravando las “rentas inesperadas” de las empresas (18 de abril).

Tercer acto: los senadores del ex bloque (ahora interbloque) del Frente de Todos convocan a discutir en la comisión de Asuntos Institucionales de la Cámara Alta la ampliación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (21 de abril).

¿Qué tienen en común estas iniciativas? Varios elementos:

1) Probablemente ninguna de ellas se convertirá en ley. El blanqueo y la ampliación de la Corte serán aprobados en el Senado, pero difícilmente lograrán el apoyo necesario para pasar el filtro de la Cámara de Diputados. Igual destino correría en la Cámara Baja el gravamen a las “rentas inesperadas”.

2) Las tres fueron lanzadas por alguna de las facciones del Frente de Todos de manera inconsulta, un elemento revelador sobre la cohesión interna que hoy exhibe el oficialismo. Al igual que con la división artificial del bloque oficialista en el Senado, los proyectos de blanqueo y de ampliación de la Corte fueron decisiones de Cristina Kirchner de las que el presidente se enteró por los portales de noticias. De acuerdo a lo que escribió en Clarín el viernes Marcelo Bonelli, el proyecto de gravar las “rentas inesperadas” fue anunciado por Martín Guzmán para “primerear a Cristina”.

El Gobierno carece de poder, credibilidad e incentivos para lanzar un plan de estabilización.

3) En todos los casos se trata de maniobras del oficialismo, no importa en donde se originen, que buscan retomar el control de la agenda pública y que procuran desviar la atención del principal problema que aqueja hoy a la gran mayoría de la población: la inflación. El Gobierno carece de poder, credibilidad e incentivos para lanzar un plan de estabilización. Por ende, sólo le quedan dos herramientas disponibles: simular que se hace algo para combatir la inflación y buscar desviar la conversación pública hacia otros temas.

El activismo desplegado por el Frente de Todos en estas últimas tres semanas ha sido notable. Esta hiperactividad, no obstante, tiene como telón de fondo el quiebre en la relación entre el Presidente y la vicepresidente. Desde el resultado de las primarias de septiembre del año pasado, la sociedad asiste a un curioso espectáculo: la interna del Frente de Todos. Cada semana, como si se tratara de un culebrón, hay nuevas entregas. El ajuste en las tarifas de energía promete ser la próxima batalla entre el ala albertista del Gobierno y el ala cristinista.

Con los ojos en 2023

Las diferencias de fondo no son ideológicas, son más bien de diagnóstico. El presidente Alberto Fernández considera que la elección de 2023 no está decidida y que aún conserva chances de reelegir. Su apuesta es quedar como “el último hombre en pie” y lograr que el kirchnerismo se resigne a que él es la mejor carta electoral de la alianza oficialista. Todas las semanas se difunden sondeos de opinión pública. Los principales dirigentes del Frente de Todos ocupan los primeros lugares en el top ten de imagen negativa. Pero en algunas encuestas Alberto Fernández muestra un menor rechazo que cualquiera del oficialismo. En el país de los ciegos, el tuerto es rey.

Las palabras del Presidente de esta semana, en el acto junto a Mario Ishii, reflejan su visión sobre los comicios del año que viene: “El que quiera hacerles creer que en 2023 estamos perdidos, ¡un carajo estamos perdidos! ¡un carajo estamos perdidos!”. Palabras cuyo objetivo tal vez no era tanto mantener alta la moral de la militancia presente en el acto, como enviarle un mensaje a la vicepresidenta. Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner ya no se hablan, pero ello no impide que se envíen mensajes a través de declaraciones públicas o en off the record.

La apreciación de la vicepresidenta acerca de 2023 difiere de la del Presidente. Un mes atrás, una nota de Horacio Verbtisky en El Cohete a la Luna reveló el pensamiento de Cristina Kirchner sobre la situación por la que atraviesa le país:

Durante la discusión de la semana anterior en la Cámara de Diputados, un colaborador de Cristina dialogó con un legislador que había anticipado su voto positivo.
–No quiero ser responsable de que todo salte por los aires dentro de cinco meses– argumentó el diputado.
–Con el Fondo o sin el Fondo, todo va a saltar dentro de un mes– fue la respuesta que lo enmudeció.

Ha pasado ya un mes y afortunadamente no ha saltado todo por el aire. Pero es claro que desde la facción de la vicepresidenta la conclusión parece ser que tal como vienen las cosas el resultado de 2023 no diferirá del de las elecciones legislativas. Si efectivamente la elección presidencial del año que viene ya está perdida ¿qué queda entonces? Por un lado, apostar a conservar el poder territorial en la provincia de Buenos Aires y confiar en que el próximo gobierno recibirá una gravosa herencia, que hará factible una reivindicación y regreso del kirchnerismo, sin la necesidad de delegar la presidencia en nadie. El poder de Cristina Kirchner reside en la adhesión que su figura aún genera en el conurbano bonaerense. En la medida en que ella siga siendo la reina de los votos del conurbano, el kirchnerismo podrá conjurar cualquier intento de un liderazgo alternativo dentro del peronismo.

Si la elección presidencial del año que viene ya está perdida ¿qué queda entonces? Por un lado, apostar a conservar el poder territorial en la provincia de Buenos Aires.

Por otro lado, tratar de ralentizar todo lo que se pueda el avance de las causas judiciales que involucran a la vicepresidenta y a su familia. Las maniobras de las últimas semanas dejan pocas dudas al respecto. El kirchnerismo buscó primero aprobar una nueva ley del Consejo de la Magistratura que evitara tanto el retorno a la composición previa a la ley declarada inconstitucional por la Corte Suprema, como la presencia de un representante del alto tribunal en el Consejo. Frustrada esta iniciativa, intentó contra reloj –sin éxito– acelerar designaciones de jueces y camaristas con la integración del Consejo vigente hasta el 15 de abril. Ambos fracasos dejaron como única alternativa apelar al conocido recurso de la avivada con la simulada fractura del bloque de senadores oficialista.

Tan lejos, tan cerca

A medida que se acerque la fecha de las elecciones seremos testigos de un incremento en las tensiones en el seno del oficialismo. Pese a ello, el Frente de Todos en tanto vehículo electoral no se romperá. La lógica en el oficialismo es una suerte de inversión de la frase de Alem: “Que se doble, pero que no se rompa” (al menos hasta octubre de 2023). Tal como escribí en este mismo portal el año pasado luego de las primarias del 12 de septiembre: “No hubo ni habrá ruptura porque nadie gana nada con ello. El Presidente y la vicepresidenta deberán resignarse a la cohabitación, como una de esas parejas en la que se han extinguido el amor y la pasión pero que por razones de fuerza mayor se ven impedidas de separarse”.

Mientras para el Gobierno las elecciones de 2023 están a la vuelta de la esquina, para el común de la gente están bien lejanas.

En este contexto transcurrirán los meses que restan del actual mandato presidencial. La inflación de los próximos meses podrá ser menor a la de marzo –el mayor registro mensual en 20 años– pero difícilmente haya algo para festejar si en vez de 6,7% el dato mensual de inflación es 6%, 5% o 4%. Las demandas de ajuste salarial en las paritarias dejan algo claro: nadie piensa que la inflación vaya a bajar en el futuro cercano. En el mejor de los casos se mantendrá estable en niveles elevados. El clima de pesimismo que se respira en la sociedad no puede tomar a nadie por sorpresa.

El divorcio entre la agenda del oficialismo y la agenda de la sociedad no podría ser mayor. Mientras para el Gobierno las elecciones de 2023 están a la vuelta de la esquina, para el común de la gente están bien lejanas. Unos pocos hacen cálculos, piensan estrategias y toman decisiones de cara a un evento para el que faltan –de no mediar imprevistos e imponderables– 16 meses. Otros, los más, lidian con problemas cuyo horizonte es cada vez más corto. La elección presidencial recuerda por momentos al título de la película Wim Wenders: Tan lejos, tan cerca.

 

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Ignacio Labaqui

Analista político y docente universitario.

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