Relación de ideas

#19 | La comunidad

Se dice que las redes sociales extreman los discursos y violentan las conversaciones. Puede ser cierto, pero también construyen comunidades.

Me gusta mucho la rutina. Sé que tiene mala prensa pero para mí es el reaseguro de un mundo ordenado y un fluir del tiempo circular, que me engaña respecto de su camino inexorable. Cuando cambio de trabajo o cambio los horarios, disfruto mucho del momento en que encuentro el modelo a repetir: salir a tal hora, cruzarme con los de siempre, volver con el mismo colectivo, llegar y que esté en el televisor el programa de todos los días. ¿Es martes? Sé lo que va a pasar un martes. ¿Es domingo? Sólo cambian los que juegan a las 21.30 hs, mi día es más o menos predecible.

Como consecuencia, obviamente no me gustan los feriados y tampoco me gustan demasiado a priori las vacaciones. Después las disfruto pero tengo que remontar una cierta resistencia inicial. No hay nada que odie más que las fechas FIFA, momento en que se interrumpen los torneos locales de fútbol para que los seleccionados nacionales jueguen estúpidos amistosos o sus interminables y predecibles eliminatorias. Un fin de semana en el que no juegan ni River ni el Manchester City porque las selecciones jugaron el jueves y jugarán el martes es una alteración del orden del mundo realmente inaceptable.

Desde hace un tiempo, parte de mi rutina incluye los sábados a la mañana acompañar a mi hijo de doce años a sus partidos de básquet representando a San Lorenzo. Juega en dos categorías, la que le corresponde, llamada Mini, y la inmediatamente superior, U13, para chicos de 13 años y menos. Junto con su abuelo vamos a la Ciudad Deportiva de San Lorenzo cuando es local y a diversos clubes de la ciudad y el conurbano más cercano de visitante; a veces son clubes conocidos por el fútbol, como Ferro, Vélez y Platense, y en otras ocasiones son clubes de barrio, como Pinocho y Villa Mitre. Es un mundo sencillamente hermoso, hecho de vestuarios, buffets y padres ansiosos. No faltamos un solo sábado, lo consideramos una actividad sagrada, lo cual nos lleva a una relación de ideas.

Hace poco, en el marco de un programa de entrevistas que estoy grabando para el canal de la Ciudad, estuve charlando con un rabino. Le dije que los rituales y el sentido de comunidad de los judíos, a los cuales me unen lazos de amor conyugal, me provocaban una gran envidia: que yo no tenía espíritu religioso ni ansias de trascendencia pero que sentía que ellos tenían algo de lo que yo carecía. Me contestó que uno puede crear comunidad y rituales con cualquier actividad, que no hace falta que tenga un componente religioso. Al menos, eso es lo que creí entender (voy a tener que ver el programa cuando lo den) porque esas ideas yo las venía mascullando internamente desde hacía un tiempo y temo que las haya proyectado en su discurso. Lo que sí recuerdo es que dijo que la palabra “sagrado” refería a algo especial, fuera de lo ordinario, no necesariamente religioso, y ahí yo le dije que ir los sábados al básquet de mi hijo era para mí “sagrado”.

Además del componente “sagrado”, la actividad del pequeño Elías (que está entrenando cinco días a la semana, además del día de competencia) ha sido la posibilidad de formar parte de una pequeña comunidad. Los padres de los chicos que juegan empezamos a conocernos de a poco, con prácticas interrumpidas por la pandemia y, luego, esperando a los chicos fuera del gimnasio por “motivos sanitarios”, con el barbijo puesto dificultando la identificación. La vuelta a la normalidad y el comienzo de las competencias metió a la familia en una red de intercambios mutuamente beneficiosos: “vos los llevás, yo los voy a buscar”; organizar las compras para el tercer tiempo; regalos para los profes; cumpleaños; armar una bandera; visitas a las casas; etc. De pronto, las caras se van fijando en la mente, se pegan al nombre del hijo correspondiente que aprendimos a lo largo de los partidos, y finalmente incorporamos hasta los nombres de los mismos padres. En determinado momento, nos dimos cuenta de que formábamos parte de una comunidad y de que eso era algo bueno. Quiso el destino que esa comunidad tuviera que atravesar una tragedia tremenda, inaceptable, con lo cual también lloramos juntos, nos abrazamos y nos hicimos más fuertes. El lazo que nos une es tenue y efímero –la afición deportiva de nuestros hijos– pero ese camino que recorremos juntos se hace mucho mejor de a varios.

En las películas de John Ford se ve cómo la civilización se abrió paso en el Oeste a fuerza de tiros pero también con la construcción de comunidad: se edificaban iglesias, escuelas, los pistoleros se convertían en sheriffs y hacían cumplir la ley. Los bailes hacían que se juntara todo el pueblo y en las barberías los hombres entraban barbudos y sucios y salían perfumados. Un nuevo mundo asomaba y se formaba por las interacciones de individualidades que se conectaban unas a otras. Hoy, la construcción de comunidad es más fácil –todo ya está hecho– y más difícil a la vez. La alienación te aísla, las dificultades económicas te ensimisman y uno pasa buena parte del día preocupado por una lista interminable de cosas.

Acá es donde quiero incorporar una idea en contra de la corriente: una de las mejores y más eficaces formas de construir comunidad en la actualidad son las redes sociales. Ya se dijo muchas veces que las redes extreman los discursos, violentan las conversaciones y tienden a agrupar a las personas que opinan de la misma manera, demonizando a las otras. Todo eso puede ser cierto pero también hay otra cosa, de la que se habla poco. Las redes construyen también comunidades, agrupan a personas con intereses similares generando una familiaridad en el decurso de los días (meses, años) que a menudo deviene en amistades en el mundo real, para no mencionar a los romances perdurables. Como en el Lejano Oeste, para formar comunidad en las redes, hay que tener la piel dura. Estar dispuesto a que te puteen, a que te hagan bullying, a que malinterpreten brutalmente cada cosa. En definitiva, a renunciar al orgullo, a exponerse, a aceptar la mirada de los demás, aunque sea despiadada e injusta, a sentirse menos importante. Si uno tiene ese coraje, en las redes empiezan a aflorar otras cosas, mucho más positivas.

Sin las redes, sin la posibilidad de compartir mi desesperación por el sinsentido reinante, el encierro de la pandemia me habría resultado mucho más difícil de sobrellevar. A diferencia de mi comunidad de padres de jugadores de básquet, la diversidad de modos culturales y de opiniones de los grupos formados en redes es escasa, somos todos un poco parecidos. Sin embargo, esa comunidad de afines funciona muy bien para muchas cosas. Quien no encuentra en las redes recomendaciones de películas, series, libros y música sino sólo insultos y agravios no sólo no entiende lo que tiene delante de sus ojos sino que se está perdiendo buena parte de la diversión. Hay consuelos, duelos colectivos, ayuda monetaria, se consiguen trabajos, prótesis, remedios faltantes y caricias virtuales. Y los cumpleaños vuelven a tener algo de la vibración de nuestros años infantiles.

También es de buen tono criticar a los grupos de whatsapp, burlarse de ellos y mostrarse por encima. Cuando vi que los gobiernos y la sociedad toda perdían la cabeza con la aparición de un nuevo virus, allá por el 2020, me encontré con que tenía la misma conversación con tres amigos diferentes, todos coincidentes en el diagnóstico desesperado. Se me ocurrió que era mucho más económico y promisorio armar un grupo de whatsapp con todos ellos y algunos más que se sumaran. La iniciativa fue un éxito que perduró más allá de las contingencias de la pandemia; una pequeña comunidad en la que se comparten hechos de la vida pública, ideas, logros personales y proyectos.

Religiosas o laicas, presenciales o digitales, el propósito de las comunidades reunidas alrededor de algún rito repetitivo y sagrado es el mismo: hacernos sentir un poco menos solos en este viaje confuso y lleno de tropiezos. Quizás ése sea también el objetivo de sacar un newsletter quincenal y esperar ansiosos la forma en que es recibido por sus lectores. Nos acompañamos nuevamente en dos semanas.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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