Relación de ideas

#18 | Desesperaciones aparentes y consuelos secretos

Una mente abierta a las perplejidades del mundo.

No es que me levante cada mañana pensando en los grandes problemas filosóficos pero sí es cierto que tengo una mente abierta a la perplejidad. Cada tanto me encuentro pensando: ¿cómo es esto de que existen las cosas? Sería mucho más sencillo que no exista nada y sin embargo, no sólo existe de todo –materia y espacio entre la materia, átomos y moléculas, piedras y puentes– sino que hasta existen organismos que reflexionan sobre esa misma existencia. Como diría Darío Barassi: ¡raro!

Sin embargo, de los misterios de la existencia, el que más ininteligible me resulta es el del tiempo. Puedo dificultosamente entender que existan las cosas; ahora, eso de que existan sucesivamente es mucho más incomprensible. ¿Cómo es que se puso a andar ese mecanismo, si es que tiene un comienzo? Y si no lo tiene y el tiempo se extiende indefinidamente para atrás y para adelante, ¡mucho más incomprensible! No me sirven las explicaciones tipo “Dios” o “Big Bang”, sólo desplazan el misterio un eslabón más.

Sé que cuando uno habla del tiempo hay que citar a San Agustín y a Kant pero mi formación filosófica es nula y no voy a presumir de lo que no sé. Sólo tomo confort en la idea de que en la primera aproximación de esas dos grandes figuras del intelecto seguramente predominaba el mismo asombro extrañado que siento yo. Creo que nada da por sentado más el mundo que la experiencia de que el tiempo pasa y que lo hace en una sola dirección. Nada destruiría más los cimientos de la vida cotidiana que una constatación, aunque sea mínima, de que ese flujo unidireccional en realidad puede ser un camino de ida y vuelta, es decir, que algo del futuro se nos presente en el presente. Ni la segunda llegada del Mesías ni un contacto directo con una civilización extraterrestre resultarían un terremoto conceptual tan descomunal como un viajero del futuro.

En 2011, un psicólogo de la Universidad de Cornell, Daryl Bem, publicó en una revista con revisión de pares, muy respetada, un experimento que sugería la reversión del flujo de tiempo. El trabajo era muy sencillo: en una computadora aparecían las imágenes de dos cortinas, una al lado de la otra. Sin más información, el estudiante que oficiaba de cobayo debía elegir una de las dos. Al clickear en una de las cortinas, se develaba una imagen. El sujeto clickeaba al azar, por una o por otra, dando los porcentajes esperados, cincuenta y cincuenta. Las imágenes que aparecían eran emocionalmente neutras, objetos cotidianos triviales.

Ahora bien, la segunda parte del experimento incluía algo muy ingenioso: una de las dos cortinas escondía una imagen neutra y la otra una imagen pornográfica. Como no había ninguna señal de lo que cada cortina iba a revelar, los porcentajes esperados deberían seguir siendo mitad y mitad. Sin embargo, la cortina que ocultaba una imagen porno tenía el 53,1 % de los clicks, una desviación de lo esperado estadísticamente significativa. Como si algo del impacto emocional que se iba a sentir en el futuro, se anticipara en el presente.

El efecto fue conocido popularmente como “time travelling porn” y cuando digo “popularmente” me refiero a que fue así mencionado en el late night show de Stephen Colbert. Sin embargo, como era un experimento sencillo, resultaba fácilmente replicable, de manera de poder verificar si esos datos eran una anomalía o algo sistemático. Stuart Ritchie, psicólogo y comunicador científico escocés, autor de Science Fictions. Exposing Fraud, Bias, Negligence and Hype in Science, libro en donde leí esta historia, realizó el mismo experimento en las mismas condiciones y el resultado fue decepcionante: las proporciones cuando se incluían las imágenes pornográficas eran iguales a las que se daban cuando las dos ventanas mostraban elementos neutros, cincuenta y cincuenta. El resultado fue enviado a la misma revista donde Bem había publicado sus impactantes descubrimientos, que no la quiso publicar porque, afirmaron, no tenían espacio para réplicas de experimentos. Tampoco fue aceptado en otros journals científicos. Las moralejas son dos: la primera merece un newsletter aparte y es el de la dudosa respetabilidad de las publicaciones científicas (de eso se trata el libro de Ritchie); la otra es que parece que el tiempo es un río de circulación única, como siempre lo pensamos.

El que escribía sobre el tiempo, todo el tiempo, era Borges. La eternidad, el infinito eran temas tan recurrentes como los tigres, el laberinto o los cuchilleros. En 1946, a caballo del fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo del peronismo, JLB tuvo tiempo para dedicarse al tiempo desde una perspectiva metafísica. “Nueva refutación del tiempo”, aparecido en Otras inquisiciones, mi colección de ensayos y caprichos borgianos favorita, es uno de los artículos más largos escritos por Borges. Para “refutar” la idea de tiempo, juega con la idea del idealismo de Berkeley, los indiscernibles de Leibniz y la costumbre de caminar de noche por los suburbios, una experiencia sensorial repetida que, según su razonamiento, cancela la idea temporal. El artículo es erudito y gracioso, reflexivo y autocrítico. En el prólogo, aclara el chiste que viene con el título, “Nueva refutación del tiempo”:

Una palabra sobre el título. No se me oculta que éste es un ejemplo del monstruo que los lógicos han denominado contradictio in adjecto, porque decir que es nueva (o antigua) una refutación del tiempo es atribuirle un predicado de índole temporal, que instaura la noción que el sujeto quiere destruir. Lo dejo, sin embargo, para que su ligerísima burla pruebe que no exagero la importancia de estos juegos verbales. Por lo demás, tan saturado y animado de tiempo está nuestro lenguaje que es muy posible que no haya en estas hojas una sentencia que de algún modo no lo exija o lo invoque.

El pensamiento sobre el tiempo metafísico se complica cuando uno lo articula con el tiempo biológico, es decir, el tiempo experimentado vivencialmente. La perplejidad por el mecanismo incomprensible esconde otro misterio, más preciso y personal: el de nuestra propia existencia. Además de todas sus virtudes, ya conocidas y discutidas, Borges es inusualmente honesto. Luego de pasearse a lo largo de diez páginas por la historia de la filosofía occidental y jugar con la idea de que el tiempo es tan ilusorio como el yo o la realidad exterior, le dedica el último párrafo a reconocer que todo lo que está hablando es un juego que nos distrae de nuestra condición efímera, es decir, a estar a merced de ese río impetuoso, unidireccional y puntual que es el tiempo:

And yet, and yet… Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.

Probablemente, este párrafo final es lo más extraordinario que escribió JLB, lo más personal y expuesto. Desde la música de la aliteración insólitamente persistente (irreal, irreversible, hierro, río, arrebata) hasta las citas eruditas pasando por el comienzo en inglés, directo y misterioso: todo suena simple y complejo al mismo tiempo. Lejos de refugiarse en sus bibliotecas, esas líneas exhiben descarnadamente su conciencia de la fragilidad de ser. El vértigo de un cuarentón que comienza a entender que lo que queda por delante es declive y final. Es tan humano ese momento que Godard, el rey de las paradojas, lo utilizó literalmente en el final de Alphaville, en la voz de una computadora (“El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Alpha 60.”).

El mundo, desgraciadamente, es real. Yo, en cambio, desgraciadamente para ustedes, no soy Borges. Sólo comparto con él y otros la mente abierta a las perplejidades del mundo. Los espero en dos semanas.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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