Partes del aire

#13 | Vidas celebradas

Una oda humilde al género periodístico de los obituarios, que nos ayudan a entender mejor quiénes somos.

De todos los géneros periodísticos uno de los que más me gusta, y por el cual siento un cariño especial, es el del obituario o, como se dice más en Argentina, la necrológica. Sé que parece una elección extraña, porque en nuestro país es un género destratado, casi ausente, y porque está tocado por la mancha lúgubre de la muerte, pero para mí, en cambio, un buen obituario es lo contrario: es la celebración de una vida.

Mis años en Estados Unidos, donde tienen otro prestigio y otra relevancia, me convirtieron en un admirador de los obituarios y de las personas que lo practican. Se convirtió en una de mis secciones favoritas: cuando recibía The Economist en papel, lo primero que leía era el obituario de la última página, lírico y extraño, sobre personajes inesperados: un pastor irlandés, la última monja beguina. De la suscripción que pago del New York Times, lo que más leo en su app son sus obituarios, más reporteados y profesionales, pero con la misma capacidad de conmover y dejar una marca. Para ahondar en mi afición me he comprado antologías de obituarios, como éste del Times londinense (foto), que cubre más de un siglo del género.

Por todo esto es que el otro día recomendé en Twitter el obituario de Marcelo Stiletano sobre Cacho Fontana, en La Nación, escrito con gracia, respeto y rigor, que se sumaba a otras muy buenas despedidas de Stiletano a Antonio Carrizo y Carlos Calvo, entre otros. (Viendo los obituarios que tuiteé en estos años, también recuerdo uno muy bueno de Nicolás Cassese sobre Torcuato Di Tella.) En aquel tuit también dije que Stiletano debería hacerse cargo de todos los obituarios de La Nación (ahora sólo escribe los de espectáculos), porque mi deseo como lector es tener un medio argentino donde leer sobre las muertes (y, mucho más, sobre las vidas) de quienes tenemos a nuestro alrededor y nos acompañaron tanto tiempo. No es solamente un deseo como lector, también es un deseo como porteño, como argentino, como participante de una comunidad: una buena despedida pública, no sólo de los personajes típicos, nos ayuda a entender mejor quiénes somos, salirnos del presente continuo, valorar otras trayectorias de vida –no sólo es importante ser político o actor o futbolista– y recordar que nuestro paso por acá es finito y que no por eso la muerte tiene que ser cubierta como una tragedia.

 

1000 páginas y 100 años de vidas ajenas.

 

Cuando pienso en una sección de obituarios, pienso, inevitablemente, en la del New York Times, que todos los días cuenta las vidas de personas que dejaron alguna marca, a veces apenas visible, en la vida pública de Estados Unidos, el país que mejor se cuenta a sí mismo. En sus páginas están los políticos, los artistas y los deportistas, por supuesto. Pero también empresarios, activistas, profesionales de todo tipo, personajes de la ciudad o que fueron famosos 15 minutos y después quedaron olvidados. Esta despedida de 2010 a Alberto Arroyo, un inmigrante puertorriqueño que fue el primero en correr alrededor del reservorio del Central Park, es un gran ejemplo: no era especialmente famoso pero sí una leyenda de Manhattan, cuya vida quedó registrada y celebrada gracias al obituario del diario de su ciudad.

Hace unos años salió un documental llamado Obit sobre el proceso y las personas de escriben obituarios en el Times. Es una película amable, que habla en voz baja (se escucha de fondo el ronroneo de las impresoras) y que sin alharaca revela un mundo poco conocido. Los autores y editores cuentan que hasta hace no mucho los diarios mandaban a las necrológicas a los periodistas que querían castigar o se estaban por jubilar, pero que en las últimas décadas la cosa había cambiado y la sección se había transformado y encontrado un público fiel. En el Times los periodistas llegan a la redacción, preguntan “¿Quién se murió hoy?” y dedican las horas siguientes a reportear esa vida, hurgando en los archivos pero también llamando a la familia y a los amigos para conseguir la información necesaria. En la película se los ve al teléfono con viudas o huérfanos recientes, preguntando cómo se deletrea un apellido o cómo se llamaba el colegio secundario del fallecido, tanto si es un general del ejército o el inventor de un juguete exitoso o una profesora pionera de danza moderna.

Una vida en una cápsula

Una de las cosas más interesantes de los obituarios del Times son los títulos, en los que, al lado del nombre de la persona, tienen que definir vidas enteras en tres o cuatro palabras. Algunos ejemplos de la última semana: “Diseñador de interiores conocido como Mr. Color”, “bajista funk , después crooner ”, “actor que interpretaba a villanos y más”, “ilustradora de libros infantiles”. Siempre me fascinaron estas cápsulas y quizás por eso quedé maravillado en la Art Basel Miami de 2008 con una serie de obras del artista mexicano Gabriel Orozco que incluían una veintena de estas descripciones, recortadas desde el papel del diario. Puestas una al lado de la otra daban una sensación de individualidad (qué vidas tan distintas pueden tener las personas) y, al mismo tiempo, de humanidad: todas terminaron en el mismo lugar, enterradas o cremadas y en el New York Times .

 

Vidas encapsuladas en la obra de Gabriel Orozco.

Me gustan esas notas, creo, porque también me gustan las historias de vida. Me gusta pedirle a gente mayor que me cuente su vida y escuchar cómo la arman, cómo eligen qué contar y qué no, cómo explican sus decisiones, a qué atribuyen sus triunfos, cómo se quejan de sus fracasos o su mala suerte. Qué moralejas extraen de todo esto (siempre tienen alguna). Creo sinceramente que todas las vidas son interesantes y que todas las vidas tienen un libro dentro. Un gran ejemplo de esto es De vidas ajenas, de Carrère, sobre su cuñada jueza de provincia, enferma de cáncer, en apariencia una vida como cualquiera, pero fascinante mirada de cerca. Si cada vida contiene un libro, entonces, contiene también, como mínimo, un obituario.

La única persona que conozco que comparte mi afición por los obituarios es mi amigo Matías Bauso, con quien siempre nos proponemos, y después fallamos, armar secciones de obituarios en los proyectos que compartimos. Me encantaría, por ejemplo, tener una sección más o menos fija de obituarios en Seúl, pero por ahora no se justifica. El otro día igual hicimos algo en ese sentido con Eduardo Bakchellian, en un artículo genial de Eugenio Palopoli que no era estrictamente un obituario pero sí un balance sobre la vida del histórico licenciatario de Adidas en Argentina, que murió hace unas semanas: escribiendo sobre Bakchellian, con sus luces y sus sombras, Eugenio también estaba hablando del último medio siglo del país, de la burguesía industrial y de sus propias luces y sombras. Ni Clarín ni La Nación ni Página/12 dedicaron una línea al fallecimiento de Bakchellian, a pesar de que durante décadas habían cubierto su ascenso y, después, su caída. Para un diario, una buena sección de obituarios también es una manera de hacer justicia con la gente que apareció en sus páginas durante tanto tiempo y después, porque se retiraron o perdieron influencia, había quedado olvidada. Es una manera de ampliar el espacio temporal de tu relación con los lectores: no sólo te contamos lo que pasó ayer, o hace cinco minutos, mirá, esto también está en nuestro disco rígido. No somos sólo un scroll infinito de presente perpetuo.

Una despedida, un gracias por los servicios prestados, por habernos acompañado en este viaje tumultuoso que es la vida y que es la Argentina. El obituario captura exactamente ese momento: el informe final de cuando alguien pasa a ser historia. Ojalá tengamos más. Intentaré hacer mi parte.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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