Partes del aire

#1: Estamos al borde

Hoy empieza el newsletter quincenal de nuestro editor general, que se despertó optimista y se fue a dormir preocupado.

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Arranco hoy con esta newsletter, la primera de Seúl, con la doble sensación de que 1) nos acercamos a un abismo, y 2) los argentinos siempre sentimos que estamos al borde de un abismo. ¿Por qué nos pasan estas dos cosas? Por qué, por un lado, vivimos tan frágilmente y por qué, por el otro, buscamos esa adrenalina vivir todos los días en tiempos históricos urgentes.

Le puse Partes del aire al newsletter no tanto como un homenaje a la canción de Fito, que es sobre su mamá, sino más bien porque estas cartas serán partes, o reportes, de nuestra atmósfera social y política, observaciones que quizás no encuentran la manera de convertirse en artículos largos. A veces me dedicaré a desmenuzar temas en profundidad y otras veces, como hoy, a tratar de descifrar cómo estamos viviendo, cómo hacemos para tolerar esta sensación tan argentina de borde-del-abismo a la cual parecemos estar tan acostumbrados. Y que, al menos en parte, un poco nos tiene que gustar.

Cada vez que nos sentimos cerca del abismo, como ahora, creemos que esta vez tenemos razón. El Banco Central se está quedando sin reservas, el dólar toca récords todos los días, el Gobierno tiene cada vez menos ganas de firmar algo de largo plazo con el Fondo: ¿cuánto tiempo más puede durar esto? La respuesta, en Argentina, es que puede durar mucho: nuestras crisis son siempre anunciadas, pero también tardan en llegar. Choques de trenes en cámara lenta, como dijo alguien sobre 2001. Y podría decir lo mismo sobre el gobierno de Alberto.

Sabemos vivir en esta mediocridad, bordeando el desastre y evitándolo: tenemos un talento para eso. Pero es una manera muy mala de vivir.

Sabemos vivir en esta mediocridad, bordeando el desastre y evitándolo: tenemos un talento para eso. Pero es una manera muy mala de vivir. Los argentinos estamos hartos de vivir en tiempos interesantes. Queremos un poco de normalidad. El resto de Occidente, en cambio, cansado de la normalidad, quiere tiempos interesantes. El otro día, por la noticia de que China le cambió el final, me volví a cruzar con una frase que dice el personaje de Brad Pitt en El club de la pelea:

“Somos los hijos del medio de la Historia, man. Sin misión, sin hogar. No tenemos una Gran Guerra. Ni una Gran Depresión. Nuestra Gran Guerra es una guerra espiritual. Nuestra Gran Depresión son nuestras vidas”.

La película es de 1999, al final de una década recordada ahora como de paz y prosperidad, pero sin mística política ni grandes eventos históricos. Brad Pitt y sus discípulos se fajaban en sótanos inmundos y planeaban ataques anarquistas no porque creyeran en algo, sino porque estaban aburridos, no toleraban una vida normal de tener trabajos, familia, irse de vacaciones. Comprar cosas. Eran también adolescentes que se negaban a crecer, varones desafiados por la feminización del mundo. Pero mi punto es otro: en los ‘90 los politizados se encontraron sin enemigos. Los que habían puesto el sentido de sus vidas en la política lo tuvieron que ir a buscar en otro lado. Muchos no lo encontraron. Escucho la frase 20 años después y una parte de mí, inevitablemente, piensa: “Ojalá pudiéramos aburrirnos un rato”.

¿Es eso lo que queremos? En 2015, los que trabajábamos en la campaña de Mauricio Macri planteamos la elección como una especie de regreso a la normalidad. A la intensidad agónica de Cristina Kirchner, le oponíamos tranquilidad, metro cuadrado, vida cotidiana. Al “todo es política”, su opuesto: el arte, la amistad, el amor no tienen por qué ser ideologizados. Me pregunto si ese enfoque sigue teniendo sentido. “Un país normal”. ¿Qué significa? Puede decir cualquier cosa. De hecho fue el slogan de campaña de Néstor Kirchner en 2003. Y sin embargo acá estamos, todavía queriendo ser un país normal, con macroeconomía racional, políticos razonables, las frustraciones habituales de una democracia cualquiera. Un país sin kirchnerismo.

Siento ahora que ese sueño es insuficiente. Que con la promesa de normalidad no alcanza, sobre todo en este país, que tiene tanto amor/odio por su condición de anormal. David Rieff dice que a los argentinos nos vuelve locos que nos digan somos normales: sólo aceptamos ser los mejores o los peores del mundo. Por eso siento que en el próximo ciclo electoral –y, sobre todo, en el próximo gobierno– no va a alcanzar con el sueño de ser “como todos los demás países”. Encima cuando muchos de los demás países están disconformes con sí mismos.

Un sueño insuficiente

Va a hacer falta otro sueño. Que incluya el repudio al modo de vida populista, pero le agregue una mística propia. No va a ser fácil. En 1932, un año antes de afiliarse al nazismo, el filósofo alemán Carl Schmitt escribió: “El liberalismo es aburrido”. Tenía algo de razón. Frente a las certezas y la épica del populismo, el liberalismo (en el sentido amplio) sólo ofrece una actitud, un proceso, una manera de convivir. Frente al mensaje simple y ortodoxo del populismo, el liberalismo dice “es más complejo”. Para el populismo el camino a la felicidad del pueblo es fácil (sólo hace falta ganarles a los enemigos). El liberalismo reconoce que la democracia es difícil, que el paraíso en la tierra no existe, que el único camino posible es mejorar siempre un poquito.

Contra esas dificultades hay que construir el sueño de 2023. ¿Cómo le vas a decir a esta sociedad exhausta, furiosa, que no da más, que tu objetivo es normalidad y aburrimiento? No va a ser suficiente.

Bueno, quería hacer un newsletter liviano, introductorio, y terminé muy serio. Los próximos días serán definitivos (pero en Argentina siempre lo son). Veremos cómo sigue todo. Esperemos que salga el sol, el real y el metafórico. Nos vemos dentro de dos jueves.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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