Partes del aire

#40 | El bisturí de ‘La uruguaya’

El cepo como cárcel cambiaria y mental. La decadencia social de la figura del escritor, antes emperador, ahora hazmerreír.

Vi el otro día La uruguaya (Star+), la película basada en la novela de Pedro Mairal, y se me ocurrieron varias cosas sobre cómo vivimos, sobre el decreciente prestigio de los escritores, sobre el cepo como metáfora de Argentina como cárcel y sobre la confusión de muchos porteños varones de mi generación. La historia de la película es sencilla: un novelista porteño viaja por el día a Montevideo a buscar unos dólares que le mandaron de España y se pone en contacto con una lectora suya con la que quiere tener un romance. Las cosas salen mal (mínimo spoiler): termina sin plata y sin romance.

Un primer cambio de la película (dirigida por una mujer) frente a la novela (escrita por un hombre) es que la ambigüedad sobre el protagonista desaparece. No lo digo como algo malo. En la novela, Mairal reconoce que su Lucas Pereyra –escritor de éxito moderado, casi cincuentón, frustrado y zumbón– es un personaje bastante patético, pero le reserva algo de compasión, como casi siempre hace con sus personajes. La película, en cambio, es implacable. Pereyra es ahora un hombre-adolescente abatido por una crisis de mediana edad que procesa de la peor manera: quiere acostarse con una pendeja a la que dobla en edad, fantasea con escapar de las obligaciones de la paternidad, ¡se hace un tatuaje!

La comprensiva mirada masculina de la novela sobre sus problemas (matrimonio desgastado, falta de guita, falta de inspiración) es reemplazada en la película por una mirada femenina impiadosa, acorde con los tiempos. Por eso en su burla hacia Pereyra parece burlarse también de todos los escritores varones de esa generación (que es la mía), herederos de una generación de autores imperiales, intocables, que se dedicaban a algo que la sociedad todavía premiaba con fama y plata y seducían sin problemas a sus admiradoras jóvenes. Estos nuevos escritores, en cambio, tienen prestigio en un círculo cada vez más acotado, complementan sus ingresos con empleos que consideran menores y, en el mundo post-Ni una menos que les ha tocado, batallan tristemente por ser infieles a sus mujeres: ya no se puede ser Fogwill o Bioy Casares. En un chiste que se repite toda la película (más que en el libro, según mi recuerdo), Pereyra insiste en proponerle a Guerra, la uruguaya del título, ir al hotel y ella, cada vez, se lo saca de encima con sorna: qué obsesión, flaco, tenés la idea fija.

Pereyra insiste en proponerle a Guerra, la uruguaya del título, ir al hotel y ella, cada vez, se lo saca de encima con sorna: qué obsesión, flaco, tenés la idea fija.

Al escritor, antes una figura de alto status en la cultura popular, ya no se le respeta nada: se lo gasta, se lo castra, se lo ridiculiza. Se lo pasea de humillación en humillación. La última humillación de la película –¡spoiler!– es el final feliz: impulsado por su mujer, que se entera de todo y lo ha dejado por otra mujer, Pereyra transforma el papelón de Montevideo en un nuevo libro, que presenta con éxito. No ha madurado: canibalizó su desgracia para transformarla en una novela. Está mejor vestido, mejor afeitado y sonríe plácidamente, pero no ha aprendido nada. Seguramente desea –como todo escritor, nobleza obliga– que le ocurra otra desgracia, aun la más denigrante, si eso le permite seguir escribiendo.

La historia había empezado con otra humillación para Pereyra, la de no poder cobrar su plata en el país, porque el cepo del Gobierno se lo impide. Cuando sube al Buquebus, ya está derrotado. La novela de Mairal es de 2016, pero fue escrita durante el primer cepo kirchnerista. Sin cepo no podría haber habido novela: todo lo que pasa en Montevideo está derivado de la necesidad de profesionales de clase media que necesitan cruzar el charco para traerse unos dólares en la riñonera. En la película es igual, pero lo curioso es que la adaptación vuelve a ser posible ocho años después porque otra vez tenemos cepo y prácticamente no hay que explicarles nada a los espectadores. No es una película de época, es perfectamente contemporánea: hay algo más de tecnología que en el libro, cambian los cortes de pelo; lo que se mantiene es el cepo.

Gulag cambiario

En La Uruguaya, por lo tanto, el cepo es una cárcel cambiaria pero también, metafóricamente, una cárcel personal. En Buenos Aires, Pereyra es un ser gris, frustrado, sin sexo, harto de criar a su hijo; sólo se enciende cuando llega a Montevideo, donde tiene aventuras y emociones, queda liberado del corralito familiar. Lo cagan a trompadas, pero al menos siente algo. Vuelve a su casa maltrecho, avergonzado y tatuado, herido en su orgullo de galán y de sostén del hogar (la afanaron la guita), pero al menos le han pasado cosas. En la Buenos Aires de los cepos cambiarios y conyugales nada de eso era posible para él. No sólo eso: su mujer y la Argentina parecen decirle, a este varón de mediana edad, que vive en un departamentito, que teme convertirse en un fracasado, “ni saliendo del país te vamos a dejar coger tranquilo”. En la Argentina del cepo no hay escapatoria: si te quedás, te derrumbás; si querés salir, sale todo como el culo.

En esta inmovilidad quedaron muchos de mi generación y mi oficio, vestidos como linyeras, panzones y desmañados, ahogados en la mediocridad de la Argentina del siglo XXI, sin humor, sin energía, fofos, resentidos y resignados, como pasajeros de un tren que no va a ninguna parte. No es extraño que sean (seamos) adolescentes eternos: el país no nos exige hacernos cargo de nuestras vidas, nos permite flotar sin rumbo ni proyecto, cómodos en el eterno blablá. Por eso a tantos les cuesta, como a Pereyra, tomar las riendas, reconocerse agentes principales: eligen mandar mensajes desesperados, mandarse macanas, echarle la culpa a otros, hacer todo mal con el objetivo de ver si, por fin, tocan fondo o alguien se entera.

No sé si todo esto tiene que ver con la elección del domingo, que nos tiene a todos patitiesos y con el aliento contenido. Ya veremos el lunes cómo nos encontramos y nos reconstruimos. Pero hay algo en La Uruguaya, producida por Orsai, la editorial de Hernán Casciari, otro escritor cincuentón que tuvo su crisis y salió, en su aparente sencillez, en su aparente foco angosto, que esconde un retrato impiadoso del trabajador de la cultura porteño y varón de este siglo, una forma de decirle “así no podés seguir, maestro, hacete cargo”. En la película se lo dicen tres mujeres –su ex, Guerra y la directora (Ana García Blaya)–, pero podría decírselo toda la sociedad. A todos los Lucas Pereyra que andan por ahí, quizás decepcionados con Scaloni porque ayer no condenó no sé qué cosa, firmando mañana solicitadas torpes sobre (contra) Israel, les mando un abrazo. Háganse cargo: les va a venir bien. Nos va a venir bien. Yo, también linyera y panzón, prometo hacer mi parte. Hagámoslo en Buenos Aires, si en algún momento se levanta el cepo eterno. Ojalá no necesitemos volver a Montevideo. Gracias por leer. Nos vemos pronto, ya con nuevo presidente.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y American Sarmiento (2013), entre otros libros.

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