Laspina, Gadano, Werning, Kicillof, Schargrodsky, Braun, Lousteau.
Partes del aire

#49 | Milei, fantasma de una foto

¿Quiénes eran los economistas del futuro en 2004? Además: la serie sobre la muerte de Carlitos Menem muestra que la opinión pública se equivocó y que la Justicia la embocó.

El otro día me acordé de esta foto y esta nota de Clarín y justo vi que se acaban de cumplir 20 años de su publicación. No la leí cuando salió, a fines de febrero de 2004, pero me fueron hablando de ella algunos de sus protagonistas, que nunca la olvidaron. La nota y la foto adquirieron con el tiempo un status casi mítico en algunos círculos (circulitos) y cada año que pasaba confirmaba el ojo de rayo láser de su autor, Sebastián Campanario, para elegir a los protagonistas.

En la foto están, de izquierda a derecha, Luciano Laspina, Nicolás Gadano, Vladimir Werning, Axel Kicillof, Ernesto Schargrodsky, Miguel Braun y Martín Lousteau cuando tenían 30 y pocos años y recién empezaban sus carreras. Entre ellos hay dos futuros ministros de Economía, un director actual del Banco Central, un gobernador, un diputado que si la carambola iba para otro lado hoy sería ministro de Economía, un ex rector de la Universidad Di Tella, un ex secretario de Comercio y fundador de CIPPEC (y hoy representante argentino en el BID) y un ex gerente general del Banco Central. Tres de ellos, lo más importante (?), serían autores de Seúl. Todos exitosos y referentes de su profesión en el país, aunque Nico Gadano, el más escritor, haya escrito en 2016 que se sentía un poco colado al lado de los otros.

Me hizo gracia desenterrar la nota (no disponible online, lamentablemente) porque en estos años hablé de ella un montón de veces, incluso con el autor, y porque me di cuenta de que en el último año pasó algo que la puso en otro contexto. A pesar de los indudables éxitos de los convocados ninguno llegó tan lejos como otro que no está en la foto, también economista, también de 30 y pocos entonces y de 50 y pocos ahora. El que falta es Javier Milei, que en 2004 trabajaba en el Estudio Broda y publicaba papers como éste en los márgenes de la academia, en el entonces diminuto mundo de la economía libertaria.

Su ausencia en la foto refleja también los caminos que tomó Milei para su ascenso. No había estudiado en una universidad especialmente prestigiosa en economía (UB), no tenía másters en el extranjero, no participaba de los think tanks de moda y sus ideas, en un momento de hegemonía productivista, eran consideradas marginales. Campanario detectó bien a los que venía por los carriles centrales de la autopista del sistema: la UBA, Wall Street, Di Tella, San Andrés, CIPPEC, pero se le escapó el electrón loco de Milei, cuyos escalones de ascenso posterior pasaron menos por las instituciones de prestigio que por las trasnoches de Crónica TV y los debates de Intratables.

La foto sigue siendo espectacular y sus protagonistas todavía tienen mucho futuro en la política y la economía del país. (Tienen mi edad, jamás diría que están terminados.) Pero a aquella generación le ha aparecido un fantasma, un verdadero colado, como se le apareció al sistema político entero. Milei no estaba en las fotos porque nunca había sido el futuro. Y sin embargo acá está.

La justicia laburó bastante bien

Vi en estos días la serie documental sobre la muerte de Carlos Menem Jr., que me pareció interesante, especialmente los dos primeros episodios (en total son cuatro y se pueden ver en Max). Me llamaron la atención varias cosas, como el magnetismo de Zulema Yoma, a quien recordaba menos interesante; pero, sobre todo, me recordó el clima de paranoia que se respiraba en los ‘90, cuando ninguna teoría conspirativa era descartada y toda denuncia sobre manejos oscuros parecía creíble. En un momento Zulema, empujando la teoría del asesinato de su hijo, le dice a Mirtha Legrand, “Siempre hay un poder detrás del poder”, y Mirtha le responde que sí, claro, por supuesto. Como si fuera algo que todo el mundo sabe.

Si en los ‘90 uno se quedaba sin evidencias o argumentos, podía denunciar manos negras o conspiraciones internacionales y siempre iba a tener la simpartía de la opinión pública. Fue una década de denunciadores famosos, como Ricardo Monner Sans, que murió hace poco, denunciadores-héroes, que exclamaban sus verdades aunque no las tuvieran. Entre ellos, los periodistas, que estaban en su pico histórico de prestigio social.

La serie sobre Carlitos me hizo acordar a otro caso emblemático de los ‘90, el asesinato de José Luis Cabezas, que también tuvo su documental reciente. Con Cabezas había quedado en el aire una sensación de impunidad, a pesar de que los responsables habían sido juzgados y encarcelados. En alguna medida pasa lo mismo pasa con Menem Junior: el documental presenta todas las hipótesis de asesinato (fueron los países árabes, enojados con Menem por su apoyo a Estados Unidos, ¡fue Pablo Escobar!), que son después respondidas con paciencia por el juez de la causa, Villafuerte Ruzo, que cerró y abrió y cerró la investigación después de años de idas y venidas. El testimonio del juez, por supuesto, es mucho menos interesante que el de los peritos y los abogados que dicen que sí fue un asesinato: sufre una desventaja irremontable el magistrado, porque unos gritan “¡acá hay una historia!” y el otro, sabiendo que decepciona al documentalista y al espectador, dice “lamentablemente, no la hay”. La serie no trata mal a Villafuerte Ruzo pero es imposible que no quede como el villano, porque uno como espectador quiere que haya sido un asesinato (quiere que pasen cosas) y porque además siente empatía con esa madre desesperada y perseverante que mantuvo su lucha por más de 20 años.

El testimonio del juez, por supuesto, es mucho menos interesante que el de los peritos y los abogados que dicen que sí fue un asesinato.

Aparecen también en el documental de Carlitos menciones constantes a lo mal que hacía las cosas el Estado, desde no cuidar la escena del crimen a no registrar cosas importantes y muchos otros pequeños detalles. Si no podíamos saber qué había pasado con Carlitos era, según casi todos los testimonios recogidos, porque el Estado era un desastre. “Todo muy precario”, como dice uno de los testigos del accidente. La convicción de que el Estado argentino funciona mal es secular, me crié con ella, es parte de nuestra narrativa declinista, tanto por derecha como por izquierda. El kirchnerismo quiso poner de moda otra vez al Estado pero sólo empujó su cara amable, benefactora, no la eficaz, la que anda bien, eso era visto como tecnocracia. Con el último cambio de clima político no quedó ni eso: el consenso de que en Argentina todo funciona como el culo ha vuelto a ser casi total. Lo que, unpopular opinion, es bastante exagerado. Pero eso es tema para otro día.

Cierro con un apunte final que me surgió sobre Menem Junior a partir de una frase del periodista Alejandro Margulis, que investigó el caso y dice cerca del final que el periodismo debería hacer una autocrítica, “porque siempre estuvo del lado de Zulema Yoma”. Me pareció interesante y es la impresión que dan los segmentos de TV (muy buenos) rescatados por la serie. La explicación de esto para mí es doble: por un lado, el creciente sensacionalismo del periodismo a medida que se alejaba del papel como eje y entraba en la era de la TV en vivo, que necesita electricidad y, en este caso, la electricidad era la denuncia, la conjetura, la hipótesis del asesinato. Sobre todo en aquel clima de desconfianza con el Estado.

La muerte de Carlitos Menem coincidió con el crecimiento del anti-menemismo, fuerza política amplia y generosa.

Por el otro, la muerte de Carlitos Menem coincidió con el crecimiento del anti-menemismo, fuerza política amplia y generosa (incluía a Mariano Grondona y a Horacio Verbitsky) que dominaría la Argentina durante algo más de una década. Darle credibilidad a Zulema Yoma era otra manera de debilitar a Carlos Menem, que ya estaba en su tristón y chato segundo mandato. ¿Se aprovechaba una tragedia para hacer política? Claro que sí, como se ha hecho casi siempre.

Penúltimo párrafo: lo bueno de estos documentales es que nos permiten mirar con una cabeza más fría cosas que vivimos muy en caliente. En caliente creíamos que a Carlitos lo habían matado, que a Cabezas lo asesinaron los sótanos de la política y, ya que estamos, que a María Marta García Belsunece la había matado su marido. Al menos así lo había dicho el veredicto de la opinión pública basado en la cobertura bronca y pro-denuncia de los medios.

Los tres documentales (recomiendo mucho también Carmel, el de María Marta de hace un par de años) tienen la valentía de decir dos cosas: 1) los medios se equivocaron, 2) la Justicia laburó bastante bien.

Hasta el jueves que viene! Abrazo.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y American Sarmiento (2013), entre otros libros.

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