VICTORIA MORETE
Entrevistas

María Sáenz Quesada

La historiadora dedica su libro más reciente a 1966, un año "nudo histórico de contradicciones", algunas de las cuales parecen repetirse todavía.

María Sáenz Quesada (Buenos Aires, 1942) es una historiadora reconocida y una autora prolífica. Especializada en historia argentina y latinoamericana, su larga y destacada trayectoria incluye la labor docente, la dirección de la revista Todo es historia, colaboraciones con varios medios periodísticos y dos pasos por la función pública. Tras la buena recepción y el interés despertado por 1943. El fin de la Argentina liberal. El surgimiento del peronismo (Sudamericana, 2019), su libro anterior, llega ahora otro trabajo dedicado a un año muy particular para la historia argentina del siglo XX: se trata de 1966. De Illia a Onganía. El preludio de la Argentina violenta (Sudamericana, 2023).

Charlamos el jueves con ella acerca de este nuevo libro, de sus protagonistas principales, de las particularidades de la época que analiza y de cuáles fueron las consecuencias de aquellos sucesos en los años inmediatamente posteriores. Y también, inevitablemente, de ciertas similitudes que parece haber en las urgencias de la sociedad y la política argentina de hoy que parecen evocar la obsesión de hace 60 años por las salidas rápidas y las figuras providenciales.

En este nuevo libro (como en 1943) hay un intento de responder el viejo interrogante de Mario Vargas Llosa, el momento en el que un país “se jode”. Pero también queda claro que usted analiza tanto procesos de ruptura como de continuidad en la historia argentina. Caracteriza a 1966 como un “nudo histórico de contradicciones”, ¿es esto una síntesis apropiada del libro?

No puedo ser tan categórica como para afirmar que la Argentina se jodió en tal o cual fecha, tampoco como para adjudicarle a algún sector toda la culpa. Yo creo que la Argentina perdió muchos buenos momentos. Y un momento seguramente muy apropiado como para mejorar la relación entre las partes enfrentadas y aprovechar el auge de una economía que venía en alza fue aquel de 1966. Recordemos que el radicalismo llega al poder en medio de todos los conflictos irresueltos que dejaron los gobiernos de Perón, la Revolución Libertadora, Frondizi y las internas entre militares azules y colorados, un conflicto este último que dejó divisiones muy agudas en las fuerzas armadas y varios muertos en los distintos enfrentamientos.

Pero también es un año que muestra que muchas de aquellas grandes contradicciones que se agudizarían en los años siguientes hasta llegar a la violencia descontrolada ya estaban ahí, más presentes o más latentes. Y aquella idea del conflicto y la protesta permanente se dieron en un país que tenía en este 1966 muy buenos índices sociales y económicos: había trabajo, progreso, aumentaba la producción, la mejor cosecha de la historia hasta ese momento —desde luego que ya dependíamos de eso, en última instancia—, en fin, con buenos indicadores sociales en general. El gobierno por su parte era absolutamente decente, con un sentido incluso patriótico, si se quiere, pero todo aquello no impidió que fuera demolido por la crítica desde distintos sectores, todo lo cual fue llevando a que la sociedad fuera aceptando la idea de un nuevo golpe de Estado, en algunos casos con entusiasmo, en otros con resignación, en muchos otros, con indiferencia.

La originalidad del golpe de 1966, en todo caso, es que se decide por tomar a figuras del catolicismo militante para sus cuadros dirigentes.

La originalidad del golpe de 1966, en todo caso, es que se decide por tomar a figuras del catolicismo militante para sus cuadros dirigentes, justamente en momentos en que por la acción del Concilio Vaticano II se produce una tremenda ruptura entre los grupos católicos. Y es entonces con este golpe que los preconciliares se encuentran con una excelente oportunidad para cambiar el país y evitar el peligro del comunismo con la Revolución Argentina y las promesas de Onganía.

Da la impresión de que, tanto por sus características personales como por los procesos y las circunstancias que los llevaron al gobierno, hay algo que une las figuras de Arturo Illia y Juan Carlos Onganía: parecen dos figuras ajenas al clima de época, a los cambios fuertes que se estaban dando en la sociedad y a las exigencias de una renovación total, más allá incluso de los problemas del sistema político y de las frustraciones acumuladas hasta entonces.

En el caso de Illia, yo creo que representa a la clase política que había sido dejada de lado en el golpe de 1943, que había vuelto en 1958 con Frondizi y que representaba a lo más progresista del radicalismo, el sector del sabattinismo cordobés, que incluso durante la década del ’30 había hecho un buen gobierno en Córdoba. La de Illia es una figura, yo creo, componedora. Es alguien que cree en la política, cree en los partidos políticos y de ahí su enemistad con Perón, porque no era alguien que quisiese operar por fuera del sistema. Illia fue un revolucionario activo en 1955. O sea, no lo podemos tomar, como algunos dicen, como una personalidad gandhiana. Era gandhiano en cuanto a la austeridad y al desprecio por el dinero, pero no en cuanto a no tener acciones fuertes en determinados momentos. Y yo creo que el mapa político que se armó en las elecciones de 1963, con muy poca mayoría y mucha pluralidad en los gobiernos provinciales, incluidos varios políticos neoperonistas, demócratas mendocinos, el radicalismo Intransigente y el radicalismo del Pueblo, la diversidad de representantes en los bloques del Congreso, todo aquello era una buena oportunidad para apostar por la buena convivencia, lo cual desde luego finalmente no se dio.

En cuanto a la figura de Onganía, puedo destacar en su favor el manejo de la interna del Ejército o la manera en que pudo recomponer la economía tras el primer recambio ministerial y la designación de Krieger Vasena. Con la Revolución Argentina sucedió lo mismo que en todos los otros golpes militares del siglo XX. Es decir, un sector liberal y un sector nacionalista que se suman para dar el golpe y luego se dividen. Eso ocurrió en 1930 con el nacionalista Uriburu y el liberal Justo, para quien era suficiente con sacar a los radicales del gobierno y volver al antiguo sistema. Eso ocurrió en 1943 muy brevemente con Rawson, que quería romper relaciones con el Eje, pero finalmente prevalece el grupo del GOU, que quería lo opuesto. Ocurrió después en 1955 con la Revolución Libertadora: Lonardi nacionalista y Aramburu liberal. Y sucede nuevamente en 1966, cuando a los sectores liberales del Ejército (que podrían ser el general Julio Alsogaray o el general Lanusse) se les suman sectores nacionalistas.

El golpe fue diseñado por los Alsogaray, el general Julio y su hermano Álvaro, con la idea de que Álvaro fuera el ministro de Economía.

De manera que el golpe fue diseñado por los Alsogaray, el general Julio y su hermano Álvaro, con la idea de que Álvaro fuera el ministro de Economía. Pero en un primer momento, consumado el golpe, Onganía responde a sus convicciones nacionalistas-católicas y nombra como ministro a un hombre del catolicismo social, Jorge Salimei, que con su enfoque gradualista no se diferencia mucho –como comentan incluso los funcionarios del Departamento de Estado en Washington– de lo que venía haciendo el gobierno radical. En términos actuales, se esperaba motosierra y en la realidad hubo más gradualismo. Pero a los seis meses, al notar que la revolución perdió demasiado ímpetu demasiado pronto, se hace el cambio por un liberal moderado como Krieger Vasena, que le da con sus resultados algo más de dos años de respiro al gobierno de Onganía, más precisamente hasta la explosión del Cordobazo.

Es muy sintomático que un gobierno que se planteaba como una revolución que venía a remodelar al país institucionalmente, incluso con un reemplazo de las bases establecidas de la Constitución de 1853 por un modelo corporativista, a las pocas semanas ya estaba sumido en internas y en un desgaste de una velocidad más propia del siglo XXI que de aquella época.

Sí, al mes ya estaban divididos y con internas, porque ya los Alsogaray se sienten muy disgustados al darse cuenta de que han dado un paso en falso, y el propio Álvaro desde su destino como embajador en Washington hace todo lo posible para desestabilizar a Salimei. Y a los tres meses ocurre lo que me parece que es más importante incluso que la simbólica Noche de los Bastones Largos, que es la rebelión de juventudes estudiantiles con algunos vínculos con sindicatos y con católicos tercermundistas, que es lo que prefigura el Cordobazo. Y un analista de la revista Primera Plana, bastante inteligente, dice algo así como que “Córdoba es anticipatoria, lo fue en el ’55, lo fue en otras oportunidades. Y quizás lo que está ocurriendo en septiembre del 66 anticipe otra vez algo nuevo”. Ese algo nuevo va a ser en mayo del ’69 el Cordobazo.

Había evidentemente un conjunto de fuerzas sociales que no estaban ajenas al espíritu de la época, desde el Mayo del ’68 francés a la Revolución Cubana y su traslado a América Latina. Da la impresión, incluso, que eran fuerzas sociales ingobernables.

La gran utopía de Onganía, y en general del nacionalismo militar, es lograr la unidad nacional absoluta. Por eso es que la acusación contra los partidos políticos siempre es la de hacer divisionismo. En eso también está Perón. Es decir, para Perón es la comunidad organizada, es un movimiento, no es el partido. Y eso es una utopía. En el caso de Perón, desde un enorme respaldo popular. Pero, en el caso de Onganía, imaginar que ante una sociedad tan variopinta como es la argentina, procedente de tantas generaciones, con diferencias más que provinciales, fuertemente regionales, sin recurrir a partidos políticos, recurriendo a aparatos de los grupos católicos más fervorosos como único recurso político o, más tarde, a grupos liberales vinculados a finanzas internacionales, era realmente el peor camino.

Ciertamente, una opción más racional y realista al camino de la Revolución podría haber sido tratar de calmar expectativas sin hacer una oposición feroz al gobierno radical en momentos en que la Conferencia Tricontinental de La Habana, en enero de 1966, había lanzado un mensaje tremendo, convocando a la lucha armada con la participación de delegaciones argentinas, de toda América Latina, de África, de Asia. El propio Fidel Castro atizaba la insurrección en Venezuela, que tenía un gobierno democrático pero donde ya operaba la guerrilla, lo mismo en Colombia y Perú. Se anunciaba también movimientos en Chile y Argentina, y en Uruguay ese mismo año empieza la guerrilla tupamara. Ahí se dice abiertamente que hay una invitación a la lucha armada.

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Entonces, la respuesta del grupo azul del Ejército fue un gobierno militar como una salvación. También lo fue de grupos económicos fuertes, todo esto frente a un sentimiento mayoritario de indiferencia social y una lucha periodística que fue de una eficacia y una perversidad inusual. Frente a todo eso, el gobierno de Illia había respondido muy correctamente a los focos guerrilleros que se habían planteado ya, había luchado contra ellos con la Gendarmería, como correspondía, y había buena disposición para hacerlo. No hubo disposición, en cambio, para intervenir la universidad, una decisión que, a la larga, el propio Onganía reconoció que fue lo peor que hicieron. No sólo por la violencia ejercida, que quizás no les importó, sino porque tras la Noche de los Bastones Largos las cátedras se vaciaron de aquellos universitarios que habían llegado con el régimen de Aramburu, profesores que habían hecho una universidad cosmopolita, abierta al mundo, de excelencia y reformista. Y todos estos que fueron expulsados o que renunciaron fueron reemplazados por las cátedras nacionales, con las cuales todo ese nuevo pensamiento del peronismo revolucionario, pro-cubano, del cristianismo pro-revolucionario entró por la puerta grande.

¿Cómo se puede explicar el accionar de aquella prensa tan sofisticada intelectualmente, que ofrecía productos novedosos y de calidad como Primera Plana o Confirmado, hechos por gente con mucho oficio, con intelectuales de renombre, y que al mismo tiempo se prestó a ese tipo de operaciones y a ese accionar tan violento en pos de la caída del gobierno democrático?

Nunca pude entender del todo toda aquella frivolidad tremenda con que se atacó al gobierno de Illia. Me cuesta entenderlo de intelectuales que tuvieron una gran obra —el caso de José Luis de Ímaz, por ejemplo— y que se suman al proyecto de Onganía. Estuvieron también los demoledores de la prensa, como Mariano Montemayor o Mariano Grondona, y muchos otros. Jacobo Timerman mismo, Timerman no advirtió en qué laberinto se estaba metiendo. Hay un episodio antes del golpe, un encuentro en el que el general Laprida, legalista, le dice: “Mire, Timerman, usted no va a tener esta misma libertad cuando venga un gobierno militar. ¡Acuérdese!”. Al final, no fue sólo que Timerman se tuvo que ir al Uruguay después del golpe porque no consiguió nada, sino que con el siguiente golpe militar, el de 1976, que también apoyó, tuvo las consecuencias que sabemos.

Nunca pude entender del todo toda aquella frivolidad tremenda con que se atacó al gobierno de Illia. Me cuesta entenderlo de intelectuales que tuvieron una gran obra.

Hubo entonces una suerte de frivolidad suicida. Hay un libro que salió en  marzo de este año, el segundo tomo de La verdad nos hará libres, editado por el Episcopado argentino, con mucha documentación sobre los años de la última dictadura militar. También ese libro comienza en 1966 y a mí me pareció una coincidencia interesante porque podrían haber elegido otra fecha. Y quien justifica ese inicio es nada menos que monseñor Giaquinta, uno de los teólogos más finos que hubo en aquella época, y que dijo en un artículo publicado en la revista Criterio en los años ’80 que ese espiral de violencia comienza con la caída del presidente Illia. Y él hace un mea culpa por “la indiferencia con que todos nosotros, en particular las élites y el Episcopado, recibimos este acontecimiento, que resultó un salto hacia adelante en la tragedia argentina”. Vale la pena leerlo.

El epílogo de su libro hace un salto a 1983, al triunfo de Alfonsín y la recuperación de las virtudes del gobiernos democráticos en general, y particularmente del gobierno radical de Illia. Pasaron 40 años de democracia y hoy nuevamente parece prevalecer algo opuesto a aquellas virtudes (gobierno honesto, con vocación de diálogo, con objetivos graduales y realistas). ¿Es así? ¿Cómo es que volvió a pasar?

Yo creo que la ira de la sociedad actual tiene que ver con el abandono de esas virtudes. Esa idea de que la política es algo de la vida en común, que es una gran realización personal, sin dudas, pero que no es para llevarse el bolso a casa. Y yo digo algo: el libro lo empecé a escribir hace dos años sin pensar, de ninguna manera, en que iba a publicarse al cumplirse los 40 años de democracia. Recién al terminarlo tomé conciencia de la fecha, y cuando supe que el libro se iba a publicar el 1° de septiembre, ahí escribí este epílogo y recordé el acto de proclamación de la fórmula de Alfonsín en el Luna Park. Fue entonces cuando se dio la revalorización de Illia como el hombre gris, el hombre honesto, que en aquel momento estaba próximo a morir y recibía toda clase de pedidos de perdón por parte de quienes lo habían sacado de mala manera de la Casa Rosada.

Y yo siento que esa pérdida de valor de la democracia republicana, equilibrada, que vivimos en estos años, tiene que ver con un gran olvido de estos valores. Y por eso me parece importante recordar la figura de Illia. Esa figura desprendida de lo material pero apasionada por la política. Me acuerdo de algo que me contó alguien como Marcelo Sánchez Sorondo, fervoroso creyente de “la hora de la espada” de Lugones, que en la época de la última dictadura militar solía encontrarse con Illia y dialogaban sin odio. Creo que algo de lo que está pasando últimamente es que hay mucha bronca, hay muchas facturas que se pasan de unos a otros, porque cuando la política se entiende como el triunfo personal, la gente que se queda afuera se queda muy desilusionada.

¿Sigue siendo el peronismo esa fuerza que se considera la única legítimamente destinada a conducir esos movimientos y esos intereses tan contrapuestos de la sociedad? ¿O es que incluso puede fogonear esos conflictos para retener el poder en medio del caos?

Yo soy historiadora, no soy una buena analista política. Pero creo que durante los años del kirchnerismo, y eso no pudo revertirse en el gobierno de Cambiemos, hubo una destrucción sistemática del sistema educativo y de los valores de nuestra sociedad. Eso se ve muy claramente en los resultados educativos, en la juventud que va sin rumbo y que está con mucha angustia, y con ganas de encontrar una solución inmediata. El tema del peronismo, de las tendencias perversas de un sector del peronismo que sigue planteando que “sin nosotros, nada es posible”… Sí, claramente, no sólo va a haber un exitismo en torno a la figura de Javier Milei sino que también va a haber, si hubiera un balotaje con Patricia Bullrich, un apoyo. Eso no lo dudo. De ahí las dificultades y espero que la fuerza que obtenga Patricia la ayude a sortear estas dificultades. De mi parte, le deseo la mejor suerte. Y creo que hay que poner el hombro, también.

 

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Eugenio Palopoli

Editor de Seúl. Autor de Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas (Blatt & Ríos, 2014) y Camisetas legendarias del fútbol argentino (Grijalbo, 2019).

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