ZIPERARTE
Milei presidente

Liberalismo popular,
populismo liberal

Quizá Milei sea la forma de avanzar un ideario liberal en esta tierra acostumbrada al populismo.

Creo que anoche se terminaron varios ciclos políticos. Se terminó, parece, la carrera pública de Sergio Massa, cuyo último truco fue hacernos creer que un ministro de economía/presidente de facto de un país en crisis económica terminal podía, sin embargo, ser Presidente de la Nación. Su derrota es un alivio, aunque más no sea porque premiar con la continuidad del peor gobierno desde la recuperación de la democracia habría sido una aberración, un síntoma de algo muy malo, de una fractura fundamental en los mecanismos básicos de defensa de la sociedad, de que algo muy difícil de recuperar se había perdido. Pero no pasó.

Acaso también haya terminado el ciclo político del kirchnerismo. Ya se ha dicho tantas veces que uno tiene que tener cuidado. En realidad, yo diría que ya estaba terminado en 2019, cuando ganó las elecciones. Me refiero desde lo conceptual, desde la potencia para representar intereses mayoritarios, desde lo ideológico. Tal es así que estos cuatro años fueron un desierto de ideas, una repetición maníaca de consignas que ya sonaban gastadas hace años. Con ese vacío ganaron, aprovechando la situación económica que dejaba Macri (causa gracia pensar en cómo estábamos en aquella época con respecto a como estamos ahora). Ahora se replegarán en la Provincia de Buenos Aires y verán qué pasa. Pero eso es poco importante ahora. 

Termina así el ciclo político iniciado en 2001. No casualmente, con otra crisis. El kirchnerismo supo representar a esas mayorías frustradas por la política de los ’90 que nos había llevado a una crisis política, económica e institucional. Es curioso recordar cómo aparece Néstor Kirchner ante el público. Un tipo casi desconocido, que venía del Sur, un lugar que todo el mundo sabe que no tiene política, que era casi otro planeta (?); un tipo que jugaba con el bastón presidencial durante la asunción y no se abrochaba el saco cruzado: un outsider contra la política vieja. Pero los jóvenes se vuelven viejos y los revolucionarios se vuelven el establishment y un día viene otro, nuevo, a hacer lo mismo y el ciclo se reinicia.

Pero los jóvenes se vuelven viejos y los revolucionarios se vuelven el establishment y un día viene otro, nuevo, a hacer lo mismo y el ciclo se reinicia.

Nada de esto me apena especialmente. Me preocupa más que el kirchnerismo arrastre en su caída el proyecto de una socialdemocracia moderna que (no) supimos construir desde 1983 y que Cambiemos intentó depurar sin apoyo popular, sin poder político y con el kirchnerismo tirando piedras. El contenido de ese proyecto (ideas sobre el valor de la conversación entre iguales como una forma de legitimar el poder político y sobre el deber de mejorar la posición de los menos aventajados) fue mutando, principalmente de la mano del peronismo que gobernó la mayor parte del tiempo, en un patrimonialismo depredador cada vez más pesado, más endogámico, más caro e ineficiente, más clientelista e injusto.

Ese proyecto desfigurado fue perdiendo legitimidad y en eso apareció un león más joven y les empezó a decir a todos los que sentían que el sistema los había perjudicado que tenían razón, que los estaban estafando, que el sistema estaba arreglado para que se beneficiaran los políticos, los entongados, los artistas del régimen, los advenedizos. Es verdad, por supuesto, pero solo como efecto de la captura populista de una concepción legítima de la justicia social. Las ideas siguen ahí, de algún modo, pero ya no son el sentido común político de la mayoría; son apenas una forma más, ahora minoritaria, de entender las relaciones entre los ciudadanos.

Populismo contra populismo

Esta concepción alternativa, nueva, probablemente fogoneada por Massa, derrotó a Juntos por el Cambio, la variante no populista de ese proyecto de liberalismo igualitario. JxC dejaba dudas sobre su voluntad de cambio, había quedado de alguna forma asociada al fracaso de todo el sistema. Ahora la elección era entre dos populismos.

Lo que pasa después habrá que estudiarlo con más detalle. Mauricio Macri y Patricia Bullrich se cortan solos y deciden apoyar a Milei. No sabemos qué efecto tuvo eso en la voluntad de los votantes originales de JxC, pero acaso Macri entendió en ese momento algo importante. O quizá lo había entendido antes, cuando su gobierno se moría y terminó reviviendo luego de una caravana nacional con actos multitudinarios que salvaron la credibilidad de su gobierno. 

Un comunicador de moda, un fascista gracioso que hace entrevistas, se burlaba de JxC luego de la primera vuelta alegando que el peronismo ganaba elecciones “sin esfuerzo” (parafraseo otra expresión) y nosotros (los que no somos peronistas) nunca íbamos a saber por qué. Bueno, quizá ahora lo sabemos. O Macri, al menos, lo entendió. Acaso es esta cultura modelada al calor de la Iglesia Católica que no entiende la vida en común más que como obediencia a un líder, a un Jefe, un Hombre Fuerte, acaso es la política como se supone que es siempre y en todo lugar, un proceso de fusión de identidades atrás de algo vacío (y ese algo vacío al mismo tiempo una persona física, puede ser el Duce o Hitler; pero también Yrigoyen o F.D. Roosevelt, acaso Alfonsín también lo era a su manera). 

Quiero decir que el secreto que descubrió Macri es que el populismo parece funcionar como un phármakon, una substancia que en su justa medida sirve a fines virtuosos.

Quiero decir que el secreto que descubrió Macri es que el populismo parece funcionar como un phármakon, una substancia que en su justa medida sirve a fines virtuosos, pero que en exceso puede matar. Esto es parecido a lo que decía el ideólogo del kirchnerismo, Ernesto Laclau, tomando algunas ideas de Gramsci. El populismo asimila demandas dispares y las fusiona en un líder, que representa esas demandas y las contrapone a los intereses de una élite privilegiada y victimaria. No importa cuáles sean esas demandas, el populismo es un modo de intervención política independiente del contenido sustantivo de esos intereses. 

Quizá así es la forma de avanzar un ideario liberal en esta tierra acostumbrada el populismo. El “último Macri” y este Milei comparten esos rasgos populistas. Son líderes que polarizan y expresan un ideario más o menos general, que identifican un adversario de límites imprecisos, que profesan un desprecio relativo por las estructuras partidarias tradicionales y su modo de legitimar las decisiones políticas. 

De hecho, la acción inconsulta de Macri tiene como punto urticante para los radicales esa cualidad, la de no haber dialogado con sus socios. Más allá de la herida narcisista, está el funcionamiento de dos principios fundamentalmente distintos de legitimación política. El deliberativo, negociado, por un lado, y el impulso del emprendedor, del Dueño. El Dueño, el Líder, el Conductor.

¿Tiene siquiera sentido pensar en un “liberalismo popular” o incluso un “populismo libertario”? No lo sé, pero creo que algo de eso ganó ayer. En todo sentido, con Milei, con Macri y con el eclipse de la concepción democrática e igualitarista que empezamos a abandonar. No sé si es algo bueno, pero supongo que lo bueno de que haya ganado Milei es que el futuro permanece abierto.

 

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Luis García Valiña

Doctor en Filosofía (UBA). Decente universitario (FFyL-UBA).

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