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Milei presidente

No se gobierna con bullying

Milei construyó un relato económico que lo llevó a la victoria con mucha habilidad y poco dinero, pero tiene que entender que la batalla cultural no puede ser un instrumento de gobierno.

Algo pasó con el peronismo. De ser un movimiento que encarnaba demandas de mayorías populares se transformó en una fuerza política con una agenda muy marcada por profesionales de clase media alta, bastante más preocupados por la violencia política de hace cuatro décadas que por una inflación de tres dígitos o por la violencia cotidiana de los barrios. En esos barrios, la violencia no es una abstracción traída a fuerza de frases durante una campaña, sino que es algo actual y certero. Fue así que el peronismo, o su vertiente kirchnerista, parece haber perdido aquella brújula que indica hasta cuándo la simbología, la cultura y la historia se pueden utilizar para torcer una materialidad asfixiante y violenta, es decir, cuánto de batalla cultural está dispuesta a soportar una sociedad que se empobrece día a día. Al fin y al cabo, parece que no hay jingle que pueda torcer el voto de un joven que, con mucha suerte, gana entre 100 y 200 dólares al mes.

Es una excentricidad propia de las comunas 13 y 14 de la ciudad de Buenos Aires considerar que las locuras de un candidato, expresadas durante una campaña electoral, pueden tener mayor peso que un gobierno que se dedicó, durante cuatro años, a resolver una interna. Es una excentricidad poner el foco en lo dicho durante una campaña tras empobrecer a la población durante cuatro años. Es fake, muy fake, dar respuesta a ese desgobierno con una metralleta de medidas pocas semanas antes de una elección. ¿Devaluar y al día siguiente jactarse de un bono para jubilados? Recontra fake, tan fake como un boleto de tren a $1000 o señalar a la derecha y hacer campaña por un candidato de derecha. ¿El resultado? Un 36% de los votos, la peor elección en la historia del peronismo unido.

Está bien hasta acá, dejemos al peronismo en paz y resolviendo su propia crisis. Hablemos del nuevo presidente quien, con mucha habilidad y muy poco dinero, construyó un relato sobre la economía pero, fundamentalmente, se subió a la batalla cultural y la usó a su favor, a diferencia de Juntos por el Cambio que, por lo general, eligió prescindir de esa batalla para recostarse en el marketing y una identidad política no muy definida. Milei se montó sobre todos los símbolos del adversario y se animó a decir todo lo que en la democracia argentina está prohibido, y más también. Según parece, habrá que acostumbrarse, ya que, nos guste o no, parte de la democracia es que la palabra esté fuera de control y la historia tenga lecturas diversas.

Sería muy saludable que Javier Milei comprenda que la campaña terminó y que la batalla cultural como instrumento de gobierno es traicionera e impredecible.

Dicho esto, sería saludable, muy saludable, que Javier Milei comprenda que la campaña terminó y que la batalla cultural, como instrumento de gobierno, es bastante traicionera e impredecible: hoy resulta funcional, al día siguiente es el germen de tu propio fracaso, eso quedó demostrado. No se gobierna con el bullying, la provocación y la ridiculización de todo lo que es valioso para el otro, eso es infantil e improductivo. Gobernar implica madurar y, en el caso de Javier Milei, eso significa, entre otras cosas, transformar esas vibes tan propias de la Guerra Fría, tan anacrónicas, que expresa en cada oportunidad que tiene. ¿Romper relaciones diplomáticas con China? Llamaron desde la Casa Blanca para decir que les parece un montón. Es decir, hasta acá llegamos con la exageración de la batalla cultural. Bajar la inflación, controlar el dólar, equilibrar las cuentas públicas, quitarle algunos privilegios a la casta –sea lo que sea que eso signifique–, dejar vivir en paz y respetar la democracia. No hay mucho margen creativo para el libreto de un buen presidente en Argentina 2023.

Finalmente, ¿qué es lo que pone en duda la posibilidad de un gobierno de Javier Milei con la madurez necesaria? Hay que decirlo: por un lado, nuestro nuevo presidente ha dado muestras de su frágil estabilidad emocional y su intolerancia por lo distinto; por el otro, no cuenta con experiencia alguna en la administración pública o en la implementación de las políticas que promueve. A la vez, no hay gobernadores de su signo político y sólo tiene 7 senadores propios y 38 diputados. Esto último, sin embargo, puede ser auspicioso, ya que nos indica que la democracia es algo más robusta que un cargo electivo y, en política, para hacer cosas se necesitan apoyos. Milei los tiene, pero no cuenta con un cheque en blanco.

Es en ese sentido que recupera centralidad absoluta el rol de Mauricio Macri, el estratega que tomó distancia y esperó que las fichas se acomoden para salir a jugar. Integrantes de su propio espacio, aquellos que se apuraron a tender puentes con el massismo, parecen no haber comprendido la centralidad del único actor político que, desde 2003 hasta ayer, le ganó una elección al peronismo. Todo indica que Mauricio Macri, el calabrés, ganó otra vez.

 

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Fernando Danza

Un poco politólogo, un poco historiador y, otro poco, profesor de sociología. Pasa sus días tomando café en el barrio de Colegiales.

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