ZIPERARTE
Milei presidente

Perdió el establishment

Cuatro observaciones sobre la elección: JxC la tenía difícil (no fácil), Massa salvó al peronismo, el fracaso de las élites y Chiquito Bossio hay uno solo.

1

¿La campaña la perdió Juntos por el Cambio o la ganó Javier Milei? Se habló mucho sobre lo primero, pero cada vez estoy más convencido que lo decisivo fue lo segundo. La interna y la campaña de JxC estuvieron lejos de ser ejemplares, ¿pero qué campaña lo es? La de Milei ciertamente no lo fue. A lo largo del año, JxC derrotó al oficialismo en seis provincias: ¿acaso Poggi, Orrego, Zdero, Torres, Frigerio y Pullaro hicieron absolutamente todo bien? ¿O se beneficiaron de ser la única oposición obvia en un contexto donde la gente quería votar contra el oficialismo?

Lo mismo vale para la interna: en Santa Fe, Losada acusó a Pullaro de tener vínculos con el narcotráfico, lo que no evitó un triunfo con 58% de los votos en primera vuelta ni una reconciliación post-electoral. Recordemos además que Milei supo tratar al gobierno de Macri de “socialismo amarillo” y “kirchnerismo de buenos modales,” y hasta la primera vuelta hizo más campaña contra JxC que contra el kirchnerismo. Ayer terminaron los tres abrazados.

Sí, la interna podría haberse llevado a cabo de mejor manera, y la campaña de Bullrich después de las PASO dejó mucho que desear. Con lo ajustado del resultado, un par de puntos extra en las PASO podrían haber dejado a Milei tercero. Pero sin el fenómeno Milei –fenómeno que no existió en las elecciones provinciales–, los problemas de la interna y la campaña hubieran pasado a segundo plano. Lo que realmente movió el amperímetro fue que, de Mendoza al interior de Buenos Aires, pasando por San Luis, Córdoba y el sur de Santa Fe, Milei entusiasmó a muchos antiguos votantes de JxC. No es gente que se fue por la interna; es gente que se enamoró de otro candidato. Ante esa dinámica, JxC quedó en la disyuntiva de moderarse y perder votos hacia Milei, o radicalizarse y perderlos hacia Massa. Ninguna de las opciones era buena.

2

Massa le hizo un favor gigante al peronismo. Primero buscó activamente una candidatura presidencial que valía poco porque tenía escasas posibilidades de éxito. Luego perdió las PASO y el ballotage, pero ganó la general, que es donde se eligen los diputados, senadores e intendentes de la provincia de Buenos Aires. Dadas las reglas electorales que premian a los que salen primeros (sobre todo en el caso de senadores e intendentes, pero en menor medida también para diputados), eso significa que gracias a Massa el peronismo sumó muchísimas más bancas de las que hubiera conseguido saliendo segundo (y ni digamos tercero) en la primera vuelta.

Por supuesto, Massa no hizo eso por generosidad de espíritu, sino por ambición: sin nada que perder, estuvo dispuesto a jugar al límite. A las apuestas –y lo de Massa fue eso: una apuesta– hay que juzgarlas no por los resultados finales, sino por las posibilidades de éxito dadas las circunstancias. Desde el 27 de octubre de 2013, cuando su lista derrotó a la lista encabezada por Martín Insaurralde en la provincia de Buenos Aires, Sergio Massa nunca estuvo tan cerca de la presidencia como el 22 de octubre de 2023.

Desde el 27 de octubre de 2013, Sergio Massa nunca estuvo tan cerca de la presidencia como el 22 de octubre de 2023.

Como JxC en 2023, Massa fue víctima de las circunstancias, entendidas como una distribución de apoyos electorales que le hacía todo cuesta arriba. Ello fue especialmente visible en 2019: si iba por fuera del Frente de Todos, lo iba a comer el voto útil (fue lo que le pasó a Lavagna). Si iba por dentro, le iban a tirar algún huesito (la presidencia de la Cámara), pero no mucho más, porque Cristina y Alberto lo necesitaban menos a él que él a ellos. Ya en el oficialismo, Massa trató de sacar el mejor partido posible de la debilidad personal y política de Alberto Fernández. Rosqueó para quedarse con el Ministerio de Economía porque entendió, correctamente, que con un presidente tan falto de carácter y palancas políticas, el control de la caja le iba a dar el control del gobierno y la campaña.

Tuvo razón en casi todo, y casi le sale: en la primera vuelta, estuvo a 3,2 puntos porcentuales de quedarse con la presidencia. Perdió, sí, pero no fue por errores no forzados; nunca la tuvo fácil para ganar. Y aún conserva una posibilidad, no sabemos cuán grande, de quitarle la conducción del peronismo a CFK y aprovechar un fracaso del gobierno de Milei para ganar en 2027 (o antes, si la situación económica se descontrola). Si eso pasa, el peronismo va a tener muchas más bancas de las que le corresponderían a un oficialismo tan desacreditado, y eso es (de)mérito de Massa.

3

No perdieron solo un partido y un candidato: perdió el establishment. Hace unos días, Luis Figueroa observó en X que en la Argentina de hoy, incluso si te ganás la lotería te queda muy poca plata. Sí, yo también querría ganarme 300.000 dólares con cero esfuerzo. Pero en relación con la Argentina del pasado, y en relación con lo que esperaríamos en una Argentina pujante, 300.000 dólares por ganarse la lotería no es nada. El ejemplo resume muy bien el principal problema de la Argentina de hoy: la dificultad para hacer plata y crecer profesional y económicamente en el sector privado.

Se viene discutiendo, y seguramente se va a discutir mucho más, si Argentina es un gran país que necesita un par de ajustes, o si tiene que corregir problemas estructurales de fondo. La primera es la visión del establishment: para empresarios protegidos, sindicalistas, empleados públicos, judiciales, la Iglesia, y los medios, ONGs y asociaciones profesionales que viven al calor del Estado, sería fenómeno que la Argentina sea un país más rico, en crecimiento y con mejores salarios… pero siempre que no se toquen la miríada de regulaciones y acuerdos informales que garantizan la perduración del sistema y su status privilegiado.

El problema es que este establishment no crea valor sino que lo destruye: su supervivencia solo es viable asfixiando al agro.

El problema es que este establishment no crea valor sino que lo destruye: su supervivencia solo es viable asfixiando al agro, el único sector productivo e internacionalmente competitivo de la economía argentina. El potencial para crear valor en actividades no agropecuarias existe, pero el kirchnerismo se ha dedicado a combatirlo con una tenacidad digna de mejor causa: en un país geográficamente muy lejos del mundo, desalentaron a las low cost y echaron a Latam para proteger a Aerolíneas; el empresario que creó una multinacional del retail líder en América Latina consideró prudente irse a vivir a Uruguay; y los coders pueden conseguir salarios relativamente buenos gracias al cepo, pero es todo ilegal y por ende incapaz de crecer y aprovechar economías de escala. Una Argentina próspera necesita muchas más empresas, algunas de ellas muy grandes, orientadas al turismo y el software, pero para que esas empresas surjan y crezcan tiene que haber oportunidades de crecer y expandirse: oportunidades de hacer plata en el sector privado.

4

Milei como el arquero que va al área a cabecear. Lamentablemente, no hay ninguna garantía de que la Argentina logre una transición a un establishment virtuoso, e incluso en el caso que lo logre, no nos engañemos: una transformación así va a tener un costo social muy alto. Además de la oposición por motivos ideológicos, quienes han invertido mucho en ingresar y prosperar en el actual sistema tienen muchos motivos para oponerse y, sobre todo, los medios para hacerlo. Incluso con el apoyo de parte de JxC, Milei puede tener problemas en el Congreso, especialmente si no logra estabilizar la economía en el corto plazo. Y los costos del ajuste que hay que hacer –tarifas más altas, empleados (públicos y privados protegidos) despedidos– van a ser ciertos, inmediatos y visibles, en tanto que los beneficios van a ser más inciertos, futuros, y menos evidentes.

Muchos ven en Milei la amenaza de una sociedad distópica y horrible. Yo podría discutir con apasionadamente con él sobre el liberalismo o el verdadero significado del teorema de Arrow, pero si me fuerzan a responder “por sí o por no,” por supuesto que estoy mucho más cerca de Milei que de las ideas que han hegemonizado el discurso público argentino los últimos 20 años. Mis reservas respecto a Milei pasan por otro lado: una presidencia de Milei es como mandar al arquero a cabecear cuando vas perdiendo por un gol y se te acaba el tiempo. Por cada Chiquito Bossio que marca un gol histórico, te vas a comer varios goles por enfrentar una contra sin arquero. Cuando la situación es desesperada, cuando ya te estás quedando fuera de la copa, estás dispuesto a correr el riesgo. Pero –como le pasó a Massa, también fue al área a cabecear cuando se acababa el tiempo, y la estrelló en el palo– las chances de que te salga mal no son triviales.

Tiendo a descreer de las palabras; muchos políticos comunican más o menos bien, pero pocos son capaces de liderar organizaciones complejas, y menos aún pueden guiar y reconvertir esas organizaciones en un contexto crítico. Esperemos que Milei demuestre estar a la altura de las circunstancias.

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Adrián Lucardi

Profesor de Ciencia Política en el ITAM (Ciudad de México). En Twitter es @alucardi1.

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