¿Y ahora?

La enésima interna peronista

Ante la crisis del Gobierno, que se veía venir desde el principio, Juntos por el Cambio debe decidirse a enfrentar el corporativismo y no, como quieren algunos, ser una especie de peronismo "prolijo".

En el año 2003, ante la pregunta de a quién votaría en el balotaje, mi respuesta era: “no voy a votar, no participo de internas peronistas”. La defección de Menem cuatro días antes de las elecciones me evitó los errores paralelos de no ir a votar y de votar, porque nada nos iba a servir, no había salida de la mano de la anomalía del sistema. Un partido fraccionado en partes para la captura del poder, unido para conservarlo, que luego recrea enfrentamientos internos para ocupar el lugar de la oposición, y así una y otra y otra vez, frente a opositores inermes ante la manipulación.

El peronismo siempre supo capitalizar su incapacidad o desinterés por manejarse dentro de carriles institucionales, sea para definir sus internas o para gobernar. Es tradición que el peronismo lleve a cabo internas sui generis desde dentro de las instituciones, con el resto del país ubicado en el lugar de espectadores y comentaristas pasivos de este folclore aceptado con naturalidad. Una serie interminable de Netflix, con alianzas y querellas transitorias entre facciones, con un elenco que va desde el neomontonerismo hasta la derecha nacionalista, pasando por caudillismos paternalistas, progresismo urbano, industrialismo de amigos, cacicazgos conurbanos y socialdemocracia deforme.

Ya lo vimos mil veces. Nuestra edad se puede calcular por la cantidad de internas peronistas desde el poder que conocimos a lo largo de nuestras vidas, cada una con sus matices y grados de violencia, pero que coinciden en la erosión permanente de las instituciones y en la disolución de la noción de normalidad. Es ya cansador repetir que la institucionalidad no es una abstracción, y que su ausencia es un piano de 1500 kilos cayendo hacia tu cabeza, porque nada está a salvo cuando las dirigencias del país deciden que les da lo mismo y van con el que les asegure “la mía está”. Detrás del descenso a una economía frágil y harapienta está la ausencia de división de poderes, de una ley justa y común a todos, el bendito rule of law reemplazado por status quo corporativo y desamparo ciudadano.

En el momento de escribir este texto, la gente no sabe qué sucede ni qué sucederá la semana próxima, y la única certeza es el deterioro económico y social inexorable.

Hoy estamos ante otra interna más desde el poder, cocinada a fuego lento durante años y con un final previsible e imprevisible al mismo tiempo. Sabíamos que iba a suceder, pero nunca cómo y cuándo, y henos aquí nuevamente pensando en cómo zafar individualmente. Una vida en alerta, ahorros, emigración, un segundo laburo, terceras marcas, no sacar el teléfono en la calle, volver a casa temprano porque se está poniendo feo. En el momento de escribir este texto, la gente no sabe qué sucede ni qué sucederá la semana próxima, y la única certeza es el deterioro económico y social inexorable.

Parecería que estamos en la conclusión lógica del camino iniciado en 2001 con el estallido en mil pedazos de la normalidad institucional y del alma de la sociedad. A partir de ese hito sólo hemos vivido lo que se pudo armar juntando pedazos de antaño, y lo que salió es una maqueta de república torcida y deforme. En estos veinte años conocimos el mayor descenso a la pobreza, consumimos stocks económicos, culturales y de infraestructura heredados, y perdimos gran parte de los recursos del ascenso social: el trabajo, la escuela y la salud públicas. Enfrentamos la cara hasta entonces desconocida de la marginalidad en cada esquina, nos acostumbramos a padres jóvenes sin dientes, a nenes sin zapatos en la combinación del subte. Vimos el ascenso de mafias controlando territorio y parcelas del poder. Ni siquiera sabemos si esto es realmente el final del proceso iniciado en 2001, sino una larga y lenta agonía sin fondo. Y si fuera realmente el final, tampoco sabemos con qué contamos realmente para el reemplazo en 2023, o en 20 días.

Unidos pero confundidos

Las dos décadas post 2001 nos dejaron algunos pocos aprendizajes recientes, que no fueron suficientes para resistir un segundo mandato pero que se reflejaron en el inédito apoyo, pese a la derrota, a varias figuras, principalmente la de Macri, y al crecimiento de la coalición. Del suicidio de la fragmentación opositora en todas las elecciones desde 2003 pasamos a la racionalidad de la unión en 2015, y a la certeza de que hacen falta varios períodos de gobierno para alcanzar un mínimo de normalidad institucional y económica, amén de un gran ausente que aún no existe en el horizonte: el contrapeso de otro partido que acepte las reglas del sistema para competir. Pero hoy la coalición luce fuera de escuadra, apuntando a lugares diversos, sin liderazgos definidos; tal como sería esperable a un año de las elecciones, si no fuera porque con la versión actual de interna peronista en el poder las elecciones son cuando les pinte.

Ante este escenario desquiciado hoy nos exaspera la lentitud de esos aprendizajes en parte de la sociedad y sobre todo en los dirigentes. La representación se resquebraja, despuntan insinuaciones de división, y lo más preocupante, se vislumbra en algunos sectores la voluntad de regreso a un status quo de corporativismo prolijo que no tiene ningún destino posible. Sí, anhelamos paz, normalidad, algunos dirigentes saben que nos conformaríamos con poco, pero el problema es que con el escenario actual no hay más tiempo ni atajos.

Es inviable la anomalía de un paternalismo de centro, de convivencia con los poderes corporativos, en suma, la ilusión de un peronismo prolijo versión Juntos por el Cambio.

Hay dirigentes aferrados a la utopía del pasado conocido, que ya no es posible recrear. Ya se rompió todo, no hay vuelta atrás con final feliz, y es inviable la anomalía de un paternalismo de centro, de convivencia con los poderes corporativos, de la administración pacífica de feudos y tongos con institucionalidad de cartón, en suma, la ilusión de un peronismo prolijo versión Juntos por el Cambio. Las mafias pequeñas crecieron, las intermedias ya son trasnacionales, y todas ellas atraviesan el poder económico, social, judicial. ¿Por qué compartirían la administración con un poder no mafioso? La globalización tiene sólo dos registros: o integrados al mundo con sus estándares económicos y de seguridad, o en la zona gris de las naciones inviables. Sí, es cierto que hay satrapías que prosperan con economías que crecen durante un tiempo, pero inevitablemente les llega el callejón sin salida de la vía autoritaria.

Y nadie con poder o representatividad dentro de JxC tiene los recursos requeridos –léase mafia pura y dura o vocación autoritaria– como para sostener la ilusión infantil del peronismo prolijo. Más aún, el peronismo prolijo no existe, es simplemente el que no gobierna a nivel nacional, y ni siquiera es prolijo, sólo está lejos. Es un modelo que no puede escalar a nación y sólo funciona como recurso periférico de la pata en el poder. En resumen, por este rumbo que tienta a algunos en JxC no existe salida, sino una nueva frustración a futuro, la posibilidad cierta de ser deglutidos como el liberalismo en los ’90. ¿Tal vez sea esa la intención, un paso intermedio hacia un unipartidismo de facto, con oposiciones fragmentadas? No, gracias.

En este escenario, la única alternativa racional de la oposición es ser oposición: enfrentar el pasado rancio, derrotarlo, y reemplazar por completo el modelo deforme que armamos con los fragmentos del 2001. Dar un paso al frente y hablar del futuro, ya mismo. Comunicar la certeza de que por el mismo camino del pasado nos hundimos, convencer del rumbo, transitarlo y sostenerlo a lo largo del tiempo. Lo que viene es inevitable, pero algo de paz es posible rumbo a un horizonte distinto, abandonando lo conocido.

 

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Gabriela Saldaña

Arquitecta (FADU-UBA). Asesora legislativa del Bloque PRO (2017-2021) y coordinadora del grupo PRO 25 de argentinos en el exterior.

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