BERNARDO ERLICH
Domingo

Yo no quiero vivir como digan

Hay una noción instalada que dice que el rock es de izquierda, pero eso es falso. El rock encarnó siempre el espíritu de libertad física, psíquica y también ideológica.

Leí en Seúl una frase que me hizo tanto ruido que casi alcanza la categoría de trauma acústico. No fue la primera vez, porque hay una asociación –ilícita, por supuesto- dando vueltas por redes y medios. De aquí vino el ruido: “Hoy la izquierda dejó de ser rock. Ya no es contracultural ni transgresora. Y es la derecha la que tiene más éxito en la representación de la indignación frente a la realidad”. ¿Por qué el ruido? Porque forma parte de varias nociones instaladas sobre el rock que no corresponden a la verdad.

“Hoy la izquierda dejó de ser rock”. ¿Cuándo lo fue? Nunca: justamente la gracia del rock ha sido hasta ahora –y espero que lo siga siendo- encarnar el espíritu de la libertad, física, psíquica e ideológica. ¿Eso significa que el rock es de derecha? Tampoco: el rock no puede ser concebido como un movimiento, tal y cual lo entienden una buena cantidad de sociólogos y pensadores que se han metido a desentrañar un fenómeno que no alcanzan a comprender. El rock es un cuerpo de voluntades individuales muy diferentes entre sí y que conviven en un proyecto en común o en un espacio físico o anímico por amor a la música. Nada más lejos de una ideología. Todos los otros significantes que se le adjudican son alimento balanceado o, como cantó Charly García, filosofía barata y zapatos de goma.

En los comienzos del rock en Argentina, la izquierda lo combatió tan tenazmente como la derecha, los militares, los sectores “bienpensantes” de la sociedad, los medios de comunicación y la tan denostada clase media. La izquierda, enamorada del régimen cubano y la idea del “hombre nuevo”, fue la que demonizó al rock como “una distracción imperialista para impedir que las mentes de los jóvenes abracen el ideario de la revolución”. Se usó esa estrategia porque en aquellos años –segunda mitad de los ’60 y primera de los ’70–, el rock parecía ser el brazo musical de otra clase de revolución, que tenía que ver con el hippismo. Y, se sabe, la izquierda no paladea con gusto la idea de la libre competencia.

Cuando existía la URSS, el rock no podía traspasar la Cortina de Hierro, para que los valores del Occidente en decadencia no contaminaran la pureza de sus jóvenes.

Cuando existía la Unión Soviética, el rock no podía traspasar la Cortina de Hierro para que los valores del Occidente en decadencia no contaminaran la pureza de sus jóvenes. De todos modos, el rock la atravesó a pesar de los torpes esfuerzos que los regímenes hicieron para combatir la irrefrenable marea de la Beatlemanía, creando en el camino un mercado negro y peligroso para los jóvenes que aseguraban proteger. Una censura “justificada” por lo que pensaba la casta política gobernante de esos países que era el bien común: un mundo sin rock.

Es verdad que sí hubo un tiempo en que el rock fue “contracultural y transgresor” cuando, sensibilizado por la guerra de Vietnam, olfateó los efluvios del Mayo Francés en 1968. En agosto The Beatles editaron “Revolution”, un tema que parecía un llamado a las armas pero que en realidad se trataba de algo contrario, de acuerdo con su letra: “Decís que querés cambiar la Constitución/ A nosotros nos gustaría cambiar tu cabeza/ Me decís que son las instituciones/ Mejor liberá tu mente”. ¿Fue el capitalista Paul McCartney el autor de estas líneas, que hasta podrían pertenecer a una lista negra que señale reaccionarios? No, fue John Lennon, que también cantó: “Pero si querés dinero para gente con mentes que odian/ sólo puedo decirte que tendrás que esperar”. Y luego remató: “Pero si seguís llevando pancartas de Mao/ no vas a convencer a nadie de ninguna forma”. ¿Querían rebeldía?

El episodio es interesante porque generó una reacción indignada de la izquierda británica en forma de un brulote –hoy sería una “operación mediática”– publicado en el periódico The Black Dwarf; allí, el militante John Hoyland atacó a Lennon por todos los párrafos mencionados. Y le agregó un dardo envenenado con dirección a su ego: “Tu música está perdiendo filo, a diferencia de la de los Stones”. El grupo de Mick Jagger acababa de editar el “Street Fighting Man” (Combatiente callejero), inspirado en la participación del propio Jagger en una manifestación de 25 mil personas frente a la embajada estadounidense en Londres, en protesta por la guerra de Vietnam. Y más cercano en el tiempo se encontraba el Mayo Francés, donde los sindicatos de izquierda y estudiantes afines confluyeron en una revuelta que hizo tambalear al gobierno de Charles De Gaulle. Finalmente se firmaron algunos tratados, se dispusieron aumentos salariales y el mes de mayo llegó a su fin. Los partidarios de De Gaulle ganarían con amplitud la cercana elección parlamentaria. Fue una revolución que dejó una marca más cultural que real.

Jagger tuvo el timing político para captar el zeitgeist de ese momento. Después editaron el magnífico álbum Beggars Banquet (Banquete de pordioseros) y su próximo simple hablaría sobre bailarinas en un bar de Memphis. John Lennon, en cambio, coquetearía con ideas de izquierda y escribiría algunas de sus páginas menos relevantes como el simple “Power to the People” y el panfletario álbum Some Time in New York City. Sin embargo, su momentánea adhesión a la izquierda –concebida al modo estadounidense– tuvo un límite cuando algunos referentes anunciaron sin su permiso que John sería el número central de un acto en las puertas de la convención republicana en San Diego, para causar caos en las filas enemigas. Ahí Lennon se plantó: “Un momento: necesito que me digan primero qué es lo que quieren derrocar y con qué lo van a reemplazar”. Cuando las vagas respuestas de Jerry Rubin y sus asociados no le aclararon sus dudas, se alejó totalmente de la militancia, sobre todo después de que Richard Nixon arrasara en las urnas. Lennon tenía otra preocupación más urgente: no ser deportado de Estados Unidos. Al desclasificarse los archivos del FBI sobre ese incidente que no sucedió, quedó al descubierto que las autoridades sospechaban que Lennon utilizaría aquel escenario para pedir que la gente se empadrone y vote.

Yo no quiero vestirme de rojo

La idea de fosilizar al rock sólo como una fuerza transgresora y contracultural, justamente, surgió de la nueva izquierda argentina –la que se aggiornó después de la crisis de 2001–, que dejó de acusarlo de ser una “música foránea” y buscó llevar agua para su propio molino y militantes para sus fichas. Congelar al rock en una imagen fija como la de “la encarnación de la contracultura” es como condenar a una persona a que use pañales toda su vida. En el rock convive gente de izquierda, derecha, centro, norte, sur, oriente y occidente; no hay ideas que sean ajenas al rock, que tiene una canción para toda emoción. No existe una sola forma de hacer rock y de ahí el genérico: si no, seguiría siendo llamando rock and roll. En Argentina se le fue buscando al rock un perfil de izquierda en la “resistencia frente a la dictadura”, un hábito que pareció un sketch de Capusotto: gana el que encuentra más alusiones ocultas en las canciones, sin importar que el autor hubiera tenido o no esa intención. Algunas canciones tocaron el tema; en otros casos, fueron sólo desvaríos de la mente asociativa de sociólogos con jean.

Obviamente, todos los que crecimos con el rock en dictadura sufrimos sus efectos. Recuerdo cuando la policía rodeó el Parque Rivadavia para evitar que los jóvenes siguieran con su perniciosa costumbre del intercambio de discos, metiendo presos a varios pelilargos. Nunca pudieron detenernos: peregrinamos a Parque Centenario y nos desalojaron de allí también. Luego fuimos a la plaza de Angel Gallardo y San Martín, la de Las Heras y Coronel Díaz y terminamos, en 1981, con una muy redada muy fea y violenta en el Parque Chacabuco. Solo restaba volver a comenzar en el Parque Rivadavia. Recuerdo las razzias en los recitales y los colectivos de culata que te trasladaban sin escalas a toxicomanía. Lo que no recuerdo fue que alguien se indignara por esos u otros atropellos, ni entonces ni en los últimos 38 años.

En Argentina se le fue buscando al rock un perfil de izquierda en la “resistencia frente a la dictadura”, un hábito que pareció un sketch de Capusotto.

En 1983 volvió la democracia y cada quien puso en la urna el voto que quiso. No se discutió en reuniones secretas, nadie bajó línea, ni hubo indicaciones. Pero sí hubo una frase que se repitió dos veces y en diferentes canciones: “no quiero vivir como digan”. La primera vez la dijo Charly García en “Yo no quiero volverme tan loco”: “Yo no quiero sembrar la anarquía/ Yo no quiero vivir como digan/ Tengo algo que late en mi corazón”. Un año más tarde, quizás a modo de cita o como feliz coincidencia, la repitió Luis Alberto Spinetta en “Mapa de tu amor”, una canción de Bajo Belgrano: “Dame otra forma de vida/ Ya no quiero vivir como digan”.

Quizás la verdadera esencia del rock radique en esas pocas palabras: no vivir como te digan. Algo que disgustará probablemente a la izquierda, que no sólo quiere decirte cómo vivir, sino también qué pensar, qué votar, qué tipo de vida seguir y hasta qué vocales tendrías que utilizar al escribir. El rock es el ejercicio del derecho a ser como vos quieras, sin que nadie, ni siquiera los cantantes o compositores, pueda dictaminártelo. La verdadera rebeldía está ahí, en la libre determinación de tus convicciones, que pueden mezclar todas las doctrinas que se te antojen, provengan de donde provengan, del modo que quieras y sin andar pidiendo documentos ideológicos.

Después de todo, la historia del rock argentino comenzó con la rebeldía de cantar en castellano aunque toda la industria discográfica dijera que el rock se cantaba en inglés porque si no daba “mersa”. La izquierda, en cambio, pensaba que sólo el folklore y el tango eran música auténticamente nacional, y que el rock una música extranjerizante. Afortunadamente, Moris, Litto Nebbia, Pipo Lernoud y otros no le hicieron caso a ninguna de esas pavadas.

 

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Sergio Marchi

Periodista especializado en la cultura del rock. Escribió 9 libros, entre ellos las biografías de Charly García, Luis Alberto Spinetta y Pappo. Pasó por medios como Clarín, ADN La Nación, Página 12, Cosmopolitan, y por las radios Rock & Pop, Del Plata, Rivadavia, La Red y Nacional.

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