BERNARDO ERLICH
Domingo

¿De qué lado estás?

La grieta nos hace peores, pero existe. Y no la vamos a superar con discursos.

La grieta es necesaria, me siento identificado con uno de sus lados y creo que los intentos de salir de ella unilateralmente son o tremendamente ingenuos o esconden una estrategia que favorece al kirchnerismo. Al mismo tiempo, puedo sostener que la grieta es algo tremendamente dañino, que no sólo marca la degradación de la política, sino también de la vida pública del país, y que urge, si no tratar de evitarla, estar muy alerta para no caer en sus trampas. Me refiero no a las trampas del kirchnerismo, sino a las de la grieta, su subproducto. Las afirmaciones antedichas no son contradictorias, pero para argumentarlo tengo que remontarme en el tiempo y revisar la arqueología del concepto.

El kirchnerismo tuvo un primer período, con la presidencia de Néstor Kirchner, donde mostró sus ambiciones autoritarias, su desapego a las instituciones y sus manejos sucios, pero no dejó de ser un actor político que aparentaba formar parte del sistema. En enero de 2007, cuando le quedaba un año de su primer ejercicio, intervino de facto el INDEC para ocultar un incipiente (para los estándares actuales) crecimiento de la inflación. Ya tan temprano como en 2005, para las elecciones de medio término, había realizado una jugada especialmente sucia como fue la falsa denuncia contra el candidato a diputado por el ARI Enrique Olivera. Sin embargo, en su exterior, el gobierno de Néstor mantenía ciertas formas democráticas no muy diferentes a las de la tradición política argentina.

La radicalización se hizo más evidente en 2008, durante el conflicto con el campo. Ahí se consolidó una forma de hacer política que consideraba enemigo al adversario, que incluía entre sus rivales al periodismo, a la justicia y a cualquier institución que hiciera algún tipo de evaluación externa (aunque fuera meramente técnica, como la del INDEC, el mejor ejemplo). La grieta nace ahí: se sustenta ideológicamente en algunas nociones expresadas sobre el antagonismo por Ernesto Laclau, propagandísticamente se articula en el programa 6, 7, 8, emitido nada menos que por la Televisión Pública, y fue llevada al paroxismo en 2010, cuando el kirchnerismo renace de sus probables cenizas, se recupera económicamente y aprovecha el comprensible envión de empatía generado por la muerte de Néstor Kirchner. Una característica que define a esa época es la utilización de recursos e instituciones del Estado para la persecución de opositores: desde la AFIP hasta los medios públicos.

La única forma de superar la grieta no es ignorarla, sino convencer a una mayoría de que esa forma de hacer política es contraria a nuestros fundamentos democráticos.

Ahí el kirchnerismo mostró su verdadera cara: polarización extrema, ideas económicas anticuadas y delirantes, desafío a la democracia liberal, partidización de las instituciones públicas, partidización del espacio público y la amenaza del “vamos por todo”. A lo largo de unos pocos de esos años, los efectos de la sinrazón en el manejo de la economía no se habían comenzado a sentir, y la euforia –expresada muy notablemente en los festejos por el Bicentenario– sumía a los partidarios del kirchnerismo en una embriaguez desafiante y agresiva. Más allá del acto violento que sufrí en la presentación de mi libro sobre el INDEC, en 2010, fueron años en los cuales me resultaba habitual ser interpelado en la calle provocativamente, como si yo hubiera hecho algo más que documentar la comprobada alteración maliciosa de las estadísticas públicas.

Fue en 2013 en que apareció la palabra. En una entrega de premios Martín Fierro, en el Teatro Colón, ante una perceptible tensión, Jorge Lanata hizo una descripción muy moderada de lo que estaba pasando y le puso el nombre de grieta: “Antes había más gente que yo saludaba acá, ahora hay menos”, dijo, en una forma sintética de representar esa tensión. Lanata en ese momento se limitó a describir el fenómeno que separaba amigos, parientes y compañeros de trabajo de una manera que hacía tiempo no pasaba. Fue más un diagnóstico que una denuncia y, casi desde la neutralidad, dijo que no se podía hacer un país con dos mitades enfrentadas.

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La separación de un país en dos mitades es un problema, pero la solución no puede ser ignorar que esa división existe. Especialmente cuando esa división está dada por la adhesión o no a un sistema abierto, de alternancia en el poder, que ha regido en la Argentina, mal que mal, desde diciembre de 1983. El kirchnerismo decidió hacerle caso a Laclau, dividir a la población en dos y señalar a la otra mitad con el dedo. La única forma de superar esa grieta no es ignorarla, sino convencer a una mayoría de la población de que esa forma de hacer política es inviable y contraria a nuestros fundamentos democráticos.

La grieta nos envilece

La grieta, entonces, separa sanamente a dos modelos de país. Esos modelos son irreconciliables. Pertenezco a uno de ellos y considero notablemente fallida la idea de que se puede estar por encima de esa disyuntiva, el famoso terreno inexistente conocido como Corea del Centro. Para salir de la remanida metáfora coreana, sería como haber querido superar el conflicto entre Alemania Occidental, una democracia liberal, y Alemania Oriental, una dictadura donde se espiaba sistemáticamente a sus ciudadanos, convocando al diálogo e invocando el amor. La historia demostró que un bando se mostró abrumadoramente más atractivo que el otro, y así fue como esa división desapareció.

Sin embargo, más allá de su saludable valor como frontera, la grieta nos envilece, como nos suele suceder con todas las creaciones del kirchnerismo. No porque nos separe, ya que no estamos obligados a pensar de una u otra manera. Nos degrada porque la pertenencia a nuestro lado nos provee de una satisfacción moral y un marco de interpretación general que hace nuestra vida mucho más cómoda y menos desafiante. Estar de un lado de la grieta, aislado, automatiza nuestras respuestas. Leemos todos los acontecimientos desde nuestro lugar. Cada cosa que aparece y toma el carácter de noticia –eventos cada vez más irrelevantes– son leídos como confirmaciones de nuestro posicionamiento, sin la posibilidad de ser revisados buscando algún otro tipo de lectura. En inglés, la palabra para “noticia” es “news”, que significa “nuevo”, pero cuando uno se instala en ese lugar de comodidad nada es nuevo, nada puede sorprender, todo es old. Las noticias se convierten en puntos de una serie de datos ya conocidos.

Los crímenes que conmovieron a la sociedad argentina este verano fueron recibidos por la grieta como datos que confirmaban presunciones. Para Victoria Donda, el asesinato de Fernando Báez Sosa a la salida del boliche de Villa Gesell fue un acto de “racismo”, importando conceptos y conflictos de otras sociedades, usando una categoría que nada tenía que ver con lo que realmente había sucedido.

Las noticias recibidas en la grieta reafirman nuestras ideas y juegan el papel del ‘smoking gun’, el revólver humeante con que confirmamos la culpa del sospechoso.

No me importa lo que diga Donda, que ha hecho de este tipo de automatismos un modus vivendi. Lo que me impacta es que el lado de la grieta en que yo elijo estar va generando el mismo tipo de respuestas. En el caso de la tortura y muerte de Lucio Dupuy a manos de su madre y la pareja de ella, el inexplicable acto fue recibido acá como la confirmación de los efectos de la ideología de género, el feminismo radicalizado y el odio al hombre. El razonamiento se caía por la misma enormidad del hecho: no hay ideología posible que lleve a una madre a consentir la violación de su hijo pequeño y aplicarle tanta violencia como para matarlo. El suceso, espeluznante, era aislado e inexplicable. Sin embargo, el anti-kirchnerismo más duro en las redes no sólo hizo esa interpretación sino que asoció a todo el movimiento verde al crimen, y especialmente a una de sus voceras, Marina Abiuso, a quien se le reprochó desde no cubrir el caso hasta adherir explícitamente a cualquier hecho de violencia contra un hombre, incluyendo el asesinato de Lucio Dupuy.

Las noticias no sólo son recibidas en la grieta sin la necesidad de procesarlas, como reafirmaciones de nuestras ideas, sino que además, en los casos más extremos, tienden a jugar el papel del smoking gun, el revólver humeante con que encontramos al sospechoso y nos confirma su culpabilidad. Para nuestro lado, la muerte de Lucio Dupuy era la prueba definitiva contra el movimiento feminista. La noticia de su calvario era la “noticia deseada”, la que evitaba dudas, cuestionamientos y el esfuerzo de pensar. Si te pusiste un pañuelo verde, en algún momento estás avalando el asesinato de un niño, y si pensás que no es así, la carga de la prueba queda de tu lado.

La ansiedad por la noticia que termina con las discusiones, que demuestra que estamos “del lado correcto”, lleva inevitablemente a dar por cierto cualquier cosa, incluso las más disparatadas. Así, uno es carne de cañón de los títulos gancheros que usan los medios, de los videographs escritos a las apuradas y con errores de ortografía, que simplifican y a menudo distorsionan el hecho que están describiendo. Se dan por ciertas afirmaciones aparecidas en una leyenda escrita en la pantalla pero nunca escuchada, sin corroborar si la transcripción es correcta, el tono y el contexto en que eso, o algo parecido, o algo ni siquiera parecido, fue dicho.

El extremo de esta actitud caracterizada por la ansiedad es el de dar por bueno al fake, a la imitación irónica de algún personaje, trampa en la cual han caído desde tuiteros rasos hasta diputados en ejercicio. La justificación posterior es que si bien no había sido, “podría haber sido”, argumento aberrante ya que cumple con una de las reglas básicas del accionar kirchnerista: borrar la distinción entre discurso y hechos, entre realidad y relato.

La grieta no se irá con discursos

Cuando tenía esta nota casi terminada, Horacio Rodríguez Larreta anunció su candidatura presidencial, con un discurso conceptualmente muy referido a la grieta, a la necesidad de superarla, invocando una genealogía del “odio” que no tiene mucho que ver con las ideas que desplegué aquí. Cuando el discurso político apela a nociones como “amor” y “odio”, emociones individuales sobre las cuales el mundo de la política no tiene nada que decir, se confunde peligrosamente lo público con lo privado. Sabiamente, la Declaración de Independencia norteamericana no prometía felicidad sino que resguardaba “el derecho a buscar la felicidad”. En los regímenes orwellianos, el amor y el odio se convierten en ministerios.

La grieta, invento del kirchnerismo construido sobre sus ideas autoritarias, tuvo consecuencias positivas: unificó al otro bando –al nuestro–, le dio identidad y fuerza, al punto de haber podido ponerles límite a las ambiciones de llevarse puestas a la justicia y la prensa libre. No hay ningún motivo para abandonar esa división, ya que la amenaza del kirchnerismo, aunque debilitada, sigue en pie. Sin embargo, como todo agrupamiento que tiende a la unión en contra de un enemigo en común, también tiende a ocultar diferencias profundas y a generar la comodidad de la idea de superioridad moral. La grieta está, no se irá a pesar de los discursos, y podrá tener un efecto positivo. Pero los peligros de su seducción son cada vez mayores.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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