ZIPERARTE
Domingo

¡Fascistas! ¡Comunistas!

Los españoles se gritan de todo pero al menos tienen cimientos políticos y económicos sólidos. A nosotros, en cambio, los males de la época nos agarran sin los deberes hechos.

El martes pasado, el Partido Popular ganó cómodo las elecciones en la Comunidad de Madrid y el resultado generó consecuencias políticas inmediatas: desapareció Ciudadanos de la asamblea madrileña y anunció su retiro de la política Pablo Iglesias, el fundador de Unidas Podemos, que se había bajado de la vicepresidencia para salvar a su partido de un papelón como el de Ciudadanos (eso lo logró). Igual lo que me interesa de la elección madrileña para contar acá no es su resultado sino la campaña, que alcanzó niveles inusitados de agresividad y polarización. Estos dos tuits reflejan el tono de la discusión en las últimas semanas:

 

Estas frases, que colocan al adversario completamente fuera del juego democrático, parecen una caricatura o el paroxismo de lo que en Argentina llamamos “grieta”, pero refleja también lo caliente que ha estado la política española en los últimos años.
No es España, por supuesto, el único país desarrollado que ha tenido una política caliente. En Estados Unidos, Francia, Italia y el Reino Unido, en algunos más claramente que en otros, han surgido movimientos políticos partidarios o sociales dispuestos a lanzarle piedras al orden institucional vigente desde hace 75 años, basado en paz y prosperidad administradas por unas tecnocracias centristas cada vez más percibidas como un poco aburridas y lejanas (la Unión Europea, el caso más patente).

Estas tecnocracias centristas generaron entre algunos de los que se sienten afuera y en las nuevas generaciones de la clase media educada un deseo de poner en disputa, por izquierda y por derecha, un esquema que ha tenido éxitos indudables (los últimos 75 años son los más pacíficos y prósperos de la historia de Europa) pero al que le cuesta ofrecer una visión de futuro. No tengo nada contra las tecnocracias centristas y creo que es algo que (suponiendo que tuviera apoyo social y político) le vendría muy bien a la Argentina, al menos por un tiempo. Pero es cierto que a la democracia liberal le está faltando algo de imaginación política para ofrecer un nuevo sueño y que esa falta de imaginación es en parte culpable de estos invasores que le brotan alrededor y, en algunos casos, como Estados Unidos con Trump, le llegan hasta la propia casa de gobierno.

No tengo nada contra las tecnocracias centristas y creo que es algo que le vendría muy bien a la Argentina, al menos por un tiempo.

También es cierto que gobernar se ha vuelto muy difícil, en cualquier país. El surgimiento del público como actor político –no sólo a través de las redes sociales– y la pérdida de confianza en las élites generan, como dice Martin Gurri, un clima en el que para cada decisión hay decenas de grupos con poder de veto. El clima de la época en Occidente es más democrático y más horizontal, pero también más caótico, emocional y difícil de encauzar políticamente. En la democracia liberal, y ahora le robo a Moisés Naím, ya casi nadie tiene poder para hacer nada. O, como decía un ex jefe mío, ex funcionario del gobierno de Cambiemos, mitad en serio mitad en broma: “Nadie maneja nada”.

Así y todo, los países desarrollados occidentales están resistiendo bastante bien el bronco embate populista, al que se sumó en el último año y medio una emergencia tan severa y desconcertante como la pandemia. Y lo hicieron en buena parte gracias a los cimientos y la memoria acumulada de sus viejas instituciones políticas y económicas, desprestigiadas, desacreditadas, acusadas de no estar preparadas para las necesidades de este siglo, pero indudablemente gauchitas para mantener unido lo que de otra manera se habría venido abajo. A pesar de los sacudones y los diagnósticos agoreros, no ha habido en estos países crisis financieras ni políticas ni grandes revueltas sociales. Estados Unidos pensó a principios de año que con la toma del Capitolio se abría una etapa negra en su democracia y, sin embargo, asumió Biden y ahora de repente el trumpismo parece un mal sueño que nadie quiere recordar.

En esto pensaba hace unos días cuando veía la virulencia del debate político en España, donde los candidatos de izquierda asustan sobre un regreso del fascismo y los candidatos de derecha advierten sobre un ascenso del comunismo. Los españoles creen que su democracia está al borde del colapso, por el desafío soberanista de Cataluña (que no se resuelve nunca), el surgimiento de Vox y la llegada de Podemos a la Moncloa, que creó un clima imposible para lograr acuerdos duraderos o al menos una convivencia como la de antes, de rivalidades públicas pero cañas compartidas en los garitos del centro.

Veo a la democracia española, comparada con la nuestra, razonablemente firme, en parte no menor porque tienen la macroeconomía resuelta y las instituciones políticas afirmadas en la Unión Europea.

Pero yo la veo, comparada con la nuestra, razonablemente firme, en parte no menor porque tienen la macroeconomía resuelta (gracias al euro y los alemanes) y las instituciones políticas afirmadas en la Unión Europea, dos platos de los que ningún político español se anima a sacar los pies. Teniendo eso, pensaba, acúsense de comunistas o fascistas, si total la capacidad de daño de los eventuales comunistas o fascistas en cualquier caso será bastante reducida.

No quiero negar los problemas ni los desafíos de la política española, no soy quién para hacerlo, y además todos los países tienen sus problemas, que deben tomarse en serio: sólo digo que los españoles pueden considerarse afortunados de que la época actual de polarización y crisis de confianza los agarró ya con las cuestiones principales decididas y consolidadas. A nosotros los argentinos, en cambio, que sufrimos los mismos males de la conversación caótica, la capacidad de veto y los gobierno débiles, la época nos agarra con las cuestiones básicas de la convivencia sin resolver: todavía hay quien discute la legitimidad o los beneficios de la división de poderes y la libertad de expresión (principalmente, en el kirchnerismo) y todavía hay quien discute la legitimidad y los beneficios de una macroeconómica con equilibrio fiscal e independencia del Banco Central (principalmente, otra vez, en el kirchnerismo).

No tenemos refugio

Esto me pone pesimista, algo que casi nunca soy. Pero si compartimos el diagnóstico sobre la dificultad de llegar a acuerdos (no sólo en la Argentina, sino en todas las democracias), la debilidad intrínseca de cualquier gobierno (por culpa del bullicio horizontal y anti-élites de la nueva conversación pública, entre otros factores) y la persistencia de al menos un tercio de nuestro sistema político (no hablo de los votantes, sino de los dirigentes) en creer que estas instituciones básicas de la economía y la democracia liberal ni siquiera son deseables, entonces es imposible no pensar que estos dos acuerdos, indispensables para sacarnos del pantano, todavía están lejos.

Las noticias de las últimas semanas parecen darme la razón. La creciente agresividad del oficialismo contra la Corte Suprema, la incertidumbre sobre el calendario electoral y la debilidad cada vez más notoria de su ministro de Economía  –un terrícola rodeado de marcianos– auguran un futuro próximo complicado en ambos frentes, tanto en lo institucional como en lo económico. Si el huracán de la época y el tifón de la pandemia nos hubieran agarrados con estos mástiles más firmes, no habría un gobierno que cuestiona la legitimidad de los jueces y sí habría un gobierno que, con sus virtudes y defectos, estaría intentando ordenar el desorden histórico de la macroeconomía argentina. 

La creciente agresividad del oficialismo contra la Corte Suprema, la incertidumbre sobre el calendario electoral y la debilidad de su ministro de Economía auguran un futuro complicado.

No quiero seguir por este camino, que me llevaría a preguntarme cómo seguimos, con quiénes nos ponemos de acuerdo para trabajar sobre estas bases, cómo lograr la mayoría social para estos cambios. Serán temas para otro día. Luis García Valiña dijo acá la semana pasada que el kirchnerismo es una anomalía, “que no puede integrarse en el sistema político por las vías institucionales habituales”. Alberto Föhrig le respondió el miércoles que antes que negociar hay que ganar las elecciones, obtener resultados populares y, recién ahí, “[establecer] bases de diálogo democrático con el peronismo republicano”. Son buenos puntos de partida para arrancar a pensar. En cualquier caso, hay que crear una nueva coalición (no partidaria, sino política y social) que esté dispuesta a avanzar por este camino, lo suficientemente fuerte como para soportar los obstáculos que puso la época.

Un último punto sobre la falta de estos consensos básicos es su efecto sobre nuestra vida cotidiana. Al tener la política y la economía casi blindadas frente al ariete de la polarización y el populismo, es posible todavía para un ciudadano español o estadounidense mantenerse aislado de la política, refugiado en su vida privada, su arte o su negocio, su familia o su religión, sin apenas verse afectado por los vaivenes del palacio y la calle. Hay otros ciudadanos, millones de ellos, que en estos años han salido a reclamar por sus derechos o se han convertido en activistas de las causas más diversas. Estos ciudadanos también son una marca de la época: su politización amplía la participación (bueno) y multiplica los vetos (malo). Pero no es obligatorio participar: hay un refugio para quien quiera estar a salvo de los fracasos de la política y del Estado.

El gobierno de Cambiemos quiso corregir esto. No pudo hacerlo, pero al menos siempre buscó poner ese piso firme de certezas institucionales y macroeconómicas.

En la Argentina, en cambio, llevamos las marcas del medio siglo de fracaso de la política y del Estado todos los días en nuestras propias vidas: a veces con latigazos, como las crisis que nos tocan cada tanto; y a veces en arenas movedizas, en las que nos hundimos casi sin darnos cuenta. Empeoran los servicios del Estado, los bandazos en el tipo de cambio nos hacen ricos o pobres con semanas de diferencia, millones se resignan a vivir arrastrados por la marea política. El gobierno de Cambiemos, del que participé, quiso corregir esto. No pudo hacerlo, por las razones que fueran, pero al menos siempre buscó poner ese piso firme de certezas institucionales y macroeconómicas que, en mi opinión, sigue siendo el único camino posible hacia el futuro.

Apuntemos a ser como los españoles: nos acusaremos de fascistas o de comunistas casi como si fuera un juego, porque sabremos que, debajo de la hojarasca política, el ruido de los medios y el fragor de las redes sociales hay un piso firme de instituciones, solidez macroeconómica y Estado (razonablemente) eficaz donde haremos pie y podremos seguir con nuestras vidas. Con ese poco me conformo. Después discutimos todo lo demás.

 

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Periodista y escritor, autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros. En el gobierno de Cambiemos fue subsecretario de Comunicación Estratégica de Jefatura de Gabinete.

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