ZIPERARTE
Domingo

El pueblo contra
Mark Zuckerberg

Las tecnológicas de Silicon Valley ignoraron al Estado todo lo que pudieron. Ahora les toca jugar el juego de la política como un actor más. En Argentina ese momento no llegó, pero llegará.

A principios de este mes, las acciones de Facebook cayeron un 25% después de que la empresa admitió que sus ingresos estaban estancados y que las perspectivas para los próximos meses no eran buenas. La empresa, que ahora se llama Meta, admitió que las nuevas normas de privacidad de Apple, que hacen más difícil la publicidad segmentada, le van a costar 10.000 millones de dólares por año. Pero el dato que más llamó la atención de los analistas fue otro. Por primera vez en casi dos décadas, dijo Meta, la cantidad de usuarios activos de Facebook había bajado. No mucho, menos del 1%, pero para una empresa que, para bien o para mal, se estaba comiendo el mundo y cuyo atractivo (para algunos) y su amenaza (para otros) estaban basados en su crecimiento imparable, la noticia puede marcar un antes y un después en muchos sentidos.

Facebook está en problemas. Hace mucho tiempo que no tiene innovación propia –quizás desde el News Feed, de 2006, rebautizado en estos días como Feed a secas– y buena parte de su crecimiento reciente ha venido de comprar empresas, como Instagram y Whatsapp, o copiar elementos de otras redes, el más famoso de ellos las stories de Instagram, idénticas a las de Snapchat. Se ha convertido, por otra parte, en la red social de los viejos, frente a un público joven que prefiere Instagram o, cada vez más, Tik-Tok. Mark Zuckerberg, su fundador y CEO, sabe todo esto, y por eso está invirtiendo capital físico y simbólico en lo que él cree que será la próxima “gran cosa” de la Internet: el Metaverso, un mundo virtual donde supuestamente vamos a pasar buena parte de nuestro nuevo tiempo en Internet. El Metaverso puede triunfar o fracasar (en lo personal, soy escéptico), pero difícilmente elimine las preguntas que se está haciendo todo el mundo sobre el futuro de Meta y, por extensión, de las grandes compañías tecnológicas.

Para el establishment internacional, el problema de Facebook no era su falta de innovación o el envejecimiento de sus usuarios, sino su rol público.

Estas preguntas se suman a las que la política, los medios y los intelectuales se venían haciendo sobre Facebook desde hace por lo menos una década. Para el establishment internacional, el problema de Facebook no era su falta de innovación o el envejecimiento de sus usuarios, sino su rol público. En estos años fue acusada –junto con otras redes sociales y empresas de tecnología, pero siempre por delante de las demás– de ser culpable de la polarización política, alentar movimientos extremistas, generar depresión y anorexia en adolescentes, usar algoritmos adictivos y de ser, literalmente, “la mayor autocracia del planeta”, entre otras.

La reputación de Facebook, por lo tanto, ya estaba en el sótano en octubre pasado cuando una ex ejecutiva de la empresa filtró una serie de documentos donde, supuestamente, Meta admitía buena parte de las acusaciones en su contra. En mi opinión, la interpretación de la prensa estadounidense sobre estos documentos fue exagerada e histérica (como casi siempre que cubren a Facebook), pero la reputación es una percepción, y Facebook estaba otra vez apagando fuegos mediáticos. Para dar una idea del nivel del debate, en esos días entrevistaron en CNN al vicepresidente de asuntos globales de Facebook y el periodista le dijo, abiertamente: “Siento que estoy entrevistando al director de una tabacalera”.

Entrevistaron en CNN al vicepresidente de asuntos globales de Facebook y el periodista le dijo, abiertamente: “Siento que estoy entrevistando al director de una tabacalera”.

A todas estas acusaciones Facebook ha respondido a regañadientes, con mejoras marginales de sus algoritmos y comités de ética para revisar qué cuentas suspender y en qué condiciones censurar los posteos de sus usuarios. Pero nunca convencida de que las críticas tuvieran sentido, en parte porque veía (correctamente) que muchas de ellas estaban motivadas. Los medios tradicionales desconfían de Facebook desde que perdieron el monopolio de la intermediación entre la política y los ciudadanos (y, sobre todo, desde que perdieron el monopolio publicitario). Y la política critica a Facebook porque las redes canalizaron una insatisfacción del público con las élites que antes estaba sumergida y podía ser ignorada.

Otro motivo por el cual Facebook ignoraba las críticas del establishment era que su nacimiento y su crecimiento había estado influido por la ética vagamente hacker, anarquista e idealista de Silicon Valley, que acompañaba sus objetivos de rentabilidad con objetivos de “mejorar el mundo”, pero siempre al margen de la política y los Estados-Nación. No necesariamente en contra, pero sí al margen, como si los Estados fueran un asunto menor, irrelevante en el camino de su misión y su negocio. Steve Jobs pensaba de una manera parecida y casi todos los pioneros digitales californianos, como mostró Alessandro Baricco en The Game, estaban imbuidos, conscientemente o no, de este espíritu.

Traje y corbata

Esa etapa parece terminada. Ni Facebook ni Zuckerberg –ni, tampoco, Twitter, Google, Apple o Amazon– tienen ya margen para ningunear su relación con la política y los gobiernos. Zuckerberg quiso ignorar la política todo lo que pudo, hasta que un día se encontró de traje y corbata testificando ante una comisión del Senado de Estados Unidos, donde lo acribillaron durante horas, por derecha y por izquierda. Durante años estas empresas cruzaron fronteras y juntaron cientos de millones de usuarios ante Estados atónitos, que no sabían bien qué hacer con ellas. No digo que ahora sepan qué quieren, pero por lo menos parecen haber encontrado fuerza para enfrentarlas. El Congreso de Estados Unidos está debatiendo una ley anti-monopolio contras las empresas tecnológicas. La Unión Europea le pide a Facebook que mude a Europa todos sus servidores con información sobre usuarios europeos. Independientemente de cómo terminen estos episodios –y tantos otros que están dando vueltas–, lo que es innegable es que el crecimiento silvestre de las empresas tecnológicas encontró su límite regulatorio. 

Lo que es innegable es que el crecimiento silvestre de las empresas tecnológicas encontró su límite regulatorio.

La novedad es la debilidad económica de Meta-Facebook. ¿Cómo reaccionarán los Estados frente a un monstruo que ya no pisa tan fuerte? Se me ocurren dos hipótesis: una es que la vayan olvidando, porque sienten que ya no es tan amenazante y es menor el rédito político de luchar contra un rival sin fuerza. La otra es que, después de años a la defensiva, aprovechen la debilidad de Facebook para lanzar un ataque que la deje temblando, con regulaciones sobre el uso de datos o de defensa de la competencia, que incluso la obliguen a dividirse en partes. La propia Facebook también podía darse el lujo de encogerse de hombros ante los embates regulatorios, porque crecía sin parar. Ahora, que perdió 300.000 millones de dólares en valor de mercado en apenas un par de semanas, va a tener que tomarse más en serio el juego. 

No tengo una opinión positiva o negativa de Facebook. Hace años que no lo uso, ni tampoco uso mucho Instagram (mi corazoncito es de Twitter). Pero sí creo que las críticas de los últimos años han sido exageradas, especialmente a partir de la aparición de Donald Trump, que distorsionó al infinito muchos de los debates sobre la salud de la conversación pública. Mi lupa para mirar el auge de las redes sociales es parecida a la de Martin Gurri, autor de The Revolt of the Public, uno de los mejores libros para entender lo que está pasando en la intersección entre tecnología, democracia y libertad de expresión. (Me dicen mis fuentes que el libro tendrá edición argentina este año, de la mano de la editorial Adriana Hidalgo.) La tesis principal de Gurri es que las redes sociales empoderaron al público, y que el público está usando este nuevo poder para atacar –pero no para reemplazar– las instituciones dominantes tradicionales. Esto, que muchas veces es retratado como algo negativo, también permitió generar movimientos como la Primavera Árabe, hace ya diez años, o más cerca de casa, Ni Una Menos, hace casi siete. Las redes son muy buenas para reunir y amplificar descontento; no tan buenas para construir alternativas. En ese camino, las instituciones tradicionales (gobiernos, medios, cualquier tipo de autoridad) se han sentido amenazadas, con mucha lógica. En ese baile estamos.

Mercado no tan libre

Dicho todo esto, ¿hay una lección para Argentina sobre este camino hacia la adultez política de las empresas tecnológicas? Nosotros no tenemos redes sociales (usamos las extranjeras), pero sí empresas tecnológicas de nivel mundial o regional, que de a poco se van topando con su límite burocrático. Mercado Libre, por ejemplo, es hoy la empresa más grande de Argentina, 15 veces más grande que YPF, cuatro veces más grande que Tenaris-Techint, y sin embargo su fundador, Marcos Galperín, parece retirado (incluso físicamente) de la discusión política. Galperín no oculta sus preferencias políticas (ha fiscalizado para Juntos por el Cambio), pero parece oscilar entre sus ganas de involucrarse o no involucrarse en lo público. Su empresa ha crecido, como muchas otras tecnológicas, en terrenos apenas regulados, tomando por sorpresa al Estado y a las corporaciones que cobran peajes y derechos de piso en este país. ¿Les llegó el momento a Galperín y a sus colegas (como Martín Migoya, de Globant, o Alec Oxenford, de OLX) de hacerse cargo de su importancia económica e involucrarse más directamente en su relación con el Estado, lo público y la democracia?

Quizás no lo necesiten todavía –aunque el conflicto de Mercado Libre con los Moyano fue un anuncio muy nítido de choques por venir–, pero sin duda ese momento llegará, como les llegó a Zuckerberg y a sus colegas de Silicon Valley. En Argentina, además, el desafío es doble, porque no sólo deben preocuparse por la viabilidad de sus empresas sino también de la propia viabilidad democrática y económica del país, que no está garantizada. Con la dirigencia empresaria tradicional pidiendo urgente un recambio generacional –Paolo Rocca cumple 70, Héctor Magnetto tiene 77, Cristiano Rattazzi tiene 74, por nombrar sólo tres–, quizás ese momento esté más cerca de lo que ellos piensan.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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