JOSÉ LUIS GALLIANO
Domingo

El populismo liberal
de Milei (IV)

¿Debemos los liberales subir siempre por la escalera mientras los demás suben por ascensor?

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Mi columna sobre el populismo liberal de Milei, publicada en Seúl el mes pasado, suscitó dos réplicas muy interesantes, una de un gigante del campo intelectual como Loris Zanatta y la otra de dos reconocidos expertos en filosofía liberal con quienes me une un largo lazo de colegialidad: Enrique Aguilar y Guillermo Jensen. Me siento muy honrado de que se hayan tomado el trabajo de discutir mis ideas, que eran, por otra parte, totalmente exploratorias. Me parece además muy saludable que después de tanto tiempo de vivir recluidos en la catacumba de los seminarios, los liberales volvamos a sentir que nuestros debates merecen salir al ágora. Nobleza obliga: en gran parte se lo debemos a Javier Milei. Y un poco también a esta revista.

Me gustaría empezar con dos aclaraciones. La primera es que en mi columna original la figura de Milei era más bien anecdótica, aunque admito que el solo hecho de mencionarlo ya marca una pauta interpretativa. Sin embargo, mi reflexión pretendía ir un poco más allá. Lo que realmente me interesaba era entender qué debemos hacer los liberales cuando habitamos una cultura política reaccionaria que nos condena al fracaso de manera recurrente. El liberalismo argentino no va a terminarse con Milei: de hecho, como él mismo reconoce, Milei ni siquiera es realmente un liberal. Por eso me parece bueno que aprovechemos la ocasión para pensar si tenemos que revisar nuestra hoja de ruta o seguimos con lo mismo de siempre. Si a Milei le va mal, ¿qué hacemos el día después?

La segunda aclaración es un poco más específica pero más importante. Muchos colegas me señalaron que la dicotomía “formas versus contenidos” que usé en el ensayo podía terminar avalando interrupciones del orden constitucional o actos ilegales al estilo de Bukele en El Salvador. Dicen Aguilar y Jensen: “Lo más preocupante del artículo de Montero es que parece concluir que el orden constitucional y sus limitaciones al Ejecutivo son un escollo”. Nada más lejos de mis intenciones. Con “formas” me refería al abuso de la retórica polarizante y “rayana en el gnosticismo revolucionario”, a los ataques permanentes contra una clase política que es denunciada in toto como inmoral, y a la apuesta por convertir la vida civil en un sistema de trincheras donde no se salva ni Lali Espósito. Para que no queden dudas: si existe un espacio conceptual para el populismo liberal, tiene que mantenerse siempre dentro de los márgenes de la ley, aun si tiene un tinte refundacional. 

Si existe un espacio conceptual para el populismo liberal, tiene que mantenerse siempre dentro de los márgenes de la ley.

Pero no todo lo que es legal satisface los estándares ideales que deseamos para una democracia liberal; y ésta, me parece, es la médula de la discusión. Por dar solo un ejemplo: a los liberales los DNU no nos gustan nada. Impiden la deliberación, distorsionan la división de poderes y exacerban el presidencialismo. No obstante, nuestra práctica legal lamentablemente los acepta y el peronismo los usó discrecionalmente cuando no le alcanzó con las mayorías automáticas y los superpoderes. Milei rompería el orden constitucional si sostuviera el DNU incluso después de que el Congreso o los tribunales lo rechazaran. Mientras no dé ese paso se mantendrá dentro del áspero juego de contrapesos que constituye la esencia de la república. No alimentar la imagen del Milei dictatorial que tendría que “irse mañana” para salvar la democracia es un acto de responsabilidad intelectual para cualquier demócrata sincero. Le guste Milei o no.

La génesis del liberalismo argentino

Vamos ahora a lo sustancial: la génesis del liberalismo argentino. Hay muchas lecturas posibles del proceso que nos llevó a la Constitución de 1853. Aguilar y Jensen están convencidos de que la gran virtud de los constituyentes fue dejar atrás el populismo rosista tanto en el fondo como en las formas. En su razonable versión, los ganadores de Caseros se auto-impusieron severas restricciones que honraron contra viento y marea, y solo usaron la nueva Constitución “como un arma contra quienes no querían limitar el poder, ni consagrar derechos y garantías para todos los ciudadanos”. 

No soy especialista en historia pero esta manera de ver el proceso me suena un tanto selectiva. La Constitución de 1853 no nació de un feliz Pacto de La Moncloa, de la espontánea evolución de la dictadura rosista que imploró Alberdi en algún momento, ni de la súbita conversión republicana de los caudillos federales. Surgió de dos victorias militares, una en Caseros y la otra en Pavón; y el camino que nos llevó de esa Constitución al verdadero rule of law tampoco fue un lecho de rosas. Hubo intervenciones federales a mansalva, artillería y sitio para Carlos Tejedor, reformas modernizadoras como las de Roca que fueron muy resistidas y generaron una enorme división, y todo un ciclo de levantamientos cívicos para lograr la ley electoral que nos convirtió en una democracia. No olvidaría, además, que los creadores del orden constitucional llevaron a cabo una colosal tarea de transformación cultural desde el Estado, donde el lema “civilización o barbarie” funcionó como el clivaje dominante y labró la después denostada “historia oficial”. 

La Constitución de 1853 no nació de un feliz Pacto de La Moncloa, de la espontánea evolución de la dictadura rosista.

Si mi interpretación es plausible, habría que concluir entonces que el éxito del proceso que discutimos tuvo mucho que ver con la decisión de imponer un modelo político mediante todos los recursos que la Constitución permitía. Y esto nos trae de vuelta al presente: cuando la fuerza política que gobierna la mayor parte del tiempo echa mano de todos los atajos imaginables para modelar el Estado y la sociedad a su imagen y semejanza, ¿podemos los liberales relajar un poco nuestros elevados ideales de moralidad política mientras respetemos la legalidad y los derechos individuales? ¿O debemos subir siempre por la escalera mientras los demás van en ascensor? De fantasmas como Chávez, Bukele y Orbán, o para el caso Pinochet, no me hago cargo. Nunca los invité a la mesa; de eso estoy seguro. Para la pregunta de fondo, en cambio, no tengo una respuesta taxativa. Es posible, como dice Zanatta, que el experimento populista de Milei sea “incapaz de convencer al pueblo de las virtudes del liberalismo” y acabe por enterrarlo en una fosa todavía más profunda. La moneda está en el aire.

La superestructura y el camino de los consensos 

En esta parada Zanatta está de mi lado: en su réplica dice expresamente que en Argentina el constitucionalismo liberal “ganó a las patadas”. De hecho, según su interpretación, esto explica su fracaso. El liberalismo nunca logró popularizarse precisamente porque no surgió de forma “endógena” sino como una incrustación elitista enfrentada a la cultura de la colonización católica. Por eso, inspirándose en experiencias un poco más felices como las de España, Italia y Chile, Zanatta recomienda insistir con los “vastos acuerdos y compromisos entre fuerzas políticas y corrientes ideales heterogéneas, socialdemócratas y liberales, demócratas cristianas y conservadoras”. Se reconoce como el primero de los escépticos, pero cree que no hay más remedio que jugar el juego. ¿Hasta que las “fuerzas del cielo” se apiaden de nosotros? 

En teoría yo no podría estar más de acuerdo. El problema es la realidad. En la transición española hubo dos actores clave que eran en principio muy poco liberales. El Presidente Suárez, un apparatchik del régimen elegido por su escaso vuelo político y su incapacidad para innovar, se convirtió contra todo pronóstico en el gran verdugo del franquismo. Contó para ello con la abnegada cooperación de Santiago Carrillo, el líder comunista que sepultó su carrera política y destruyó su propio partido para dejar como legado una democracia constitucional abierta a la integración capitalista. También en Chile los políticos de izquierda abjuraron rápidamente del lucrativo mito de Allende y su intención de instaurar un socialismo a la cubana para convertirse en modestos defensores de un capitalismo social de mercado con el que la centro derecha puede convivir.  

¿Kicillof, Massa o Wado estarían llamados a ser los Santiago Carrillo que convertirían al PJ en la expresión vernácula del PSOE o el Partido Socialista de Chile?

¿Cuál sería en la Argentina la materia prima para este plan A? ¿Los que proponían un consenso del 70% con las corporaciones que voltean gobiernos y hacen política con la billetera, las prebendas y la pauta? ¿Kicillof, Massa o Wado estarían llamados a ser los Carrillo que convertirían al PJ en la expresión vernácula del PSOE o el Partido Socialista de Chile, como alguna vez creímos que lo haría Antonio Cafiero? ¿Serían los “socialdemócratas” que hicieron campaña activa por Massa, incluso en contra de su propia candidata, los que apoyarían el paquete de reformas necesario para sentar las bases de un futuro socialismo escandinavo? ¿Esos mismos que en lugar de ofrecerle a Milei la alianza parlamentaria que tanto necesita para arrastrarlo al centro prefirieron marcarlo como su límite y gritaron a viva voz que la sociedad los eligió para ser opositores? ¿Los que querían borrar al PRO de la faz de la CABA? No termino de verla; y con Pichetto, Tetaz y Schiaretti no alcanza.

Volvemos así a la misma pregunta: ¿qué podemos hacer los liberales cuando las condiciones de aplicación de nuestro manual se desvanecen en el aire o quedan sepultadas bajo 14 toneladas de piedra? ¿Aprovechar la breve primavera para empujar la taba tanto como la ley permita y llegar mejor parados al momento de la negociación? ¿Cortar la línea de provisión de las mafias que organizan golpes mientras todavía estemos a tiempo? ¿Amenazar con la revolución para subirnos el precio y desbrozar el mucho más razonable sendero de la reforma? ¿Tenemos permiso los liberales para usar todas las herramientas de la política? ¿O tenemos que llevar con orgullo el corset de lo ideal? Si éste es el plan de Milei, no lo sé. Si los liberales podemos convalidarlo o tenemos que denunciarlo, tampoco. Mi única certeza es que la tradición de la discusión radical fue la que hizo grande al liberalismo. Por eso me permito concluir  parafraseando a un gran maestro: los liberales tenemos el deber de conservar la libertad crítica, aun a costa de desagradar a los amigos. Sigamos debatiendo entonces; es un derecho que nos hemos ganado.

 

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Julio Montero

Filósofo y doctor en Teoría Política por University College London. Investigador de Conicet y profesor de la Universidad de San Andrés.

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