JAVIER FURER
Domingo

El fin del peronismo

¿Está el kirchnerismo llevando al declive al movimiento político más importante de nuestra historia?

Getting your Trinity Audio player ready...

 

Los argentinos hemos pronosticado el declive y final de miles de cosas (el rock, el capitalismo, la televisión, los diarios de papel) pero no del peronismo, que siempre nos pareció eterno. Pasaban las modas políticas y sociales, cambiaban los gobiernos, los modelos económicos y las preferencias de la sociedad, pero nada sacudía en nuestras mentes el rol de peronismo como núcleo del sistema político argentino.

Creo, sin embargo, que la crisis actual del justicialismo es distinta a otras anteriores e invita a preguntarnos si esta vez –con reducido poder institucional, desconectado de la clase media, encapsulado ideológicamente, exhausto políticamente– no está finalmente entrando en un proceso de declive de largo plazo. No es ni de cerca al único partido político al que le pasa, pero es relevante que le pase también al peronismo, el movimiento-partido más ganador y más poderoso de la historia argentina.

Cuando uno los escucha a Axel Kicillof o a Cristina Kirchner, ahora presidenta del Partido Justicialista, decir que van a ganar las elecciones y que el próximo gobierno tendrá que corregir tal o cual desastre del gobierno actual, siente que no existe en e peronismo mainstream una percepción de que su crisis es grave. Simplemente se perdió una elección: ya “vamos a volver”. Sin embargo, mi impresión es que el peronismo se encuentra en un callejón por ahora sin salida, en piloto automático, sin atisbos de renovación y con parte de su electorado histórico por primera vez seducido por otro partido. Y creo que el principal responsable de ese declive y de esta parálisis es el kirchnerismo, el sector que lleva 20 años siendo la fuerza dominante dentro del peronismo. 

Gobierna apenas ocho provincias, la mitad que hace dos años, y sólo dos de ellas tienen más de un millón de habitantes.

Empiezo por el diagnóstico institucional. Entre 1983 y 2011, el PJ ganó cinco de siete elecciones presidenciales, pero perdió dos de las últimas tres y en la más reciente hizo la peor elección presidencial de su historia (el 36% de Sergio Massa). Nunca tuvo menos diputados nacionales que ahora y en el Senado perdió la mayoría que había disfrutado durante décadas. Gobierna apenas ocho provincias, la mitad que hace dos años, y sólo dos de ellas tienen más de un millón de habitantes: Buenos Aires, su bastión, y Tucumán, cuyo gobernador parece más leal a la Casa Rosada que a la conducción partidaria. Por lo tanto, aun antes de examinar cuestiones más interpretativas, es importante dejar en claro que desde el regreso de la democracia el Partido Justicialista nunca ha tenido tan poco poder institucional como ahora, a pesar de que hace poco más de una década tenía 150 diputados y gobernaba 18 de las 24 provincias.

Además, otros de sus resortes tradicionales también parecen haber perdido influencia. La CGT, por ejemplo, que antes contenía al movimiento obrero cuando gobernaba el PJ y volvía locos a los otros gobiernos, ya no tiene ni de lejos la misma capacidad de presión. Incluso los movimientos sociales, actores de este siglo que también funcionaron como válvula de escape en el oficialismo y azote callejero en la oposición, han perdido su mística, su influencia y, ahora, su financiamiento. Tanto en el palacio como en la calle, el peronismo, que se sentía el sol alrededor del cual orbitaban los demás (así lo sentíamos también los que orbitábamos), está en su momento histórico de menos poder e influencia.

Renovadores y ortodoxos

¿Cómo está reaccionando el PJ ante esta situación? En 1983, cuando sufrió una derrota similar a la de hace un año y medio, el peronismo inició un proceso de introspección del que emergieron triunfantes los “renovadores”, que proponían un PJ más moderado y reconciliado con las instituciones democráticas, y perdieron los ortodoxos que defendían un peronismo guerrero de base sindical. Ahora, en cambio, no se ve ningún proceso de introspección. Al menos entre los dirigentes importantes. El conflicto principal se da entre Cristina y Kicillof, que pueden tener conflictos personales o políticos (nadie sabe bien cuáles son) pero piensan lo mismo sobre la economía y la política que hace diez años y piensan lo mismo entre sí. Aun si Kicillof emergiera triunfador de la disputa y el peronismo lograra cortar el cordón umbilical con Cristina, la ideología dominante del peronismo seguiría siendo la misma: un dogmatismo anacrónico (y ahora impopular) en cuestiones económicas y una rigidez doctrinaria en cuestiones políticas y sociales, algunas importadas de la izquierda, que puede ser movilizadora pero no construye mayorías.

Esto es curioso porque una característica central del peronismo, durante décadas, había sido saber adaptarse a los tiempos. Fue estatista y derrochón con el primer Perón; austero y ortodoxo con el segundo. Nacionalista de izquierda en los ‘70, neoliberal en los ‘90 y chavista-friendly en los ‘00, como pedía cada época. Desde el fin del boom de las commodities –más precisamente, desde que Cristina puso el primer cepo después de reelegirse en 2011–, el kirchnerismo no ha tenido una visión de futuro sobre la economía, un modelo de crecimiento, y se ha mantenido fiel a su rechazo al “neoliberalismo” como si eso fuera suficiente para reemplazarlo. Incapaz de ajustar, sólo le quedó la inflación. Hoy, que el déficit fiscal, subsidiar la energía por lo que vale y emitir dinero está mal visto, podría haber voces rebeldes en el peronismo (“renovadoras”, como las de los ‘80) pidiendo adaptarse a los tiempos y dejar el terraplanismo atrás. Pero no las hay.

¿Quién dentro del peronismo se anima a criticar la política económica de Kicillof? ¿O quién se atreve a decir que el peronismo tiene un problema con la corrupción (17 funcionarios y afines condenados) y que para recuperar su relación con la sociedad, sobre todo con la clase media, hay que hacer un mea culpa y un compromiso de no afanar más (o afanar menos)? Si hubo alguien, pienso en el cordobesismo y otros pocos, ya no están en el justicialismo. O, como Massa y Alberto Fernández, ya no lo dicen más. La derrota contra Macri generó alguna autocrítica dentro del peronismo y un tímido desafío contra el liderazgo de Cristina. La derrota contra Milei, prácticamente ninguna, y Cristina, que había tenido una relación de amor-odio con el PJ, hoy es la presidenta del partido.

¿Quién se atreve a decir que el peronismo tiene un problema con la corrupción y que para recuperar su relación con la sociedad, sobre todo con la clase media, hay que hacer un mea culpa?

Cuando digo que el peronismo está preso del dogmatismo doctrinario, a veces heredado del progresismo, pienso, por ejemplo, en el discurso sobre seguridad. ¿Es obligatorio que el peronismo sea tan garantista y anti-policía como viene siendo hace 20 años? Me parece que no, y encima esta ofuscación le ha hecho perder conexión con una parte cada vez más importante de la sociedad, preocupada genuinamente por la inseguridad. El peronismo era el partido del orden, el partido del Estado; ahora es el partido del desorden, del descontrol en las calles, de tirar piedras contra la policía y rebelarse como troscos. El kirchnerismo lo hizo así, pero no tiene por qué ser así para siempre. Lo mismo pasa con muchos otros temas, como la educación, el empleo público, la cultura del trabajo: la sociedad fue cambiando, el mundo fue cambiando y el peronismo, que antes veía estos cambios antes que nadie, se quedó quieto.

Cuando hablo de esta unanimidad hablo de los dirigentes importantes. En las redes, en los streams y en las revistas digitales sí veo gente interesante y más o menos joven tratando de proponer un peronismo distinto, desde Martín Rodríguez y nuestros primos de la revista Panamá, a Diego Vecino, veterano denunciante del pacto neoliberal-progresista, el duhaldismo tardío de Juan Manuel Strassburger o la siempre original Leyla Bechara. No siempre estoy de acuerdo con ellos ni tengo por qué estarlo (no soy peronista), pero por lo menos los leo con interés y siento que hay algo vivo ahí. (Me interesan menos, en cambio, los pibes que para reaccionar contra el dominio kirchnerista-progresista encuentran una esencia peronista en Guillermo Moreno, 20 años más anacrónico que Kicillof.) El problema, en cualquier caso, es que son voces marginales e incluso marginadas del peronismo institucional. Donde las papas queman el pensamiento sigue siendo casi único.

Uno de los debates de estos días en Estados Unidos es sobre el libro Abundance, de Ezra Klein y Derek Thompson, dos periodistas progresistas que acusan al Partido Demócrata de haberse convertido en una máquina de impedir y con una visión demasiado pesimista sobre la tecnología y el futuro de Estados Unidos. Por culpa de regulaciones quizás bienintencionadas, los demócratas han vuelto casi imposible construir obras de infraestructura, viviendas y proyecto de energía limpia. Sus ideas principales sobre la economía, dicen los autores, están basadas en la escasez, en frenar o desacelerar el capitalismo, pero sin una visión sobre cómo crear abundancia (de ahí el título). La abundancia, escriben, no tiene por qué ser de derecha.

Leyendo en estos días los apoyos y las críticas, y escuchando a Klein y Thompson en las decenas de entrevistas que hicieron, me puse a pensar que en la Argentina la situación es parecida: el peronismo progresista reciente se ha vuelto tan negativo con el capitalismo y con la tecnología que se volvió incapaz de articular una visión positiva de futuro. Su forma de posicionarse frente al gobierno de Milei pero también frente al mundo en general es la resistencia, como la izquierda, o la melancolía, como los conservadores. No hay optimismo en el peronismo de hoy, a pesar de que muchas veces en el pasado el peronismo fue optimista, constructor, aprovechador de tecnología. No hay un camino hacia la abundancia. ¿Cómo imaginan Cristina o Kicillof (o Ricardo Quintela, para el caso) que Argentina podría duplicar su PBI per cápita? Imposible de saber. Quedan trabados en la resistencia pesimista, que es un lugar cómodo, pero no es un lugar de mayorías.

¿Cómo imaginan Cristina o Kicillof (o Ricardo Quintela, para el caso) que Argentina podría duplicar su PBI per cápita? Imposible de saber.

Mientras no puedan salir de este loop melancólico, veo difícil que el peronismo pueda recuperarse. Quizás la apuesta de Cristina es mantener este 35% del voto, su coalición de pobres del conurbano, empleados públicos y estudiantes de ciencias sociales, y, con él, su capacidad de veto sobre el sistema. La posibilidad de su regreso, aunque no sea probable, mantiene el riesgo país por encima de los 400 puntos, el doble que el de Uruguay. El 35% es poco para el peronismo, pero quizás sea suficiente para Cristina y el modelo actual de resistencia apasionada, de tirar piedras contra el Estado mientras el Estado lo manejan otros.

Alguno se preguntará por qué me preocupa, en lugar de alegrarme, la crisis del peronismo. Mi respuesta es que prefiero un peronismo más integrado al sistema que en este modo resistencia, que amenaza la estabilidad de cualquier proceso de reformas. Más proteccionista e industrialista de lo que me gustaría, más basado en liderazgos caudillistas de lo que me gustaría, más nacionalista y anti-liberal de lo que podría tolerar. Pero no le estoy pidiendo que sea mi partido, sino apenas un adversario institucional que no esté buscando todo el tiempo cantarle falta envido al sistema. Una “renovación”, como la de los ’80, que les gane a estos nuevos ortodoxos. Hay una vieja paradoja entre los gorilas según la cual ante la pregunta de si el peronismo es capaz de convertirse en un partido que entiende la restricción presupuestaria y la restricción institucional, la respuesta es otra pregunta: “Quizás, pero, ¿seguiría siendo peronismo?”

Hace muchos años, quizás 15, pero no pude encontrar la cita exacta, le escuché decir a Lilita Carrió que el kirchnerismo se iba a llevar a la tumba al peronismo. Si no cambia de rumbo, es decir, si no zafa del abrazo de oso de Cristina, quizás nuestra pitonisa política más famosa la haya embocado.

Si te gustó esta nota, hacete socio de Seúl.
Si querés hacer un comentario, mandanos un mail.

Compartir:
Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y American Sarmiento (2013), entre otros libros.

Seguir leyendo

Ver todas →︎

¿Estamos otra vez
en marzo de 2018?

El nerviosismo de los mercados en estos días despertó recuerdos de la crisis cambiaria del gobierno de Cambiemos. Sin embargo, la situación es más distinta de lo que muchos presumen.

Por y

Antonio Gasalla
(1941-2025)

El gran actor cómico, uno de los máximos humoristas de la escena argentina y un artista integral, que triunfó en el teatro, la televisión y el cine, murió el martes a los 83 años.

Por

Atrocidio, un nuevo nombre
para lo innombrable

Hace falta una nueva categoría jurídica para definir la violencia extrema cometida por Hamás del 7 de octubre de 2023.

Por