BERNARDO ERLICH
Domingo

No damos más

El periodista Gustavo Noriega y el escritor Marcelo Birmajer se cruzan mails sobre las estrategias contra el covid-19 y sobre cómo los encuentra el segundo año de pandemia y confinamiento.

Marcelo Birmajer

Buenas noches, Gustavo. Te propongo un intercambio de ideas respecto a las restricciones que se aplican en la Argentina para mitigar los contagios de la enfermedad o virus llamado covid-19. Te hablo como un neófito no vinculante, pero a quien las autoridades nacionales y municipales le piden que entienda, se concientice y actúe. Es decir, no nos exigen sólo obediencia, lo cual hacen por medio de la fuerza pública, sino también que entendamos y nos concienticemos. Yo no entiendo y por lo tanto no puedo concientizarme. Lo digo sin ironía ni rebeldía: con total y absoluta transparencia. No entiendo.

En primer lugar, comenzaré por lo micro, y luego iré extendiéndome. ¿Cuál sería el problema de que todo aquel que no quiera contagiarse se quede encerrado en su casa, y todos aquellos que prefiramos correr el riesgo podamos salir? ¿Por qué no permitir que aquellos ciudadanos que así lo desean abran sus negocios y quienes temen contagiarse los mantengan cerrados? Uno de los argumentos que se utilizan para aplicar restricciones coercitivamente es que si yo salgo, contagiaré a otros. Pero ¿cómo podría contagiar a otro si ese otro permanece encerrado en su casa? Sólo podría contagiar a quien, como yo, prefiere arriesgarse. Y aún así, sería muy improbable que nos contagiáramos, porque ambos usaríamos barbijo, alcohol en gel y mantendríamos la distancia de dos metros. Si todos los que preferimos salir guardamos estos cuidados, ¿cuál sería la posibilidad de contagio?

Por último, para arrancar, yo siempre he aplicado la sana costumbre de mantenerme a más de dos metros de distancia del resto de la raza humana. Estoy totalmente de acuerdo con saludarnos a la distancia, sin darnos besos ni abrazos ni la mano. Yo no necesito abrazar a nadie. Pero sí salir a caminar y a trabajar. Así arranco. ¿Qué pensás?

Gustavo Noriega

Este punto es central, Marcelo, y marca la divisoria fundamental respecto de la forma de encarar la pandemia. O apelás a la responsabilidad individual o al poder del Estado. No en vano el modelo adoptado por casi todo el mundo se originó en China: la cuarentena de sanos tratando de evitar el contagio. Algo que sólo se puede pensar desde un ejercicio del poder sin demasiadas restricciones y con una sociedad, como dirían los progres, “desmovilizada”. Lo sorprendente es que el modelo fue rápidamente adoptado por lo que pensábamos eran democracias liberales y sociedades abiertas. En ese sentido, lo que ha revelado el virus es más inquietante que lo que puede ser una nueva enfermedad respiratoria.

Cuánto está dispuesto a sacrificar de su esencia social cada persona no puede pertenecer más que a la conciencia individual.

Para salirme de estas cuestiones generales que me preocupan, pero me exceden, quiero volver al tema que planteás. Cuando se piensa en un contagio de un virus respiratorio –algo imposible de evitar a la larga, como lo sabemos desde que conocimos nuestro primer invierno– no queda mucho por hacer salvo evitar la cercanía y extremar los cuidados higiénicos. En ese sentido, las medidas adoptadas por los gobiernos tendrían un límite claro: tratar de evitar aquellas actividades públicas en donde sea imposible mantener la distancia prudente, como podría ser recitales o espectáculos deportivos con público. El resto debería depender de cada decisión individual. Cuánto está dispuesto a sacrificar de su esencia social cada persona no puede pertenecer más que a la conciencia individual. Si alguien elige no ver a sus padres durante meses para evitarles algún riesgo y esto es de común acuerdo, adelante. Que no se te permita transitar libremente por el país es inaceptable.

Cuando desde los Estados se fuerza a limitar las actividades sociales de manera antinatural es claro que el efecto va a ser diferencial. Los que cuentan con reservas materiales y culturales pueden soportar indescriptiblemente más que aquellos que viven al día. Esto se aplica a lo económico, claro, pero también a cualquier dimensión que quieras tomar: desde el esparcimiento cotidiano a la educación, pasando por la sensación de alienación a la que te lleva suspender tu vida social.

Marcelo Birmajer

¿Cuál será la esperanza de vida y la calidad de vida de aquellos chicos a los que hoy estamos condenando al analfabetismo y a la indigencia debido a las actuales restricciones? ¿Hasta qué edad y cómo vivirán? ¿Cuál es la longevidad probable de un chico analfabeto, de un hogar indigente y con padres desocupados, en comparación con la longevidad probable de un niño de clase media o alta? ¿En qué proporción estamos limitando las oportunidades de un niño pobre de ascender en la escala social aplicando estas restricciones? ¿Existen estudios al respecto, parámetros, estadísticas? ¿Estamos prolongando la esperanza de vida de cierta cantidad de adultos en desmedro o en perjuicio de la longevidad y calidad de vida de una proporción aún mayor de niños actuales? No lo sé. Pero creo que no son preguntas impertinentes.

¿Cuál será la esperanza de vida de aquellos chicos a los que hoy estamos condenando al analfabetismo y a la indigencia debido a las actuales restricciones?

El mayor peso, el peso insoportable, de estas restricciones, lo están pagando las personas más pobres de nuestra sociedad. Aquellos que no pueden trabajar desde sus casas, los que ni siquiera pueden permanecer en sus casas porque no tienen agua potable, ni gas corriente, ni cloacas. Aquellos para los cuales la desocupación, incluso si reciben un magro subsidio, representa un completo vaciamiento del sentido de sus vidas y una mengua empírica, decisiva, de su calidad de vida. Mientras que quienes dictan estas restricciones, los funcionarios políticos, no ven alterada en absoluto ni su capacidad laboral ni su retribución. Los funcionarios políticos, desde el Presidente hasta cada uno de los integrantes de la capa dirigencial electa o rentada, han transcurrido este año y medio de restricciones sin aplicarse personalmente ninguna restricción, ni de ingresos económicos, ni de movimientos; y en algunos casos ni de hábitos. Es una desigualdad que necesariamente nubla la capacidad de los mismos para tomar decisiones que resulten equilibradas.

Gustavo Noriega

A este desastre social que tiende a fragmentar aún más una sociedad de por sí cada vez más rota, le sumo un factor más. Incluso dentro de la clase más privilegiada, aquella que cuenta durante un tiempo con la garantía de que seguirán sus ingresos fijos, que dispone de conexión y pantallas en la casa para conectarse con el resto, que puede recurrir a una biblioteca extensa o una terraza amplia o a un jardín para tomar sol, incluso dentro de esa minoría, los daños provocados por el encierro son gravísimos. Se pueden medir en términos de salud (el sedentarismo y la falta de contacto con el sol son fundamentales para deteriorar un organismo), pero también en términos de –invoco de nuevo a la jerga progre– “tejido social”. Por un lado, la desesperanza, el hastío, el hartazgo y la depresión a la que todo eso empuja. Por el otro, la idea de convertir a cada ciudadano en policía de su prójimo, alentando a la delación de quien se reúne con amigos o transita con el barbijo sin cubrir todo lo que indican las especificaciones. ¡Para no hablar del oprobio público a quien decide transitar por la vía pública sin taparse la cara! La pregunta es, una vez pasada la pandemia (porque, como decía Julio Grondona sabiamente, “todo pasa”), ¿cómo nos volveremos a relacionar con nuestros semejantes?

Marcelo Birmajer

Algunas comprobaciones científicas no me han parecido especialmente rigurosas. Cuando comenzaron llegar las noticias del covid-19 a la Argentina, en marzo del 2020, una noticia que circuló por todos los diarios y canales de noticias fue que unos científicos alemanes habían descubierto que el primer caso de covid-19 en ese país, que había llegado de Wuhan, China, contagió a todo los empleados de una fábrica por compartir un mismo salero. Podés googlearlo. En algunos diarios titularon de un modo completamente absurdo: el salero que salvó vidas. Si la noticia era cierta, el salero no salvaba vidas, contagiaba. En todo caso el descubrimiento podía servir para evitar más contagios.

Pero a los pocos meses se arribó a otro “descubrimiento”: el contagio por medio de tocar superficies era altamente improbable, quizás imposible. De modo que la teoría del salero tiene que ser equivocada. El contagio era casi exclusivamente por intercambio de partículas de saliva u otras excrecencias transmitidas por vía aérea, por vía buconasal. De modo que tocar un salero no era un modo probable de contagio. El gran descubrimiento alemán había sido un error.

¿Podemos arriesgar nuestro bienestar y nuestra libertad en aras de precauciones que no han sido fehacientemente comprobadas?

Un año después del comienzo de las noticias, distintos científicos de distintas partes del mundo aseveraban que no era necesario usar barbijos al aire libre en zonas donde no hubiera hacinamientos. Sin embargo, en Argentina y otras partes del mundo seguía siendo obligatorio usar barbijo al aire libre en zonas de circulación no hacinada. ¿Cuál de los científicos acierta? ¿Cuál está errado? ¿Podemos arriesgar nuestro bienestar y nuestra libertad en aras de precauciones que no han sido fehacientemente comprobadas como menos malas en relación a las consecuencias que ya están provocando, y que serán aún mucho peores a largo plazo? ¿La cantidad de muertos que provocarán el aumento de la pobreza, del analfabetismo y la desocupación, estamos seguros que serán menores que los que provoca el covid-19? Perdón por la mezcla de argumentos: son casi reflexiones en voz alta, apuradas por la urgencia de la coyuntura.

Gustavo Noriega

Es que la utilización indebida del prestigio de la palabra “ciencia” ha sido uno de los rasgos más evidentes de todo este período. Desde ya que la gente que la saca a relucir una y otra vez, a menudo científicos practicantes, no tienen la menor idea de lo que están diciendo. La síntesis de Karl Popper sobre el método científico sigue siendo insuperable en su brevedad y precisión: conjeturas y refutaciones. Con esas dos palabras le basta para determinar la precariedad del conocimiento científico, siempre dispuesto a ser modificado y cambiar de dirección. Consejo: cada vez que te digan que algo está “científicamente comprobado”, rezale al Gauchito Gil, vas a tener más chances.

La ciencia avanza a ciegas probando y descartando y tiene tiempos que no son los de una pandemia, por más que todo el sistema haya acelerado sus investigaciones de una manera inédita en la historia de la humanidad. Por eso, hay que huir de la letra chica de cada normativa que sale en los diarios y confiar en las grandes líneas: es un virus que ataca las vías respiratorias y no se transmite por superficies. Actuar de acuerdo a eso y a no preocuparse tanto por los protocolos.

Marcelo Birmajer

Sigo con mis cavilaciones. No tenemos un panorama claro de lo que ocurre en el resto del mundo. De lo poco que he logrado comprender, en Madrid se aplicaron muchas menos restricciones que en Buenos Aires; pero la cantidad de muertos, en relación con el total de las respectivas poblaciones, no es diferencialmente peor en Madrid. Se cita como ejemplos nefastos a Brasil y a la India, que prácticamente no aplicaron restricciones durante este primer año y medio, pero la cantidad de muertos por covid-19 en relación con su demografía no es mucho peor que la nuestra. Por otra parte, los diarios del mundo se alarman por la cantidad de muertes en Brasil y la India, pero no investigan nada sobre China, donde comenzó la enfermedad o el virus, y que solo declara 5.000 muertos por covid-19.

Si es una pandemia, esto es, que afecta a toda o buena parte de la humanidad, ¿por qué la prensa se escandaliza por la coyuntura de Brasil y la India, pero no emite opinión sobre el gran misterio chino? Si no sabemos qué pasó o qué pasa en China, es muy difícil opinar sobre el resto del mundo. Si carecemos de datos del sitio donde se originó la enfermedad, que además es el país más poblado del mundo, creo que no tenemos una buena tabla de referencia para analizar el comportamiento del resto de los países.

Por otra parte, más de la mitad de la humanidad hace por lo menos un año que no aplica restricciones a su población: China, India, Brasil y Rusia, por empezar. Taiwán declaró en total 10 muertos por covid-19 desde que comenzaron las noticias sobre la enfermedad. Nigeria, poblado por 200 millones de personas, declaró menos de tres mil casos en total; África y el mundo árabe son un enigma respecto de qué restricciones aplicaron. Pero, hasta donde podemos saber, no parece que su población se haya reducido notoriamente por efecto de muertes provocadas por el covid-19. Lo poco que podemos saber, ciertamente es desconcertante.

Sin embargo, hay una certeza nacional argentina: el precio que pagaremos por el nivel de pobreza, desocupación, analfabetismo, problemas nutricionales y erosión de la cultura del trabajo, debido a la aplicación de estas restricciones es tan oneroso como inimaginable. Por una vez, el kirchnerismo en el poder propone imitar medidas políticas implementadas por las democracias occidentales. Hasta donde podemos saber, en Francia, Italia, Inglaterra, se aplicaron restricciones, toques de queda, cierre de bares, restaurantes, cines y teatros. Cerró Broadway. Todo rodeado de una gran imprecisión, pero aproximadamente eso es lo que ocurrió. ¿Fueron medidas acertadas? Todavía es demasiado pronto para saberlo.

No es una paradoja que el kirchnerismo haya decidido por una vez aplicar políticas similares a las de las democracias occidentales sólo cuando éstas han decidido restringir la libertad.

Hasta ahora, la única respuesta efectiva parecen haber sido las vacunas: en todos los países donde se ha vacunado a más de la mitad de la población, los casos de muerte se han reducido definitoriamente. En eso parece haber un consenso bastante extendido e indiscutible. Pero no respecto de las restricciones. Y no es una paradoja que el kirchnerismo haya decidido por una vez aplicar políticas similares –exclusivamente en lo que hace a las restricciones– a las de las democracias occidentales sólo cuando éstas, en contraste con el espíritu político preponderante posterior al triunfo anglosajón en la Segunda Guerra Mundial, por primera vez en 80 años han decidido restringir de manera significativa y fáctica la libertad de movimientos interna y externa, la libertad de trabajo y relativamente la libertad de culto.

Pero como recalqué, el gobierno kirchnerista sólo hizo un remedo de imitación de las restricciones aplicadas en las democracias liberales –remedo porque las condiciones de los confinados y los tiempos de confinación de los distintos sectores fueron completamente distintos de los nuestros–, mientras que no pretendió siquiera imitar la política vacunatoria de esos mismos países. Los vacunatorios VIP y la incapacidad para negociar con Pfizer son dos de las evidencias de que el gobierno kirchnerista no tramitó correctamente las vacunas, que son una solución comprobadamente segura en todo el mundo, mientras que aplicó desproporcionadamente las restricciones, cuya eficacia aún no termina de comprobarse.

Volviendo al tema de las libertades públicas: la aparición de un pasaporte sanitario para viajar es uno de los grandes retrocesos en lo que hace a la libertad de circulación desde que yo tenga memoria. Quizás con el paso del tiempo se naturalice y considere que me alarmé innecesariamente. Hoy por hoy, me parece extremadamente preocupante. Esto no ocurrió con ninguna otra enfermedad, ni con ninguna otra circunstancia, desde que yo recuerdo hasta hoy.

Posteriormente al ataque islamofascista contra las Torres Gemelas, se incrementaron las medidas de seguridad en todos los aeropuertos del mundo, pero no se implementó una nueva documentación para viajar. Tampoco, nunca antes, con enfermedades cuyo efecto en el contagiado eran inmediatamente devastadoras, como el HIV, se aplicaron medidas restrictivas de circulación que exigieran al individuo rendir cuentas por medio de documentación de su saliva o de su sangre. Reitero, quizás me esté alarmando innecesariamente, pero me preocupa.

Cierro con este recuerdo: hace 30 años, en plena pandemia del sida, la dictadura cubana aplicó a sus contagiados un confinamiento coercitivo. En todos los casos, los enfermos –porque el sida, en sus inicios, mataba a los contagiados sin excepción; a diferencia del covid-19, que enferma a una proporción mínima de los contagiados– encerrados por la dictadura cubana en sitios gubernamentales de confinamiento, eran homosexuales. La dictadura cubana ya tenía una tradición criminal y totalitaria, desde su origen, en reprimir con el encierro a las personas homosexuales. En esas circunstancias, como periodista, le pregunté a un especialista, que ya era una eminencia en la lucha contra la incipiente pandemia del HIV, qué opinaba de esa medida de Fidel Castro. Me respondió que la medida de Castro era un disparate represivo, que no podía siquiera imaginarse que esa pudiera ser una respuesta sanitaria. Me pregunto si hoy no estamos de algún modo dirigiéndonos a aplicar esa forma de represión castrista a nivel internacional en las democracias liberales, ya no referida a la forma de asociación sexual entre adultos, sino a una selección aleatoria e imprevisible.

Gustavo Noriega

Creo que estás acertando mucho respecto de la eficacia diferencial de los encierros y de las vacunas. Es muy difícil comparar las estadísticas de los distintos países: hay diferencias de calidad de la medición y publicación de datos, de criterios para lo que se considera un contagio e incluso de lo que es una muerte “por” covid y no “con” covid, hay también diferentes estrategias de testeo que dificultan las evaluaciones. Todo lleva a que una comparación de eficacias sea tomada con pinzas. Sin embargo, a medida de que los datos se suceden y acumulan, es evidente que la pandemia “global” ha sido un fenómeno realmente preocupante en Europa y América y mucho menos en el resto del mundo. Especialmente irrelevante en China, algo francamente desconcertante y que nos abre una serie interminable de preguntas. El sudeste asiático ha quedado prácticamente intocado y a la pavorosa serie de desgracias que suele azotar a Africa, no parece habérsele sumado significativamente el coronavirus. Entiendo que cada región debe tener su explicación propia (inmunidad previa por otro virus similar en Asia, estructura de edades en Africa) pero en todo caso es algo que deberá estudiarse con detenimiento en el futuro.

Dentro de cada región, ha habido todo tipo de intensidad en la aplicación de restricciones: desde las amables recomendaciones suecas hasta el rigor británico y, como señalás, desde la defensa de la libertad en Madrid a las restricciones en el resto de España. A grandes rasgos, todos convergen en números similares: luego de un año y medio de pandemia, no hay demostración clara de que haya una estrategia de tipo restrictiva que se muestre superior.

En cambio, los efectos de las vacunas han sido muy claros: los países que lograron una cobertura masiva pero focalizada en los grupos de riesgo, han visto descender hasta niveles de normalidad su cantidad de fallecidos. No se necesitó en ninguno de estos casos alcanzar el porcentaje de lo que se denomina inmunidad de rebaño: alcanzó con cubrir a todos los de riesgo y una parte del resto de la población.

Estas constataciones me llevan a una conclusión, tan precaria y refutable como cualquier otra. En Argentina, cualquier gestión de la fase prevacunas de la pandemia habría tenido un resultado más o menos similar en términos sanitarios medidos únicamente por el covid-19. Por supuesto que las consecuencias educativas, económicas y de salud en dolencias no covid-19 podrían haber sido mucho menores. Ahora bien, si como pretenden los gobiernos y buena parte de la sociedad, el único motivo de control sea evaluar lo que pasó con el covid-19 (un criterio desastroso, por cierto), poner toda la energía en la obtención y distribución correcta de las vacunas habría sido esencial. A esta altura creo que remarcar que la gestión del gobierno nacional respecto de la única salida rápida que tiene este problema es redundante. En suma, se ha empobrecido y alienado a la población, restringiendo sus libertades más elementales a cambio de muy poco y, cuando apareció una solución posible al problema, se la gestionó con el mismo egoísmo, mediocridad y corrupción a los que nos tienen acostumbrados.

 

 

Compartir:
Marcelo Birmajer y Gustavo Noriega

Marcelo Birmajer es escritor y guionista. Entre sus novelas se destacan El túnel de los pájaros muertos (2010) y El alma al diablo (1994). También fue coguionista de El abrazo partido, de Daniel Burman.

Gustavo Noriega es licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

Seguir leyendo

Ver todas →︎

Beijing está de moda

El ascenso global de China fuerza a la Argentina a uno de los desafíos que más detesta y que peor resuelve: pensar la agenda de este siglo sin las ataduras del pasado.

Por Fernando Pedrosa

El Lole hace
una parada en boxes

Ni en la Fórmula 1 ni en la política Carlos Reutemann aceptó transformarse en la figura heroica, dicharachera y carismática que el país le reclamaba.

Por Esteban Schmidt

Yo no quiero vivir como digan

Hay una noción instalada que dice que el rock es de izquierda, pero eso es falso. El rock encarnó siempre el espíritu de libertad física, psíquica y también ideológica.

Por Sergio Marchi

Borges casi siempre tuvo razón

Las ideas políticas del escritor siempre fueron polémicas e incómodas para muchos, pero es hora de aceptarlo en su totalidad. Sus opiniones fueron disruptivas y adelantadas a su época.

Por Juan Villegas