LEO ACHILLI
Domingo

El campo va al matadero

Después de medio año planchado, el precio de la carne está subiendo otra vez. El Gobierno responde con lo de siempre, que no funcionará, pero el problema es estructural y más profundo.

Sonaron las alarmas: en las últimas semanas comenzaron a verificarse aumentos en el precio de la carne vacuna, que desde junio de 2022 había aumentado sistemáticamente por debajo de la inflación y que en julio y noviembre hasta había bajado de precio. En enero, en cambio, la carne picada dio su primer salto por encima de la inflación general (7,4%), después de un noviembre y diciembre deflacionarios; el asado subió 3,4% después de un diciembre caliente; y el cuadril, que estaba muy planchado, subió un 3,9%. Mientras que en los últimos 12 meses el pollo aumentó 97% y la docena de huevos (la proteína de los que menos tienen), un 165%, los cortes de carne vacuna aumentaron entre un 44% y un 49%.

Durante buena parte de 2022 la carne estuvo atrasada respecto del resto de los alimentos y, como representa casi un 6% de la canasta del IPC, fue una clave para que no volara el índice de precios por arriba del 100%. A pesar de los incrementos recientes, la carne en Argentina sigue siendo la más barata de la región, algo muy sencillo de averiguar comparando la medición del INDEC a dólar blue del kilo de carne picada, que alcanza los 2 dólares, con lo que publican los sitios online de los supermercados para el mismo producto: 16,6 dólares en Chile, 10 en Brasil, 9,8 en Uruguay, 7,2 en Bolivia y 5,5 en Paraguay.

El combo de proteína animal que consumen los argentinos es absurdamente alto: alcanza los 118 kilos por habitante por año. De las 14 comidas semanales, el argentino promedio come en la mitad de ellas una porción de proteína animal de 324 gramos. Más o menos la mitad de esas comidas es carne aviar y la otra, vacuna (cerdo y pescado son casi irrelevantes). A esas proteínas se les suman tres huevos por semana.

Tombolini y Bill Murray

Ante los aumentos recientes, la actitud del Gobierno fue la predecible: el secretario de Comercio, Matías Tombolini, anunció que habría acuerdos para contener el precio de la carne basados en tres pilares: a) acuerdo con grandes cadenas para que comercialicen 18 millones de kilos mensuales con un descuento del 30% (parece mucho, pero es el consumo de poco más de dos comidas sobre las 60 que tiene al mes el argentino medio); b) como se sabe que esto es irrelevante, se complementó con un reintegro del 10% a las compras con tarjeta de débito en carnicerías, algo que no es muy común más allá de la General Paz; y se agregó un incomprensible c) diferimiento impositivo para carnicerías.

La actitud del Gobierno fue la predecible: el secretario de Comercio Matías Tombolini anunció que habría acuerdos para contener el precio.

Finalmente, se anunció una medida destinada a subsidiar el alimento de la hacienda en pie sin aclarar qué oficina instrumentará el programa o cómo se accede a él. La última vez que el Estado subsidió el alimento para el ganado explotó en un escándalo de corrupción en el cual estuvo implicado Ricardo Etchegaray, el entonces titular de la AFIP, descubierto gracias a una investigación que encaró con enorme valentía el periodista Matías Longoni cuando aún era imposible vislumbrar el final del kirchnerismo. Corrupción que el propio Etchegaray reconoció parcialmente.

Es muy probable que a estos anuncios les siga la habitual letanía kirchnerista: el camioncito de Carne para Todos que abrirá las puertas a la discrecionalidad y la corrupción, sobre todo en las intendencias donde circule, los móviles de la televisión mostrando que la carne “bajo acuerdo” es pura grasa y hueso, y las entrevistas con carniceros diciendo que “no se consigue carne al precio sugerido por el Gobierno”. Habrá también coqueteos con el cierre de exportaciones, se le echará la culpa a China (o a quién sabe qué), se especulará si los cierres serán totales o parciales (en enero del año pasado se prohibió la exportación de siete cortes), los ganaderos harán un asado mostrando carne dura y carne blanda, explicando que la primera se exporta a China, Fernanda Vallejos (o algún otro exponente del kirchnerismo lisérgico) pedirá la nacionalización del comercio exterior de carne o la creación de un frigorífico estatal “testigo”, para que luego un exponente del kirchnerismo dialoguista buscará un “punto medio” proponiendo una suba de retenciones a la carne. El menú de siempre. El kirchnerismo es el día de la marmota: un repetir el error de manera permanente buscando resultados distintos, una conversación en la que lentamente nos vamos volviendo todos locos.

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Mientras tanto, nadie dice lo obvio: la carne aumentó el año pasado unos 50 puntos porcentuales por debajo de la inflación general por la misma razón que la cebolla aumentó un 337% y la lechuga en sólo un mes lo hizo un 130%. Fue por la sequía, que todo lo arrasa, particularmente en la franja central del país. Por la misma razón que las verduras se secaban, la carne abundaba, ya que ante la falta de agua, pasto y maíz los ganaderos apelaron a una receta defensiva y mandaron al matadero una parte importante de su plantel, para evitar que muriera en los campos (o porque no era negocio mantenerlo).

El Gobierno lanzó los programas Dólar Soja I y II. El resultado fue que los productores vendieron sólo soja, haciendo escasos el trigo y el maíz.

Como si la sequía no fuera suficiente, el Gobierno lanzó los programas Dólar Soja I y II. El resultado fue que los productores que manejan un stock de granos, en lugar de vender todo vendieron sólo soja, haciendo escasos el trigo y particularmente el maíz, que es el principal alimento de novillos y pollos. Para obtener un kilo vivo, el novillo debe ingerir entre siete y nueve kilos de maíz; para un kilo vivo de pollo, dos kilos de maíz. Por eso, en teoría, siempre el kilo de pollo es mucho más barato que el kilo de carne vacuna. En general, los últimos cien kilos del novillo, su “terminación”, se hacen a grano. Mantener novillos y vacas en el lote se volvió caro y riesgoso en zonas como Chaco, Santiago del Estero y Formosa, donde las temperaturas rompieron récords y la escasez de agua también se volvió imposible. Los ganaderos de esas zonas filmaron a los animales muertos de hambre y sed esparcidos por el monte, buscando desesperadamente rastros de un arroyo.

Estos ganaderos se lanzaron masivamente a liquidar hacienda de casi cualquier categoría como estrategia para defender de su capital. Se llegó a 13,5 millones de cabezas, un 5% más que en 2021. El sitio decampoacampo.com informó que, medido a dólar blue, el kilo vivo del novillo de más de 300 kilos pasó de 1,5 dólares en abril del año pasado a 0,82 en enero de este año. Una enorme destrucción de capital que demorará años en reconstruirse. Se vendieron porciones enormes de la hacienda a un valor muy inferior al razonable para evitar la perdida total del ganado.

Como ahora la hacienda en pie escasea, el precio apenas se recompone y ya roza los 1,2 dólares blue. Pero a prepararse: la carne vacuna en la góndola tiene que aumentar al menos un 50% para no perder frente al resto de los bienes. Cada mes que no recupera frente a la inflación general, ese salto futuro necesario crecerá por arriba del 50%.

La carne vacuna más la de pollo, cerdo y pescado, que también aumentarán arrastrados por la vacuna, por efecto sustitución, más huevos y embutidos constituyen un 10% del IPC total. Eso quiere decir que, de mínima, las proteínas animales le pondrán 5 puntos porcentuales a la inflación general anual. Y es importante recalcar el “de mínima”. Tombolini y Massa empezarán a hablar de “el índice de precios descarnado”, como Aldo Ferrer en la época de los militares. Lo harán porque no saben hacer otra cosa, porque el proceso en el que están inmersos es imparable, porque representan las ideas del atraso y del subdesarrollo.

Es importante señalar que el aumento en la faena y la baja en el precio no redundaron en un mayor consumo local, que pasó del piso histórico de 47,9 kilos por habitante en 2021 al segundo piso histórico de 48,6 kilos el año pasado. Es que la carne se abarató, pero los argentinos somos mucho más pobres. Lo que crecieron, entonces, fueron las exportaciones. Su bajo costo la hizo más competitiva frente a la de Uruguay, Brasil y Estados Unidos para acceder a China, Europa, Israel y Chile (nuestros principales destinos).

¿Por qué los argentinos somos cada vez más pobres? Por José Ignacio ‘Vasco’ De Mendiguren, que promueve la cerrazón de la economía.

¿Por qué los argentinos somos cada vez más pobres? Por José Ignacio De Mendiguren, el Vasco, que promueve la cerrazón de la economía, el “vivir con lo nuestro” de Aldo Ferrer. Ese lastre ideológico con el que salimos de la crisis de 2001 es lo que frena el enorme potencial productivo de los argentinos. Tombolini hoy sólo es el gendarme que ejecuta los delirantes y repetitivos esquemas de la derrota. Es el que tocó hoy, sin nada de pena y mucho menos de gloria.

Es posible cambiar

Para que un camionero se coma una tira de asado en Ama Gozua, un ganadero tuvo que inseminar una vaca, como mínimo, cuatro años y medio antes. Con una gestación de nueve meses y un engorde variable que demorará poco más de 46 meses, esos son los tiempos.

La ganadería es, por sobre todas las cosas, un negocio de valorización de capital. Se trata de comprar un plantel de hacienda en el momento en que está barato y mantenerlo reproduciéndose para venderlo cuando está caro. La ganadería a pasto, como se ejerce en Argentina, está íntimamente ligada a un horizonte medianamente previsible de precios y a una tasa de interés razonable. Los saltos del tipo de cambio en un producto donde más del 75% de su consumo es local destruyen patrimonio (nadie sensato mediría su patrimonio en pesos), por eso en 1974 había 2,2 cabezas de ganado por habitante y hoy hay menos de 1,2. El negocio en este contexto es malo para la mayoría de sus jugadores, que por lo tanto deciden reducir su plantel de animales o retirarse del negocio.

La historia brasileña es particularmente inspiradora. A comienzos de la década del ’80 era un mercado cautivo para los exportadores argentinos. Sin embargo, algo cambió. El proceso de expansión de la ganadería en el Cerrado, posible gracias a la combinación del apetito empresario y los créditos blandos para crecimiento del rodeo, permitieron elevar significativamente el stock ganadero. Las vacas son las fábricas de terneros y, en términos financieros, representan un activo inmovilizado. Con tasas de interés bajas es negocio retener hembras para ampliar la fábrica de terneros.

Para 2019 ‘nossos irmãos’ exportaron tres veces más que Argentina, transformándose en los mayores exportadores de carne vacuna del mundo.

Eso fomentaba explícitamente el Banco Nacional do Desenvolvimento y eso hacían los gaúchos, lo productores del sur de Brasil que desarrollaron el Cerrado. Como Brasil no tenía estabilidad macro, subsidiaba tasa. Cuando la tasa subsidiada se combinó con la estabilidad de los ’90 y los ’00, explotó. Para 2019 nossos irmãos exportaron tres veces más que Argentina, transformándose en los mayores exportadores de carne vacuna del mundo, y sus conglomerados cárnicos adquirieron a algunos de los gigantes norteamericanos. En el mismo período, Argentina redujo su consumo per cápita en más de 20 kilos, mientras que Brasil lo elevó.

Lo que escribo en esta nota no es rocket science. La producción de proteína animal es uno de los negocios más viejos del mundo. Con matices, cualquiera que haya estudiado este mercado dirá algo muy similar. Una mezcla de intereses mezquinos ligados a la comercialización en negro y la ideología pedorra del mercadointernismo nos condenan al atraso en esta producción, como en tantas otras.

Los argentinos no podemos pagar la carne vacuna más barata (y rica) del mundo porque nuestro ingreso se fue pulverizando desde 2001, ya que vivimos en el sueño húmedo de De Mendiguren: una economía cerrada con salarios bajos y bienes para consumo caros.

Comerciar sanamente con el mundo es la clave para romper el hechizo que obliga a Bill Murray a vivir todos los días el mismo día. Debemos convencer a millones de argentinos de que el costo de cambiar es infinitamente inferior a la decadencia a la que estamos condenados por no hacerlo. Este año tenemos la oportunidad de votar otra cosa y no hay tiempo que perder. Mientras De Mendiguren nos hunde se nos va la vida.

 

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Iván Ordoñez

Economista especializado en agronegocios. Consultor y Director del Posgrado en Desarrollo y Gestión de AgTechs (UCEMA) y profesor de Gestión Financiera en Agronegocios en Maestrías de CEMA y UNRN. Co-autor de 'Campo: el sueño de una Argentina verde y competitiva' (2015).

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