¿Y ahora?

Cansado en la trinchera

Esto está cada vez más parecido a la parte fea de los ‘80.

La noche que la anunciaron a Batakis vi en la tele que cuatro viejas impidieron una conferencia de prensa en Olivos y me fui a dormir con miedo. Estoy lleno de preocupaciones, pero siempre duermo bien en el monoambiente. Como en la cama viendo Canal 26, lucho por no quedarme dormido antes de lavarme los dientes, soy una persona en paz.

Pero esa noche, a oscuras en la cama, tuve la sensación de estómago y garganta hueca del cagazo. El miedo se expande si tiene tiempo. El economista del rostro perfecto me había dicho que si devaluan la pobreza crece diez por ciento. Dormido vi el barrio lleno de gente viviendo en la calle. Ahora despierto no entiendo a los amigos que hinchan por el estallido, por el fogonazo sanador, no va a tener nada de bueno cuando se vaya al carajo y eso sin considerar que al carajo ya se fue.

La gestión del miedo es una de las artes negras que maneja el peronismo. Desahuciados como están, se salvan por la socialización del problema. En esta vuelta nadie agarró la Essen por susto. Susto a ellos, susto a las corrientes que mueven el dólar y parecen misteriosas, cualquier susto le sirve al gobierno porque el susto inmoviliza.

Preferí perder una mañana de remar las cosas antes de saber a cuánto se había ido el dólar.

Al otro día intenté tapar al mundo con la almohada hasta las doce del mediodía. Preferí perder una mañana de remar las cosas antes de saber a cuánto se había ido el dólar. Dediqué el día a vivir la pesadilla y nada más, me sentí en línea con todos los paralizados, con la sensación de que no hay nada para hacer más que vivir a merced de gente fea y sobregirada.

Continúo afectado, pero tal vez es de mantequita. Me agobia el tiempo de vida que viene abocado a estar en la trinchera. Pasamos del “seguro se pudre” al “se pudrió”. Me agobia: no quiero vivir en modo crisis, no quiero ver cómo empiezan a aparecer casos de rabia en vendedores de medias. Es para irse a Costa Rica que es una democracia insulsa pero modelo.

Todo se volvió muy shakespereano. Cristina tuvo miedo de que la jubilen y lo puso a Alberto. Me da risa cómo se debe estar puteando a sí misma. Debe decir “la puta que me parió” y mover esa cabeza de Bambi. Ahora, para que no la jubilen, no lo puso a Massa. Doble pequeñez. Lo tenía que poner a Massa porque le puede hablar a la sociedad y que lo escuchen, eso es fundamental en este momento en el que nadie sabe qué pasa.

Los años locos

Shakespereano también Alberto. Un hombre con los huevos ultra rotos adentro del palacio sabiendo que le espera un desierto terrible. No va a poder ir a Los Años Locos, va a ser el chivo expiatorio del peronismo, se prevé que va a garchar muchísimo menos. Todas malas para adelante salvo lo increíble de ser padre, ojalá pobre santo se conecte con eso.

Esto está cada vez más parecido a la parte fea de los ‘80. Los mismos temas, la misma sensación en el kiosco. Los primeros ’80 fueron geniales: Celeste Carballo, hay que escuchar música, hacer fiestas, buscar el divertimento tobara, tratar de ser buenos en general. La malaria te pone más bueno o más choto.

La crisis va a tardar dos minutos en llegar a Tik Tok: hay que buscar dónde desconectar, dónde no enterarse de nada hasta el próximo precio. Salí a ver el mundo funcionando sin noticias, me senté en un banco en la plaza donde está el monumento a Artigas. Dice Félix Luna que era por ahí, un hombre gauchesco y norteamericano al mismo tiempo, un Rosas vacunado, ahora miles de kilos de hierro, con poncho gigante, más grande y pesado que la mayoría de las estatuas de la ciudad, incluyendo al Cid Campeador.

En la plaza unos niños de escuela jugaban al futbol. Una chica hizo un gol y corrió por toda la cancha poniéndose cuernitos en la cabeza gacha como un toro que va para adelante. Si no puedo ser valiente por lo menos voy a ser desprevenido.

 

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Lisandro Varela

Autor de www.50argentinos.com, una herramienta de entrevistas en profundidad que sirve para enterarse de cosas. En Twitter e Instagram es @buenbipolar.

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