OVIEDO
Domingo

Chacareros con microscopios

La historia de Bioceres, que el otro día debutó en el Nasdaq, es un ejemplo de cómo unir ciencia y producción, campo y conocimiento, lo público y lo privado. Y una hoja de ruta para la Argentina.

En diciembre de 2001, al mismo tiempo que la Argentina se sumergía en la peor crisis de su historia, 23 productores agropecuarios pusieron 600 pesos de sus bolsillos y fundaron Bioceres, la empresa de biotecnología que la semana pasada debutó en el Nasdaq y va camino a convertirse en el sexto unicornio argentino, después de Mercadolibre, Globant, Despegar, OLX y Auth0. Mi viejo, Héctor Ordoñez, fue miembro del directorio original junto a Hugo Ghio, Miguel Lugero, Cynthia Castagnino y Victor Trucco, el McCartney de las pampas. En la vicepresidencia estaba Lennon: Rogelio Fogante. El presidente era Gustavo Grobocopatel. Repasando el listado se podría decir que estaban casi todos los locos originales de Aapresid, los Travelling Wilburys. Veinte años después, Bioceres está en la principal bolsa de empresas tecnológicas con una valuación de 600 millones de dólares. Si sigue creciendo, será el primer unicornio (empresas de base tecnológica con un valor de 1.000 millones de dólares) de América Latina dedicado a las ciencias de la vida. Y todo gracias a que, en buena parte, sigue reflejando la personalidad optimista y generosa de sus fundadores.

La historia de Bioceres es importante por muchas razones. Dos de las que más me interesa contar son su éxito para unir a la ciencia con la producción (y, al mismo tiempo, lo público con lo privado) y su éxito para juntar la producción agropecuaria, donde la Argentina es un líder global, con la economía del conocimiento, donde también tenemos una gran oportunidad y es el segmento de la producción de valor más dinámico del capitalismo global. Si tuviéramos diez Bioceres seríamos otro país. O también, al revés, si fuéramos otro país tendríamos diez Bioceres.

Si tuviéramos diez Bioceres seríamos otro país. O también, al revés, si fuéramos otro país tendríamos diez Bioceres.

En un mundo en el que los procesos productivos se estandarizan, es la creatividad humana lo que llama la atención. La etapa de conceptualización y diseño es la que se apropia de la parte más importante del valor que tienen los productos en góndola. Con el iPhone, por ejemplo, gana más quien los piensa y diseña que quien los ensambla. Es tan importante la etapa creativa que hasta el diseño de la experiencia de compra (la Apple Store) es más relevante que la etapa productiva. Por eso, durante mucho tiempo al dorso de los iPhones podía leerse “designed in California”, pero no “made in China”.

Como nos enseñó la pandemia con los tests de detección y las vacunas, los países que poseen el conocimiento para diseñarlas y producirlas son aquellos que tienen en sus manos la llave para superar soluciones medievales como las cuarentenas. Hoy nada vale tanto como el conocimiento: los países que puedan producirlo e introducirlo en el proceso productivo mejorarán la calidad de vida de sus ciudadanos. El resto la mirará pasar.

Aapresid, la tierra fértil

Once años antes de Bioceres, casi los mismos nombres habían fundado la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid). Paradojas del destino, o pasión por la catástrofe, Argentina atravesaba otra de sus grandes crisis: era 1989 y Argentina destruía su cuarta moneda, el austral. Había poco para ser optimista.

Mientras tanto, en el campo, la erosión de los suelos era una preocupación hace varias décadas y las labranzas eran cuestionadas como técnica agrícola. Roturar el suelo con un disco de acero y darlo vuelta podía ser bueno para controlar malezas, pero malo para el suelo, porque lo exponía al viento, al sol y al agua, los agentes de erosión. Un suelo erosionado pierde sus nutrientes y puede, con el tiempo, volverse un desierto. En esos años numerosas líneas de investigación buscaban reducir la erosión mediante dos opciones: o mitigar el impacto de la labranza una vez hecha o directamente cambiar el método. Los propuesta de los productores-científicos de Aapresid era radical: querían directamente eliminar la labranza y controlar malezas con rotaciones de cultivos. Pero esta técnica era ampliamente resistida por casi todo el ámbito rural de principios de los ‘80, como registró Helena Alapin en Rastrojos y algo más. Aapresid nació como hecho audaz y revolucionario frente a un coro que recitaba “no va andar”. En un barrio concheto, los de Aapresid eran los reos sin tierra, los rebeldes.

El autor y su padre, Héctor Ordoñez, en Timote (Buenos Aires), en 1986.

El autor y su padre, Héctor Ordoñez, en Timote (Buenos Aires), en 1986.

Durante años trabajaron ad-honorem para desarrollar y difundir su nueva técnica agronómica. Esto les permitió conocerse y generar lazos de confianza. La confianza, tan escasa en Argentina, era abundante entre esos pioneros, y Bioceres es el fruto de aquellos lazos, de largas horas de sobremesas en congresos y recorridas de lotes, de la convicción de que los productores agropecuarios argentinos eran más que “clientes de tecnologías”, que podían desarrollarlas. Mi viejo fue testigo y protagonista de muchos de esos momentos, actuó como frontón del proceso creativo con varios de los fundadores iniciales e insistió permanentemente en la construcción de una visión común para la acción colectiva, un valor que se cultivó de manera férrea en Aapresid.

Bioceres este año cumplirá dos décadas. Desde su nacimiento el objetivo siempre fue el mismo: conectar al sistema científico argentino con las empresas. Productores agropecuarios con necesidades de conocimiento apoyan con recursos financieros a científicos para incorporar conocimiento en la producción. Bioceres entonces selecciona proyectos, analiza su viabilidad científica y comercial, los financia, los transforma en productos o patentes y finalmente los comercializa. Bioceres no es solo una compañía de biotecnología, es un ejemplo sofisticado de la economía del conocimiento. Es un hub.

girasoles voladores

Raquel Chan, bioquímica especializada en biotecnología vegetal e investigadora del Conicet en el Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL) había localizado en 1995 el gen que le enseña al girasol a administrar la escasez de agua. Y había logrado transferirlo con éxito a otras plantas. Bioceres entendió que ese gen en el trigo y la soja ayudaría a los productores de Argentina y el mundo a no quebrar ante la sequía, una experiencia traumática cada vez más frecuente debido al cambio climático. Empezó entonces la colaboración con el IAL, que depende del Conicet y la Universidad del Litoral, y en 2004 Bioceres patentó la tecnología, a la que llamó HB4. Para tomar una dimensión del impacto, si esta tecnología hubiera estado disponible en 2018 el país habría salvado casi siete millones de toneladas de soja y trigo (valuadas en 2.000 millones de dólares) de la terrible sequía de ese año. 

La tecnología HB4 aún no está disponible porque en la diplomacia de la biotecnología global es importante que la validen todos los países productores exportadores e importadores, pero cada vez estamos más cerca. En 2019 el HB4 introducido exitosamente en la soja, es aprobado por los organismos regulatorios de Estados Unidos, Brasil y Paraguay. Para ser una realidad comercial precisa todavía la aprobación de China en la soja y Brasil en el trigo. El Estado argentino tiene que participar activamente de la diplomacia de la biotecnología: si no lo hace queda condenada a ser cliente en vez de productora de conocimiento.

El trigo HB4 será la harina que utilizará Havanna para producir los alfajores más famosos del mundo, probablemente desde algún momento de este año. En Havanna saben que los consumidores están preocupados por la huella ambiental de los alimentos y un trigo que la reduce es una buena noticia. Sacándole una foto a un QR en el envoltorio vas a poder leer de qué lugar de Argentina viene el trigo que está en el alfajor que comés y como redujiste la huella de carbono. Mediante blockchain se garantizará la validez de esa información y los productores que participen del programa recibirán un plus por los costos adicionales que implica esta trazabilidad.

Jesica Raineri (izquierda), Manuel Franco, Raquel Chan y María Otegui, del IAL.

Raquel Chan y su equipo del IAL siguen siendo una usina de proyectos. Este año localizaron un gen que ayuda al girasol a resistir las inundaciones. El cambio climático genera eventos cada vez más intensos y frecuentes, súper sequías y súper inundaciones. Estos desarrollos genéticos reducen la huella ambiental de la agricultura porque, al mantener los rendimientos altos aún frente a estos fenómenos, reducen el área necesaria para producir alimentos. El nuevo gen ya está siendo testeado con éxito en el maíz y los científicos están entusiasmados con los primeros ensayos. Como con el HB4, que fue un experiencia exitosa, el IAL otra vez volvió a unir fuerzas en este proyecto con Bioceres.

Bioceres también es líder de la molecular farming que implica utilizar la asombrosa capacidad de síntesis de las plantas para producir moléculas costosas de fabricar en el laboratorio. Así, desarrolló una tecnología para producir quimosina vegetal a base de cártamo, una oleaginosa. La quimosina originalmente proviene de las vacas y es una proteína clave para el cuajo usado en la producción de lácteos, particularmente quesos. Y es cara. En 2017 Bioceres patentó la versión vegetal de la tecnología y el proceso para extraer la quimosina de las semillas una vez que se cosecha la planta. Productores agrícolas se asociaron para sembrar los campos y una reconocida marca de fernet cordobesa construyó la planta de procesamiento. Se estima que con apenas 2.000 hectáreas cultivadas puede abastecerse el 15% de la demanda mundial de quimosina. 

Esos son solo algunos ejemplos concretos del conocimiento que se produce desde el hub de conocimiento que es Bioceres. Es la primera compañía del mundo en patentar una tecnología que ayuda a la soja y al trigo a tolerar la sequía y suma más de 214 patentes entre aprobadas y presentadas. Nació como una compañía pensada para desarrollar biotecnología vegetal, pero las ramificaciones hoy son más amplias. Es una compañía dedicada a las ciencias de la vida.

Asociarse con miles

La primera casa de Bioceres fue el Instituto Nacional de Agrobiotecnología de Rosario (INDEAR), una empresa mixta donde Bioceres ponía la inversión y el CONICET ponía el predio y los investigadores. Inauguraron sus laboratorios en 2009. Para ese momento, una serie de ampliaciones de capital para financiar las múltiples líneas de investigación habían sumado a 150 nuevos accionistas, en su mayoría productores agropecuarios. Ese mismo año ascendió a gerente general Federico Trucco, hijo de uno de los fundadores. 

Bioquímico como su padre, Federico se doctoró en ciencias vegetales en la Universidad de Urbana-Champaign (Illinois) y desarrolló todo su perfil como investigador en Estados Unidos. Sin embargo, el laboratorio no era para él. Quería unir el conocimiento científico con la producción. Como los 23 locos, una rara avis. El ex ministro de Ciencia y Tecnología Lino Barañao me dijo una vez que la transferencia tecnológica es uno de los principales desafíos para la economía del conocimiento: “Las empresas locales carecen de un área que pueda acoger a la innovación y los científicos formados en el sistema público [carecen] de la personalidad y los incentivos para volcar su saber a la producción”. Federico aportó a Bioceres esa inquietud y la ambición para que la firma cotizara en bolsa, generando los fondos necesarios para financiar un ambicioso programa de investigación. Un viaje Bayer CropScience logró una capitalización importante que inyectó fondos pero también validó las patentes de Bioceres, particularmente el HB4. Eso atrajo a BAF Capital, un fondo de inversión argentino, y le permitió a Bioceres comprar en 2016 la mayoría de Rizobacter, otra compañía de base científica local que tenía una paleta de productos complementarios y una muy amplia red comercial.

En 2018, con todo listo para salir a la Bolsa de Nueva York, una suba de la tasa de interés en Estados Unidos produjo un brusco descenso de las acciones en Wall Street. No era el momento. Recién un año más tarde, en marzo de 2019, Bioceres comenzaría a cotizar en el NYSE. La semana pasada se mudó al Nasdaq, un hogar más acogedor. 

Federico aportó a Bioceres esa inquietud y la ambición para que la firma cotizara en bolsa.

La salida a bolsa le permitió a Bioceres estirar los plazos de su deuda y hacerlos más acordes a los tiempos que requieren distintas líneas de investigación. También emitió deuda en el mercado local. Esta experiencia acumulada para financiar investigación en el mercado financiero motivó a los accionistas a ofrecerle al gobierno de Santa Fe la creación de un fondo para impulsar start-ups de base biotecnológica: el SF500, que con 30 millones de USD busca generar 500 empresas en el futuro.

Bioceres es entonces una muestra de lo que queremos que sea el campo argentino: una plataforma de más de 36 millones de hectáreas sobre las cuales es posible desarrollar conocimiento científico que Argentina exporte al mundo. Distintos climas, suelos, biomas y modelos de negocios son un terreno para proponer soluciones atractivas para las distintas necesidades de los agricultores de todo el planeta. La industria de ciencias de la vida argentina tiene un enorme potencial, desde las patentes que puede licenciar a los productos que puede crear y los novedosos modelos de organización de la investigación, producción, comercialización y financiamiento con los que trabaja.

En un país que exige resultados inmediatos, la experiencia de Bioceres, a la que le costó más de una década ser rentable, muestra que las historias de éxito verdadero demandan paciencia. Bioceres enseña además que nadie puede ser exitoso solo y que es preciso reconocer el valor que cada uno aporta a la hora de asociarse. Que ser muchos hace más compleja la toma de decisiones, pero con transparencia en la gobernanza y una participación activa de los socios en interacción con un management profesionalizado se puede llegar lejos.

ciencia y producción, asunto unido

La ciencia no puede ser sólo una quimera romántica sin un análisis de costos y beneficios. Bioceres nos enseña que una parte muy importante de producir conocimiento es asegurar los fondos para hacerla posible y que hay mecanismos de mercado para conseguirlos. En la presentación de la empresa, en 2003, mi viejo dijo: “Bioceres es una red cooperativa y solidaria para construir conocimiento focalizado en nuestras necesidades desde la visión de los negocios. Un conjunto de valores con el lucro. El lucro no es un mal valor, es un buen valor. Ganar dinero observando valores éticos es bueno”.

La historia de Argentina está demasiado enfocada en sus políticos y héroes militares. Deberíamos conocer mejor las historias pequeñas y grandes de los argentinos que también ayudaron a construir nuestros países, entre ellas las de quienes han creado riqueza donde no había nada, los colonos del capital que sirviendo a una necesidad han producido valor. Crear valor es un proceso colectivo y, como decía mi viejo, aspirar al lucro, ganar dinero, está bien.

 

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Iván Ordoñez

Economista especializado en agronegocios. Consultor y profesor de Gestión Financiera en Agronegocios en Maestrías de CEMA, UNRN y UTDT. Co-autor de “Campo: el sueño de una Argentina verde y competitiva (2015).

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