ZIPERARTE
Domingo

Bifes angostitos

El cepo a las exportaciones de carne ya fracasó y volverá a fracasar. No bajará la inflación pero sí la producción de carne. Mientras perdemos el tiempo, Brasil sigue a toda velocidad.

El miércoles a la noche el Presidente ordenó restringir la actividad económica y cerrar las escuelas, con el objetivo de frenar la circulación del Covid. Lo hizo sin dialogar con los gobiernos locales y, peor aún, sin la suficiente evidencia científica. Un día después, la Secretaria de Comercio, Paula Español, anunció que se restringían las exportaciones de carne, con el objetivo de contener la suba de los precios. Lo hizo también sin dialogar con el sector afectado y, peor aún, en contra de la evidencia científica e histórica reciente.

Las medidas del Gobierno insisten en el error de intentar resolver un problema macroeconómico con medidas microeconómicas que, además, no son correctas. Cuando la inflación se da en todos los rubros solo puede ser explicada por la monetización del déficit fiscal de 2020 y las claras señales de que seguirá alto en 2021. Mientras tanto, la falta de consistencia de la política macroeconómica empieza a ser visible: la inflación de marzo saltó al 4,8% (el dato se anunció casi al mismo tiempo que el cepo a las exportaciones de carne) y la dinámica de las Leliqs y otros compromisos del Banco Central es cada vez más explosiva.

Aclarado que el problema inflacionario es macroeconómico, ¿por qué es un error restringir las exportaciones? En marzo, la inflación de la carne fue del 6,8% y el Gobierno dice que el problema es la exportación. Pero lácteos y huevos subieron 8,6% y verduras y tubérculos, 6,3%, dos rubros donde la exportación no es relevante. En frutas, donde la exportación sí es relevante, los precios bajaron un 1,8%. Argentina casi no exporta prendas de vestir, pero sus precios en el AMBA subieron 19% en un mes. Por lo tanto, la variable exportación no tiene nada que ver con la evolución de los precios. ¿Por qué en los países importadores no se habla de la inflación por importar bienes? ¿Por qué Uruguay, cuya principal exportación es la carne vacuna, y que disfruta de un consumo per cápita mayor que el de Argentina, tuvo en 2020 una inflación anual inferior al 10%? 

La carne vacuna argentina no está cara en términos globales (y es extremadamente barata comparada con la carne producida en Europa y Estados Unidos, que además recibe subsidios).

Por otra parte, no es cierto que la carne de exportación sea necesariamente más cara que la del mercado interno. Los importadores chinos de carne roja (que representaron la mitad de nuestras exportaciones el año pasado) pagaron por el kilo de carne a los frigoríficos argentinos exportadores unos 320-350 pesos el kilo durante 2020, un número muy similar al que los porteños pagaron en la carnicería de su barrio por el mismo producto. Esto muestra que la carne vacuna argentina no está cara en términos globales (y es extremadamente barata comparada con la carne producida en Europa y Estados Unidos, que además recibe subsidios).

Cerrar las exportaciones de carne no es gratis. Argentina ya lo probó, y no hace mucho. Entre 2007 y 2015 las exportaciones cayeron de 771.000 a 151.000 toneladas, se cerraron 150 frigoríficos y se perdieron unos 10.000 puestos de trabajo (solo en la etapa industrial), 12.000 ganaderos se retiraron de la actividad y perdimos 16,8 millones de cabezas de ganado que, una década después, todavía no recuperamos. Como si fuera el “multiverse de Spider-Man”, hoy vivimos en ese universo creado con la decisión tomada en 2007: la fábrica de terneros es más pequeña. 

Los contrarios también juegan

Por otra parte, si el Registro de Operaciones de Exportación (ROE) anunciado el jueves se instrumenta con dureza, perderemos el status de proveedor confiable de carne. Además de precio, cantidad y calidad, nuestros clientes en el mundo nos demandan previsibilidad. Será difícil recomponer la confianza ante una nueva desilusión y “los contrarios también juegan”: Brasil, el principal exportador mundial de carne, Estados Unidos y Australia están al acecho ante nuestros errores.

La historia brasileña es particularmente inspiradora. A inicios de los ‘80 era un mercado cautivo de los exportadores argentinos. Sin embargo, algo cambió. La expansión de la ganadería en el Cerrado, la región entre la costa y Brasilia, posible gracias a la combinación del apetito empresario y créditos blandos para crecimiento del rodeo, permitieron elevar significativamente el stock ganadero. Las vacas son las fábricas de terneros y en términos financieros representan un activo inmovilizado. Con tasas de interés bajas es negocio retener hembras para ampliar la fábrica de terneros. Eso fomentó explícitamente el banco de desarrollo brasileño (BNDES) y eso hacían los gaúchos, lo productores del sur de Brasil que desarrollaron el Cerrado.

En la misma época, la altísima volatilidad macroeconómica argentina, que devenía en altas tasas de interés, sumada a las Juntas Nacionales de Carnes, las retenciones y los cupos de exportación provocaban exactamente lo contrario: contraían el negocio. Mientras en Argentina se reducían a la mitad las cabezas de ganado per cápita entre 1974 y 2010, en Brasil crecían a una velocidad casi mayor que la población. En 1974 Argentina exportaba cinco veces más carne que Brasil. En 2019 nossos irmãos exportaron tres veces más que nosotros. En el mismo período Argentina redujo su consumo per cápita en más de 20 kilos mientras que Brasil lo elevó. En política ganadera Argentina hizo todo mal, mientras que Brasil hizo todo bien.

La soledad de la milanesa

No hay que ser inocente: un cierre total de las exportaciones de carne se adaptaría al objetivo de política económica cortoplacista de un año electoral. Si se ejecutara de forma total e inmediata, la industria debería forzar la producción a un mercado que no puede absorberla a este precio. El repentino exceso de oferta deprimiría rápidamente el precio en la góndola. Esta caída sería potenciada por una cuarentena: ya aprendimos durante 2020 que el aislamiento reduce las dos principales ocasiones de consumo de los argentinos, la hamburguesa fuera de casa y el asado en familia o con amigos. Solo queda la soledad de la milanesa.

Si el precio cae abruptamente, los ganaderos reaccionarán queriéndose desprender del activo cuyo valor se desploma: la vaca que fabrica terneros. Eso durará por el tiempo que se mantenga cerrada la exportación o la escasez de hacienda sea tal que se revierta la tendencia de precios y la carne en la góndola vuelva a subir, traccionando el precio de la hacienda en pie. Como entre 2007 y 2015, hipotecaremos el futuro de la industria. Como el problema era y es macroeconómico, pagaremos los costos de cerrar la exportación sin disfrutar de sus beneficios: la inflación no bajó, ni la general ni la de alimentos o la de carnes. No se ganó nada más –o nada menos, desde la óptica electoral cortoplacista– que dos años de carne barata.

Hay evidencia y consenso, incluso en el oficialismo, sobre que elevar las exportaciones es determinante para el crecimiento de la economía y el salario real. Sin embargo, en vez de enfocar los esfuerzos en elevar la competitividad de los agronegocios exportadores –mejorando el diseño impositivo, la conectividad y los lazos del país con el mundo–, se elige el corto plazo, con un fuerte tinte electoralista. Las autoridades anuncian un registro de exportaciones como posible preludio a cerrarlas y al día siguiente la funcionaria principal del área amenaza con subir los derechos de exportación. Todas estas herramientas van en sentido contrario con los 10 consensos que propuso el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, donde paradójicamente el primero es “necesitamos exportar más”. ¿Cómo exportamos más si cerramos exportaciones?

No se ganó nada más –o nada menos, desde la óptica electoral cortoplacista– que dos años de carne barata.

El año pasado fue muy duro para la población argentina. Mientras ingresamos en una nueva ola de cierres sin un horizonte de apertura, la inflación está en alza y todavía hay un millón de trabajadores que no recuperaron los empleos perdidos en 2020. Esta caída de la masa salarial está reconfigurando nuestra dieta, relegando la carne vacuna, pero impulsando significativamente el consumo de carne aviar y huevos, que hoy son la principal fuente de proteína animal de la dieta de los argentinos.

La industria cárnica argentina emplea a más 77.000 trabajadores registrados y el sistema de agronegocios de la carne –que va desde los agricultores que producen el maíz hasta los transportistas de hacienda en pie– vacuna al menos dos veces por año a 54 millones de cabezas de ganado. Son más de 131.000 productores ganaderos que cuidan al rodeo, llueve o truene, en sequía o inundación. En 2020 y 2021 el sistema pudo mantener su volumen de empleo gracias a su potencia exportadora.

círculo virtuoso reciente

Las exportaciones cárnicas crecen en volumen, montos y destinos desde 2016, en un círculo virtuoso que genera empleo y divisas para todo el país. La administración Macri cumplió con una serie de logros que son históricos para el sector, donde el principal es el blanqueo total del negocio con la instalación en los frigoríficos de las cajas negras, que filman con transparencia cuánta hacienda entra y cuántas medias reses salen. El histórico doble status fiscal (una parte en blanco, otra en negro) representaba una traba para el negocio: frigoríficos exportadores sufrían por una competencia desleal de mataderos provinciales y municipales que al comprar hacienda en negro tenían más “poder de fuego”, complicando sus costos. Vale la pena recordar que Enzo Bordabehere fue asesinado en el Senado de la Nación en 1935 por una bala que en realidad buscaba a su compañero de bancada Lisandro de la Torre, que pedía investigar la doble contabilidad de los frigoríficos ingleses que buscaban evadir impuestos. Si hoy es posible avanzar hacia el tan necesario cuarteo de la res, solo es posible porque antes se instalaron las cajas negras.

El trabajo de la administración Macri en la apertura de mercados para los agronegocios argentinos (y en particular la carne) fue monumental. China, por ejemplo, le reconoció al SENASA el poder de policía sanitario para los frigoríficos que exportaran carne vacuna, lo cual agilizó mucho el ingreso de mercadería y permite ampliar la capacidad exportadora, porque habilita plantas a mayor velocidad. Además, Estados Unidos abrió su mercado y Japón permitió el ingreso de ganado patagónico libre de aftosa sin vacunación, iniciando el camino a la apertura total. 

El año pasado aportó a las arcas del Banco Central más de 2.700 millones de dólares, con un récord de 900.000 toneladas vendidas al mundo.

La voluntad exportadora de los agronegocios de la carne tomó ese desafío y aumentó su producción y exportaciones durante cuatro años. El año pasado aportó a las arcas del Banco Central más de 2.700 millones de dólares, con un récord de 900.000 toneladas vendidas al mundo. Junto con otras exportaciones no solo permiten al país importar insumos industriales sino también vacunas, kits de testeo y todo lo necesario para atravesar la pandemia.

El eje del modelo discursivo-decisional del gobierno es el miedo a la libertad y el regreso de la oscuridad. Hay todo un encadenamiento. No es novedoso: es idéntico al ciclo kirchnerista anterior. En su búsqueda de soluciones a la pandemia y la inflación, la reacción por defecto es la misma: cerrar.

 

 

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Iván Ordoñez

Economista especializado en agronegocios. Consultor y profesor de Gestión Financiera en Agronegocios en Maestrías de CEMA, UNRN y UTDT. Co-autor de “Campo: el sueño de una Argentina verde y competitiva (2015).

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