LEO ACHILLI
Domingo

Disparos a ciegas

Decir que el ataque contra Cristina fue un atentado contra la democracia o la consecuencia inevitable de la 'grieta' no sólo es inexacto. También es peligroso.

Muchas cosas deprimentes ocurrieron desde la noche del jueves. La principal, por supuesto, es el ataque contra Cristina Kirchner, que podría haber sido mucho más grave si el detenido hubiera logrado (o querido: todavía no lo sabemos) gatillar su Bersa con menos torpeza. Todo lo que vino después, sin embargo, es triste por otras razones. La principal es que el kirchnerismo tardó menos de media hora en encontrar a los autores intelectuales del atentado. Con la situación todavía confusa, apenas sin información sobre lo que había pasado, el peronismo gobernante ya había decidido que los supuestos “discursos de odio” de políticos opositores, periodistas y jueces habían empuñado simbólicamente la pistola secuestrada. Esto parece una metáfora, pero no lo es: la misma noche del jueves el presidente Alberto Fernández, en su mensaje en cadena nacional, dijo que la convivencia democrática se había quebrado “por el discurso del odio que se ha esparcido desde diferentes espacios políticos, judiciales y mediáticos de la sociedad argentina”.

Desde ahí ya no hubo vuelta atrás: a pesar de la gravedad del hecho, de la prudencia que debería generar, el oficialismo dedicó casi toda su energía a encontrar culpables y monitorear repudios mientras la oposición hacía un esfuerzo sobrehumano por recorrer la fina línea de reconocer lo terrible de la situación sin dejarse encajonar por el prepoteo kirchnerista. En esa situación todavía estamos, y probablemente seguiremos. La sesión de ayer en Diputados mostró la misma dinámica: peronistas buscando forzar la culpa de los opositores y los opositores, con más firmeza que hace unos años, logrando zafar.

Hay mil cosas para decir sobre lo que está pasando, y lo seguiremos haciendo en Seúl en los próximos días, pero hoy quiero concentrarme en refutar dos análisis que están ganando popularidad en estas horas y me parecen no sólo equivocados, sino incluso peligrosos para lo que viene. El primero de estos análisis dice que el ataque contra Cristina fue “un atentado contra la democracia”. El segundo señala que el clima de “polarización” que se vive en Argentina fue responsable, al menos parcialmente, de llevar a Fernando Montiel desde su casa en San Martín hasta la esquina de Recoleta donde hizo click click sin conseguir su objetivo. En los párrafos que siguen voy a intentar explicar por qué me parecen maneras inexactas y contraproducentes para ver lo que está pasando.

No anunciar catástrofes

Poco después de decretar que los culpables eran la oposición, los periodistas y los jueces, el Gobierno y el kirchnerismo empezaron a decir que el ataque había sido, además, no sólo contra Cristina Kirchner sino contra nuestra democracia entera. La idea nació desde el corazón de la coalición oficialista –Axel Kicillof: “Lo vemos como un atentado a la democracia”; la vocera presidencial: “El intento de magnicidio contra nuestra vicepresidenta es también un atentado contra la Democracia [sic]”– y pronto se desparramó a sus fronteras informales. El viernes, desde un escenario en Chile, el rapero Wos dijo: “Basta de odio y de atentar contra la democracia”.

No fueron sólo militantes oficialistas los que se sumaron a este diagnóstico. También hubo periodistas, como Rosario Ayerdi o María O’Donnell, e incluso organizaciones de la sociedad civil, que en su apuro por sacar comunicados de repudio dijeron cosas que quizás no reflexionaron lo suficiente. Me llamó especialmente la atención un documento llamado “En defensa de la democracia”, firmado por más de cien fundaciones y organizaciones, algunas de ellas muy importantes, como ACDE, Vida Silvestre, CIPPEC, Chequeado, el CELS y la AMIA. El texto, publicado el viernes, dice dos cosas que me parecen problemáticas. Primero afirma que el ataque contra Cristina “pone en riesgo la democracia”. Y después hace un llamado para “frenar el avance de la violencia política”.

Ninguna de las dos cosas son ciertas. Ni la democracia está en peligro ni hay un avance de la violencia política que necesite ser frenado.

Ninguna de las dos cosas son ciertas. Ni la democracia está en peligro ni hay un avance de la violencia política que necesite ser frenado. El ataque es lamentable y nos da pavor pensar qué habría pasado si Montiel hubiera gatillado con éxito. Pero la concatenación lógica, a partir de este único hecho, de que nuestra democracia está en peligro me parece muy endeble. Una democracia está en peligro cuando, por ejemplo, el partido de gobierno restringe libertades civiles, avanza sobre otros poderes o usa el Estado para su propio beneficio; cuando hay dudas sobre la limpieza de las elecciones; o, en otras épocas, cuando las fuerzas armadas ponían condiciones a los gobiernos constitucionales. Nada de eso (o casi nada) está ocurriendo hoy en la Argentina. O al menos nada de eso puede deducirse súbitamente del ataque del jueves.

Nuestra democracia es imperfecta, pero estos 40 años ininterrumpidos, con avances y retrocesos, han dejado un sedimento. No hay aventureros que propongan soluciones híbridas o extra-constitucionales y con el tiempo la sociedad va aprendiendo que la democracia se construye de a poquito, todos los días, con poca épica y efecto acumulativo. A diferencia de otros países de la región, tenemos partidos que representan a amplios sectores de la población, aun en este clima reciente de enojo con la clase política. Y, sobre todo, desde 1983 hemos dejado la violencia política atrás. Todavía sobrevive en los corazones de algunos, que se niegan a condenar la violencia política en democracia de 1973-1976, pero nadie cree que valga la pena retomar ese camino.

En el ránking de democracias de The Economist somos una “democracia con fallas” y estamos 50º entre 167 países. Sacamos 6,8 puntos sobre diez, en un nivel similar a Brasil o India, un punto menos que Chile y dos menos que Uruguay, la única democracia full de Sudamérica. De las cinco categorías del informe andamos bien en el proceso electoral y en las libertades civiles y flojos, previsiblemente, en el funcionamiento del Estado y la cultura política. También es cierto que en 2019 superábamos los 7 puntos y desde entonces caímos un poco. No es un desempeño estelar, pero sí una base sobre la cual construir una democracia plena.

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Por eso no veo cómo alguna de estas cosas podría ponerse en peligro por un atentado frustrado, aun contra una de las principales figuras políticas del país. La democracia es algo mucho más grande y más robusto que las personas que la protagonizan. El jueves tiene toda la apariencia de haber sido una jornada desgraciada, pero no la veo como un punto de inflexión ni el principio de tiempos oscuros. Es posible que nos sorprenda lo rápido que dejaremos de hablar de este episodio y volvamos a hablar de, por decir algo, la inflación. Es por esto, entonces, que no ayuda salir a decir que, de un día para el otro, nuestra democracia “está en peligro”. Porque puede dar la impresión de que la democracia es más frágil de lo que es, enrareciendo la situación y, en contra de las intenciones de los firmantes, abrir la puerta a experimentos ambiciosos que sí pondrían en riesgo la democracia. Si esta convivencia que tenemos es tan flojita que se conmueve hasta sus cimientos por un episodio confuso y fortuito, del que todavía sabemos poco, entonces, podría razonar alguno, la democracia ya no es tan inviolable y eterna como creíamos.

Estos argumentos sirven también para rechazar –quizás debería decir repudiar, el verbo de la semana– el mantra kirchnerista de que el atentado contra Cristina fue, en realidad, contra toda la democracia. Por un lado, ni Cristina es toda nuestra democracia ni nuestra democracia depende de las personas. Por otro, porque decir que fue un atentado contra la democracia está diciendo, otra vez, que hay un plan de alguien contra la democracia –los sospechosos de siempre: medios, jueces, opositores– cuando en realidad no lo hay. Tampoco lo había hace dos semanas, cuando el kirchnerismo salió a bartolear irresponsablemente la palabra “proscripción” o cuando hace diez años bartoleaban la palabra “destituyente”. Son actitudes penosas, pero a éstas ya estamos acostumbrados. Lo que deberíamos evitar es que la sociedad civil se deje intoxicar por estos marcos de referencia.

Grieta inocente

El viernes a la noche lo vi a Eduardo van der Kooy decir en televisión que lo ocurrido la noche anterior no nos podía sorprender, porque “la violencia es un hábito que circula cotidianamente en la sociedad”. ¿Es así? ¿Somos una sociedad violenta que dirime sus conflictos políticos con violencia? No, no los somos, pero aun así Van der Kooy no estuvo solo en estos días. Comentaristas y dirigentes de todo tipo se apuraron a señalar que ese instante fatídico, en el que Sabag levanta su pistola en la cara de Cristina, contiene y refleja en sí mismo todos los males de nuestra vida en común: específicamente, lo que venimos llamando la “grieta” o, más pomposamente, la supuesta polarización extrema de nuestro sistema político. Mi primera pregunta es: ¿cómo lo saben? ¿Cómo saben que en esos dos segundos de cercanía entre el brazo de Montiel y la indiferencia de la vicepresidenta está contenido el aleph de nuestra política profunda?

La tapa de Noticias, por ejemplo: “El atentado contra Cristina desnuda el peligro de una sociedad expuesta a la confrontación política permanente”. Hugo Alconada Mon: “El atentado contra Cristina Fernández expone la enorme ‘grieta’ que divide a la Argentina”. José Natanson: “El atentado contra Cristina se inscribe en un clima de época marcado por la polarización extrema, la intolerancia social y la violencia discursiva”. Jorge Fontevecchia: “El discurso del odio no es responsabilidad de un solo sector de la sociedad, radicalizados de ambas coaliciones siembran desde hace tiempo violencia simbólica”. Respeto a todas estas personas, por algunas tengo afecto personal, pero creo que se están sacando conclusiones demasiado apresuradas. Y, honestamente, también son conclusiones que les sirven para insistir con ideas que venían impulsando desde hace tiempo: ahora encontraron un nuevo molde donde verterlas.

También son conclusiones que les sirven para insistir con ideas que venían impulsando desde hace tiempo: ahora encontraron un nuevo molde donde verterlas.

¿Qué no me gusta de esta hipótesis? Por un lado, que sus autores no tienen información suficiente para decir lo que dicen. No pueden saber, al menos por ahora, que Sabag Montiel estaba intoxicado con el clima de la época, que se pasaba el día mirando LN+ (¡qué locos se ponen los intelectuales con LN+!o escuchando a Lanata o reuiteando memes anti-K en las redes sociales. Natanson escribe que el jueves la violencia de las redes y los medios “pasó del discurso al acto”. No tiene manera de saberlo. Por razones parecidas es que esta hipótesis también me parece peligrosa: dando por hecho que vivimos en un clima de violencia simbólica extrema, del que naturalmente puede surgir violencia física real, se bajan las barreras para que otros loquitos latentes pasen al acto. No fui yo, señor juez: fue el clima de violencia.

Además, la hipótesis de la grieta como apretadora del gatillo vuelve a perdonarle la vida, no por primera vez, al kirchnerismo, porque busca esconder en un océano de extremismos y radicalizaciones sus conocidos, repetidos y desgastados intentos de radicalización. Si analizamos lo que pasó después del jueves, por ejemplo, uno no puede decir de ninguna manera que hay, siguiendo a Fontevecchia, “radicalizados de ambas coaliciones” que siembran “violencia simbólica”. Porque mientras una coalición, la opositora, se limitó casi unánimemente a repudiar el hecho, reclamar una investigación y preservar la paz; la otra, la oficialista, se lanzó a una caza de brujas para quitarle toda legitimidad democrática a los partidos políticos, el poder judicial y la prensa independiente, al hacerlos responsables de un acto esencialmente antidemocrático como es el intento de asesinar a un rival político. Una manera de ser anti-democrático es, por supuesto, hacer cosas anti-democráticas. Otra es decir que buena parte de las instituciones de tu país son anti-democráticas.

En fin, ya seguiremos escribiendo de esto, porque las aristas son infinitas. Mientras tanto: mantener la calma, estar juntitos y tener paciencia. Esto también pasará y cuando nos queramos dar cuenta habrá elecciones, donde el kirchnerismo parte como segundo favorito. Ellos lo saben, y eso explica también su maximalismo y sus manotazos.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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