VICTORIA MORETE
Domingo

El peronismo menos pensado

Perón fue esencialmente antiliberal, pero no abandonó del todo las instituciones: las modificó a su gusto para que respondieran a sus concepciones políticas y construir así su hegemonía.

¿Qué es el peronismo? Pocas preguntas tienen respuestas menos satisfactorias en las ciencias sociales y la historia argentina. No importa cuántas miles de horas y páginas le hayamos dedicado, la pregunta persiste.

La falta de explicaciones que nos convenzan no tiene que ver con la calidad de los trabajos. Gracias a algunos hemos derribado mitos y logrado entender aspectos de nuestro gran enigma. La dificultad para comprender al peronismo no se relaciona, por lo tanto, ni con la ausencia de estudios ni con su calidad, sino con la complejidad del propio objeto. El peronismo es difícil de entender porque es muchas cosas a la vez, algunas complementarias y otras contradictorias. El peronismo es un partido político, un movimiento, un sentimiento, una identidad y, a la vez, se propone como una cultura política o una cosmovisión, es decir, como una forma de interpretar e interpelar al mundo y a los diversos actores sociales. Tiene una clara matriz nacional y popular pero también puede tomar, si la coyuntura lo demanda, características neoliberales y cosmopolitas.

Una constante que parece ser común a las diferentes etapas peronistas es que construye su legitimidad más sobre el imperio del número –por ser un partido hegemónico que, a lo largo de los años, ha contado con el apoyo de la mayoría de la ciudadanía– que en un fuerte apego a las normas. Su modelo es el de la democracia social, construida a partir del diagnóstico del advenimiento de la política de masas. Con las transformaciones generadas por este fenómeno, la voluntad de las mayorías se muestra como expresión de la voluntad general. Esto coloca en un lugar secundario a los aspectos formales de la democracia y las tradicionales preocupaciones por las libertades individuales y las instituciones republicanas.

Contra el sentido común e historiográfico que asegura que al peronismo le importan poco las instituciones, este ensayo se propone mostrar lo opuesto.

Este libro propone repensar la relación entre el peronismo y las instituciones. Contra el sentido común e historiográfico que asegura que al peronismo le importan poco las instituciones, este ensayo se propone mostrar lo opuesto. Al revisar este saber consagrado, descubrimos que los primeros dos gobiernos peronistas fueron profundamente reformistas en materia institucional en varias esferas y también en el terreno que interesa a este trabajo: el de las cuestiones electorales y la representación política.

Al pensar estas modificaciones de forma conjunta se hace evidente que el peronismo prestó especial atención a las instituciones. Los cambios que se realizaron no respondieron a improvisaciones ni a decisiones aisladas. Por el contrario, el gobierno proyectó y terminó desarrollando una nueva ingeniería, que le permitió dotar con nuevos usos y sentidos a las instituciones existentes. Durante la primera década en el poder fue reformulando paulatinamente las leyes y normas fundantes para materializar en ellas sus concepciones sobre el buen gobierno y para fundar lo que el peronismo describía como La Nueva Argentina.

Este buen gobierno se definió, en primer término, por un rol central del Poder Ejecutivo. El presidencialismo peronista del período 1946-1955 superó ampliamente el imaginado por Juan Bautista Alberdi en la Constitución Nacional de 1853. Lo interesante es que el liderazgo personalista, encarnado en la figura de Juan Domingo Perón, no se desarrolló al margen de las instituciones. Su carácter movimentista y de relación directa entre el líder y las masas fue sólo una de sus facetas. Otro elemento central, y escasamente explorado, es el que se propone pensar aquí: cómo se dotó de legalidad en el plano constitucional e institucional a este máximo poder.

Perón actuó como si comprendiera la fragilidad del vínculo entre el líder carismático y el movimiento y recurrió a implementar instrumentos legales que disciplinaran a la sociedad, al parlamento y a su partido.

La legitimidad de Perón, construida a partir del 17 de octubre de 1945 en la Plaza de Mayo –y que fue creciendo en las sucesivas movilizaciones del 1° de mayo y del Día de la Lealtad–, se vio acompañada por un andamiaje legal que se fue conformando sobre la marcha y alentado por los resultados que iba obteniendo. Perón actuó como si comprendiera la fragilidad del vínculo entre el líder carismático y el movimiento y recurrió a implementar instrumentos legales que disciplinaran a la sociedad, al parlamento y a su partido. Su gran desafío y también su gran logro fue el de transformar el orden vigente –el de la Constitución de 1853 y la Ley Sáenz Peña– en uno de tipo unanimista y plebiscitario que, lejos de abandonar los moldes liberales, supo reconvertirlos y usarlos a su favor de manera magistral.

Estas transformaciones institucionales resultaron ser instrumentos ideales para formatear un tipo de legalidad que colocó al Poder Ejecutivo en un lugar prácticamente omnímodo. Por eso, al detenernos en cada uno de los mecanismos y las reformas electorales que introdujo el peronismo, lo que haremos es tomarlas como un mirador perfecto, un lente privilegiado, a partir del cual explicaremos los modos en los que Perón fue construyendo su liderazgo para, poco a poco, llevar adelante su proyecto de unificar en su persona todas las dimensiones de la conducción: del partido, del país, del orden presente y del orden futuro.

Las reformas institucionales

Juan Domingo Perón llegó a la presidencia de la República Argentina en junio de 1946, luego de haber ganado las elecciones nacionales de febrero de aquel año. Gobernó durante dos mandatos consecutivos, hasta que en 1955 fue derrocado. Durante este período impulsó una serie de reformas que tuvieron impacto sobre la cuestión electoral. En los capítulos que siguen las analizaremos de forma cronológica, y las iremos pensando conjuntamente, lo que nos permitirá entender cuáles fueron las intenciones políticas del peronismo al implementarlas.

Como sabemos, las leyes electorales delimitan el cuerpo de la ciudadanía política. Determinan cuántos y quiénes pueden elegir y ser elegidos y también establecen en qué forma los votos se traducen en cargos y bancas. Estas características muchas veces conducen a que este tipo de normativas sean estudiadas desde un enfoque técnico, propio de la ciencia política y la sociología política. Estas aproximaciones, que consideramos no solo válidas sino que en más de una ocasión serán recuperadas para los análisis que proponemos, se pueden ver enriquecidas si partimos de esta hipótesis de trabajo: las reglas del juego electoral nunca son neutrales.

Por supuesto, los impulsores de estas normas –como regla general, el Poder Ejecutivo de turno– las diseñan de acuerdo a su conveniencia. El objetivo evidente es el de ganar las elecciones y obtener la mayor cantidad de representantes. Las precisiones técnicas están al servicio de conseguir lo que se cree más conveniente. Ahora bien, debemos detenernos en explicar qué entendemos por más conveniente, ya que estas preferencias están guiadas siempre por definiciones previas. Podemos denominarlas convicciones, diagnósticos o imaginarios cristalizados. Lo cierto es que se basan en una forma de entender la realidad y a partir de ella proyectan determinados fines. Ganar las elecciones es el más obvio. Pero no es el único: hay en este tipo de normas definiciones primeras sobre cómo se concibe la sociedad, cuál se cree el tipo de liderazgo adecuado y, por lo tanto, cómo debe producirse la representación política de aquello que se entiende como la ciudadanía.

Una de las propuestas que se despliega en las siguientes páginas consiste en pensar a los dos gobiernos peronistas como un período reformista en materia electoral.

Una de las propuestas que se despliega en las siguientes páginas consiste en pensar a los dos gobiernos peronistas como un período reformista en materia electoral. Si bien Perón aseguraba que las elecciones no eran un hecho fundamental y que lo único importante era ganarlas –y con su enfática enunciación logró convencer no sólo a sus contemporáneos sino también a los analistas posteriores que no creyeron ver en esta dimensión un tema a problematizar–, lo cierto es que las modificaciones a las reglas de juego electorales que implementó evidencian que daba mucha más importancia a la cuestión de lo que solía admitir.

Los cambios sustanciales fueron numerosos. En 1947, se sancionó la Ley de Sufragio Femenino. En 1949, al reformar la Constitución, se permitió la reelección indefinida del presidente y vicepresidente al tiempo que se eliminó el Colegio Electoral, se modificó la duración de los mandatos de diputados y senadores nacionales y se les otorgó la posibilidad de votar para presidente a los habitantes de los territorios nacionales. Aquel mismo año fue aprobada la primera Ley de Partidos Políticos y en 1951 se reemplazó la Ley Electoral Sáenz Peña por una que tuvo un sistema electoral ajeno a las formas de representación política tradicionales de la Argentina. Por último llegó un conjunto de leyes que también tuvieron consecuencias en el ámbito electoral: las provincializaciones, que se sancionaron entre 1951 y 1955. Éstas convirtieron en ciudadanos a los habitantes de los territorios naciones, por lo que les otorgaron los mismos derechos y las mismas obligaciones que tenían quienes vivían en las provincias y en la Capital Federal.

¿Por qué cambiar las reglas de juego cuando ganás con facilidad? Esa fue la pregunta que originó esta investigación.

La mirada conjunta de estas reformas demuestra que el peronismo no fue indiferente a la cuestión electoral. Ganar las elecciones con facilidad no lo llevó a mantener el status legal existente. Las transformaciones electorales han sido tan profundas que nos permiten postular al peronismo como un período en el que se realizó una apuesta en materia electoral tanto o más fuerte que en los años saenzpeñistas. Sus concepciones –que en múltiples sentidos rompían con aquellas imaginadas en las primeras décadas del siglo XX– llevaron a la construcción de una normativa diferente, que combinó la necesidad de gobernar a las masas y el deseo de imponerse sobre toda oposición.

¿Por qué cambiar las reglas de juego cuando ganás con facilidad? Esa fue la pregunta que originó esta investigación. Más allá de la cuestión primera y fundamental de triunfar en las elecciones, este libro se propone mostrar lo importante que fue para Perón contar con instituciones que respondieran a sus concepciones políticas. Por eso lo que hizo fue construir una ingeniería electoral adecuada al pensamiento del peronismo, que plasmara en términos legales su visión sobre cómo se debía gobernar, cómo debía organizarse la sociedad y cuál debía ser el modo de producir la representación política.

Las elecciones en el peronismo

Los primeros trabajos que estudiaron las elecciones durante el período lo hicieron desde análisis ambientales, ecológicos o psicologistas. En aquellos estudios, los resultados electorales funcionaron como datos a partir de los cuales se construyeron herramientas explicativas. Las cifras, los porcentajes y sus variables fueron utilizados como insumos para pensar la distribución del sufragio. Las principales conclusiones de estas investigaciones se alcanzaron gracias al cruce de los resultados de las dimensiones socioeconómicas, culturales, territoriales, profesionales y de género de los votantes. Los aportes de estos estudios han comenzado a ser utilizados recientemente por otra serie de trabajos que tiene como objeto pensar las elecciones y la política desde perspectivas más amplias.

Uno de los libros que rápidamente se convirtió en un clásico es el de Moira Mackinnon sobre los orígenes del Partido Peronista. Actualmente sabemos que los inicios del peronismo fueron diferentes en cada distrito y también, gracias al trabajo de Samuel Amaral, tenemos una muestra nacional que sistematiza las diversas experiencias electorales en cada distrito en la elección de 1946. Mientras que en algunos fue notable la preeminencia de los sectores obreros y sindicales, en otros resultó decisivo el aporte de los miembros de la Unión Cívica Radical Junta Renovadora o de los conservadores. Las investigaciones antes mencionadas hacen referencia al momento del surgimiento del peronismo y a la elección de 1946, con el foco en el conjunto de partidos políticos que sostuvo la candidatura de Perón. Los trabajos que han estudiado al resto del arco partidario en aquella elección y en las sucesivas son mucho más escasos. Félix Luna, en los tres tomos de Perón y su tiempo, construyó un relato cronológico que ha aportado una mirada amplia sobre el período, en la que se ocupó de todos los actores en competencia. Por su parte, Marcela García Sebastiani fue la primera en poner el foco en la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista durante la primera presidencia de Perón. Posteriormente, surgieron trabajos que se dedicaron al estudio de los antiperonistas en épocas y distritos específicos.

Aún quedan por reconstruir las historias de las siguientes elecciones nacionales del período peronista. Hay muchos elementos que todavía desconocemos respecto a las fuerzas políticas que participaron de las elecciones, incluso en cuestiones relacionadas a las prácticas electorales, que ha sido lo más trabajado. De todos modos, este texto se concentra en una dimensión diferente, la de las concepciones que impulsaron las reglas electorales, un tema que hasta aquí se ha mantenido sin explorar.

Las concepciones políticas del peronismo

Una gran cantidad de trabajos elaborados en los últimos años han buscado comprender al peronismo en una línea de continuidad con las décadas anteriores de la historia argentina.

En la permanente tensión que tienen los diferentes procesos históricos entre rupturas y continuidades, es más difícil encontrar continuidades en las ideas políticas del peronismo que en sus prácticas. Sin embargo, como nada es enteramente nuevo, también dentro del mundo de las ideas es posible hallar en las décadas anteriores muchos de los diagnósticos y las apuestas que caracterizaron al pensamiento de Perón, como han mostrado Cristian Buchrucker, Ricardo Sidicaro, Matthew Karush y Joel Horowitz, entre otros. De todos modos, hay un elemento a tener en cuenta: durante las décadas del ’20 y del ’30, estas visiones sobre el mundo tuvieron un lugar más marginal, mientras que el peronismo las terminó de cristalizar y logró colocarlas en el centro de la escena. A partir de elementos preexistentes creó algo nuevo, señaló Anahí Ballent (2005). Podemos, entonces, arriesgarnos a decir que, en el plano de las ideas políticas, el peronismo no inventó nada, pero sí le dio un nuevo significado, una nueva función y una nueva dimensión a elementos políticos y sociales preexistentes.

La novedad radical es, por lo tanto, el rol diferente que le otorgó a las ideas. No su contenido, no las ideas en sí, sino el papel que estas ocuparon en la escena política, aquello que Lucien Jaume bautizó “el pensamiento en acción”. Perón logró liderar y expresar a un movimiento de masas, lo que significó que esas ideas ya conocidas llegaron a una audiencia sin precedentes y, al decir de Carlos Altamirano, formaron una cultura política popular. Por primera vez en la historia argentina llegó al poder una experiencia que organizó sus decisiones a partir de un pensamiento prefijado, al que denominó “la doctrina”. En esta propuesta hay una definición sobre cómo se ordena el mundo: todo parece responder a un modelo que es el que sirve de explicación frente a cada hecho puntual. Aunque cayó en desuso y se impuso su sentido peyorativo, una forma útil de entender a este tipo de gobierno es la denominación “régimen ideológico”, que hace referencia a la existencia de una idea madre que sirve para iluminar todo aquello que ocurre en la esfera política y en la esfera social. Entre los que se han dedicado a estudiar las ideas políticas del peronismo existe el acuerdo sobre caracterizarlas como una ruptura con el mundo liberal.

Por primera vez en la historia argentina llegó al poder una experiencia que organizó sus decisiones a partir de un pensamiento prefijado, al que denominó “la doctrina”.

En lo que refiere a las concepciones políticas que inspiraron la ingeniería institucional del peronismo, el gobierno transitó por una compleja tensión. Se propuso construir una legalidad que mantuviera los aspectos formales del mundo liberal pero que, al mismo tiempo, permitiera prácticas contradictorias con los principios del liberalismo. ¿Por qué lo hizo de este modo? Es imposible responder esta pregunta sin mirar la coyuntura internacional. A la salida de la Segunda Guerra Mundial y con el triunfo de los Aliados era difícil o imposible instaurar en un país occidental un régimen que no mantuviera al menos la apariencia democrática. El fracaso de las experiencias europeas de entreguerras, como el fascismo y el nazismo, impusieron este escenario. Pero, además, hay que tener en cuenta un elemento fundamental: Perón logró crear instituciones adaptadas a sus concepciones políticas sin la necesidad de eliminar las existentes. Su éxito residió en moldearlas para posibilitar el desarrollo de un proyecto de carácter hegemónico. La Constitución continuó guiando los principios fundamentales, aunque ya no se trató de la misma Constitución; se mantuvo el funcionamiento del Congreso, aun cuando su rol cambió. La figura del Poder Ejecutivo siguió siendo el presidente, sin embargo se le otorgaron nuevos atributos y prerrogativas. Por eso afirmamos que la estrategia elegida fue la de mantener las instituciones pero, al mismo tiempo, resignificarlas. Continuaron existiendo pero ya guiadas por premisas, objetivos y capacidades en abierta ruptura con los propuestos en los momentos de su creación.

Perón utilizó a su favor una de las aporías de la política, la que está compuesta por la tríada de la soberanía popular, la división de poderes y el principio de alternancia. Su concepción de lo político lo llevó a discutir el principio mismo de la democracia. Acaso el establecimiento de la reelección indefinida e ilimitada y de un Poder Ejecutivo con poderes extraordinarios, ¿es la expresión máxima de la democracia o un claro atentado a esta? La respuesta no es unívoca. Las ingenierías liberales dan lugar a este dilema toda vez que la soberanía popular reside en los poderes constituyentes y legislativos y ellos pueden legalmente definir y delegar capacidades extraordinarias y reelecciones consecutivas e ilimitadas. Si la mayoría de la ciudadanía quiere elegir siempre al mismo gobernante y si la mayoría de los representantes legislativos eligen renunciar a algunas de sus prerrogativas para otorgárselas al ejecutivo, ¿hay algo más democrático que permitirle ejercer su preferencia? Perón hizo uso de esta tensión y la resolvió de una forma muy distinta a como lo hicieron quienes moldearon las instituciones argentinas en el siglo XIX.

¿Las ideas de Perón son las ideas del peronismo?

Perón no fue un teórico de la democracia. Fue un hombre dedicado a la acción política. Sin embargo, esto no significa que haya sido un pragmático con voluntad de adecuar sus ideas según la conveniencia de cada coyuntura, como muchas veces se lo intenta caracterizar. Por el contrario, como se verá a continuación, tenía definiciones muy claras y les prestaba mucha atención. Y no sólo eso sino que, además, se convirtió en un ideólogo, toda vez que moldeó las instituciones a partir de sus concepciones políticas.

Perón formó su pensamiento a partir de elementos propios del mundo integrista católico. Fue, esencialmente, antiliberal y creyó en un orden natural y jerárquico de las cosas. Complementariamente, nunca hay que olvidar que pensar su liderazgo es analizar a un militar actuando en política, como siempre enfatiza Juan Carlos Torre. Esta experiencia biográfica explica el lugar central de elementos claves para sus definiciones políticas, como lo fueron la obediencia, el orden, la organización, la organicidad y la lealtad.

 

Este texto es un fragmento de El peronismo menos pensado. Cómo se construyó la hegemonía peronista, de Sabrina Ajmechet (Eudeba, 2021)

 

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Sabrina Ajmechet

Licenciada en Ciencia Política y doctora en Historia. Profesora de Pensamiento Político Argentino en la Universidad de Buenos Aires. Diputada nacional por la Ciudad de Buenos Aires (JxC).

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