JAVIER FURER
Domingo

Techno campo

La innovación es el valor agregado del siglo XXI. Los casos de Auravant, Beeflow y Satellogic.

El Vasco José Ignacio de Mendiguren saca de una caja una lata de choclo y un paquete de fideos y dicen que son importados. Levanta la voz con el paquete de fideos en la mano: “En Argentina importamos alimentos que podríamos producir nosotros”, dice. Y agrega: “Exportamos por 400 dólares la tonelada e importamos por 1.600. No tenemos que exportar soja, tenemos que exportar milanesas de soja, ¡valor agregado!”. Es lapidario y el periodista queda mudo, se cerró la trampa. La audiencia muerde el anzuelo ante un argumento que les repiten a los argentinos desde la primaria: exportamos materias e importamos productos de valor agregado, definido como la suma de etapas de elaboración.

Todo en De Mendiguren es antiguo, desde el traje marrón y la cadencia al hablar, hasta la rusticidad xenófoba-productiva de su argumentación. Por otro lado, también es mentira: hace casi 2 décadas que los bienes de consumo no superan el 13% de las importaciones totales (el resto son bienes de capital, insumos, energía y autos), con lo cual su impacto es irrelevante. Además, el 70% de la soja se exporta industrializada. Sin embargo, la clave está en lo que el Vasco no registra porque no lo puede pesar: el conocimiento.

En la década del ’50 el austríaco-brasileño Paul Singer escribió con el argentino Raúl Presbich que el desarrollo de un país estaba determinado, como dice el Vasco, por el grado de elaboración de sus productos exportados: materias primas implicaban subdesarrollo; productos industriales, país desarrollado. En los ’70 Singer pateó la modorra de sus propios escritos e impulsó el Manifiesto de Sussex, cuya idea central era simple y potente: el grado de desarrollo de un país no está determinado por lo que produce sino por cómo lo produce. Define el concepto del Sistema Nacional de Innovación, que describe la fluidez y efectividad con la que interactúan las empresas con las universidades (o agencias científicas) y el marco jurídico con el objetivo de innovar.

Sistema Nacional de Innovación y macroeconomía estable son entonces requisitos indispensables para una economía que innova

Sistema Nacional de Innovación y macroeconomía estable son entonces requisitos indispensables para una economía que innova y por lo tanto no solo agrega valor aguas abajo, como pide el Vasco, sino que lo hace también aguas arriba. El campo argentino es un terreno fértil para fomentar la innovación, sobre todo aguas arriba. De eso se tratan las AgTech, las empresas de tecnología aplicada al agro.

La tercera revolución de las pampas está ligada a la capacidad del campo de incorporar masivamente las tecnologías de la información y las ciencias de la vida a la producción. Empresas como Auravant, Beeflow y Satellogic nos muestran los distintos estadios de madurez de una start-up de AgTech y cómo son posibles en la Argentina a pesar de un Sistema Nacional de Innovación raquítico y una macroeconomía extremadamente volátil: son piedras preciosas.

Auravant: una empresa probada

En 2014, dos ingenieros de Telefónica de Argentina diseñaron un algoritmo que les permitía calcular el volumen de chatarra en stock de una acería a partir de imágenes que capturaba un drone. Leandro Sabignoso, uno de ellos, es de San Nicolás, cuna del acero y la industria pesada argentina. El mercado para su aplicación era insignificante porque el país cuenta con pocas acerías, pero eran inquietos y no se dieron por vencidos. Charlando con ingenieros agrónomos, Sabignoso y Nicolás Larrandart notaron que el mismo algoritmo servía para capturar micro información de cultivos a través de imágenes.

Auravant es una compañía que nació, entonces, bajo una premisa sencilla: un software que permite procesar la información capturada por imágenes satelitales (más económicas que las de un drone) para tomar decisiones customizadas. Históricamente al agro le costaba mucho capturar información y procesarla a bajo costo, entonces tenía que trabajar con estadísticas promediando y tratar a todas las hectáreas de un campo como si fueran iguales. Gracias a tecnologías como la de Auravant, por ejemplo, puede reducirse la cantidad de fertilizante que se aplica en un campo y además decidir en qué parte exacta se aplica más y en qué parte menos, a nivel de metro cuadrado. Esto no sólo reduce costos y aumenta el rendimiento: al producir más con menos, reduce significativamente la huella ambiental de la agricultura. El fertilizante es solo un ejemplo de todas las prestaciones ofrecidas y mucho tiempo después de la primera versión de este feature los productores pueden escoger dentro de Auravant distintos “algoritmos de fertilización de trigo”, entre ellos los del INTA, gracias a un convenio que le permite al Instituto monetizar su invención y que este año decidieron distribuir gratuitamente.

Gracias a tecnologías como la de Auravant, por ejemplo, puede reducirse la cantidad de fertilizante que se aplica en un campo y además decidir en qué parte exacta se aplica más y en qué parte menos, a nivel de metro cuadrado.

Para crecer, Auravant recurrió al tiempo libre de sus fundadores, que programaban y desarrollaban incipientes modelos de negocios mientras mantenían sus trabajos corporativos. Cuando sintieron que la idea tenía sentido, se presentaron a las distintas incubadoras aceleradoras fondeadas por privados, organismos multilaterales y el gobierno nacional. Glocal, Wayra y NXTP Labs aportaron los fondos iniciales para dejaran sus trabajos y se lanzaran a construir un empresa. A poco de andar y aún sin facturar decidieron ampliar su capital y alrededor de 30 inversores fondearon con montos pequeños una nueva ronda de capitalización. Fueron años en los que el “runway” (cuántos meses le quedan de vida a la compañía) le robaba el sueño a sus fundadores y todo servía: aplicaron a becas pequeñas, de 25.000 o 50.000 dólares y a fondos para emprendedores de los gobiernos de CABA y Nación. Luego de tres años la compañía alcanzó el punto de equilibrio gracias a nuevos clientes corporativos, recibió la beca Copérnico de la Agencia Espacial Europea, creó su oficina española para tener mejor proyección con inversores internacionales y desarrolló aplicaciones para cultivos intensivos como árboles frutales, más populares en el viejo continente.

El equipo de Auravant en 2021. Larrandart, con remera blanca. Sabignoso, con camisa celeste sobre el tractor.

La semana pasada Auravant anunció el primer paso firme en la larga ruta del crecimiento de una empresa: una ronda de financiamiento pre-serie A de 1,6 millones de euros. Se conoce como serie A a una ampliación de capital con inversores de riesgo profesionales que ratifican el valor de una compañía. Un porcentaje grande de la inversión se destinará a poner en funcionamiento la oficina brasileña. Con 46 millones de hectáreas y como mercado agrícola solo superado por Estados Unidos, el desembarco en Brasil es sin duda alguna la apuesta más importante de una empresa que no supera los cinco años de edad. Hoy emplean a 35 personas, todos universitarios o programadores autodidactas. Con la pre-serie A sumarán a 20 más.

Auravant se prepara para cambiar para siempre la forma en la que se toman decisiones en un lote de cultivo. Su modelo de plataforma abierta en la que invita a desarrolladores independientes a sumar sus apps e integrar su hardware compite contra el modelo cerrado integrado de hardware, software, uso de semilla y fitosanitarios que propone Bayer con su aplicación FieldView. Como en los ’80 en Silicon Valley, se reedita la pelea entre abierto y cerrado que protagonizaron Bill Gates y Steve Jobs. ¿Quién ganará?

Beeflow: una empresa valuada

Matías Viel soñaba con desarrollar un negocio de alto impacto en el agro y buscó qué etapa de la agricultura había recibido menos atención. Así dio con el rol de las abejas en la polinización, algo que no había sido sujeto de innovación en 10.000 años de agricultura. La propuesta de valor es tan contundente que parece increíble que nadie lo haya pensado antes. Así son las ideas brillantes. Viel no solo recibió en 2017 un capital inicial de GridX, un aceleradora argentina de start-ups, sino también el puente para conectarse con Walter Farina, científico de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, que explicó que era posible entrenar a las abejas para que polinicen un cierto tipo de plantas y así evitar que se distraigan polinizando otras que no tienen uso para los humanos. El grueso de lo que comemos son frutos o las semillas dentro de esos frutos, una polinización efectiva hace que cada planta dé más flores y, por lo tanto, más frutos. Además, frutos de mayor tamaño. ¿El secreto? Un jarabe natural a base de esencia con el olor de la planta que se quiere polinizar.

La propuesta de valor es tan contundente que parece increíble que nadie lo haya pensado antes. Así son las ideas brillantes.

Viel y su equipo tuvieron suerte: el mayor mercado global de árboles frutales es California, y a la vez es la capital mundial de las start-up tecnológicas, con Silicon Valley como centro. Ahí están también los fondos con más voluntad de riesgo para apostar a tecnologías que no están probadas. Dos años después de su presentación en IndiBio y muchos altibajos, el fondo Ospraie Ag Sciences leyó la tendencia global de interés en abejas y decidió ser el inversor semilla para un agresivo plan de negocios con 3 millones de dólares. Beeflow aumentó su capacidad de polinización con más colmenas y trabó una triple alianza con la asociación de productores de arándanos del estado de Washington (de las más importantes de Estados Unidos) y la universidad local. Ya habían sido exitosos con 500 colmenas con un farmer de arándanos de Oregon, buscaban ahora validar la tecnología con el sector privado y una universidad como veedor independiente. Hace apenas una semana anunciaron que cerraron con éxito su Serie A de financiamiento, ratificando que son una empresa con valor en el mercado de inversores privados. Captaron 8,3 millones de dólares de nombres reconocidos del mercado: Steve Jurveston (inversor inicial en Hotmail y en el directorio de SpaceX) y Jeff Wilke un ex directivo de Amazon. Jurveston también invirtió en Memphis Meats, una compañía que desarrolla carne cultivada en laboratorio. Matías entró en la capital del mundo donde se está diseñando el futuro.

Matías Viel, a la derecha, con parte de su equipo en Oregon, en mayo de este año.

Beeflow no es un producto, una esencia de flores que entrena a abejas: es una compañía que busca elevar la eficacia y eficiencia en el proceso de polinización, en la que las abejas son claves. Las nuevas líneas de investigación buscan elevar el rango de cultivos donde pueden actuar, estudiando a las abejas y su comportamiento con cámaras y un software desarrollados por ellos que les permiten contar con precisión cuántas abejas hay en una colmena y distintos tratamientos para curarlas cuando se enferman.

Satellogic: las grandes ligas

A los 15 años Emiliano Kargieman hackeó el sistema de AFIP. Después lo arregló. Después fundó una empresa de seguridad informática cuyos clientes eran Apple, Cisco, Homeland Security, NSA, NASA y Lockheed Martin. Kargieman no es joda. En el medio estudió matemática en Exactas de la UBA. En enero de 2011 fundó Satellogic. El ex ministro Lino Barañao lo definió como el argentino más inteligente que conoció en su vida.

La empresa fue incubada en INVAP con 7 millones de pesos y en abril del 2013 orbitaron su primer nanosatélite. Desde ese momento lanzaron una generación de nanosatélites nueva cada 9 meses. El concepto es muy sencillo: los satélites estándar pesan más de 1.000 kilos mientras que los nano pesan entre 10 y 40 kilos. Es útil operar un satélite, pero es más útil operar una constelación de satélites. El problema es que si cada satélite pesa 1.000 kilos, poner en órbita una constelación demandaría muchísimos lanzamientos: con nanosatélites solo unos pocos. Los nanosatélites no son tan comunes en el mundo, las primeras generaciones se desarrollaron en Stanford, apenas tres años antes de la fundación de Satellogic. Los nano de Satellogic ofrecen toda una gama de prestaciones al mismo nivel que los convencionales de una tonelada.

Satellogic es hoy el mayor empleador de científicos aeroespaciales de América Latina.

La compañía anunció esta semana su intención de cotizar en el NASDAQ (la bolsa norteamericana para empresas tecnológicas) con una valuación de 850 millones de dólares y buscan captar poco más de 315 millones, 87% de esos recursos se dedicaran a producir una constelación de nanosatélites que mapeará la totalidad de la superficie del planeta diariamente con una resolución de 70 centímetros cuadrados. Hoy son 17 satélites, con la ampliación de capital alcanzarán los 111 en 2023 y podrán tener una foto entera del planeta por semana y 2025 la constelación estará completa con 300. Serán 365 fotos del planeta por año al detalle. Hoy son el mayor empleador de científicos aeroespaciales de América Latina.

Emiliano Kargieman (a la izquierda, camisa celeste) y el equipo de Satellogic viendo cómo despega el Milanesat en 2017.

En un sector de la economía donde los Estados son un actor excluyente, Satellogic irrumpe con la lógica de eficiencia de la empresa privada para colonizar el espacio. Las cámaras  hiperespectrales de sus nanosatélites captan información que el ojo humano no puede registrar: composiciones de suelo, densidad de masa vegetal, conteo unitario de árboles, etc. Todas aplicaciones que permiten a los agronegocios mejorar la toma de decisiones y representan un tercio del mercado testeado de Satellogic.

Hasta 2020 Satellogic no facturó un solo dólar y tuvo un costo operativo de 17 millones de dólares anuales, de los cuales el 70% fue investigación y desarrollo. La compañía saldrá del rojo operativo en 2023, según sus planes. Fue probando su capacidad en base a una línea de investigación ligada a un plan comercial claro. Cuando probaron su primer satélite consiguieron capitalizarse con 5 millones de dólares captados entre inversores ángeles, aquellos que más arriesgan dado que la probabilidad de éxito es más incierta: un grupo de empresarios argentinos exitosos y NXTP Labs se cuentan entre los audaces. A medida que se lanzaban satélites al espacio, transportados en algunos casos por la SpaceX de Elon Musk, también se lanzaban rondas de financiamiento que alcanzaron los 124 millones de dólares y sumaron 10 nuevos socios, entre ellos Tencent, Pitanga y Endeavor que fueron Serie A (o sea primeros, asumiendo mayor riesgo) y en la C (más segura porque a medida que pasa el tiempo la empresa está más testeada) apareció el Banco Interamericano de Desarrollo.

Retiremos al pasado

Estas empresas nos dejan muchísimas enseñanzas. La primera es que en un entorno tan volátil la idea tiene que ser demasiado buena para prosperar y la capacidad de ejecutarla del empresario y su equipo tiene que ser aún mejor. Luego, que los empresarios arriesgan lo más preciado para concretar su sueño: su tiempo, ese que no vuelve; los inversores más arriesgados arriesgan capital cuando ven que la idea es un negocio que tiene sentido, los más conservadores cuando el negocio está probado. El rol del Estado es clave, pero no en el financiamiento tradicional sino apoyando con sumas pequeñas los primeros pasos, y, sobre todo, formando en universidades a las personas que encontrarán las respuestas brillantes a los desafíos de la humanidad.

En un entorno tan volátil la idea tiene que ser demasiado buena para prosperar y la capacidad de ejecutarla del empresario y su equipo tiene que ser aún mejor.

El mercado de capitales argentino está destrozado y muy rara vez son los capitales locales los suficientes como para motorizar estas inversiones de riesgo que demandaron y demandan estas empresas. No es que “no hay plata”, es que no hay mecanismos para diluir el riesgo y movilizar esa plata.

Otra enseñanza clave es que los agronegocios son la plataforma que en Argentina consume este grado de innovación, pero que con el mercado local no alcanza, deben pensarse con el mundo como mercado potencial para tentar a los inversores. Son las firmas de los agronegocios las que junto al INTA, la UBA y el CONICET crean ese Sistema Nacional de Innovación del que habla Singer llevando las ideas a la acción. Los agronegocios están lejos de terminarse en una tranquera y ser “primarizadores”: son el pivot que dinamiza el valor, son los demandantes de conocimiento incorporado al proceso productivo.

Retirate, Vasco. O al menos que tus ideas, que nos condenan al atraso, se retiren. Gracias por los servicios prestados.

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Iván Ordoñez

Economista especializado en agronegocios. Consultor y profesor de Gestión Financiera en Agronegocios en Maestrías de CEMA, UNRN y UTDT. Co-autor de “Campo: el sueño de una Argentina verde y competitiva (2015).

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